lunes, 7 de noviembre de 2022

El cuarto en el corazón

 Hace unos días escuché una reflexión, y de ella derivaron algunos pensamientos que me gustaría compartir.

En nuestro corazón -no hablo del músculo cardíaco, sino del centro de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, pensamientos, deseos y sueños-, hay un cuarto, una morada o como gusten llamarlo.

En ese cuarto, están guardadas muchas cosas, pero esas cosas hacen desordenado, oscuro y  húmedo el pequeño lugar.

A veces, en ese rejunte de cosas, emociones, pensamientos, expectativas, ansiedades, sueños, no podemos distinguir lo importante de lo superfluo, lo que nos hace bien de lo que nos daña. En lugar de un cuarto, de un aposento, se ha transformado en una buhardilla o desván, o en una baulera,  donde se colocan cosas que con el tiempo, muchas veces ni sabemos que las tenemos, o si las recordamos, nos es muy difícil encontrarlas.

Sin embargo, este recinto no está en cualquier parte, no está en el techo de casa, ni en el garaje, ni en un sótano o en un depósito. Está nada menos que dentro nuestro centro, en nuestro corazón. 

Quise revisar qué guardaba allí, y me encontré penetrando en ese lugar oscuro, donde había miedos, broncas, desconsideraciones hacia otros y hacia mí, pensamientos negativos,  depresiones, malos pensamientos, tentaciones, pecados,  ilusiones, sueños rotos, y en fin, un montón de cosas que me agobiaban.

Entonces pensé: a este lugar le falta vida, le falta luz, le falta un orden. 

Comprendí que nuestro corazón no es un depósito de cosas viejas y oxidadas, sino un lugar donde debe reinar la luz, la alegría, la tibieza del afecto. 

Fue entonces que recordé la meditación, en donde se repetía aquello que hace tanto tiempo había leído en las Confesiones de San Agustín: “tuyos somos, y para Tí hemos sido creados, y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en Ti, Señor”.

De pronto, una iluminación vino a mi mente: yo había contaminado el aposento, y lo había transformado en un lugar inhabitable, sombrío. 

Había que llenarlo de Luz, pero primero había que limpiarlo de todo eso inservible que se acumulaba. Me pregunté si yo podía limpiarlo, si mis fuerzas, mis intenciones, mi voluntad o empeño bastaba, y entonces me di cuenta que no. Que por mucho que me esforzara, una y otra vez se llenaría de polvo y oscuridad. Tenía que tener el auxilio de alguien mucho más sabio, mucho más poderoso, de renovara aquel lugar. 

¿Un psicólogo que me ayudara a ordenar aquel desorden?

No, porque podía terminar barriendo de un lado y acumulando basura en  otro lado, o en el peor de los casos, justificándome el por qué había acumulado tanta cosa vieja. Un psicólogo decididamente no terminaría de preparar el cuarto.

Ese lugar no había sido pensado para depósito, sino como un aposento, y la pregunta es ¿quién debía habitar en ese lugar?

Fue allí que comprendí que sólo había sido dispuesto para que lo habitara Aquel para el cual había sido dispuesto.

Tuyos somos, y para Tí hemos sido creados y nuestra alma está inquieta hasta que descanse en Ti.

Decidí que debía abrir la puerta, las ventanas para que ingresara la Luz.

Allí pude ver cómo instantáneamente el cuarto se llenaba de luminosidad, se limpiaba de todo lo que sobraba, se transformaba en un lugar donde el calor suave era como una caricia y la alegría serena, su vista admirable. También entendí, que si quería ese Bien, nada ni nadie podía ocupar ese aposento, sino Aquel a quien había sido destinado desde toda la Eternidad.


SEÑOR: Limpia mi corazón, prepáralo para hacer de él tu aposento, penetra en él y habítalo con la Luz del Espíritu Santo. Jamás permitas que nada ni nadie lo vuelva a oscurecer. Amén.