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jueves, 2 de febrero de 2023

CONVIERTANSE Y CREAN EN EL EVANGELIO

                          




Escuchamos de guerras, de poblaciones desplazadas, de familias que han perdido todo sin tener ninguna responsabilidad ni decisión en el asunto; vemos gente revolviendo la basura para poder comer; familias enteras durmiendo en la calle; contemplamos el horror de millones de niños asesinados en el vientre de su madre; de personas que se “autoperciben” de otro sexo y pretenden imponer al resto de la sociedad su visión de la realidad; la biología y la naturaleza desplazada por la ideología. Mientras tanto, desde el Foro Económico de Davos, unos hombres pretenden imponer una agenda mundial a espaldas de los pueblos,  anunciando un próximo  “transhumanismo”, que no es otra cosa que el sojuzgamiento de los hombres al poder del dinero, el sometimiento de las voluntades (con la implantación de chips) y la reacción ante el Creador, promocionando un supuesto “super humano”. En este mundo “globalizado” a la fuerza, sometido a las “realidades” fabricadas por medios de comunicación no comprometidos con la Verdad, sino  al servicio de  intereses, y de redes sociales que expanden falsas noticias,  la Babel y Sodoma y Gomorra del Antiguo Testamento han quedado minúsculas.

 En medio de ello, sólo hay un mensaje que llama al hombre a levantarse contra esa destrucción. No con las armas, no con el desprecio, sino con el Amor, con el único y verdadero Amor por la humanidad. Pronto llega el tiempo Pascual, tiempo en que Dios llama a cada hombre y cada mujer, no importa de donde venga ni de qué condición, ni raza, o edad, ni cuantos errores y pecados haya cometido, a que se “convierta y crea en el Evangelio”.





lunes, 7 de noviembre de 2022

El cuarto en el corazón

 Hace unos días escuché una reflexión, y de ella derivaron algunos pensamientos que me gustaría compartir.

En nuestro corazón -no hablo del músculo cardíaco, sino del centro de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, pensamientos, deseos y sueños-, hay un cuarto, una morada o como gusten llamarlo.

En ese cuarto, están guardadas muchas cosas, pero esas cosas hacen desordenado, oscuro y  húmedo el pequeño lugar.

A veces, en ese rejunte de cosas, emociones, pensamientos, expectativas, ansiedades, sueños, no podemos distinguir lo importante de lo superfluo, lo que nos hace bien de lo que nos daña. En lugar de un cuarto, de un aposento, se ha transformado en una buhardilla o desván, o en una baulera,  donde se colocan cosas que con el tiempo, muchas veces ni sabemos que las tenemos, o si las recordamos, nos es muy difícil encontrarlas.

Sin embargo, este recinto no está en cualquier parte, no está en el techo de casa, ni en el garaje, ni en un sótano o en un depósito. Está nada menos que dentro nuestro centro, en nuestro corazón. 

Quise revisar qué guardaba allí, y me encontré penetrando en ese lugar oscuro, donde había miedos, broncas, desconsideraciones hacia otros y hacia mí, pensamientos negativos,  depresiones, malos pensamientos, tentaciones, pecados,  ilusiones, sueños rotos, y en fin, un montón de cosas que me agobiaban.

Entonces pensé: a este lugar le falta vida, le falta luz, le falta un orden. 

Comprendí que nuestro corazón no es un depósito de cosas viejas y oxidadas, sino un lugar donde debe reinar la luz, la alegría, la tibieza del afecto. 

Fue entonces que recordé la meditación, en donde se repetía aquello que hace tanto tiempo había leído en las Confesiones de San Agustín: “tuyos somos, y para Tí hemos sido creados, y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en Ti, Señor”.

De pronto, una iluminación vino a mi mente: yo había contaminado el aposento, y lo había transformado en un lugar inhabitable, sombrío. 

Había que llenarlo de Luz, pero primero había que limpiarlo de todo eso inservible que se acumulaba. Me pregunté si yo podía limpiarlo, si mis fuerzas, mis intenciones, mi voluntad o empeño bastaba, y entonces me di cuenta que no. Que por mucho que me esforzara, una y otra vez se llenaría de polvo y oscuridad. Tenía que tener el auxilio de alguien mucho más sabio, mucho más poderoso, de renovara aquel lugar. 

¿Un psicólogo que me ayudara a ordenar aquel desorden?

No, porque podía terminar barriendo de un lado y acumulando basura en  otro lado, o en el peor de los casos, justificándome el por qué había acumulado tanta cosa vieja. Un psicólogo decididamente no terminaría de preparar el cuarto.

Ese lugar no había sido pensado para depósito, sino como un aposento, y la pregunta es ¿quién debía habitar en ese lugar?

Fue allí que comprendí que sólo había sido dispuesto para que lo habitara Aquel para el cual había sido dispuesto.

Tuyos somos, y para Tí hemos sido creados y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en Ti.

Decidí que debía abrir la puerta, las ventanas para que ingresara la Luz.

Allí pude ver cómo instantáneamente el cuarto se llenaba de luminosidad, se limpiaba de todo lo que sobraba, se transformaba en un lugar donde el calor suave era como una caricia y la alegría serena, su vista admirable. También entendí, que si quería ese Bien, nada ni nadie podía ocupar ese aposento, sino Aquel a quien había sido destinado desde toda la Eternidad.


SEÑOR: Limpia mi corazón, prepáralo para hacer de él tu aposento, penetra en él y habítalo con la Luz del Espíritu Santo. Jamás permitas que nada ni nadie lo vuelva a oscurecer. Amén. 


  


martes, 14 de julio de 2020

EL HOMBRE RICO. Cuento, por Alejandro R. Melo




Un pequeño empresario, que era un hombre honesto, vivía sin grandes opulencias.
Había conseguido con mucho esfuerzo reunir un buen capital y se preciaba de ser un buen ciudadano, un buen padre de familia. En medio de las dificultades de las coyunturas económicas, siempre se las arregló para pagar sus impuestos y no defraudar a nadie. Sus empleados cobraban un sueldo, que si bien no era muy abundante, bastaba para llevar una vida decorosa.
Un día, este empresario tuvo una inquietud al pasar por una iglesia.
En ese momento se estaba celebrando misa y el sacerdote leyó ese pasaje del Evangelio en el cual Jesús dice aquellas terribles palabras: “Les aseguro, que es muy difícil que un rico entre en el reino de los Cielos. Es más fácil que un camello, pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el reino de los cielos”…
Salió de la iglesia, y aquellas palabras comenzaron a darle vuelta en su mente. ¿Entonces yo no podré entrar en el reino de los cielos? -se preguntó una y otra vez- y se respondió: “¡Si siempre fui un tipo honesto!”
Desde ese momento, lleno de temor, comenzó a dar cada vez más dinero para obras de caridad. Eso calmó en gran parte su inquietud mientras seguía con su vida normal.
Otro día ingresó nuevamente a la iglesia, y escuchó el Evangelio en el cual Jesús decía: “Cuando des, que tu mano izquierda no se entere de lo que entrega tu mano derecha”…
Trató desde entonces de ser muy precavido para que nadie se enterara de cuántas ayudas hacía. Ni siquiera se lo contaba a su familia.
Una noche, luego de una comida muy abundante, nuestro personaje comenzó a sentirse mal, y finalmente se le produjo un paro cardíaco.
Fue llevado en presencia de un ángel del Señor quien lo recibió en la puerta de un aposento.
El hombre comenzó a darse cuenta que estaba muerto y para asegurarse le preguntó al ángel, el cual le confirmó que había sufrido un paro cardíaco.
Entonces, el hombre resignado, le interrogó al ángel: ¿y ahora, qué será de mí?
Como el ángel lo miraba y no respondía, comenzó a decirle que siempre había sido un hombre honesto, que no había defraudado a nadie, que era un buen ciudadano, un buen padre, y que cada vez que podía daba abundante limosna.
Pero el ángel tardaba en reaccionar, hasta que finalmente le dijo: “Para entrar aquí, debes defender tu causa”.
-Ya te lo he dicho, siempre fui honesto y traté de ayudar dando limosna.
El ángel lo miró con ternura y le dijo:
-¿Recuerdas el pasaje del Evangelio en el que Jesús elogia a la viuda que pone dinero en el templo? ¿Recuerdas cómo Jesús la compara con los principales de la comunidad que daban sus dádivas delante de todos para que los vieran?
-¡Yo traté siempre de ocultar mis limosnas!
Entonces el ángel le dijo: Mira, ¿no es verdad que estabas preocupado porque oíste que un hombre rico sería difícilmente aceptado en el cielo?
-Si, así es -le respondió el hombre-.
Y el ángel, con un dejo de tristeza le contestó: “Estabas muy preocupado por el futuro de tu alma. Tenías miedo. No era tu hermano, tu prójimo, quien realmente te preocupaba, sino el salvarte a vos mismo. Pero el cielo no se puede comprar con dinero”.
Al oír esto, el hombre se entristeció mucho, presintiendo que no podría entrar en el reino de los cielos.
El ángel entonces le dijo: “Como no eres una persona mala, se te va a dar otra oportunidad. Volverás a la vida, y la próxima vez que vuelvas por aquí, tendrás que haber comprendido.
Entonces el hombre tomó una bocanada de aire, y vio el techo de un sanatorio. Había vuelto a la vida, como se lo dijo el ángel.
Un día entró en una iglesia y el cura leía la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro que padecía en su puerta y allí entendió: la peor miseria no es no tener vestido ni casa o tener hambre. Lo peor es que el rico no “veía” a su hermano que estaba en su puerta, pasaba ante él como algo más del paisaje, sin detenerse a pensar que era su propio hermano el que estaba sufriendo, y que ambos eran hijos del mismo Padre.

“Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca. Si yo tuviera el don de profecías, conociendo las cosas secretas con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy. Si reparto todo lo que poseo a los pobres y entrego hasta mi propio cuerpo para ser quemado, pero sin tener amor, de nada me sirve…” (Primera Carta del Apóstol San Pablo a los Cristianos de Corinto)

martes, 20 de marzo de 2018

MALAS HIERBAS. Reflexión por Alejandro R. Melo

MALAS HIERBAS: Ocurrió sin querer. Levanté la vista y me llamó la atención. Una planta con un tallo bastante largo surgiendo del cemento. Entonces me puse a pensar… Las llamamos “malas hierbas” aunque según supe por internet, se las debe llamar, más apropiadamente, “plantas ruderales”. Nacen en cualquier lugar, sin que nadie las plante. Las esparcen los vientos, los pájaros, los insectos, o el pelo de algún animal. Nacen allí donde no deberían nacer. Se abren paso incluso en el cemento, abriendo en algunos casos, profundas grietas; algunas tienen incluso hermosas flores, o cautivantes olores.
Las miramos con desprecio, y suelen ser símbolo de la dejadez o del abandono de los propietarios de las construcciones.
Sin embargo, son una maravilla en sí misma. Es la vida que se abre paso en las condiciones más adversas, donde casi no tiene un sustrato para prosperar.
Entonces me viene a la memoria la paradoja de la vida humana, a la que algunos quieren suprimir aún antes de ver la luz del sol. Parece que esos niños por nacer, son las “malas hierbas” que hay que suprimir.
Pero la vida se abre paso. Hagan lo que hagan, en cualquier lugar, en cualquier rincón, en un rancho o en un palacio, siempre habrá un niño que lanza su llanto para expandir sus pulmones y aferrarse a la oportunidad de tener un futuro y buscar amor.

jueves, 18 de enero de 2018

La espada de Damocles y el laberinto. Reflexión de Alejandro R. Melo


Lo encontré en un viejo cuaderno, algunas reflexiones escritas el 6/11/2006 (era una época muy difícil de mi vida y mi familia). Ahora las comparto, no para que me den su aprobación o para que me tiren piedras. Simplemente para aquellos a los que puedan serle útiles:

Acabo de leer un artículo sobre el origen de la leyenda de la espada de Damocles. Bueno, no me queda muy en claro si fue leyenda o realidad.
Lo sustancial de la historia es que un rey llamado Dionisio II de Siracusa (Sicilia), en el siglo IV antes de Cristo, tenía un cortesano llamado Damocles.
Este Damocles era un adulador del rey y queriendo congraciarse con él, se la pasaba difundiendo en todos lados el gran poder y riqueza de que gozaba su soberano (un vulgar “chupamedias”, diríamos hoy).
La verdad es que Dionisio ya estaba un poco cansado de la charlatanería de Damocles, así que decidió escarmentarlo.
Le propuso intercambiarse con él por un día, así podría disfrutar de su suerte. Esa misma tarde Damocles gozó de un gran banquete y de la atención de las cortesanas. Sólo al final miró hacia arriba. Ahí es cuando cayó en la cuenta que sobre el trono que él ocupaba temporalmente, colgaba una afilada espada atada por un único pelo de caballo. La espada estaba ubicada directamente sobre su cabeza. Enseguida, al comprender el peligro, se le fueron las ganas de comer y pidió al rey abandonar el puesto, diciendo que ya no quería ser tan afortunado.
De esta manera, pudo comprender lo efímero e inestable de la prosperidad y el lujo de la monarquía.
Como sea, la vida nos pone cada tanto en situaciones límite, a partir de las cuales se olvidan todos los aspectos banales de nuestra existencia. Se nos quita el apetito y perdemos el deseo sexual. Todo nos pone en alerta para combatir el peligro al que estamos expuestos.
La vida es tan vana, tan impredecible y fugaz, que unos años, unas décadas, pasan como una hoja que se lleva el viento del otoño.
El tema, es saber si esta realidad de inestabilidad existencial tiene que paralizarnos o descubrir cómo enfrentar dichas circunstancias, pensando en superarlas, o sucumbir en el intento. Huir o pelear, ese es el dilema real de la vida emocional.
Pareciera que que como dijo alguna vez el poeta, la única manera de salir de un laberinto es por arriba.
Ahora bien, ¿qué significa “arriba”?
Todavía tengo que descubrirlo, pero a tientas, como quien se abre paso en medio de la oscuridad puedo imaginar algunas respuestas.
La primera respuesta al peligro sin dudas debería ser tranquilizar la mente, y pensar que sin nosotros mismos, como individuos, no hay solución posible a los problemas -como si el instinto se racionalizara-.
A partir de allí, supongo qué hay que tratar de tomar distancia del problema -por complejo y doloroso que sea- poniéndolo en perspectiva.
¿Cómo? Pensando si en el contexto de nuestra existencia es tan importante como para dejar la vida por él. Pensando qué visión tendríamos del problema en un año, o simplemente en unos meses. O qué significaría este problema en el transcurrir de nuestra vida. No solamente de nuestra vida actual, sino nuestro pasado y nuestro futuro. Si es necesario, ponerlo en la dimensión humana y pensarlo en función de la historia de la humanidad. Si ello no alcanzara, elevarnos en el pensamiento a Dios, y procurar entender qué significaría el problema que hoy nos angustia en el contexto de la eternidad.
Tal vez esto parezca muy exterior, muy divagante, porque nuestros problemas son nuestros y no del vecino; ni siquiera de quienes nos quieren. El dolor nos duele a nosotros, no a quienes se “conduelen” con él.
Como dice el dicho: nacemos y morimos solos.
Los demás, más cercanos o más lejanos, son sólo nuestros compañeros de ruta.
Pero hay algo tan íntimo que nada ni nadie puede quitarnos: nuestra intimidad con Dios, que todo lo penetra. Que es omnipresente y omnisciente. Dios, que es infinitamente misericordioso.
Esa seguramente es la culminación de nuestra evolución. La única forma absoluta de salir del laberinto.

martes, 16 de enero de 2018

La noche de fiesta. Cuento de Alejandro R. Melo


Nunca me siento más solo que cuando estoy rodeado de muchas personas. Desde niño me sentí “sapo de otro pozo” cuando me invitaban a una fiesta.
Fui un niño taciturno y vergonzoso. Que aceptaba refugiarse en su timidez antes que afrontar el pretendido ridículo frente a mis amigos y compañeros. En realidad me parapetaba en una esquina y me conformaba con tener alguna charla insustancial, con algún contertulio también aislado.
Esa noche había tomado de más. Los ojos se me entrecerraban mientras la música estridente aplastaba mis oídos y las risas sonaban a ruido de hojalata.
Encontré un sillón desocupado y mientras trataba de evitar que cayera el vaso de mi mano, finalmente cedí a las fuerzas de la naturaleza.


Caía la tarde y vi la pulpería a unos cuantos metros, detrás de una loma. Bajé del caballo y lo até en el palenque. Entré en la pulpería. Era un rancho de adobe con techo de paja. Enfrente, y detrás de una reja, atendía el propietario.
Salió a mi encuentro. Pasó un trapo rejilla sobre la mesa que ocupaba y sin preguntar nada trajo unos pocillos con queso cortado, un poco de pan y un vaso de metal con vino tinto.
Yo estaba cansado y un poco confundido.
A poco de estar, a la lejanía se escuchó un galope; la tierra temblaba bajo nuestros pies. Era obvio que se acercó y se detuvo en el patio de la pulpería. Al ratito, atravesó la cortina de tiritas de caña, un hombre joven. Llevaba bombachas de campo, camisa arremangada, faja y rastra, un facón cruzado en la espalda y alpargatas. Tenía una barba no muy larga y pañuelo en la garganta.
Si mayores redondeos se me vino derecho a mi mesa y sin pedir permiso se me sentó enfrente.
El propietario le trajo más queso y un salame trozado, pan y un vaso de vino tinto.
Alcé la mirada, pero sus ojos penetrantes me hicieron desviar la vista. Era como si en un instante su presencia me hubiera atravesado como un rayo. Al momento siguiente, la conmoción se transformó en una inmensa calma, como si un puro y transparente lago hubiera invadido mi alma.
En unos instantes, pasé de la vergüenza a sentir un gozo indescriptible. Un suave calor que acariciaba mi ser, como un abrazo de madre.
Nunca me había sentido así, y ni siquiera había cruzado aún una palabra con el extraño, aunque sentía que aquel personaje me había conocido desde siempre.
Me miró y me dijo: -“Desde antes que nacieras, yo te conocí”.
Luego, levantó el vaso de vino y tomó un sorbo. Ahí pude ver su mano llagada.
Entonces sopló el Pampero, la cortina de tiritas hizo sonar su música de palo y fue cuando alguien me zarandeó el hombro:
-“Es hora de irse” -me dijo- y comprendí que estaba soñando.
El cielo se había poblado de estrellas y las nubes se habían disipado.

“Antes que te formase en el vientre te conocí, antes que nacieras te santifiqué, te di por profeta a los gentiles” (Jeremías 1:5)

viernes, 18 de agosto de 2017

Ahora Barcelona. Reflexión por Alejandro R. Melo

Ahora Barcelona

“...y llegará el día en que cualquiera que los mate creerá que rinde servicio a Dios”(Evangelio según San Juan, 16:2). Occidente está paralizado. No atina a reaccionar ante los grupos islámicos radicalizados. El tema es complejo, pero la raíz principal del problema es que los líderes políticos no comprenden o no quieren comprender el orígen del problema. Como siempre, si se falla en el diagnóstico, difícilmente se pueda acertar con el remedio. He escuchado declaraciones que se repitieron en España, como antes en Francia, sobre la democracia, la libertad, “los valores” de la sociedad liberal, etc.
En realidad, a los terroristas islámicos no les interesa en nada la democracia, ni la libertad de expresión, ni las elecciones o los partidos políticos, ni mucho menos el marketing insustancial del que se alimenta todo el sistema político. Sienten un desprecio profundo por todo ello. Su verdadero objetivo es la civilización cristiana, o mejor dicho, lo poco que queda en pie de ella.
No quieren nuestros líderes abrevar en pensadores como Hilaire Belloc (La Crisis de Nuestra Civilización; Europa y la Fe), sino que son tributarios del pensamiento que contribuyó grandemente a la destrucción de la civilización cristiana (tal como lo demuestra magistralmente Max Weber). Cuando se lee por ejemplo a Samuel Huntington (El choque de las civilizaciones), se comprende que este autor, como la mayoría de los analistas “modernos”, no sólo simplifican el problema, sino que erran al describir qué representa Occidente. Un mundo sin valores espirituales, es cada vez más vulnerable, porque los valores espirituales son como el sistema inmunitario de las sociedades. El liberalismo ( pensamiento) y su consecuencia el capitalismo, desplazaron los valores cristianos para colocar en el centro de la escena a un ídolo material: el dinero. Y como todo ídolo, se trata de un falso dios. Puede aparentar seguridad durante un tiempo, pero a medida que lo adoramos nos va vaciando nuestro espíritu. No es que el dinero sea malo en sí mismo, es un instrumento, y como tal debe tener el lugar de instrumento, no de fin en sí mismo. Cuando el liberalismo (y su consecuencia económica, el capitalismo) desplazó en la conciencia de las sociedades los valores de solidaridad, de prohibición de la usura, de adoración al verdadero centro espiritual y lo reemplazó por nuevos “valores”, tales como el individualismo, el egoísmo, la justificación inmoderada de todos los errores propios, el consumismo, desplazó en el espíritu de las sociedades la verdadera fortaleza. Reemplazó al Dios Vivo y Verdadero por por un ídolo de metal o de papel, y abrió la puerta para todos los excesos y las reacciones más violentas. El marxismo es hijo del liberalismo, no su antítesis. Comparten el vaciamiento del espíritu y su reemplazo por el materialismo. Lo que viene de lo material no es lo que alimenta el espíritu “Lo que es nacido de la carne, carne es, y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” Evangelio según San Juan, 3:6. Aquí Jesús no sólo se refiere a nuestra carne física, o a los pecados de la carne, una visión más profunda nos hace comprender que se refiere a todo lo material. No es que Jesús condene lo material, sino que le da su exacta dimensión y lugar. Por eso el Evangelio proclama la necesidad de dar de comer al hambriento, de dar techo a los sin techo. Lo material en función de las necesidades de la comunidad y su uso subordinado a los valores espirituales. Pero casi todo esto fue destruido por el capitalismo que reemplazó a la civilización cristiana.
No son las armas nucleares ni los misiles, ni el sistema bancario ni Davos, ni la conjura del “poder mundial” o la masonería, quienes van a salvar a Occidente. Sin fortaleza espiritual no hay solución: nuestro sistema inmunitario social e individual será cada vez más débil para afrontar el desafío de una guerra de religiones, tal como la plantean los grupos radicalizados. No es tampoco persiguiendo a los que no piensan como nosotros (siempre que no opten por imponernos por la fuerza sus ideas), cómo vamos a sobrevivir a este nuevo desafío de la historia. Antes de que sea tarde, Occidente debe mirar hacia adentro y hacia arriba.
Los grupos islámicos radicalizados viven en una etapa primitiva de la civilización. Esa etapa en que los pueblos creían en que había un Dios que era propiedad de un pueblo o de una comunidad y que sólo perteneciendo a esa comunidad se podía agradar a Dios. El cristianismo muchas veces cayó en ese error, a pesar de que Cristo nos mostró otra realidad: en la parábola del buen samaritano nos muestra eso.El samaritano era un personaje despreciado por los hebreos, un infiel, un hereje. Pero ese hombre supo ser fiel a la verdadera esencia de Dios.
Es revelándole a los violentos el verdadero rostro misericordioso de Dios cómo vamos a vencer desarmando el brazo criminal.
No se trata de quedarnos en la declamación ni en la predicación. Hay que tomar las medidas para preservar la seguridad obviamente. Pero si no comprendemos el fenómeno al que nos enfrentamos, no podremos superarlo.
España tardó siete siglos en recuperar su territorio del dominio de los sarracenos. Más allá de los defectos, de las ambiciones y debilidades de los hombres, lo que hizo posible esa gesta fue la unidad espiritual, basada no en símbolos humanos, sino en la fe en Cristo.
Los hombres insistimos en apropiarnos de Dios, cada uno con su facción, pensando que podemos excluir a los demás hombres y minimizando su verdadera dimensión: lo eterno, lo inconmensurable, lo infinito. Cuando estemos preparados para mostrarle a los violentos que Dios es el Creador y es el Padre de todos los humanos y de toda la Creación, terminarán por ver ese rostro del Amor, que es el verdadero rostro de Dios. Pero una advertencia: nada de eso se logrará por nuestros propios medios, no sea que pensemos que somos autosuficientes. Dios proveerá.

viernes, 9 de junio de 2017

Estoy por explotar! Cuento de Alejandro R. Melo

Hay días en que uno piensa que todo va a explotar. Hace tiempo que siento este vacío de objetivos vitales, matizado con broncas indescifrables. 
La otra noche me senté en la cama. Estaba desvelado. Un mundo de conflictos me asaltaba la conciencia sin saber qué era más urgente o importante, y mi mente iba de una imágen a otra, con la vertiginosidad de quien ve pasar un tren expreso. Mis sienes latían dolorosamente.
De pronto, por el rabillo  del ojo veo correr como una sombra. Me sobresalté, como es natural. Pensé que era un bicho, una cucaracha, o quizás algo más grande, quizás un ratón o una rata. Mi pulso latía acelerado. Me incorporé para mirar por debajo de la cama. Nada. Prendí todas las luces. Mi mujer roncaba ténuemente, ajena a todo. 
No era la primera vez que veía pasar algo en mi casa. 
Un amigo astrónomo me contó que el ojo humano tiene bastones y conos en su retina, que son los responsables de la recepción de la luz. Pues bien, los bastones son los responsables de nuestra adaptación a la penumbra, porque son altamente sensibles y se saturan con mucha luz,  pero no distinguen los colores, a diferencia de los conos. Los bastones se ubican preferentemente en una zona periférica de la retina. De allí que se pueda ver con el rabillo del ojo cosas con poca luminosidad (ideales para espiar las estrellas). Como sea, seguramente algo había estimulado mis bastones oculares y tal vez haya sido un reflejo de la calle o...qué sé yo!
Volví a recostarme. Me adormecí creo que un rato, pero no logré entrar en el sueño profundo, hasta que escuché un ruido. No era un ruido muy importante, -seguramente se cayó algo de la cama o de la cómoda pensé-, pero al rato cuando me estaba acomodando en la cama y dando vueltas a ver si lograba recuperar el sueño....otra vez una sombra corrió rápidamente por la pared. 
Debe ser un reflejo, -pensé-, pero enseguida me vinieron a la mente mis peores miedos infantiles. ¿No será un fantasma? o acaso, ¿un ladrón que logró filtrarse dentro de la casa? Me vinieron a la memoria las largas horas que de niño pasaba aterrorizado en la cama, rezando el rosario, para no llamar a mis viejos, hasta que me vencía el sueño.
Me volví a acomodar en la cama y tomé la radio portátil para escuchar bajito algo que me hiciera de “arrorró”. Sonaba un tango quejumbroso...me quedé medio adormecido, pero otra vez escuché un ruido. Mis ojos se abrieron como dos faroles escudriñando la noche…
Entonces lo vi. Se acercó lentamente...Se sentó en el borde de la cama, me miró,  y comenzó a hablarme.
Cuando sonó el despertador caí en la cuenta que finalmente me había quedado dormido. Experimenté una sensación de gran descanso, como hacía mucho tiempo que no sentía. 
Desde esa noche, cada noche me visita.
Sólo una duda tengo aún: ¿seguro que no hablan los gatos?

miércoles, 8 de febrero de 2017

A orillas del río (viejas obviedades) por Alejandro R. Melo



A las orillas del río que pasa.
¿Qué me dice el río?
Es la metáfora de la vida que fluye…
Nace allá muy lejos como un pequeño chorrillo o un brote surgente y comienza a correr naturalmente.
Aunque quisiera ir para otro lado, siempre me lleva a donde vá.
¿Y a dónde va?
A su desembocadura, que es el final de mi vida. Aunque quisiera permanecer, igual llegará…
Si bien tiene muchas piedras que se oponen a su paso, él las pasa por encima, o las esquiva desviándose temporalmente su curso, o las desgasta con su voluntad de paso inquebrantable.
Fluye el río de la vida y se alimenta de la dura roca que va dejando sus minerales en el agua.
Pero ¿ahora dónde pasa?, ya no están esas rocas, habrá otras, aunque el río arrastra sus minerales.
Es un símbolo del paso...el pasado queda atrás, el río fluye. No es que el pasado no sea importante, que no haya alimentado al río. De hecho, le ha dejado sus minerales, pero el río lo deja atrás...lo deja ir sin tristeza...sigue su ruta burbujeante y sonora para ir al encuentro de su futuro, de su destino.
Días de tormenta, de lluvia, de dulce calma, de frío o de calor vendrán, y ya pasaron también, pero el río sigue su marcha, sin saber si le espera un suave remanso, un rápido o una terrible catarata. No importa...el río sigue su marcha, mientras va cantando su canción que es una alabanza al Creador.

martes, 8 de noviembre de 2016

La llamada nocturna por Alejandro R. Melo

Sabido es que Buenos Aires se ha transformado en una ciudad insegura. Desde hace varios años la inseguridad se enseñorea de sus calles y nadie está a salvo de sufrir algún delito más o menos violento.
Cuando éramos niños jugábamos en la calle; siendo adolescentes volvíamos a la madrugada sin que nadie nos molestara y nuestros padres sólo nos advertían de peligros con el tránsito. Todos dormían tranquilos mientras sus hijos salían a recorrer la noche de Buenos Aires. Algunos iban a boliches, al cine, otros a comer pizza con los amigos o a recorrer las interminables librerías de la Avenida Corrientes.
Pero todo cambió: ya nadie está tranquilo. Cuando mis hijos eran más chicos y salían a bailar, apenas si pegaba un ojo y estaba atento al teléfono celular (que no existía obviamente en nuestra juventud). Estaba pronto para llevarlos, pero también para ir a buscarlos a la salida del boliche. No importaba que me tuviera que poner algo encima del pijamas para subirme al auto.
La otra noche ocurrió algo: eran como las dos de la madrugada y sonó el teléfono. Desperté, y me incorporé en la cama rápidamente, y tomé el tubo del teléfono.
-Pa!
- ¿que?
- no sabes lo que me pasó! - se escuchaba la voz de mi hijo en el teléfono-.
Como un rayo salté de la cama seguido por mi esposa, crucé el pasillo y de un golpe abrí la puerta de la habitación de mi hijo, para tranquilizarme al verlo en su cama, mientras se despertaba sobresaltado y me miraba sorprendido.
-¿qué te pasó? -seguí la conversación a mi interlocutor en el teléfono, pero ya tranquilo al comprender que se trataba de un intento frustrado de “secuestro virtual”.
- Me robaron- dijo la voz de mi hijo, y enseguida se cortó la comunicación.


Con el corazón agitado y luego de comentar el hecho con mi hijo y mi esposa, volví a mi habitación, y como no me quedé conforme llamé a la policía. Una agente femenina me dijo que de estar todos bien, no enviaría el patrullero, y que de desearlo, por la mañana, efectuara la denuncia en la comisaría o en la fiscalía.
Volví a la cama y me costó dormirme. Era la voz de mi hijo. Yo estaba muy impresionado por el parecido y por la misma inflexión de la voz.
Al día siguiente fue el comentario en la oficina, mientras recibía por respuesta de mis compañeros, que a ellos ya les había ocurrido.
Pasaron unas cuarenta y ocho horas y me encontré a almorzar con mi hijo. Llegaba exaltado.
-Me robaron! - me dijo.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Jesús en el supermercado. Relato por Alejandro R. Melo

Mañana de sábado en el supermercado. Mi mujer y yo empujando sendos carritos de mercadería. En el sector frutas llenamos algunas bolsas con naranjas, unos damascos y yo quería comprar un poco de uva, pero ella se opuso diciendo que estaba muy cara. Unos minutos después, llegamos a una góndola donde había ananás. Mi mujer los toca y me dice: -tu hija me pidió uno, pero están muy caros.
-llevalo- le digo.
Entonces me mira sonriente y me dice: -no se si se lo merece. Se lo merece no?
Yo le respondo, no haciéndome cargo de la broma: -No lo compro porque se lo merezca sino porque es mi hija.
Fue en ese momento que me vino a la cabeza unas palabras de Jesús en el Evangelio: “Si ustedes que son malos, dan cosas buenas a sus hijos, cuánto más vuestro Padre, que está en el cielo, dará cosas buenas a los que se lo piden”.
Entonces comienzo a reflexionar: ¿qué significa esta Palabra de Cristo?
Lo primero que me viene a la mente es esa comparación entre padres: No le damos cosas buenas a nuestros hijos porque hagan méritos para obtenerlas, sino porque los amamos, porque queremos que reciban los mejor. Y Dios hace eso con los hombres, porque es Padre. Enseguida me doy cuenta de que todo el mensaje de Jesús revela a un Dios Misericordioso, no a un dios vengador, que recurre al estilo de los ídolos y los dioses mitológicos al ojo por ojo, diente por diente. Dios no necesita pagarnos con la misma moneda nuestras faltas, nuestras ingratitudes. Es demasiado grande, lo ve todo, lo sabe todo, pero por sobre todo es Padre, y siempre está dispuesto a abrazarnos tiernamente.
Ahora, decir que es Padre es mucho más que decir que es Creador: pudo ser un Dios Creador ajeno a los sucesos que son consecuencias del origen: la razón seminal de la que hablaba San Agustín no se quedó en el origen. Cada tanto, y cuando Él lo decide, interviene en la vida de los hombres. Esto lo diferencia de la visión de un Dios ajeno, de un Dios extraño a la vida de los hombres. Tampoco es el dios panteísta de los orientales que confunde al Creador con la Creación.
Entonces caigo en cuenta que el mensaje de Jesús es revolucionario: ya nadie puede apropiarse de Dios, porque Dios es Padre de todos, no solo de los judíos, no solo de los que creen, no solo de los buenos, no solo de los “elegidos”. Dios es Padre de todos, pero no es dueño de todos: respeta la libertad de las criaturas. El cristianismo es la verdadera religión del Amor. Revela el rostro de Dios verdadero, ese que los hombres no podían ver porque es tan brillante que enceguece. Con Jesús, Dios se hace hombre, camina entre los hombres, trabaja con los hombres, asume la pobreza, las miserias y carga con el pecado, la enfermedad y la muerte.
En este punto de la reflexión de supermercado, yo sentía que mi alma estaba llena de alegría, de gozo, de contemplación. Me imaginé lo que serían las meditaciones de los monjes!
Luego pagué y volvimos para casa, y por supuesto llevando el famoso ananá con nosotros, y pensando en escribir este relato, para perpetuar el momento gozoso de la iluminación.
Hacia la noche, y pensando en darme a escribir, me dije: -tengo que buscar el pasaje del Evangelio que motivó mis pensamientos.
Busco en internet, para luego encontrar al día siguiente, hoy domingo, en el Evangelio.
Ahí me doy cuenta que existen dos relatos distintos en los evangelios de Mateo y de Lucas sobre el mismo hecho (Mateo 7:11 y Lucas 11:13). Pero con una leve diferencia: en el de Mateo, Jesús habla de “dar cosas buenas” a los hombres que se lo pidan, y en el de Lucas, “de enviar el Espíritu Santo” a los hombres que se lo pidan.
¿Cuál de los dos es el correcto? ¿Cuáles fueron las verdaderas palabras de Jesús en dicha ocasión?
Allí comprendí que los dos relatos son verdaderos y dicen lo mismo: uno habla de “cosas buenas” que es lo mismo a decir: dones espirituales. Y quien trae los dones espirituales a los hombres es el Espíritu Santo.
Jesús nos enseña, también en el supermercado.








jueves, 25 de agosto de 2016

DIVAGUES ASTRONÓMICOS por Alejandro R. Melo



Contemplando las estrellas pienso en todo el tiempo que he perdido sin mirar para el cielo...y cuanto tiempo hace que las estrellas me contemplan.
Pienso en lo que nos convertimos al deshacerse nuestro cuerpo físico y en lo que hemos sido desde el principio de los tiempos antes que el alma anidara en nuestro cuerpo. Pienso en los que creen que el universo nació solo y en los que piensan que nunca nació y que es eterno.
Una serie de contradicciones se derivan de todo ello: ¿cómo donde no hay nada aparece algo? Y ¿cómo ese algo no es una masa amorfa como el resto de la materia, sólo moldeada por los cataclismos, pero inerte. He leído últimamente varios estudios científicos y no terminan de explicar sus contradicciones. ¿Cómo es el salto de la materia inerte a la vida?
Hay algo que falta, porque contra toda lógica el universo biológico se ordenó, se reprodujo, se seleccionó, pasó por muchas catástrofes naturales y se reconstruyó. San Agustín decía que Dios había puesto la “razón seminal” de toda la Creación, de la cual han derivado todas las cosas inanimadas y animadas. Y pienso, animada viene “anima” o sea, de alma. Tal vez, ese sea el eslabón que le falta a la ciencia: reconocer el soplo divino en la vida.
Muchas dudas tienen aún los científicos: hasta principios del siglo XX creían que la galaxia era todo el universo. Hubble probó que la Vía Láctea era sólo una entre millones de galaxias y obtuvo la evidencia visual. Corría el año 1923, era el mismo año en que nacía mi mamá. Apenas hace poco más de 90 años, lo cual es nada en la historia humana y en los millones de años de la tierra. Luego probaron algo impensado: el Big Bang, es decir, que el universo, por lo menos el nuestro, nació de un solo punto, y ello si lo pensamos bien, tan sólo hace unos 13.800 millones de años.
Por las leyes de la física sabían los científicos que esa expansión provocada por la explosión llegaría un momento en que se desaceleraría, es decir, la lógica es que de la violenta explosión inicial el universo se expandiera a una velocidad que poco a poco iría perdiendo energía. Pero para sorpresa de todos, resulta que luego viene a descubrirse que el universo no sólo se está expandiendo (lo cual sería lógico por la inercia de la explosión), sino que increíblemente, cuanto más se expande, más se acelera esa expansión! El corrimiento al rojo en el espectro demuestra claramente esta realidad. Entonces aparece la búsqueda de la razón de este hecho increíble. Descubren los agujeros negros (que nadie sabe exactamente donde dan y que función tienen), y algo inesperado para justificar la expansión: la energía oscura (que sería justamente una fuerza antigravitacional o anti gravitatoria, responsable, según se supone, de que el universo se acelere en su expansión), y la materia oscura (inaccesible para la luz, por lo menos en las frecuencias que podemos percibir), pero responsable de efectos gravitacionales sobre las galaxias y estrellas. Todo esto se ha descubierto en poco más de un siglo.
Pienso en que debería estar mareado: la tierra está girando en este preciso momento sobre su eje a la vertiginosa velocidad de 1.800 km/h. En realidad nada, si pensamos que su traslación es de 108.000 km/h. Pero que también se mueve el sol junto con todo el sistema solar a una velocidad de 700.000 km/h alrededor de la galaxia. Pero el número es pequeño si pienso que la Vía Láctea se desplaza ahora mismo por el universo a una velocidad de 2.5 millones de km/h. Qué mareo!
En fin, yo miro a las estrellas, y ellas me miran a mi: sólo que cuando ellas me miran yo todavía no había nacido y cuando yo las miro, en muchos casos, ellas ya no existen hace miles de años. Curiosidades de la vista, que percibe la luz que sólo se traslada a 300.000 km/segundo en un universo observable de unos 93.000 millones de años luz (la luz recorre en un año algo así como 10 billones de kilómetros).
Vuelvo sobre mí, y recuerdo que allá por 1974, mi mamá se volvía en micro de San Bernardo, dejándonos a mi padre y a mí en la playa, porque mi abuela estaba muy enferma. Recuerdo que me contó que miraba por la ventanilla las estrellas y que se dijo que mientras pudiera ver una estrella muy brillante, mi abuela viviría. Bueno, mi abuela sobrevivió (al menos por esa vez), y mi madre regresó a sus vacaciones.
Algo que me convenció de mirar al cielo son los años y la certeza que la astronomía nos hace más humildes. Nos hace comprender lo pequeño que somos y a la vez nos hace ver que todos los importantes problemas por los que diariamente nos desvelamos, no son nada en la historia de la humanidad, en la historia del planeta, del sistema solar, de la galaxia, del universo (¿de los multiversos?). A la luz de la astronomía, toda la soberbia de los prepotentes se hace ridícula, risible.
Polvo al polvo, “recuerda hombre que eres polvo y en polvo te convertirás”, en realidad somos átomos, antes de ser hombres y luego de serlo también, sólo que organizados de otra forma.
Un gran misterio es el hombre, tan presuntuoso, y sin embargo tan débil que una simple bacteria es capaz de hacerlo desaparecer.
Durante mucho tiempo se buscó la armonía en el universo: los círculos perfectos, reflejos de la perfección del Creador. Luego aparecieron los que hablaron del caos, para finalmente comprender que aún en el caos hay una cierta armonía, una forma de organizarse que tal vez no está a simple vista o que va más allá de nuestro entendimiento.
El hombre, como diría el filósofo, “está en el horizonte de la eternidad”, con los pies en la tierra pero contemplando el Cosmos y aún más allá. ¿Qué es esa sed de trascendencia? ¿Sólo un epifenómeno de la soberbia humana? Sólo el hombre sobre la faz de la tierra es capaz de meditar sobre el más allá...El mono que habla está hace miles de años estupefacto: ¿qué hay más allá?
Y en toda nuestra pequeñez, adivinamos que nada es porque si, nada es casual: “Dios no juega a los dados con el universo” –dijo Einstein-.
Pero aún así necesitamos algo más personal, algo que nos acurruque como una madre tierna, algo que nos proteja y nos escuche, entonces pensamos en el Creador como nuestro Salvador.
Pienso en lo que dijo San Agustín: “¿Cómo es que somos tan pequeños, si somos un tesoro para Ti?”, para sólo rendirse a su intuición o a su fe, como mejor nos guste:“Porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí”.



lunes, 21 de marzo de 2016

LA SENSACIÓN. Relato por Alejandro R. Melo

Cada día tomaba aquella calle...los años pasaron y el paisaje apenas si se modificó desde que comencé a trabajar en el aserradero.
Ahora soy viejo y recorro los mismos olores, los mismos caminos somnolientos.
Cada día bajo la calle con el sonido de los pájaros jugueteando entre las ramas del bosque. En primavera sus trinos se transforman en un coro virtuoso que alegra mi vida.
Cada noche, cuesta arriba por mi calle, voy acompañado por el arrullar de los búhos y el fresco estremecimiento de las ramas de los eucaliptos, mientras sus hojas vibran ante la caricia del viento.
Ahora se me hace dificultoso caminar de vuelta la calle que lleva a la casa. De no ser por las fragancias que recogen mis sentidos, hace rato que sólo me hubiera sentado en la puerta, a contemplar el paso de los caminantes.
Pero mi calle tiene ese encanto. El bosque tiene su música. Por más que cada día pase por los mismos recodos, por las mismas piedras. Allí está la piedra grande al borde del camino. Más allá la casa del molino: puedo sentir el aroma del humo que quema su hogar y sale jugando por su chimenea. La casa estaba allí cuando nací. Decía mi padre que la construyó un viejo herrero del pueblo. “Era un hombre muy bondadoso”, -solía comentar mi madre.
El viejo molino de agua sigue moviendo sus aspas. La frescura de sus aguas sigue danzando en mi corazón y me evoca mi niñez, cuando mi padre me llevaba de la mano camino abajo hasta la escuela frente a la plaza.
Esta noche, la luna juega a las escondidas con las nubes que la acarician suavemente mientras forman bandadas que se llevan las penas de los hombres. Ellas nos recuerdan lo estúpido de las preocupaciones de los corazones, mientras el viento arrastra día tras día allá en lo alto, la futilidad de su permanencia.
Podría morir esta noche, mientras mis sentidos retienen los aromas del bosque, el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo y el crujir de la alfombra de hojas en el otoño; las ramas de los eucaliptos balanceándose con el viento y lanzando su antiguo rezongo; el dulce aroma del agua del pozo; el pan haciéndose en el horno. Nada más anhelo, nada más necesito... Mi corazón está completo. Dios no tiene apuro, tan sólo espera paciente el fin de mi anécdota vital.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

UNA VARICE EN MI PIERNA. Relato de Alejandro R. Melo




Cuando yo era chico, de unos ocho o nueve años, me apareció en mi pierna izquierda una várice. La verdad es que no sé de dónde había salido. La realidad es que esa várice era bien visible en mi pantorrilla. Y me dolía bastante. Era muy molesta. No podía jugar en el patio del colegio sin que me doliera.
Mi mamá le comentó a mi tía el asunto, y ésta le contó de una mujer que según ella, “curaba”. Es decir, era lo que en el campo suelen llamar una “curandera”.
La gran mayoría de estos personajes son mistificadores, farsantes que tratan de sacarle el dinero a la gente, y sólo lucran con la necesidad y el dolor ajenos. Este tipo de personajes siempre me pareció despreciable.
Pero en el caso que te cuento había algo que distinguía a esta mujer de esas típicas curanderas. Por empezar no hacía ningún tipo de menjunje, brujería o cosa por el estilo, y fundamentalmente no cobraba un solo centavo por lo que hacía.
La mujer afirmaba que una noche tuvo una visión: se le había aparecido un soldado romano que al parecer era un santo, pues tenía un aura especial sobre su cabeza. La verdad es que en esta primera visión, el soldado no se presentó, sino que simplemente se limitó a mirar a la mujer, y luego desapareció. La mujer impresionada, y deduciendo que se trataba de un santo, envió a su marido a la santería a buscar estampitas de santos que tuvieran el atuendo de soldado romano, pero había varios santos que se vestían con el atuendo del imperio romano. El soldado volvió a presentarse otra noche ante la mujer. Entonces ésta le preguntó: ¿Quién sos? ¿Cómo te llamás?
Soy Sebastián, -le dijo el aparecido.
La mujer mandó nuevamente a la santería a buscar una estampa de San Sebastián, pero a pesar de revolver entre todas las estampas no aparecía la imagen del pretendido santo.
Finalmente, en otra santería, el hombre encontró una estampa de San Sebastián. Efectivamente era la imagen de un soldado romano, tal vez una de las pocas en que se mostraba a San Sebastián vestido con el típico atuendo de soldado romano, ya que en todas las estampas aparecía semidesnudo y presa de las flechas que atravesaban su cuerpo. Se trataba de un mártir, que al convertirse al cristianismo provocó la ira de su emperador, quien le exigió elegir entre Cristo y seguir siendo el Jefe de la Guardia del Emperador. Sebastián amaba a Cristo, y tanto odio desató su elección, que el Emperador lo mandó a soportar las peores torturas, para arrojar luego su cuerpo como desperdicio.
La mujer finalmente reconoció en la estampa la imagen del soldado que se aparecía.
En las siguientes apariciones, el soldado santo le indicó distintas cosas a la mujer. Entre ellas cómo debía rezar a Jesús invocando su intercesión.
Aquel día, la mujer que vivía en una casa prolija de clase media, en un barrio de las afueras de Buenos Aires, nos hizo pasar. Luego nos hizo sentar en círculo en torno a una pequeña mesa que tenía una jarra de agua y un solo vaso.
La mujer se santiguó, cerró los ojos y rezó imponiendo su mano sobre la jarra de agua.
Luego sirvió agua en el vaso y bebió de él. Cuando culminó de beber pasó el vaso y nos hizo beber uno a uno de esa agua.
En ese momento declaró: San Sebastián está entre nosotros y ésta es la manera que tiene de comunicarse con nosotros. Nos tomamos de las manos y rezamos un Padrenuestro y un Ave María.
Finalmente impuso su mano sobre mi cabeza. ¡Cuánta fe tiene este chico! –dijo- y extendió su mano sobre mi pierna, colocándola sobre la zona donde estaba la várice. Rezó durante un rato. Al poco tiempo yo comencé a sentir un intenso calor en la zona. Cuando la mujer retiró la mano, la várice ya no estaba allí. Nunca más me volvió a molestar y nunca más la várice fue visible.
No sé si fue un milagro. Solo sé que ocurrió en mi cuerpo y fueron varios los testigos de mi familia que presenciaron el hecho. Una o dos veces más vi a la mujer, pero luego le perdimos el rastro. Yo era pequeño por entonces, pero este hecho me marcó para toda mi vida y me demostró que, de alguna manera, lo maravilloso existe.


martes, 2 de diciembre de 2014

Los ojos y el mar. Relato alegórico por Alejandro R. Melo

Para mi amiga Silvia, a quien el mar misterioso, ha devuelto a la playa de mi vida.


Me quedé como paralizado mirando el cuadro: una playa, un acantilado, las olas rompiendo contra las rocas y el sol escondiéndose entre las nubes. 
Fue como un detonador que me transportó al despertar de mi vida. Fue cuando el bosque nos daba su aroma y su frescura. Fue el tiempo en que las hortensias reventaban de gozo ante la caricia del sol, y nos regalaban sus colores azules, rosas y lilas.
Allí estaba yo, parado entre las piedras y la arena, y el agua del mar acariciándome los pies. La espuma jugueteando con el viento y el agua cristalina, fría, que una y otra vez me traía el mensaje de mis sueños más secretos. 
Fue cuando vi sus ojos azules reflejados en el agua. Levanté la vista y su sonrisa me deleitó el alma. 
Fue un instante fugaz, lo sé, pero su imagen cálida, dulce y amiga, se fue conmigo. 
Desde entonces, no ha dejado de acompañarme. 
Por alguna razón, yo había adquirido el cuadro, pensaba; mientras el burbujear de miles de imágenes me saltaban desordenadas a la mente.
Cansado, me tiré en el sillón y me quedé dormido. Toda la oscuridad se me vino encima. Pasaron...no se cuantas horas, o quizás incluso días, o quizás años, hasta que un murmullo resonó en mis oídos como el incesante y eterno retorno de las olas. Sentí en mi nariz el aroma salobre del mar y abrí los ojos, y por un instante, quizás fugaz, pude mirarme en esos ojos que me acompañaron toda la vida.

martes, 25 de noviembre de 2014

La Travesura. Relato por Alejandro R. Melo

Luego de dejar el comedor, salíamos ordenados al recreo largo de la una, donde se desataban todas nuestras energías duramente reprimidas por la rígida disciplina.
Mi timidez y gran miedo al castigo no me impedían seguir a mi diminuto amigo Scala corriendo por los pasillos de los dormitorios de los curas del centenario Colegio San José. Eran oscuros y tenían algo de misteriosos, y además estaba estrictamente prohibido a los alumnos transitar por esas zonas. Nos imaginábamos que se nos podía aparecer el fantasma de algún viejo mazorquero de Rosas. De tanto en tanto, el que si se nos aparecía era el Padre Gabriel con su voz ronca, y nos retaba medio en serio, medio en broma (no podía disimular la risa que le provocaba vernos correr asustados luego de que nos advertía, exagerando su voz de ultratumba: ¿Que están haciendo aquí? ¿No saben que está prohibido andar por los pasillos de las piezas de los curas! ?).
Pero nuestra convocatoria al misterio se volvía a repetir. Teníamos siete años y casi nada sabíamos de la vida, así que varias veces nuestra correría terminaba gritando: Viva Perón! . Era una máxima transgresión, porque alguno nos había contado que estaba prohibido pronunciar ese nombre...

lunes, 17 de noviembre de 2014

Agonía por Alejandro R. Melo

Hay días que pesan. Cuando el alma lucha en sus contradicciones 
y sus decepciones; cuando el corazón nos hace beber su amargo reproche. Pero también hay que aprender a liberarse de esa pesadez: el sol, el cielo, el universo y más allá Dios. 
Y en un retorno maravilloso, nos cubre la luz, nos rodea la energía positiva y nos embriaga el amor.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La Maldición. Cuento por Alejandro R. Melo

Su formación científica no le permitía aceptar lo que le había dicho su madre de pequeño, pero con el correr de los años fue teniendo que darle la razón, y ahora que ya estaba muerta, comprobar que por alguna extraña circunstancia todo lo que ella decía tenía cierta dosis de sabiduría.

Se podrá discutir sobre la conveniencia de lo que la mujer le había contado a su hijo, pero la realidad es que quieran o no, todo ello pesó sobre el muchacho durante largos años e incluso lo acompañó durante los años de su edad adulta, generando un clima de pesadez, de satisfacción a medias en todas las cosas que emprendía, de frustración decisiva en otras, como atrapado en una telaraña de la que no podía escapar por más que lo intentara de mil maneras, terminando por conformarse con su destino.

El amor nunca llegaba a culminar en ese desborde de felicidad que embarga a los que están verdaderamente enamorados, a los que viven la ensoñacion y el sueño temporal de la perfección estética y anímica. Es decir, quiero que me entiendan: todas sus relaciones eran porque tenían que ser, porque era imperioso aferrarse a una tabla en medio de una mar embravecida, o porque la costa de la felicidad no alcanzaba a vislumbrarse en el horizonte.

Comenzó a preguntarse si existía eso que llaman "felicidad", para luego adquirir los estereotipos que la sociedad utiliza para justificar la languidez de los que han perdido la pasión.

Poco a poco hasta le fue perdiendo el gusto a su trabajo, al que naturalmente no podía abandonar, porque el tedio y el aburrimiento habían ganado su ánimo. Era como arrastrar las cadenas de una condena urbana sin cielo azul.

Todos los días,  como el paso implacable del segundero del reloj, eran idénticos. Uno tras el otro, hasta que, sabía, ya no quedara cuerda en la máquina.

Una tarde, de aquel domingo lento y vacío, se quedó mirando por la ventana, y allí recordó:

Su madre le había dicho, que al nacer, la familia de su padre, que no estaba nada contenta con la relación de éste con su madre, profirió una maldición.

Mientras recordaba aquellas palabras, su mujer, que para matar el tiempo se había puesto a limpiar las viejas porcelanas que el hombre había traído de su casa natal, sin querer deslizó el viejo jarrón que fue a dar hecho pedazos en el suelo del comedor.

Fue en ese instante que el hombre comprendió. Por la ventana entró un rayo de sol cálido y alegre, y descubrió que había flores en el jardín.





miércoles, 30 de abril de 2014

EL DERECHO COMO INSTRUMENTO DEL PODER por Alejandro Roberto Melo



I- Introducción:
Ríos de tinta se han escrito sobre el Derecho y su función. Desde las tesis ius naturalistas clásicas, o aquellas que nacieron al calor de los impulsos renovadores del renacimiento, hasta las posiciones racionalistas que dieron origen al positivismo jurídico, pasando por el historicismo.
La realidad es que casi todas las posiciones modernas ponen el acento más o menos significativo sobre los aspectos normativos del Derecho. ¿Pero qué es el Derecho más allá de la Norma?
Podríamos definir al Derecho como un conjunto de normas que rigen una sociedad, o con mayor precisión, un conjunto de normas que por mandato de un poder determinado, tienen vigencia y obligatoriedad en una comunidad política concreta.
Sin embargo, todavía estaríamos hablando de contenidos que se agotan en el análisis de las mismas normas a lo sumo en los procedimientos que llevan a la sanción de las mismas.
También podríamos mirar al Derecho desde un punto de vista filosófico y entonces preguntarnos la razón por la cual los seres humanos, reunidos en comunidad, requieren del reconocimiento de ciertas normas. Allí nos podríamos preguntar sobre aspectos, que algunos podrían calificar como meta jurídicos, como son las pautas que llevan a la legitimidad de las autoridades que sancionan las normas.
Obviamente que para todo sistema jurídico, serán legítimas las autoridades que son reconocidas como creadoras del sistema o como continuadoras de los procedimientos de designación que el mismo sistema contiene. También podríamos especular sobre los valores desde el punto de vista filosófico, que llevan a la sanción de determinadas normas.
Otra mirada podría ser sociológica, y entonces preguntarnos el por qué ciertas normas son sancionadas y obedecidas por una comunidad política.
¿Qué costumbres y que éticas llevan a un cierto grupo humano a aceptar como válidas ciertas disposiciones y a repudiar otras?
Pero en todos esos casos, todavía no habríamos descubierto cuál es la dimensión antropológica del Derecho. Porque para comprender qué es el Derecho, hay que hacer el esfuerzo por entender cómo se agrupa la comunidad humana.
El Derecho no ha sido siempre el mismo, y no me refiero al contenido de las normas que se sancionaron a lo largo de la historia, sino a una realidad generadora.
El Derecho no hizo su irrupción en la historia humana como producto de una especulación filosófica. No fue la República de Platón ni la Ética de Aristóteles la que definieron su existencia.
Tampoco el Derecho es ese pretendido “sujeto” o “ente” con identidad y vida propia del que ha pretendido revestirlo el racionalismo jurídico, y que parece más a un monstruo que se devora a su propio creador que la realidad humana.
Lógicamente que detrás de todas estas posiciones, aún muy discordantes, existe una intencionalidad velada de justificación.
El derecho, digámoslo decididamente, no es sino un instrumento de que se vale el poder para ordenar una comunidad humana.
Caracterizado así, ello nos lleva pensar varias cosas. Por empezar parecería que nos referimos a cierta forma de positivismo jurídico, ya que el instrumento no podría ser anterior a quien se vale de él, ya que es instrumento, en tanto y en cuanto quien se vale, reconoce en este objeto cualidades o aptitudes para cumplir el fin propuesto, esto es, ordenar la sociedad. Sin embargo, tal vez el instrumento sí fuera prexistente, al menos en potencia, a su uso, como la piedra que el hombre primitivo transforma en cuchillo, en masa o en punta de flecha.
Pero, ¿es así? ¿Todas las normas son producto de la mera construcción del poder, o hay algunas normas que nacen de la propia naturaleza humana, que imponen tendencias a las sociedades?
Pareciera que lo que conocemos o denominamos Derecho Natural, no llega a ser un conjunto de normas, ya que para que ellas existan deben ser de fácil aprehensión. Pero es como si existiera un “más allá” del conjunto de normas positivas. Unas ciertas tendencias que pudieran estar ínsitas en el carácter gregario de los seres humanos, en su herencia genética, en sus hábitats asumidos a través de millones de años de evolución.
Sin embargo, aceptémoslo, no es fácil llegar a conocer con precisión esas tendencias humanas que serían pre - formadoras del instrumento llamado Derecho.
Existen grupos humanos cuyas costumbres son diametralmente opuestas a la moral del hombre occidental, y particularmente a la civilización cristiana.
De hecho, muchos de los conflictos que se han dado en la historia, producto del choque de civilizaciones, se han debido a esa diversa concepción de la realidad humana que han tenido los distintos grupos humanos.
El conflicto, en este aspecto, no ha sido sino el desconocimiento o la desvalorización como auténtica o como válida de una manera de ver y concebir el mundo distinta a la de mi grupo social.
Pero pensar en un Derecho basado en exclusivos mandatos positivos parece no ajustarse a la realidad social y humana.
Hay, evidentemente, principios que el legislador ha tomado de su contexto social, de las costumbres de los mayores “mores maiorum”, de los prejuicios y valores que sostiene su sociedad. Y entonces, pretender que el Derecho es un conjunto de normas desprovistas de contenido moral, y que ese contenido normativo puede ser denominado Derecho sin referirse a aquellos principios, resulta el punto culminante del racionalismo jurídico.
El Derecho no es un “ente ideal”, no tiene existencia descarnado de la realidad social y moral que informa la sociedad a la que está destinado como instrumento.
Aceptemos el aporte del positivismo, al procurar lograr interpretar la “norma” desprovista de toda valoración y de todo contexto social, y construir una Ciencia Jurídica basada exclusivamente en el análisis de la norma. La lógica y las reglas de interpretación relativas al lenguaje constituyen un aporte valioso al análisis de la norma como objeto formal.
Pero ello no nos dice nada de la norma en su interacción con la sociedad.
Muchas dudas surgen a esa forma de ver el Derecho. Por ejemplo, las reglas de interpretación: en muchos casos se debe aceptar la circunstancia de que las normas son interpretadas no a la luz de la voluntad del legislador que las creó, sino adaptadas a las circunstancias sociales o éticas del tribunal que debe intervenir en el caso concreto. Los racionalistas llaman a esa forma de interpretar la norma: la voluntad de la ley. O también la metodología para salvar las lagunas de derecho (en el caso del Derecho Civil y Comercial), aunque algunos afirmen que no existen tales lagunas. Con todo, la remisión que hace el Derecho Comercial a los usos y costumbres constituye un obstáculo normativo a esa metodología. Se trataría de remitir a circunstancias ajenas al contenido de la norma pura, lo cual haría investigar en las costumbres sociales.
Es que para ser coherentes con su postura normativista, aceptar que la interpretación actual de la norma tiene que ver con hechos o circunstancias concretas del medio histórico y cultural, parecería que violenta la ciencia “pura” del Derecho.
Entonces, han pensado que la norma tiene entidad propia independientemente de la voluntad humana, y que las reglas no sólo de interpretación, sino de validez tienen que buscarse dentro de la norma misma.
Otra vez, el monstruo que adquiere vida propia. Y así se han dado a estudiar el Derecho en las facultades, alejadas de un análisis sistemático y concreto del contexto social y cultural en que las normas han sido dictadas, y con tan sólo una mera referencia histórica.
Por supuesto, tampoco se estudia el contexto social en que esas mismas normas mantienen su vigencia.
Sin embargo, en mi opinión, nada de ello es así: el Derecho no sólo es norma, es realidad social, es contexto histórico, es aceptación social, es tabú, costumbres sociales, y valores aceptados por la comunidad.
Si tenemos que plantear un curioso ejemplo de contradicción del pensamiento positivista, es justamente el juicio de Nuremberg, en el cual los jueces intervinientes, ante la evidencia de que no existía un sistema normativo vigente que permitiese juzgar y por lo tanto condenar a muchos responsables de crímenes de lesa humanidad, apelaron a invocar el “Derecho Natural”, a pesar que dicha resolución implicaba dejar de lado el principio “Nullum crimen, nulla poena sine praevia lege”, que informa largamente el Derecho Penal clásico y liberal, y sobre el cual se sustenta todo el sistema normativo contemporáneo (por lo menos de los llamados países civilizados).

En nuestro derecho continental, tal vez extremadamente influenciado por el pensamiento racionalista, se ha tenido que fundar todo el basamento del orden jurídico en una presunción “iure et de iure” (que no admite prueba en contrario): la ley se presume conocida por todos. Es, podríamos decirlo, la única manera de mantener la coherencia interna de ese orden jurídico sin apelar a factores externos a la propia norma. Un invento del racionalismo extremista, que nada tiene que ver con la realidad humana: de hecho, la mayoría de los habitantes de un país jamás ha leído una sola coma del código penal o de las leyes civiles o comerciales que lo rigen. De esas normas, a lo sumo, la mayoría tiene referencias o citas de terceros, y en todo caso, ante un caso concreto, no tiene más remedio que recurrir a los expertos en leyes, es decir, a nosotros los abogados.

En el Derecho Indiano no existía esa presunción, ya que la interpretación de las normas reales hacía remisión al “derecho natural”, el cual era prácticamente indiscutido para la época. Derecho o no, natural o producto de la moral colectiva, lo cierto es que existían reglas o principios que eran masivamente aceptados y que regulaban en gran medida la interpretación de las normas. No se necesitaba del abogado para interpretar la norma -de hecho en muchos lugares de América fueron escasos los juristas-.

Tampoco necesita de esa presunción racionalista el derecho anglo -sajón, fundamentalmente basado en el precedente y en la costumbre.

Curiosamente, y a pesar del hecho concreto de que jamás ha leído el código penal, el hombre común, el lego, como nos gusta decir a los letrados, siente algo, algo interno que es su “conciencia” del bien y del mal, la que le dice, más allá de toda norma, que matar es malo, que robar es malo, que engañar es malo. También esa voz interna le dice al hombre común, que debe ser leal con los otros en sus relaciones, y aparece en su fuero íntimo algo no muy definido, pero que reclama espacio para su justificación: el sentido de justicia.

Nada de ello podría ser posible, sin millones de años de evolución, sin el influjo de las civilizaciones que hicieron de mandatos morales, la ley básica para ser seguida por todos los hombres de la comunidad.

La realidad histórica demuestra que un juez, interpreta la norma en un sentido o el otro, y que las diversas interpretaciones a través del tiempo han sido tenidas por válidas, aunque en algunos casos resultaran clara y decididamente antagónicas.
Es verdad que el miedo pudo haber tenido que ver muchas veces con esas “interpretaciones”, como el caso de los jueces alemanes del período nazi, o los jueces soviéticos durante la dictadura de Stalin.
Quienes han estudiado en profundidad el proceso psicológico de toma de decisiones de un juez, han señalado que en realidad, primero valora los hechos concretos y luego procura aplicar la norma o interpretación de la norma que más se adecua a esa valoración. Tal vez no sea en todos los casos igual, pero basta con el hecho de que en muchos de los casos éste sea el procedimiento de juzgamiento, para tener que admitir la influencia del valor justicia en la toma de decisión.
En muchos casos ha sido la ideología la que ha determinado la interpretación. Hoy está abierto un debate en la sociedad argentina sobre el pensamiento llamado “garantista”, que para los pretendidamente enrolados en esa corriente, no sería garantismo, sino la interpretación correcta de las garantías constitucionales. No es el objeto de este trabajo terciar en ésta polémica, pero baste como ejemplo de que las interpretaciones de las normas están muy influenciadas por el pensamiento de la época.
Un ejemplo claro de diversa interpretación de una norma fue el fallo “Sejean c/ Zack de Sejean” que decretó la inconstitucionalidad de la norma contenida en la ley de Matrimonio Civil que impedía la disolución del vínculo en el caso de divorcio. Este fallo, se dictó luego de casi cien años de vigencia de dicha ley, y con reiterados fallos que aseguraban su constitucionalidad. Fue el antecedente judicial de lo que luego fue la ley 23.515. Obviamente, la moral social había cambiado, y ello permitió este cambio de criterio en la jurisprudencia. Con respecto a ello, el Ministro de la Corte Suprema, Dr. Fayt, sostuvo que: “el control judicial de constitucionalidad no puede desentenderse de las transformaciones históricas y sociales.”
Pero no son sólo las ideologías o las costumbres morales las que influyen en la interpretación de las leyes. En muchas ocasiones es la política de un gobierno determinado, la que influye decididamente sobre lo que resuelven los jueces. ¿En qué queda entonces la “división de poderes” y la denominada independencia del Poder Judicial?
Una cosa es el principio constitucional, y otra muy distinta la realidad del mundo jurídico. A veces, jueces son influenciados indirectamente o compulsivamente por el poder político. Muchas veces los intereses económicos y fiscales son los determinantes de algunas interpretaciones.
No necesitamos ejemplos muy actuales, ni siquiera hacer referencia a Cortes que se desempeñaron durante los largos períodos de quiebre institucional, para encontrar ejemplos de cambios de criterios en la interpretación de una misma norma. Por ejemplo, los alcances de la jurisdicción federal sobre los “establecimientos de utilidad nacional”, fue objeto de por lo menos cinco cambios de interpretación de la Corte Suprema de Justicia de la Nación desde la vigencia de la Constitución de 1853, y todo ello vinculado a la política fiscal de los gobiernos de turno.
Otro ejemplo de influencia del poder político sobre los jueces, pero ya rozando aspectos delictivos, podemos encontrarlo en épocas más recientes, en donde se desató el escándalo, nunca debidamente esclarecido de los denominados “jueces de la servilleta”, los que supuestamente eran manejados por el poder político a través de referentes o contactos políticos.
En definitiva, y como venimos sosteniendo, la realidad jurídica es mucho más variada que la letra de la norma, inclusive va mucho más allá de las reglas científicas de interpretación.
Las normas pueden proclamar que “dios no existe”, borrar sus símbolos de toda actividad pública, prohibir su mera mención, pero nunca podrán destruir los contenidos morales muy enraizados en una comunidad social.
Tarde o temprano los controles se relajan, y la voluntad social se manifiesta como reacción a las imposiciones absurdas y contrarias al pensamiento y las costumbres de la sociedad.
Así, el sentimiento religioso brotó en Rusia ni bien pudo expresarse con mayor libertad, o en la propia Cuba, luego de muchos años de propaganda marxista y de imposiciones de la dictadura castrista.
O en nuestro propio país, salvando las distancias, cuando las normas prohibieron toda mención a Perón.
Pero también es cierto, que a veces las normas tienen aptitud de generar cambios sociales, como un claro ejemplo la ley de enseñanza obligatoria, que cambió la realidad social y cultural de nuestro país y fue ejemplo para toda América.
Pero esa norma igualadora, coincidía con valores positivos que la sociedad reconocía, y aunque no exenta de dificultades, su instrumentación permitió realizar grandes transformaciones sociales e integrar a una comunidad política heterogénea, en donde se mezclaba el criollo con los hijos de las vigorosas corrientes migratorias de la época.
En definitiva, y baste como introducción, el Derecho es mucho más que norma, es realidad social y es contenido moral.
Pero el objeto de este trabajo es hablar del Derecho como instrumento del Poder. En las páginas que siguen vamos a profundizar ese concepto, ya que más allá del sistema jurídico que busquemos, siempre vamos a encontrar mandatos estandarizados para regir a la comunidad política. Lo contrario, es admitir que quien manda lo hace basándose en su sólo arbitrio y humor cotidiano, y entonces, no podríamos hablar de comunidad política, ni mucho menos de sociedad organizada, sino de una banda de forajidos manejados por un violento que espera ser reemplazado por otro violento ni bien se note algún signo de debilidad o vejez en el primero. Tal como las fieras remplazan al macho dominante, pero con una ventaja, no necesitan del Derecho -que es producto de la cultura humana- sino que les basta su mandato instintivo.

II- El Derecho entre el mito y la realidad:
Muchos millones de años antes de que la civilización conociera conceptos tales como soberanía, o estado, los grupos humanos comenzaron a reunirse en familias y grupos de familias que tenían a sus líderes naturales, tal como la manada respeta al más fuerte. Todavía no había Derecho sobre la tierra.
La llamada ley del talión, no es sino la expresión de la venganza tribal de un grupo humano sobre el otro.
La selección de los jefes de esas comunidades humanas, estaba basada, tal como en el resto de los animales, en la fortaleza de ese Jefe.
¿Por qué mandaba? Simplemente porque se imponía a los demás.
Pero el hombre interactuaba con su entorno, contemplaba la naturaleza y tenía que sobrevivir en duras condiciones climáticas y ambientales, compitiendo con otros homínidos y con bestias feroces que le disputaban el alimento, y que en muchas ocasiones lo transformaban en su alimento.
No se sabe en qué momento, el hombre comienza a tener un pensamiento abstracto y a relacionar los elementos del medio natural con sus temores y esperanzas. Lo cierto es que de alguna forma nace el pensamiento religioso, y con él, el tabú, mezcla de superstición y prácticas protectoras de la especie (tal vez basadas en conductas instintivas en gran medida).
Con el nacimiento del pensamiento religioso nace la moral o (costumbres seguidas por los antepasados) y de alguna manera, el Jefe del grupo, advirtió que podía convencer a sus congéneres, de que su autoridad no provenía sólo de la violencia que era capaz de ejercer, sino de un pretendido mandato de los dioses.
Entonces, el Jefe se confundió con el Sacerdote, adquiriendo en el imaginario colectivo una autoridad que de otra manera hubiera carecido.
Si el Jefe no lo era sólo porque se había apoderado del poder -él o sus antepasados-, y lo mantenía con la fuerza bruta, sino que además tenía otras “cualidades”, como ser el enviado de la divinidad, el predestinado para regir a la comunidad, ya no sólo se le obedecería por el miedo, sino que en este punto le habría adicionado un invalorable justificación moral, lo que modernamente llamaríamos “legitimación”.
Con la legitimación el poder del Jefe se consolidó y obtuvo un significativo avance, ya que descubrió que producía una “economía de la fuerza”: ya no sólo se obedecía al Jefe por su poder físico, sino que ese poder se empezaba a fundar en el respeto a la autoridad, en la idea inmanente de que la autoridad del Jefe provenía de la divinidad -e incluso que era el mismo Jefe una divinidad-, desplazando buena parte del poder físico, a algo mucho más efectivo y perdurable: el miedo a lo desconocido, la coacción interna de la conciencia.
En esa economía de la fuerza, el Jefe obtuvo la ventaja de no tener que disponer de tanto poder exterior para controlar a sus subordinados y además, al tener la legitimación religiosa o moral, se comenzó a transitar el paso fundamental: los mandatos del Jefe se transformaron en legítimos, y si eran legítimos, también podían ser Justos.
La conducta de los hombres sometidos al poder del Jefe debía basarse en la Justicia de sus relaciones, y por lo tanto lo legal y lo justo se confundieron en su conciencia: se actuaba correctamente si se cumplía con el mandato del Jefe.
Nada podía ser mejor para el Jefe: era un Jefe “legitimado” y además tenía la ventaja de que su autoridad no requería de tanta fuerza. Alguien que tenía muy claras las relaciones de poder dijo alguna vez: “Más importante que el poder mismo, es la ‘percepción’ del poder”. Es decir, cómo perciben los otros el poder o la autoridad que tiene quien ejerce el poder, porque si la percepción fuera de debilidad, ese poder se derrumbaría más rápido que tarde. Quien dijo eso fue Napoleón Bonaparte, quien no sólo había leído atentamente a Nicolás Maquiavelo, sino que comentó y anotó su obra más conocida: El Príncipe.
Otro pensamiento también describe las relaciones de poder con graciosa precisión: “Las bayonetas sirven para muchas cosas, menos, para sentarse sobre ellas”. Ello significa que el poder se puede conquistar por la fuerza, pero difícilmente se puede mantener sólo por la fuerza. En un momento se requiere del consenso de la comunidad política o de gran parte de ella para poder ejercer ese poder. La frase también es atribuida al mismo Napoleón, pero con mayor precisión parece que fue dicha por el General La Fayette, hombre de la Revolución Francesa y héroe de la Independencia Norteamericana.
El consenso se basa en conveniencias, de manera que se pacifican los espíritus aceptando o tolerando como valioso el ejercicio del poder por parte del Jefe, al que a lo sumo, se lo ve como el “mal menor” para esa sociedad. De lo contrario se percibe el caos, la devastación o la anarquía.
La legitimación es más que ello, es aceptar valores compartidos por la sociedad, en particular el valor “Justicia”:
Como ejemplo traemos aquí lo dicho por San Agustín en la Ciudad de Dios (Libro IV, Cap. 4):
“Si suprimimos la justicia, qué son entonces los reinos sino grandes latrocinios? ¿Y qué son pues los latrocinios sino pequeños reinos? La propia banda está formada por hombres; es gobernada por la autoridad de un príncipe, está entretejida por el pacto de la confederación, el botín es dividido por una ley convenida. Si por la admisión de hombres abandonados, crece este mal a un grado tal que tome posesión de lugares, fije asientos, se apodere de ciudades y subyugue a los pueblos, asume más llanamente el nombre de reino, porque ya la realidad le ha sido conferida manifiestamente al mismo, no por la eliminación de la codicia, sino por adición de la impunidad. De hecho, esa fue una respuesta elegante y verdadera que le dio a Alejandro Magno un pirata que había sido capturado. Y es que cuando ese rey le preguntó al hombre qué quería significar al tomar posesión del mar con actos hostiles, éste respondió, "Lo mismo que tú quieres significar cuando tomas posesión de toda la tierra; pero por el hecho de que yo lo hago con una nave pequeña, se me llama ladrón, mientras que a tí, que lo haces con una gran flota, se te llama emperador".

Pero hay algo que fortaleció la autoridad del Jefe y reforzó esa “economía de la fuerza” significativamente: la “estandarización de los mandatos”.
A poco de ejercer el poder, el Jefe observó que si todos los días daba órdenes contradictorias y regidas sólo por sus humores, nadie sabría qué es lo que debía obedecer, y se multiplicarían los castigos y la necesidad de controles, sin que ello llevara a una estabilidad en el ejercicio de su poder. Fue así que nació la ley.
Con la norma o ley (aquí lo usamos como sinónimo), el Jefe obtuvo un aumento en la “economía de la fuerza”, ordenó a sus propios servidores del poder, e hizo que los hombres que se le subordinaban supieran a qué atenerse en el caso de que se violaran sus mandatos.
Así que han aparecido ya los tres componentes para configurar el Derecho: el instrumento ley o mandato estandarizado y la legitimación (justificación moral o filosófica de quien ejerce el poder y cómo dicta las normas) y el poder mismo, basado en la fuerza represiva del Jefe para hacer cumplir esos mandatos en el caso de que no obstante la fuerza moral de los mismos, aun fueran desobedecidos.
Entonces, este producto del refinamiento de la cultura, que es el Derecho, fue percibido por el Jefe como un instrumento valioso para asegurar su mando y economizar energías, y por la sociedad o comunidad humana, como un instrumento que le permitía saber a qué atenerse en sus relaciones con el Jefe y también en sus relaciones con los demás hombres, dando lugar a conceptos que sólo el refinamiento de las costumbres pudo lograr: la noción de equidad (dar a cada uno lo suyo según le correspondiera por su naturaleza o situación social), naciendo una equiparación entre lo “justo” y lo “equitativo”.
Pero efecto más sorprendente y quizás hasta mágico para el poder ha sido la identificación de lo legal (conjunto de mandatos del Jefe) con lo “justo”. Esto transforma al hombre común en un leal súbdito, que no tiene la menor intención de alterar el orden establecido. Es el máximo de la “economía de la fuerza”. A partir de este concepto, el Jefe tenía que preocuparse sólo por los individuos más díscolos -transformados en marginales-, los que no aceptaban la primacía de los “valores” compartidos.
Lejos estaba todavía de aparecer el concepto de “igualdad” entre los hombres, abstracción que requirió primero de una elaboración religiosa, moral y filosófica, para muy tardíamente influir sobre la política y ser reconocido como un valor social.
Y aún más lejos, la idea de que el Derecho permitiría a los hombres protegerse de los abusos del Jefe en el ejercicio del poder. En ese momento, el único límite a ese abuso provino de la estandarización de los mandatos.
Más adelante, en la evolución de la civilización aparecería la idea de que el Jefe no sólo emitía la ley, sino que además estaba subordinado a ella.
Esta nueva idea fue producto de la necesidad del Jefe, ya que no de buena gana tuvo que aceptarla. Su debilidad le llevó a conceder cierta participación de poder a otros Jefes, otorgándoles el carácter de pares, pero reservándose el rol de primero entre sus pares. La Carta Magna y los Fueros españoles son buen ejemplo de ello, en tiempos en los que el poder se había atomizado.

III- La formación de la comunidad política:
Los seres humanos desde los albores de la historia (o prehistoria mejor dicho), comenzaron a agruparse, primero por familias, con un macho dominante, luego en grupos de familias formando tribus. Ese carácter gregario les permitió salir de su medio natural y poco a poco irse expandiendo por la sabana africana, persiguiendo animales en sus correrías. Más avanzaba sobre la sabana, más necesitaba de la acción mancomunada para sobrevivir, ya que su estructura anatómica no estaba diseñada para la llanura o la estepa. Necesitó reunirse con otros hombres y desarrollar técnicas de caza de animales muy poderosos. Necesitó del fuego para ablandar los alimentos, ya que su dentadura era la de un frugívoro, no la de un carnívoro, y también necesitó de utensilios y armas, porque no tenía garras ni cuernos ni colmillos.
Poco a poco fue ocupando el África, y cuando las circunstancias ambientales los permitieron, se expandieron hacia Europa y desde allí al Asia. Luego en la Era del Hielo, los hombres penetraron caminando a través del Estrecho de Bering al actual territorio americano avanzando hacia el sur y hacia el este.
Las últimas investigaciones han llevado a la conclusión de que el Homo Sapiens logró conquistar Europa y desplazar para siempre al Neanderthal, no debido a su capacidad física, ni siquiera a su inteligencia, sino a un rasgo que parece que sus primos no compartían: el espíritu gregario.
El invento de la agricultura produjo un salto cualitativo en las comunidades humanas: transformó a las tribus nómades en asentamientos humanos, y con ellos, el afianzamiento de espacios reconocidos como propios y otros como comunes. De alguna manera, había nacido la propiedad privada, pero también, el ámbito común, la “cosa pública”.
Los especialistas suelen clasificar a las comunidades políticas de la antigüedad en monarquías orientales autocráticas, la polis griega, la civitas romana. Por supuesto que se trata de simplificaciones, que sin embargo sirven para dar una explicación general de las formas de organización política que se fueron dando los pueblos de la antigüedad.
La evolución de la tribu a estas formas primitivas de organización política, generó un efecto significativo en el poder. Más se iban “institucionalizando” las costumbres de las relaciones de mando - obediencia y los procedimientos en las relaciones de poder, más se iba olvidando el origen violento de quien ostentaba el poder o sus ancestros, pasando la “juridicidad” a ocupar los espacios de legitimación que antes ocupaba el tabú o la religión.
El origen del poder quedó tras un velo, e incluso se ensayaron formas de participación en el poder, de manera que los hombres que tenían cierto “carisma” personal fueron remplazados por tradiciones o instituciones. Tal vez es un momento glorioso en la historia de las instituciones y del Derecho, porque el refinamiento de las costumbres llevó a la evolución a generar una estructura capaz de gobernar a la comunidad política independientemente de quien fuera el gobernante.
Pero muy distinta fue la estructura “institucional” de la polis griega, una ciudad -ampliada a las zonas contiguas- de la compleja estructura que llegó a ser el Imperio Romano. No obstante, en la Polis, ya se podían distinguir distintos roles institucionales y magistraturas.
Tampoco otras civilizaciones de tipo oriental, como la egipcia, carecieron de funcionarios con roles institucionalizados, si bien la estructura vertical del poder resultaba mucho más notable, y los magistrados no eran sino meras prolongaciones del poder del Faraón. Otro tanto podría decirse del Imperio Persa.
La irrupción de Alejandro Magno en el mundo griego significó un cambio de la estructura del poder, porque más allá de dejar nominalmente vigente las instituciones o magistraturas en las ciudades griegas, la sujeción a su poder unipersonal, representó, por así decirlo, un retroceso en la evolución de las instituciones. Curiosamente no es un fenómeno único: cada vez que se produce la perpetuación en el poder de alguna figura carismática, más influencia tiene en la estructura legal y ésta cada vez menos depende del respeto a la ley -aunque formalmente éste se mantenga- y más de las decisiones que adopta el líder o conductor.
Roma evolucionó de una monarquía primitiva, basada en una pequeña oligarquía etrusca hasta ejercer la influencia sobre poblaciones vecinas. El carácter centrífugo de la influencia romana fue determinante en la generación de instituciones y funciones legales que terminaron constituyendo un complejo entramado.
Pero lo más significativo en la evolución del derecho, fue la muy temprana división entre las cuestiones que interesaban al poder político en forma directa, tales como la recaudación de los impuestos, las levas de los ejércitos para mantener y expandir el poder de Roma (los famosos comicios), del ejercicio de la justicia conmutativa en la solución de los pequeños conflictos cotidianos entre los ciudadanos romanos.
Allí, del poder de los pontífices, ordenadores del mundo sobrenatural y de los antepasados, se pasó a la actuación decisiva de funcionarios como los Pretores, que en algún momento fueron electivos entre la población de ciudadanos romanos y que emitían anualmente sus famosos edictos en los que anunciaban cómo iban a resolver las distintas situaciones conflictivas que pudieran plantearse.
El Pretor hizo de su pericia y de su ingenio la fuente más rica de la gestación del “derecho privado”, utilizando los precedentes.
Obviamente, que si bien el poder (rey, cónsul y luego el emperador), retuvieron ciertas funciones de última instancia, lo significativo fue esta cierta forma de regulación autónoma de las relaciones jurídicas. En definitiva lo que al Jefe le importaba, era que la sociedad se encontrara pacificada y no entorpeciera con revueltas internas el goce de su poder. En el caso de que aun así se produjera alguna revuelta, el Pretor tenía facultades represivas, las cuales ejercía gracias a su famosa guardia pretoriana.
Los negocios jurídicos, antes basados tan solo en el trueque, la costumbre o aun las relaciones de violencia, fueron mutando entre los particulares, para lo cual fue necesario tener códigos comunes de comportamiento. Así nacieron ciertas formas de procedimiento. Las tradiciones religiosas y la ausencia de la escritura en las clases bajas sobre todo, hicieron que esos procedimientos estuvieran revestidos de rituales y de una gestualidad inequívoca.
Lo formal era determinante de lo sustancial. El cumplimiento de ciertos ritos jurídicos hacía a la existencia del negocio jurídico, y era a su vez, la única prueba de su validez y celebración. Esa rigidez ritual ha pasado hasta nuestros días en ciertos negocios jurídicos para los que se exige ciertas formas obligatoriamente, y especialmente a los códigos procesales, no como garantía de asegurar la verdad material, sino como la garantía de la bilateralidad del procedimiento y de la igualdad ante la ley, pero más bien como una forma de poner un límite temporal a lo judicial, a cuya sombra surgieron principios como el de los vencimientos de términos, el de la preclusión, la caducidad de la instancia, y desde el punto de vista sustancial, el instituto de la prescripción de las acciones.
Desde lo público, Roma tomó varios caminos para afianzar su poder y extender sus fronteras. En lo interno, para mantener pacificado al pueblo frente a los excesos de la nobleza y de quienes ejercían el poder, los Emperadores -ya avanzado el Imperio- inventaron el famoso “Pan y Circo”, pero lo verdaderamente interesante desde el punto de vista político y jurídico, fueron los medios que utilizó Roma para expandir su poder frente a los pueblos circundantes primero, y luego a todo el Orbe conocido.
Tal como enseña Juan Iglesias, Roma primero intentaba atraer a los otros pueblos mediante tratados, en los que se aseguraba su supremacía y la percepción de los impuestos, pero respetando -por lo menos desde lo formal- la autoridad local, la religión y las costumbres. El otro medio de cooptación de otros pueblos se dio mediante la posibilidad de adquirir la ciudadanía romana.
Indudablemente fue éste el atractivo jurídico más significativo para muchos pueblos que miraban con admiración la gran urbe, centro del poder mundial en que se había convertido Roma.
Finalmente, si aun así no lograba poner a esos pueblos bajo su control militar y fiscal, Roma optaba por el último recurso: la guerra, la cual ejercía de forma impiadosa, contando con una maquinaria organizada y muy bien entrenada.
Pero a medida que avanzaba la historia, las relaciones de poder entre los ciudadanos romanos y el Princeps iban mutando, hasta transformarse en meros vasallos bajo el Imperio, una vez que la República hubo fenecido.
La expansión del Imperio hizo necesario crear funcionarios que fueran capaces de mantener el orden y administrar justicia entre pueblos de costumbres y tradiciones muy distintas, primero respecto de los extranjeros que ingresaron en Roma, y luego extra muros, en los pueblos que iban incorporándose al vasallaje. Así surgieron primero el Pretor Peregrino, cuyos edictos se diferenciaban así de los que emitían los Pretores, en la flexibilidad de sus soluciones adaptadas a los usos y costumbres de los pueblos vasallos, y la formación con el tiempo, de un conjunto de principios que los autores fueron llamando el “Ius Gentium”, o derecho de gentes, semilla de lo que en un futuro de la humanidad comenzaría a ser conocido como Derecho Internacional.
Pero el poder no es para siempre. Cuanto más se expandía el Imperio Romano más difícil se hacía cuidar sus fronteras frente a pueblos bárbaros que no aceptaban su supremacía y una relación de vasallaje. Por otra parte, a la vez que aumentaban los gastos militares, también aumentaban los gastos en infraestructura, especialmente caminos, acueductos etc. lo cual hacía crecer la presión tributaria y la posibilidad de revueltas en los pueblos dominados.
Las comodidades de una ciudad como Roma hicieron perder a los ciudadanos romanos paulatinamente su vocación por la guerra, transformándose en una labor despreciable y marginal, por lo que cada vez más los emperadores debieron recurrir a los pueblos vasallos para cuidar las fronteras del imperio. El aumento del gasto militar y administrativo, como enseña Paul Kennedy, es uno de los factores más importante en la caída de los imperios que terminan por implosionar, sucumbiendo a esa desproporción entre su capacidad de procurarse recursos y el exceso de inversiones en defensa (aquí podríamos citar nuevamente a La Fallette, admitiendo que la solución militar es simplemente transitoria, y que cuando se produce la prolongación del uso de ese instrumento, indefectiblemente, tarde o temprano, se producirá un agotamiento de los recursos económicos y humanos). La expansión de los conflictos a zonas cada vez más lejanas del centro del poder y la prolongación de los conflictos, producen un efecto de desmotivación en el soldado, que termina cuestionándose por qué razón está arriesgando su vida lejos de su hogar.
La degradación de las costumbres de la sociedad en general y de las clases altas en particular, terminó por resquebrajar el esquema de poder romano, la reiteración de asesinatos políticos como forma habitual de remplazar a los emperadores, lejos del sistema institucional, fueron dejando a Roma, durante varios períodos al borde la zozobra. La penetración de los pueblos germánicos, ocupando funciones que antes estaban destinadas a las legiones romanas, los saqueos y la degradación de los lazos de solidaridad, hicieron que Roma terminara sucumbiendo bajo las hordas de los pueblos bárbaros hacia el 476 de nuestra era. Subsistió el Imperio Romano de Oriente, pero la Europa estructurada por el poder romano había sido destruida.
Quedaron en Europa grupos humanos dispersos, aldeas y ciudades que no reconocían otra autoridad que los jefes locales. Este comienzo de la Edad Media, no es sino un volver atrás en las instituciones, en particular en la evolución del Derecho. Las costumbres bárbaras y las ordalías se confundieron con la memoria de los procedimientos del Derecho Romano. La gente recurría a la memoria de los ancianos del poblado cuando debía administrar justicia, y el Jefe retomó un poder absoluto, sólo limitado en muchos de los casos por las enseñanzas de la Iglesia y el derecho de asilo que significó refugiarse en la Casa de Dios.
Se abandonaron los caminos y las obras públicas, y la cultura se refugió en los monasterios y abadías. Las clases más bajas, compuestas por labradores, debieron contentarse con transformarse en vasallos de los “nobles”, sin derecho a la propiedad de la tierra y atados a un vínculo de subordinación que tenía como contraprestación la protección contra las invasiones de otros señores feudales y bandas de salteadores.
Simultáneamente fue surgiendo una épica basada en las reglas de la caballería, lo cual significaba el renacimiento de los ejércitos privados, y una estructura social basada en supuestas relaciones de linaje, pero ese supuesto linaje, escondía otra forma de legitimación sustentada en el ocultamiento del origen violento de esas supremacías.
Aprovechando la doctrina de los filósofos cristianos, se tejió la doctrina del origen divino del poder, nuevamente para justificar el ejercicio del mando de la nobleza feudal. Tomando las palabras de San Pablo: “no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen fueron instituidas por Él, de suerte que quien se insubordina contra la autoridad se opone al orden que Dios estableció.”
Ello, a pesar de que pensadores preclaros como San Agustín, hicieron una clara distinción entre el “poder” como componente de la estructura social gregaria de los seres humanos y una concreta atribución de un mandato en un individuo o familia de individuos.
Las relaciones de violencia y poder entre los señores feudales hicieron nacer relaciones de supremacía y vasallaje entre ellos mismos, haciendo de algunos súbditos de otros pares que paulatinamente asumieron la pretensión de ser reyes.
Así nacieron el imperio merovingio, el carolingio y el sacro imperio romano - germánico, calificados por algún autor, junto con la Iglesia Católica, como “Proto - Estatales”.
La lealtad se transformó en una reverencia al poder personificado. El Rey, Jefe, o Emperador, era visto como el centro de reunión de todas las lealtades de los individuos ligados no ya entre si, por los vínculos de una comunidad organizada en base a instituciones, sino por la subordinación con ese mandatario tocado por el aceite divino. La simbología religiosa adquiría así nuevamente un poder unificador, pacificador, y de legitimación de estos personajes. Así asumieron los roles de Cristiana Majestad, Católica Majestad, Defensor de la Fe, etc. , que legitimaba el origen violento de su poder. Nuevamente lo legal se confundió con lo legítimo y con lo justo.
Avanzada la Edad Media, fueron cobrando importancia las concentraciones urbanas y el comercio fue transformando con las relaciones de intercambio las costumbres y la influencia de los habitantes de las ciudades o burgos, el burgués, generalmente dedicado a menesteres comerciales. Este intercambio y la existencia de mercados, hizo necesario respetar ciertas reglas provenientes de las costumbres y luego de las reglamentaciones de los Príncipes, y funcionarios que administraban una cierta forma de justicia de menor cuantía, los jueces de mercado.
Por primera vez en la historia de la humanidad el dinero “virtual”, representado por las letras de cambio de los cambistas y banqueros, remplazó al metálico, en una vorágine tal, que los propios príncipes fueron presa de los usureros. Había nacido una nueva forma de poder, en la que no necesariamente se reunía el mando militar y político con el económico. Pero la irrupción del burgués hizo necesario redefinir las relaciones de mando - obediencia en la sociedad y poco a poco fue el germen de nuevas instituciones.
Mientras Príncipes y Reyes reclamaban subordinación en virtud del origen “divino” de sus mandatos, los burgueses, conscientes de su linaje bastardo, susurraban en el oído de los filósofos nuevas formas de ver la realidad para asegurarse un nuevo esquema de poder, en donde tuvieran cierta forma de participación.

IV- LA IRRUPCCIÓN DEL ESTADO Y LA INVENCIÓN DE LA TEORÍA DE LA SOBERANÍA:
Las concentraciones urbanas de las que hemos hablado en el último capítulo hicieron surgir una suerte de ciudades protegidas bajo el mando de un Duque, o Príncipe. Es durante el Renacimiento europeo que surge la idea de Estado, con todas las características con las que conocemos a esa forma de ordenamiento político, por lo que tal como dice D’Auría, hablar de “Estado Moderno” es una verdadera tautología.
Es el norte de Italia donde primeramente aparecen este tipo de agrupamiento, descendiente del feudalismo, pero claramente diferenciado de él por varias características que lo hicieron propio: la existencia de un territorio, una población y un poder político único. Siguiendo a Heller, se sostiene que a partir del Renacimiento y en el continente europeo, “las poliarquías que hasta entonces tenían un carácter impreciso, en lo territorial y cuya coherencia era floja e intermitente, se convierten en unidades de poder continuas y reciamente organizadas, con un solo ejército que era, además, permanente, una única y competente jerarquía de funcionarios y un orden jurídico unitario, imponiendo además a los súbditos el deber de obediencia con carácter general.”
Afirma D’Auria, que esta forma de agrupación política que llamamos Estado, es la inversión del orden político medieval, ya que mientras éste se caracterizaba por múltiples relaciones de dominación, donde había una superposición de lealtades jurídicas, políticas, impositivas y militares, en el Estado que nace a partir del Renacimiento, todas esas relaciones quedaron reducidas a una sola en el territorio de un Estado y bajo un mismo Señor.
Este mismo autor, define al Estado como: “forma de orden político, característica de las sociedades modernas, fundada en el monopolio de la coacción sobre un determinado territorio por parte de una jerarquía burocrática, policial-militar, jurídica e impositiva” y siguiendo nuevamente a Heller sostiene que la aparición de esta forma de orden político fue posible por la aparición simultánea del fenómeno del desarrollo del capitalismo y la monetización de la economía que ello implicó.
El instrumento jurídico, cobró su máximo esplendor en este contexto caracterizado por el “monopolio del uso de la fuerza”.
Los primeros grandes Estados fueron España, Inglaterra y Francia, surgidas bajo el absolutismo monárquico, mientras en el resto de Europa subsistían pequeñas ciudades - estado, o ciudades - repúblicas, y algunos imperios que finalmente fueron disolviéndose en nuevos Estados.
Mientras que la formación del Estado español fue producto de la lucha contra el moro, y de la necesidad de los reinos cristianos de agruparse bajo una misma conducción, el surgimiento del Estado inglés puede atribuirse a la confrontación entre Enrique VIII y el papado, con ocasión de un conflicto de poder bajo la escusa de una cuestión relativa a la nulidad matrimonial del rey.
Francia, por su parte, ve nacer el poder de la monarquía absoluta en el contexto de las sangrientas luchas religiosas entre católicos y calvinistas (hugonotes). En ese escenario histórico, Jean Bodin (1529-1596) elabora hacia 1576, es decir, pleno siglo XVI, su teoría de la soberanía en sus Seis Libros de la República.
“Les Politiques”, grupo del que formaba parte Bodin, sostenían que para asegurar la convivencia pacífica era necesario fortalecer el poder de la monarquía para imponer la paz por encima de los grupos enfrentados.
Para Bodin, el poder soberano es el poder supremo de crear leyes, que tiene como requisitos, que ese poder sea perpetuo, absoluto e indiviso.
El poder perpetuo significaba, que no tenía plazo de vencimiento, no era una solución temporaria. El carácter absoluto significa que el poder no está sometido al de ninguna otra autoridad salvo Dios, y los límites a ese poder son morales y algunos jurídicos: el gobierno se ejerce en forma legítima cuando es razonable, no arbitrario y apegado al Derecho Natural. Pero si ese poder se ejerce en forma arbitraria y contraria al Derecho Natural, se transforma en ilegítimo y tiránico. También acepta la existencia de un poder “despótico”, que se daría cuando el ejercicio del poder no contraría al Derecho Natural pero es arbitrario. Finalmente el carácter indiviso hace referencia a que el poder no es repartido o compartido entre distintos órganos (como lo era en las repúblicas), sino puesto en la cabeza de un único soberano.
El inglés Thomas Hobbes (1588-1679) es un pensador político que continúa con la elaboración de la teoría sobre la soberanía.
A diferencia de los pensadores antiguos, Hobbes no acepta las concepciones organicistas o teológicas de la sociedad política.
Sostiene que hay en el hombre un “estado de naturaleza” belicoso, por esencia conflictivo, violento, indeseable, lo cual lo arrebata a una situación de guerra de todos contra todos, con la consecuente incertidumbre y donde cualquiera queda expuesto a una muerte violenta.
Por eso, para superar ese estado de naturaleza violento, Hobbes piensa que la única solución es la existencia del Estado, el cual -según él- se forma a partir de un pacto social, lo cual es la garantía de la paz social. Se trata de una adhesión volitiva de los propios súbditos a ese monstruo caracterizado como el monstruo marino bíblico Leviatán. Es el miedo el que obliga a los súbditos con el Estado, no la firma de un contrato real, es como un contrato de adhesión al mal menor.
Para Hobbes la obediencia al soberano debe ser sin límites, salvo que éste fuera tan cruel e impredecible que ya no hubiera diferencia entre él y el estado de naturaleza.
Para Hobbes no hay límites al poder del soberano, ni el Derecho Natural, ni reclamo moral, porque según este autor, es el soberano el que fija qué es conforme al Derecho Natural y a la Justicia. Ningún derecho, como la propiedad misma, están a salvo del poder del soberano: es él el que dispone libremente sobre los derechos, ya que éstos sólo existen en la medida que existe el Soberano.
El Soberano no busca el Bien Común, sino su propio interés. Si los súbditos lo obedecen es porque sería peor regresar al caos que implica el estado de naturaleza.
Está claro que la función del Derecho, en esta concepción, como instrumento del Poder del Soberano, se resalta como un medio fuertemente represivo.
Ocurre que en Europa Central (principalmente en el actual territorio alemán) se desata entre los años 1618 y 1648, la llamada Guerra de los Treinta Años, en la que se involucran la mayoría de las potencias europeas.
Si bien originalmente éste conflicto tuvo su origen en la cuestión religiosa entre la reforma y la contrareforma dentro del mismo Sacro Imperio Romano Germánico, el involucramiento de las distintas potencias europeas determinó la existencia de una guerra general en Europa, y de la cual surgiría una realidad jurídica estadual distinta a la hasta ese momento conocida.
La Paz de Westfalia en 1648 y después la Paz de los Pirineos, pusieron fin al Imperio Romano Germánico, ya que prácticamente dejaron sin poder al Emperador Habsburgo, atomizándose Europa en distintos Estados. Esto es conocido como el nacimiento del Estado Nacional.
Entretanto, un pensador inglés, John Locke (1632-1704), funda la ideología liberal, por la cual la soberanía ya no pertenece al monarca, sino que es un concepto ligado a la nación, a un espacio físico en el cual se nace, la “tierra patria” que pertenece tanto a los ciudadanos pasados como a las futuras generaciones, y es superior a los individuos que la componen.
El concepto de ciudadano, ligado a la tierra, desplaza al vínculo jurídico y moral directo con el monarca, el cual se transforma en un órgano más de esa nueva realidad que es el Estado Nación. El poder real, entonces se atomiza entre el Parlamento y la monarquía. La ley ya no es producto de la voluntad del monarca, sino el resultado de un compromiso político de las clases dominantes de la sociedad. Pero esta forma distinta de formar la voluntad de quien manda, no hace distinto al instrumento: el derecho sigue rigiendo las relaciones entre el poder y los ciudadanos y entre éstos entre si.
Esta teoría, al atomizar el poder de los monarcas, lleva al concepto de representatividad o delegación, porque la Nación no se puede gobernar a si misma. Ello es sostenido en Francia durante el siglo XVIII por Montesquieu.
La Revolución Francesa termina por acuñar el concepto de Soberanía Nacional, atribuyendo al cuerpo de la Nación las capacidades de decisión.
En el artículo 3 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se sostiene que “toda soberanía reside esencialmente en la nación”.
Si bien el poder es siempre personal, la teoría del Estado constitucional clásico sostenía una despersonalización del poder estatal.
Surge la idea de que el gobernante no es el titular del poder soberano, y debe quedar sometido a la ley, en especial se crea la idea de la necesidad de una ley de leyes: la Constitución, si bien ésta podía adquirir la forma escrita o ser producto de las tradiciones de los tribunales y las costumbres de la sociedad.
Nacen así dos principios del Estado Liberal: la despersonalización del Estado y el imperio del Derecho. Así se define al Estado como “la Nación jurídicamente organizada”.
Si bien esto es así, todavía no ha de creerse que la teoría clásica tiene especial interés en los derechos políticos. Su ámbito fundamental son los derechos individuales. El foco fundamental está en el ejercicio de la libertad del individuo. Cuestiones tales como su libertad económica, el comercio, la libertad de tránsito, la libertad religiosa, etc.
Ninguno de los teóricos clásicos del Estado Liberal son demócratas: tanto Locke como Montesquieu y Constant (1767-1830) son monárquicos, pero sostienen una monarquía moderada, parlamentaria, bajo el poder de la Constitución.
Montesquieu es el verdadero creador de la división de poderes, una forma de garantizar que el poder no se concentrará en uno solo.
Para Montesquieu hay dos tipos de leyes, las naturales y las positivas. Las naturales son comunes a todos los seres humanos, tales como la necesidad de paz, la alimentación, la reproducción y la convivencia. Las leyes positivas, por el contrario, son producto de la idiosincrasia de cada sociedad, de sus circunstancias culturales, geográficas, climáticas, del estado de la evolución histórica.
A diferencia de lo que pensaba Montesquieu, que pensaba en la permanencia del poder real y parlamentario, en tanto que sostenía la temporalidad del poder judicial, la Constitución Norteamericana, estableció justamente un sistema inverso en 1787.
Hasta aquí habíamos descubierto que el pensamiento liberal hacía reposar la soberanía en la Nación, que era la expresión de la voluntad colectiva. Pero con la Revolución Francesa aparece la idea de identificar la voluntad popular con la soberanía.
Si Rousseau tiene una visión más idealista, que rechaza la posibilidad de la representación del pueblo, es Sieyès, autor de la famosa obra “Que es el tercer estado?” quien elabora la teoría que permite asimilar la voluntad general con la voluntad nacional y a ésta con la de la mayoría. Luego, la voluntad de la mayoría con la de los representantes de la mayoría del pueblo.
El tercer estado es la expresión del hombre común. Sea en la versión “correctiva” de Hobbes, “homo lupus omine” en donde el estado no es sino un pacto para terminar con la tendencia al mal del individuo, o la versión angélica del Rousseau, donde los hombres se agrupan mediante un pacto social para protegerse, pero son esencialmente buenos, lo que ocultan ambos pensamientos -que en el fondo no son sino dos caras de uno mismo- es un invento intelectual que poco tiene que ver con la realidad de las sociedades humanas y aún políticas: los hombres se agrupan en comunidades porque es una de las características de la especie para perpetuarla y para protegerse de otras especies. La jefatura, sea como se la disfrace, no es otra cosa, en el fondo, que un orden biológico, un mandato genético transmitido desde los albores de la humanidad.
Históricamente, estas formas de concebir la soberanía, y por lo tanto de buscar y encontrar justificación al ejercicio del poder, subsistieron en su puja durante mucho tiempo. Durante varios siglos se entabló la tensión entre el poder fundado en el mandato divino de los reyes, que dio lugar al absolutismo monárquico y que tuvo su último capítulo en el intento de restauración del Congreso de Viena de 1815 y la conformación de la Santa Alianza, y las ideas de la soberanía popular.

EL ORDEN JURÍDICO DEMOCRÁTICO ENTRE LA DECLAMACIÓN Y LA VERDAD:
Cuando se fueron refinando los pensamientos sobre “legitimación”, sustentados en este “pacto” que representa la constitución, a poco que se comenzó a ejercer el poder real, los teóricos debieron advertir que existía una “legitimidad de origen” -que hace referencia exclusivamente a que se siguieron los métodos previstos en la constitución para designar las autoridades (no a la legitimidad de quienes se constituyeron en poder constituyente originario), y una “legitimidad de ejercicio”, que se refiere a la sujeción de las autoridades electas, a las normas y principios de la constitución.
Pero la realidad de esa legitimación de ejercicio es que en muchas ocasiones los gobernantes electos por “métodos democráticos”, ni bien comienzan a ejercer sus “mandatos”, utilizan su libre voluntad y tuercen la voluntad de la mayoría expresada en las urnas. El derecho, es decir, el sistema electoral, se transforma así como una forma de revalidar periódicamente el poder que ejercen individuos o grupos de individuos agrupados en asociaciones políticas, cuyos objetivos reales muchas veces distan de la prosecución del bien para toda la comunidad, sino en la apropiación del poder para obtener negocios y fines personales. Se constituye así, en un verdadero “abuso de derecho”, en una desviación del mandato. Sin embargo, esos gobiernos siguen teniendo la chapa de la legitimación de las urnas.
Cuando se acercan las elecciones, los grupos políticos comienzan el coqueteo con las masas, valiéndose de promesas prebendarias, de la utilización indiscriminada de la propaganda, y de la manipulación de la imagen.
Difícilmente se discutan cuestiones de fondo o se exponga en profundidad una plataforma política, porque los “asesores de imagen” le han enseñado a los políticos modernos que hay cosas que están en nuestra naturaleza, y que son más fuertes que las ideas racionales: los deseos. Es decir, se diga lo que se diga, lo biológico termina imponiendo su mandato a lo institucional y racional.
Para toda esa manipulación de la imagen, se requieren grandes recursos económicos, y para ello las agrupaciones políticas y los candidatos se nutren de recursos a veces lícitos, -contemplados en las leyes de partidos políticos y leyes electorales- y otras tantas ilícitos, violentando el sentido de las normas y constituyendo verdaderas barreras para el acceso a los ciudadanos comunes.
Es bien conocido que para llegar a ocupar un cargo senatorial o de representante en la llamada mayor democracia (EEUU), se debe disponer de cuantiosos fondos. Ello significa literalmente, la exclusión de los grupos menos pudientes, -y en especial de aquellos que no desean estar sometidos a los condicionamientos de los intereses económicos-, lo cual transforma a la democracia representativa en un sistema basado en la riqueza, en donde el sistema electoral (parte del sistema jurídico) es un medio para asegurar a ciertas minorías el acceso y perpetuación en el poder. No importa que por imposición legal un individuo no se pueda mantener indefinidamente en cierto cargo, si el mismo sistema permite la rotación en diversos cargos electivos.
Y si traemos el ejemplo de nuestros legisladores, la singularidad del hecho que vencido sus mandatos, y ante la imposibilidad de continuar gozando de las mieles del poder, aun les quedan muy interesantes retiros con valores y porcentajes que no pueden alcanzar los ciudadanos comunes (las famosas jubilaciones de privilegio, sobre las cuales oficialistas y opositores mantienen un cómplice acuerdo). Interesante esta versión de la democracia que tienen los políticos argentinos.
Así observamos que, con la invalorable colaboración de los partidos políticos, un cierto sector de la población que ha dado en llamarse “clase política” deambula por distintos cargos durante años, y casi nunca retorna a la vida laboral habitual de cualquier ciudadano común.
Y ya que hablamos de partidos políticos, la Constitución de 1853 ni siquiera los nombraba. Sin embargo, la reforma de 1984 les dio el carácter de “instituciones fundamentales del sistema democrático” (art. 38 C.N.). Como lo señala la doctrina, si bien la Corte Suprema nunca se definió definitivamente por la exclusividad de los partidos políticos en las postulaciones electorales, la redacción del art. 38 mencionado, al garantizar a los partidos la “competencia de los partidos políticos para la postulación de los candidatos”, ha dado más firme pie para quienes sostuvieron el monopolio partidario para la postulación a los cargos electivos, en desmedro de los ciudadanos independientes. La Justicia electoral, por su parte, afirmó que “la norma no impone ni prohíbe el monopolio partidario de las candidaturas”, y en consecuencia sostuvo que correspondía al Congreso establecer el sistema más adecuado a fin de armonizar el interés privado y el público, comprometidos en la controversia.
Respecto del fondo de la cuestión, cual hábil torero en el manejo de su capote, la Cámara Nacional Electoral no se pronunció sobre la inconstitucionalidad de esa interpretación exclusivista, no obstante, resaltar, siguiendo la opinión de Sabsay, que “la crisis que acusan en la actualidad los partidos políticos, y la indiferencia que ellos producen en la inmensa mayoría de la ciudadanía constituye un desafío a la búsqueda de soluciones que ‘oxigenen’ su desenvolvimiento.”
Pero la cuestión no quedó allí, porque en la misma reforma de 1994, el art. 54 claramente establece que en la conformación de la Cámara de Senadores corresponden por cada provincia y por la Ciudad de Buenos Aires tres senadores, elegidos en forma directa y conjunta, correspondiendo dos bancas al partido político que obtenga el mayor número de votos, y la restante al partido político que le siga en número de votos....(el subrayado es mío).
Este artículo, como recordaremos, dio lugar a la controversia entre dos candidatos a senadores por la Ciudad de Buenos Aires, el Sr. Leopoldo Bravo y el Dr. Gustavo Béliz, ya que Bravo, mediante distintos partidos y alianzas había obtenido la mayor cantidad de los votos, pero resulta que el Sr. Beliz fue el candidato del partido más votado. La controversia se zanjó por la Cámara Nacional Electoral a favor de éste último, consagrando el principio de supremacía partidaria.
Hasta hace algunos años atrás la doctrina discutía a quien pertenecían las bancas legislativas, si al partido o a los legisladores. Ello con motivo de haberse puesto de moda lo que se dio en llamar “disciplina partidaria”. A diferencia de los Estados Unidos, en nuestro país había una larga tradición de partidos cerrados, a diferencia del llamado sistema de partidos abiertos que es tradición en el país del norte. Pero como nuestra Constitución de 1853 tomó en gran parte como modelo la Constitución Norteamericana, quedó escrito que mientras los Senadores representaban a las Provincias, los Diputados eran los representantes del Pueblo de la Nación. No de los partidos políticos por los cuales habían sido electos, sino de todo el Pueblo Argentino.
Lamentablemente, la disciplina partidaria hizo que algunos Senadores votaran inclusive contra los intereses de sus propias provincias, y los diputados sólo escucharan la voz de quienes bajaban líneas desde el partido o desde el Poder Ejecutivo, siendo excepcionales los casos de independencia de criterio, salvo en cuestiones no determinantes.
Podríamos dar muchos ejemplos de desviación del poder, sustentado en normas formalmente legales e incluso constitucionales, pero para no hacer extenso este análisis, quisiera referirme a una cuestión que significó una gran alteración de nuestro sistema político en la reforma de 1994.
Durante años se toleró lo que se dio en llamar legislación de emergencia y el régimen de coparticipación, mecanismo por el cual el Poder Ejecutivo se hacía de impuestos que originalmente eran provinciales o compartidos con las provincias y luego disponía su distribución según a las “necesidades” de cada una de ellas. Cabe recordar, que en el esquema original de nuestra Constitución, los impuestos directos correspondían a las provincias, teniendo la Nación área de competencia sobre tributos indirectos, rentas de Aduana y Correos. La Constitución también preveía, mediante la llamada cláusula de progreso, que el Estado Nacional debía contribuir al desarrollo de las provincias mediante auxilios al establecimiento de industrias y poblaciones, todo ello según facultades especiales del Congreso de la Nación.
Así, el sistema federal ideado por Alberdi hacía coincidir la autonomía política de las provincias con su capacidad económica.
Pero la legislación de emergencia, prorrogada indefinidamente, como en el caso del impuesto a las Ganancias, transformó a las provincias de estados autónomos en estados vasallos del poder central. Pero peor aún, cuando el poder central lo decidiera, sólo prestaría el auxilio a aquellas provincias alineadas políticamente con ese poder y condenaría a la penuria a las provincias díscolas. Entonces, se dio una situación paradojal: mientras la Constitución Nacional proclama que la República Argentina es un Estado Federal, la realidad política y económica, reduce el federalismo a una mera cuestión electoral, siendo en sustancia, un estado marcadamente unitario.
Es hora que nos preguntemos si esto es legal. ¡Por supuesto que es legal! Tan legal como constitucional, porque lo dice la Constitución, que ha elevado a esa jerarquía la coparticipación federal.

V- LA CRISIS DEL ESTADO NACIÓN Y DEBILITAMIENTO DEL INSTRUMENTO JURÍDICO:
Pero luego de la Segunda Guerra Mundial, irrumpieron en la realidad internacional varios fenómenos, entre ellos, la multiplicación de los Estados, muchos de los cuales, producto de acuerdos de liberación o independencia, no tenían ni tienen poder político para garantizar su soberanía.
El poder económico de las corporaciones internacionales ha demostrado que su capacidad económica es superior a muchos de los Estados legalmente reconocidos. También la irrupción en la escena de los Organismos No Gubernamentales, capaces de ejercer grandes presiones políticas, cuando no de agrupaciones delictivas destinadas a manipular a los Estados, y dictar la agenda internacional. Ello llevó al pleno desarrollo actual de ciertos procesos que erosionan el concepto de Soberanía, y con él el del Orden Jurídico. El poder del dinero prevalece en muchos casos sobre las finalidades políticas, y con él, el aumento significativo de la corrupción y fenómenos tales como el lavado de dinero debilitaron aún más el poder del Estado, y del instrumento legal.
Sin embargo, el proceso que en nuestros tiempos más puso en jaque el concepto de Estado Nación, fue el denominado proceso de globalización, pero en particular el desarrollo de las agrupaciones regionales que siguiendo el ejemplo de la Unión Europea buscan no perder competitividad económica y transformarse en algo más que una mera alianza económica, generando órganos comunes supranacionales, a los cuales, a diferencia de la competencia voluntaria de organismos como la Corte Internacional de Justicia, deben delegar parte de su poder soberano. Juntamente con este fenómeno, se dio la singularidad que los Estados, tradicionalmente únicos sujetos del Derecho Internacional –junto con los Organismos Internacionales-, se vieron obligados a litigar con particulares en organismos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Un hito trascendente en este proceso de transformación y debilitamiento de la voluntad soberana de los estados fue la firma del Tratado de Viena sobre Derecho de los Tratados, que impone a los Estados firmantes la imposibilidad de oponer normas de derecho interno a una cláusula de un tratado válidamente firmado, ni siquiera si la norma tiene jerarquía constitucional. Significa la consagración definitiva del “monismo” jurídico: un solo orden jurídico internacional.
Y si de un solo orden jurídico, por más que parezca tentador el convite, y que recree los sueños de una paz duradera para la humanidad, la realidad parece indicar otra cosa: si el orden es uno, en ese orden prevalece el más fuerte, que periódicamente se autoatribuye el papel de custodio de la civilización y monitor de las relaciones y conductas internacionales de los otros Estados.
Los procesos de integración regional, pretendidamente diseñados para evitar esa monopolización del poder internacional, a fuerza de sostener desequilibrios notorios entre los Estados socios, finalmente terminan aceptando el predominio y liderazgo de los Estados más poderosos. Lo que no lograron por la fuerza, lo logran mediante el predominio económico (no deberíamos quitarle mérito a esta metodología, ya que por lo menos no destruye millones de vidas humanas como lo hicieron las últimas grandes guerras mundiales).
Simultáneamente, la difusión de los medios de comunicación y la tecnología informática y satelital, transformó la capacidad defensiva de los Estados más débiles en meras utopías. El fenómeno de Internet, con todas sus implicancias positivas y negativas, moldea día a día las relaciones humanas. ¿Cuál es el derecho aplicable a esas relaciones? ¿Cuál es el tribunal competente? ¿Cuál es el límite entre lo público y lo privado en la vida cotidiana de los ciudadanos? Todavía son incógnitas que sin lugar a dudas afectan el concepto de Estado Nación y con él de Soberanía.

VI- LA ANOMIA (O LA DESTRUCCIÓN DEL DERECHO):
El Derecho, pues prodigioso instrumento del poder, como dijimos más arriba tiene sus propias reglas “técnicas” para que funcione como tal.
La “estandarización de los mandatos” significa el tratamiento igualitario para los que son considerados iguales por el propio orden legal. Si esa regla de utilización del instrumento no se respeta, el instrumento comienza a funcionar mal, no sirviendo a los fines de control social y dando paso a la “arbitrariedad”.
Otra regla “técnica” del Derecho, es la que indica que las normas o mandatos estandarizados deben tener cierta estabilidad en el tiempo, es decir, lo que llamamos “seguridad jurídica”. Sin esa permanencia relativa de los mandatos, el instrumento jurídico pierde eficacia, porque los hombres empiezan a desconocer su legitimidad, o por lo menos ponerla en duda.
Finalmente, como corolario de estas reglas técnicas, hay otra regla técnica que es producto de los modelos más modernos del instrumento legal: quien maneja el instrumento debe someterse a las mismas reglas que rige o que ha creado.
Tal vez por cuestiones culturales, o por el deliberado abandono de estos principios “técnicos”, la República Argentina, desde sus albores, ha tenido tantas dificultades en el manejo del Orden Jurídico, dando lugar a lo que se denomina “anomia”, que la Real Academia define como: “Ausencia de ley”, y “Conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación”.
Carlos Nino, en su valiosísimo trabajo sobre la anomia, ha señalado que la misma, en nuestro país no es patrimonio de un grupo o institución sino que informa a toda la comunidad. Pero en lo que hace a los gobernantes, esta responsabilidad se ve agravada, no sólo por el conocimiento mayor de las circunstancias y las posibilidades que da el ejercicio del poder, sino porque son los responsables principales de la utilización del “instrumento” legal.
En ese sentido, la anomia no sólo es producto de cuestiones ideológicas o culturales que debilitan el respeto de la población en general de las normas existentes. La anomia es fundamentalmente producto de la falta de ejemplo de las clases dirigentes y de un uso perverso del instrumento jurídico: el derecho para los amigos.
Las cuestiones ideológicas han llevado a violentar derechos so pretexto de respetar otros derechos, lo cual es en si mismo contradictorio, ya que la esencia del Orden Jurídico es la armonización de los derechos e intereses sociales.
Además, de una forma más refinada, no ya desde los sectores políticos, los mismos tribunales de justicia han sido responsables de una interpretación arbitraria del Derecho, que puede tornarse muy irritante y desde el punto de vista valorativo muy injusta. Para citar un ejemplo, correctamente la Corte Suprema de Justicia de la Nación, reconociendo el carácter lesivo de los Derechos Humanos, concedió la extradición en el caso Priebke, pero cuando España reclamó la extradición de un terrorista etarra, no aplicó la misma regla. Igual puede decirse del caso Apaolaza, terrorista reclamado por los tribunales chilenos. ¿La vida humana tiene distinto valor, sea que se trate de ciudadanos de ideología de derecha o de izquierda? No importa con qué argucias legales se intente revestir la situación, la percepción social es que la invocación del instituto de la prescripción u otros artilugios procesales no tienen fundamento jurídico, sino un trasfondo ideológico, por lo menos, no busca satisfacer “la verdad material”.
Para citar otro burdo ejemplo, podemos ver como recurrentemente las autoridades amparan la violación de los derechos de unos ciudadanos para “garantizar” el derecho de otros de ejercer la llamada protesta social.
Salvo los derechos esenciales y personalísimos, no existen derechos que se puedan juzgar como prevalecientes frente a otros derechos también consagrados por la Constitución Nacional. En todo caso, lo que cabe es la armonización de los derechos pretendidamente en pugna. Recurrentemente vemos cómo unos pocos impiden ilegalmente la circulación de miles de personas (que no tienen nada que ver con el conflicto respecto del cual aquellos ejercen su derecho de peticionar). La impunidad está garantizada, aunque implique perjuicios concretos para los ciudadanos que pretenden circular libremente por la vía pública. ¿Algún juez está dispuesto a intervenir? ¿los fiscales? ¿y la policía y gendarmería son meros testigos de una fragrante violación del derecho? Son excepcionales los casos en que las autoridades intervienen para restablecer el orden en estos casos.
Carlos Nino, quien dedicó un importante estudio a la tendencia de la sociedad argentina a no respetar las normas, ha sido lapidario con estas características del poder, no solo en lo que hace a la actuación del Poder Ejecutivo, sino al papel que desempeñan el Congreso y el Poder Judicial.
Sin ningún empacho, Nino sostiene entre otros conceptos que: “La característica central de la estructura de poder en la Argentina, que en parte se ha ido conformando gracias a comportamientos normativamente desleales o chicaneros,…ha sido la construcción de un sistema hiperpresidencialista, en el que el Presidente de la Nación, aún en épocas de declarada vigencia de la Constitución, absorbe funciones que deberían corresponder al Congreso de la Nación, a la judicatura, o a los gobiernos provinciales”.
Pero hay que advertir que el mal uso del Derecho como instrumento del poder, puede llevar tarde o temprano al abandono de las soluciones jurídicas y a que algunos grupos se sientan “legitimados” a ejercer la violencia por mano propia, lo cual implica el abandono del instrumento legal y el retorno a situaciones primitivas de guerra interior y caos.

CONCLUSIÓN:
Derecho no puede confundirse con el poder mismo ni del Estado ni de ninguna otra estructura de dominio que históricamente lo reemplace o lo haya precedido.
El Derecho es un instrumento de ordenamiento de una comunidad social y política, y como tal está sujeto a ciertas “reglas técnicas” de creación y de utilización.
El Derecho permite a los gobernantes asegurar el comportamiento pacífico de la mayoría de la población y el acatamiento a las órdenes de quienes ejercen el poder, produciendo una “economía de la fuerza” muy valiosa para preservar el poder.
El Derecho no tiene vida ni entidad propia, existe en la medida de las circunstancias políticas, históricas, sociales y morales de una comunidad y sólo tiene eficacia si los mandatos estandarizados se identifican con las creencias, costumbres o valores de esa sociedad.
En definitiva el Derecho como todo instrumento, en manos de alguien virtuoso puede transformarse en un arado para labrar el futuro de la comunidad, pero en manos de un codicioso inescrupuloso, una herramienta de sojuzgamiento, bajo la apariencia de legitimidad.












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