jueves, 18 de diciembre de 2014

La llama sagrada por Selma Lagerlöf


I

Hace muchos años, cuando la ciudad de Florencia acababa de ser declarada república, vivía allí un hombre llamado Raniero di Ranieri. Era hijo de un armero, y aunque había aprendido el oficio de su padre, no tenía gran interés en practicarlo.

Este Raniero era un hombre muy fuerte. Decíase de él que llevaba una pesada armadura de hierro con la misma facilidad que otro lleva una sutil camisa de seda. Era joven todavía y había hecho ya muchos alardes de su fuerza. Una vez se encontraba en una casa en cuyo terrado había grano extendido. Pero habíanlo amontonado con exceso y mientras Raniero estaba debajo, rompiose una de las vigas y el techo amenazó derrumbarse. Todos, excepto Raniero, huyeron precipitadamente. Este alzó los brazos y logró detener el derrumbamiento, hasta que llegó gente con vigas para apuntalar la casa.

Decíase también de Raniero que era el hombre más valiente que jamás había existido en Florencia, y que nunca se cansaba de luchar. Apenas se iniciaba algún altercado en la calle, salía apresuradamente de su taller deseando tomar parte en la pelea. Con tal de poder desenvainar el arma lo mismo contendía con simples aldeanos que con caballeros armados de punta en blanco. En lo más recio de la lucha intervenía en ella sin reparar en el número de adversarios.

En aquella época Florencia no era muy poderosa. Su población se componía, en su mayor parte, de hilanderos y tejedores, y estos no deseaban nada mejor que ocuparse en paz de su oficio. Claro está que había hombres aptos y diestros; pero no eran espadachines y consideraban como un gran honor el que en su ciudad reinase más orden que en parte alguna. Muchas veces se lamentaba Raniero de no haber nacido en un país en que hubiera un rey que reuniera en torno suyo hombres valientes, y decía que en tal caso habría ganado grandes honores y dignidades.

Raniero era vanidoso y charlatán, cruel con los animales, rudo con su mujer, y por esto resultaba imposible vivir con él. Habría sido bello a no ser por las profundas cicatrices que le desfiguraban el rostro. Era resuelto, magnánimo, aunque, a veces, harto violento.

Raniero estaba casado con Francesca, hija del sabio y poderoso Jacobo degli Uberti. A él no le hacía maldita la gracia ceder a su hija en matrimonio a aquel gallo de pelea, e hizo todo lo posible por evitarlo; pero Francesca dijo que jamás se casaría con otro que con Raniero. Cuando Jacobo dio, por fin, su consentimiento, dijo a Raniero:

-Me ha enseñado la experiencia que los hombres de tu calaña saben más fácilmente conseguir que conservar el amor de una mujer; por eso quiero obtener de ti una promesa. Si mi hija llega a encontrar un día penosa la vida junto a ti, quedas obligado a no retenerla en el caso de que ella desee volver junto a mi.

Francesca opinó que era inútil semejante promesa, pues amaba a Raniero de tal manera que estaba convencida de que no podría separarse de él nunca más. Pero Raniero prometió en el acto:

-Puedes estar seguro de que jamás intentaré retener a una mujer que quiera alejarse de mí.

Francesca y Raniero se unieron y vivieron en armonía.

Cuando llevaban unas semanas casados tuvo Raniero la idea de ejercitarse en el tiro al blanco. Durante días practicó disparando contra una tabla pendiente del muro. Después le entraron ganas de tirar a un blanco más difícil. Miró en torno suyo y solo descubrió una codorniz en una jaula, colgada en el patio. El pájaro pertenecía a Francesca que le tenía mucho cariño. Sin embargo, Raniero mandó abrir la jaula por un mozo y disparó contra el animalito al emprender el vuelo.

Encontró este tiro acertadísimo y desde entonces no dejó de vanagloriarse de él ante cuantos se dignaban escucharle.

Cuando Francesca se enteró de que había matado al pájaro, se puso pálida y le miró horrorizada. Asombrábale que hubiera osado realizar algo que había de causarle pena; pero pronto le perdonó, y siguió amándole como antes.

Durante algún tiempo todo volvió a marchar bien.

El suegro de Raniero era tejedor de tela de lino. Poseía un espacioso taller en el que se trabajaba diligentemente. Raniero creyó descubrir que allí se mezclaba el lino y el cáñamo, y no se lo calló sino que propaló la noticia por toda la ciudad. Por último, la calumnia llegó a oídos de Jacobo, quien pronto supo ponerle fin. Hizo analizar sus estambres y sus tejidos por otros tejedores y estos encontraron que estaban hechos con el más excelente lino. En un solo fardo, que debía venderse fuera de Florencia, encontrose una ligera mezcla. Jacobo aseguró que aquel fraude había sido cometido por sus operarios sin saberlo él. Pronto comprendió, sin embargo, que le sería difícil convencer a las gentes de su afirmación. Siempre había gozado de gran fama por su rectitud y ahora le resultaba muy amargo ver mancillada su honra.

Raniero se vanagloriaba de haber descubierto el fraude, y lo pregonaba aun en presencia de su esposa.

Esta, igual que cuando mató al pájaro, se sintió apesadumbrada, y no ocultó su asombro. Cuando meditaba sobre lo ocurrido, ocurríasele, finalmente, que su amor era semejante a un precioso tapiz bordado en oro, grande y resplandeciente. Tenía ya un extremo roto, por lo que no era tan magnífico como de recién casada; mas, no obstante, era tan leve el deterioro que nunca llegaría a perderlo, por mucho que viviese.

Y se sintió tan feliz como al casarse. Francesca tenía un hermano llamado Tadeo. Este acababa de regresar de un viaje de negocios a Venecia, y de allí se trajo varios vestidos de seda y terciopelo. Ya en Florencia solía lucirlos con orgullo; pero, por no existir allí todavía la costumbre de ostentar vestidos tan suntuosos, no faltó quien comentara en tono sarcástico la vanidad del joven. Un buen día Tadeo y Raniero encontráronse en una taberna. Tadeo se ataviaba con una capa de seda verde, forrada con piel de marta, y una casaca violeta. Raniero concibió la idea de hacerle beber más vino de lo conveniente, y su cuñado acabó siendo su víctima inconsciente. Tadeo se durmió embriagado, y Raniero le quitó la capa y fuese con ella para ponérsela a un espantapájaros de su huerta.

Francesca enfureciose mucho al saberlo, y nuevamente pensó en el gran tapiz de oro de su amor, que ahora veía más pequeño porque Raniero lo iba destrozando.

Los esposos continuaron viviendo en paz durante algún tiempo; pero Francesca ya no era tan feliz como antes, y siempre temía que Raniero llevase a efecto algún acto que dañara más seriamente su amor.

No tardó en llegar el nuevo agravio, pues Raniero no podía permanecer tranquilo. Sentía la necesidad de que las gentes hablasen continuamente de él, de que alabaran su valor y su bizarría.

Sobre la catedral que Florencia poseía en aquel tiempo, que era mucho menos espaciosa que la actual, pendía de la punta de la torre más alta un escudo enorme que había sido colocado allí por un antepasado de Francesca. Parecía ser el escudo más pesado que jamás hubiera podido llevar florentino alguno, y toda la estirpe de los Uberti estaba orgullosa de que hubiera sido uno de los suyos el que consiguiera trepar a la torre y colocar allí tan descomunal escudo. A esta torre subió Raniero un día y bajó con el escudo a cuestas.

Cuando Francesca se enteró de ello habló con Raniero de su pesar por vez primera y le rogó que no humillase de tal manera a una familia a la que pertenecía por su matrimonio. Raniero, que había esperado de ella una alabanza por el heroico hecho, se enfadó mucho, diciendo que hacía tiempo que venía observando cuán indiferentes le eran sus triunfos, y que ella no pensaba más que en su propia familia.

-Pienso en algo muy distinto -replicó Francesca-, y es en mi amor hacia ti. No sé qué será de él si continúas de este modo.

Desde entonces se cambiaron más de una vez frases duras los dos, pues Raniero se empeñaba en hacer precisamente todo cuanto pudiera molestarla.

En el taller de Raniero trabajaba un joven de baja estatura, cojo, que amaba a Francesca desde mucho antes de casarse, y que continuaba amándola con inalterable fidelidad. Raniero, que lo sabía, se propuso ponerle en ridículo, y siempre le hacía blanco de sus asechanzas, especialmente durante las comidas. Un día en que el pobre mozo no se avino a soportar tales burlas, abalanzose sobre él; pero Raniero le venció fácilmente, mofándose después del infeliz cojo, quien, no pudiendo vivir así, acabó por ahorcarse.

Raniero y Francesca solo llevaban un año de casados. Ella seguía representándose su amor en el gran tapiz bordado en oro, pero veía que su tamaño habíase reducido una mitad. Esto la llenó de horror.

"Si continúo un año más al lado de este hombre", pensó, "acabaré perdiendo por completo mi amor y entonces seré tan miserable como fui rica hasta aquí."

Y decidió marchar a casa de su padre para que no llegase el día en que odiara a Raniero tanto como le amara en otro tiempo.

Jacobo degli Uberti hallábase sentado en el telar, rodeado de sus operarios, cuando la vio llegar. Le dio la bienvenida de todo corazón, diciéndole que había sucedido lo que siempre temió. Seguidamente ordenó a todos sus dependientes que cerraran la casa y se armaran lo mejor posible, y se fue en busca de Raniero, a quien habló así:

-Mi hija ha vuelto a mi casa, deseosa de habitar bajo mi techo, y espero que cumplirás la promesa que me hiciste.

Raniero pareció no tomar la cosa muy en serio, y se limitó a contestar:

-Aun cuando no te hubiera hecho promesa alguna, jamás me atrevería a impedir la marcha de una mujer que no desea seguir perteneciéndome.

Sabiendo bien lo mucho que Francesca le quería, el joven se dijo para sí:

-De seguro que estará de nuevo a mi lado antes de la caída de la tarde.

Pero ella no se dejó ver aquel día ni al siguiente. Al tercer día partió Raniero en persecución de algunos bandidos que desde hacía tiempo venían importunando a los mercaderes florentinos.

Tuvo la suerte de vencerlos y de llevarlos prisioneros a Florencia.

Durante varios días permaneció tranquilo, seguro de que aquel hecho heroico se habría propagado por toda la ciudad. Pero su esperanza de que Francesca volvería a su lado, al enterarse, no se realizó.

Raniero sintió los mayores deseos de obligarla a volver, prevalido del derecho que le concedían las leyes; pero se creía en el caso de no hacerlo en cumplimiento de su promesa. No siéndole posible seguir habitando en la misma ciudad en que vivía la mujer que le había abandonado, partió de Florencia.

Primero se hizo mercenario, pero pronto se transformó en caudillo de una banda de espadachines. Siempre iba en busca de pelea y llegó a servir a muchos señores.

Como había profetizado, ganó, siendo guerrero, mucha gloria y honores. Fue armado caballero por el emperador y contado entre los hombres más eminentes.

Pero antes de abandonar Florencia hizo la promesa, ante la imagen de la Madonna, en la Catedral, de ceder a la Santísima Virgen lo más valioso de cada botín de guerra. Y siempre se veían ante aquella imagen preciosas dádivas ofrecidas por él.

Raniero sabía, pues, que todas sus heroicas hazañas eran conocidas en su ciudad natal. Y estaba altamente asombrado de que Francesca degli Uberti no se dirigiera a él, a pesar de los relatos de sus hechos gloriosos.

En aquella época fue propuesta por el canciller una cruzada para el rescate de los Santos Lugares, y Raniero partió hacia Oriente entre los cruzados. En parte esperaba ganar castillo y feudo, sobre los cuales pudiera mandar, y en parte esperaba realizar actos tan heroicos que su mujer tuviera que amarle y volver nuevamente a él.


II

En la primera noche después de la toma de Jerusalén, reinaba gran alegría en el campamento de los cruzados, que se encontraban en las afueras de la ciudad. Casi en cada tienda se celebraba la victoria con abundantes libaciones, y por doquier había risas y barullo. También Raniero di Ranieri hallábase bebiendo en compañía de otros camaradas de guerra, y en su tienda reinaba mucho mayor desenfreno que en todas las demás. Apenas los criados llenaban los vasos, vaciábanse como por encanto.

Raniero tenía más motivos que los otros para alegrarse de aquel modo, pues ese día realizó las hazañas que más contribuyeron a cubrirle de gloria. Al lanzarse al asalto de la ciudad fue el primero, después de Godofredo de Bouillon, en escalar los muros, y su valerosa conducta había merecido ser elogiada ante todo el ejército. Pasado el saqueo y terminados los horrores de la matanza, los cruzados, con sus cilicios y empuñando cirios no encendidos, encamináronse hacia la sagrada iglesia del Santo Sepulcro, y entonces díjole Godofredo que debía ser el primero en encender su cirio en la sagrada vela que ardía ante el sepulcro de Cristo.

Raniero se sintió muy orgulloso al verse honrado como el más grande héroe de todo el ejército, lo que implicaba el reconocimiento de sus esforzadas hazañas.

Ya mediada la noche, cuando Raniero y sus camaradas estaban de mejor humor, acercáronseles un bufón y varios cómicos que se dedicaban a divertir a la gente del campamento con sus ocurrencias, rogándole a Raniero que le escuchara uno de sus interesantes relatos.

Raniero sabía que aquel bufón gozaba de gran fama por su ingenio, y accedió a su ruego. Y el bufón comenzó:

-Sucedió una vez que nuestro Redentor y san Pedro se hallaban pasando el día en la torre más alta del castillo que hay en el Paraíso: no hacían más que mirar a la tierra, porque eran tantas las cosas que había que ver, que apenas si les quedaba tiempo de cruzar palabra. El Salvador permanecía tranquilo; pero san Pedro palmoteaba jubiloso de cuando en cuando o sacudía la cabeza en señal de fastidio; tan pronto se mostraba alegre como se entregaba a la pena más inconsolable. Cuando el día comenzó a caer y el crepúsculo se extendió sobre el Paraíso, el Redentor volviose hacia san Pedro y le dijo que debía hallarse muy contento.

"-¿De qué? -preguntó san Pedro en tono brusco.

"-Creí que estarías satisfecho de lo que acabas de ver -replicó el Salvador en voz queda.

"-Cierto que año tras año y día por día he lamentado que Jerusalén estuviera en manos de los infieles; pero, después de lo que hoy ha sucedido casi hubiera sido mejor que todo continuase como antes."

Raniero no tardó en darse cuenta, como los demás, de que el bufón se refería a lo acaecido aquel día, por lo que todos se dispusieron a escuchar más atentamente el relato.

-Cuando san Pedro hubo dicho esto -prosiguió el bufón fijando su mirada en los caballeros- encaramose sobre una almena y dijo señalando a una ciudad que aparecía sobre una peña enorme y solitaria que se elevaba en lo profundo de un valle:

"-¿Reconoces aquel montón de cadáveres? ¿Ves la sangre que corre por las calles y los miserables prisioneros temblorosos de frío y las ruinas humeantes?

"Nuestro Salvador optó por callar, y san Pedro continuó con lamentaciones, diciendo que si con frecuencia habíase manifestado como enemigo de Jerusalén, no dejaba de afligirse ahora al ver el terrible aspecto que la ciudad presentaba.

"-Pero no me negarás -contestó, finalmente, nuestro Salvador- que los caballeros cristianos han combatido y arriesgado su vida con la mayor bizarría."

Grandes aplausos interrumpieron en este punto al bufón, que prosiguió su relato, diciendo:

-No me interrumpáis; ya no recuerdo dónde me he quedado. ¡Ah, sí! Iba a decir que san Pedro se enjugó dos lágrimas que le impedían ver.

"-Nunca hubiera imaginado que se mostraran tan salvajes -dijo-.Todo el día lo han pasado dedicados al saqueo y a la matanza. No comprendo cómo te dejaste crucificar para tener, finalmente, esa clase de prosélitos."

Los caballeros, en vez de ofenderse, prorrumpieron en estruendosas carcajadas, y uno de ellos exclamó:

-¿De modo que san Pedro está furioso con nosotros?

-Cállate -repuso otro-, y deja que el bufón diga lo que el Redentor contestó a san Pedro en nuestra defensa

-Nuestro Salvador -continuó el bufón- permaneció callado en un principio, porque sabía que era inútil contradecir a san Pedro cuando se mostraba enfurecido de verdad. Y sin alterarse lo más mínimo san Pedro rogó al Redentor que no saliera en defensa de los culpables, pretextando que habían vuelto a la razón al atravesar la ciudad descalzos y con el cilicio puesto, camino de la iglesia, porque esta devoción la consideraba tan efímera que no valía la pena de tenerla en cuenta. Y el santo volvió a asomarse por la almena señalando hacia la ciudad de Jerusalén, ante cuyas puertas acampaba el ejército cristiano.

"-¿No ves -acabó preguntando- en qué forma celebran tus caballeros la victoria obtenida?

"Efectivamente, el Salvador vio entonces que en todo el campamento celebrábanse grandes orgías y que caballeros y soldados se divertían con el espectáculo que ofrecíanles las bailarinas sirias, mientras entrechocaban los vasos rebosantes, se jugaban a los dados el botín y…"

-…y escuchaban las necedades que refería un bufón -interrumpió diciendo Raniero- ¿No crees -terminó- que esto es también un pecado?

El bufón río la interrupción e hizo un ademán significativo a Raniero, como si le dijera:

-Espera, que voy a cantarte pronto las cuarenta.

-No, no me interrumpáis -rogó nuevamente- ¡Olvida con tanta facilidad un pobre loco lo que va a decir!… Así, pues, san Pedro preguntó a nuestro Salvador en tono categórico si creía que aquellas gentes le hacían gran honor.

"Naturalmente, nuestro Redentor tuvo que contestarle que, a su parecer, no era tal el caso, a lo que repuso san Pedro:

"-Eran bandidos y asesinos antes de abandonar su patria y aun hoy siguen siendo lo mismo. Toda esta aventura guerrera podías haberla suprimido, ya que nada bueno puede salir de ella."

-¡Ojo, bufón! -exclamó Raniero previniéndole.

Pero el bufón tenía especial interés en continuar hasta que alguien se abalanzara sobre él para echarle fuera, y prosiguió impertérrito:

-Nuestro Señor se limitó a bajar la cabeza como quien reconoce la justicia del castigo que se le impone; pero en aquel momento inclinose apresuradamente y miró atentamente hacia la tierra.

"Entonces le preguntó san Pedro:

"-¿Qué es lo que miras?"

El bufón describía esto haciendo toda clase de muecas y aspavientos. Los caballeros deseaban saber lo que nuestro Salvador había descubierto.

-Nuestro Salvador replicó que no era nada -prosiguió el bufón-; pero cada vez miraba más atentamente hacia abajo. San Pedro siguió la dirección de su mirada sin distinguir otra cosa que una gran tienda ante la que se hallaban ensartadas en largas lanzas un par de cabezas de sarracenos, y donde se exhibía una multitud de lujosos tapices, vajilla de oro y armas preciosas que constituían parte del botín. En aquella tienda sucedía lo propio que en todas las demás del campamento. En ellas se hallaban sentados muchos caballeros vaciando sus vasos. La única diferencia estribaba en que allí se bebía más y había más alboroto que en las otras tiendas. San Pedro no podía comprender por qué nuestro Salvador miraba tan satisfecho que sus ojos resplandecían de alegría. San Pedro creyó no haber visto nunca tantas caras feas reunidas en un banquete. Y el anfitrión que ocupaba el sitio de honor era precisamente el más siniestro de entre todos. Era un hombre de unos treinta y cinco años sumamente alto y corpulento, de faz encarnada y acribillada de cicatrices y rasguños; tenía los puños duros y la voz ruda y potente.

Aquí se detuvo un momento el bufón, como si vacilara en proseguir el relato. Pero a Raniero y a los demás caballeros les daba tanta alegría oír hablar así de sí mismos, que rieron su insolencia.

-Eres un cínico -dijo Raniero-; pero vamos a ver en qué para todo esto.

Y el bufón prosiguió:

-Por último, nuestro Redentor dijo unas palabras a san Pedro para explicarle la causa de su alegría. Preguntó al santo si era verdad qué uno de los caballeros tenía ante sí una vela encendida.

Ante estas palabras Raniero se estremeció. Rebosante de cólera echó mano a un pesado jarro lleno de vino para lanzarlo a la cara del bufón; pero se dominó para cerciorarse de si el tunante se atrevería a denigrar su nombre.

-San Pedro vio, pues -continuó el bufón-, que aquella tienda estaba profusamente iluminada por antorchas; pero que, junto a uno de los caballeros, había una vela encendida. Era una vela alta y gruesa, destinada a arder veinticuatro horas sin interrupción. Como el caballero no tenía ningún candelero donde ponerla, la había colocado entre varias piedras.

Ante estas palabras toda la reunión prorrumpió en sonoras carcajadas. Todos señalaron una vela que se hallaba en la mesa, junto a Raniero, en la mismísima forma que el bufón había descrito. Pero a Raniero se le subió la sangre a la cabeza. Se trataba de la vela que había encendido horas antes en el Santo Sepulcro, y no se atrevía a apagarla.

-Cuando san Pedro vio esta vela -prosiguió el narrador- se dio cuenta de la causa que motivaba la alegría de nuestro Redentor, y no pudo reprimir una sonrisa compasiva.

"-¡Ah, sí! -dijo-. Ese es el caballero que escaló primero los muros de la ciudad, en pos del conde de Bouillon y que por la noche fue el primero en encender su vela en el Santo Sepulcro.

"-Efectivamente -contestó nuestro Salvador-, y ya ves que su luz arde todavía."

El bufón apresuró su relato, mirando a Raniero de cuando en cuando a hurtadillas.

-San Pedro no pudo evitar una sonrisa un poco burlona.

"-¿No comprendes, quizá, por qué deja su luz encendida durante tanto tiempo? -preguntó-. Tal vez creas que piensa en tus sacrificios y en tu muerte cuando la mira. Te equivocas: no piensa más que en la gloria que se le dispensó cuando se le reconoció como el más valiente, junto a Godofredo de Bouillon, en presencia de todo el ejército."

Todos los oyentes soltaron nuevas carcajadas. Y dominando su cólera Raniero rió también. Sabía perfectamente que todos le encontrarían sumamente ridículo si se alterase por semejante broma.

-Pero nuestro Salvador interrumpió a su querido san Pedro para contradecirle:

"-¿No te das cuenta -repitió- de lo preocupado que está con su vela de cera? Protege la llama con la mano apenas alguien levanta la cortina de la entrada, porque teme que una corriente de aire se la apague. Y está en lucha continua con los insectos que revolotean en torno a la llama, prontos a apagarla."

Las risas aumentaron más todavía, pues era exacto todo cuanto el bufón explicaba.

Raniero juzgó cada vez más difícil dominar su ira, incapaz de soportar que nadie se burlase de la sagrada llama.

-San Pedro, desconfiado -continuó el bufón-, preguntó a nuestro Redentor si conocía a aquel caballero, y dijo:

"-No es precisamente uno de los que van a misa a menudo y desgastan el reclinatorio.

"Pero nuestro Redentor no se dejó convencer y exclamó en tono solemne:

"-¡San Pedro, san Pedro! Piensa en lo que te digo. ¡Ese caballero será, desde ahora, mucho más devoto que Godofredo! ¿De dónde iban a brotar la modestia y la devoción si no de mi tumba? Aún has de ver a Raniero de Ranieri auxiliando viudas atribuladas y desdichados prisioneros. Todavía has de ver cómo cuidará a los enfermos y afligidos junto a su lecho, defendiéndolos como ahora defiende la sagrada llama."

Una enorme carcajada interrumpió al bufón. Todos los que conocían la vida y el modo de pensar de Raniero encontraban todo aquello muy gracioso. Pero a él se le habían quitado las ganas de reír. Levantose de un salto, dispuesto a echar al bufón a puñetazos; pero tropezó contra la mesa, que no era más que una puerta colocada sobre dos caballetes, y cayó la vela. Entonces se demostró cuánto le interesaba a Raniero conservar la vela encendida. Dominó su cólera y se puso tranquilamente a arreglar la luz para reanimar su llama. Pero cuando lo hubo conseguido el bufón se había largado ya de la tienda y Raniero se dijo que no valía la pena perseguirlo a través de la oscuridad de la noche.

-Ya le encontraré en otra ocasión -se dijo, y volvió a sentarse tranquilamente.

Los comensales habían cesado entre tanto de reír; pero uno de ellos volviose a Raniero para continuar la broma.

-Una cosa es cierta, Raniero, y es que esta vez no podrás enviar a la Madonna de Florencia lo más valioso de tu botín.

Raniero le preguntó por qué motivo opinaba que no podría seguir cumpliendo con su antigua costumbre, y el caballero le contestó:

-Por la sencilla razón de que el precioso botín que has conquistado esta vez es esa llama que ante todo el ejército has sido el primero en encender en el Santo Sepulcro. Y esa llama no podrás mandarla a Florencia.

Nuevamente resonaron las risas; pero Raniero se hallaba en tal disposición de ánimo, que habría sido capaz de realizar los actos más temerarios, con tal de librarse de las burlas. Con breve decisión llamó a un viejo escudero y le dijo:

-¡Ármate y prepárate para un largo viaje, Giovanni! Mañana saldrás para Florencia con esta llama sagrada.

Pero el escudero se opuso a esta orden con una enérgica negativa.

-No puedo aceptar este encargo -contestó-. ¿Cómo ir hasta Florencia a caballo con una vela encendida? Se apagaría antes de que abandonase este campamento.

Raniero fue preguntando a sus hombres uno tras otro. Todos le dieron igual contestación. Apenas si tomaban en serio la orden.

Los caballeros extranjeros, que eran los huéspedes de Raniero, rieron con gran alborozo cuando se comprobó que ninguno de sus hombres quería obedecer la orden.

Raniero enfureciose cada vez más. Por último, perdió la paciencia, y exclamó:

-Esta llama será llevada a Florencia a pesar de todo, y puesto que nadie quiere acometer la empresa, la llevaré yo mismo.

-Piénsalo bien antes de hacer un voto semejante -exclamó uno de los caballeros-. Te juegas un principado.

-¡Os juro que llevaré esta llama a Florencia! -exclamó Raniero-. Realizaré algo que nadie más osó emprender.

El viejo escudero se excusaba diciendo:

-Señor, para ti la cosa es diferente. Tú puedes llevar una gran comitiva; pero yo hubiera tenido que ir solo.

Como Raniero se hallaba como loco, incapaz de reflexionar sus palabras, contestó:

-También yo iré solo.

Con estas palabras consiguió su objeto. Todos los presentes cesaron de reír. Se quedaron absortos, contemplándole.

-¿Por qué no seguís riendo? -preguntó Raniero-. Este propósito no es más que un juego de niños para un hombre valiente.


III

Al amanecer del día siguiente montaba Raniero en su alazán. Iba armado de punta en blanco, pero cubierto con el tosco manto del peregrino para que la coraza no se calentara demasiado a los ardorosos rayos del sol. Iba armado de espada y maza y montaba un buen corcel. En la mano llevaba la vela encendida y en la silla guardaba un gran mazo de largas bujías de cera para que la llama no se consumiera por falta de combustible.

Raniero cabalgó lentamente y sin tropiezos a través de las tiendas del campamento, diseminadas por la explanada. Era tan temprano que la niebla que se desprendía de los valles en torno a Jerusalén no se había disipado todavía, y Raniero iba como envuelto en la noche. El campamento dormía aún y Raniero escapó fácilmente del alcance de los centinelas. Nadie le dio el alto; la densa niebla le hacía invisible y la espesa capa de polvo que cubría el suelo no dejaba percibir el ruido de las pisadas del caballo.

Raniero se vio pronto fuera de los límites del campamento y se encaminó hacia Jaffa. El camino era allí mejor; pero, en atención a la llama, caminaba más despacio. En la espesa niebla la llama tenía un resplandor rojizo y tembloroso. Continuamente revoloteaban grandes falenas en torno a ella, amenazando apagarla con sus convulsivos aletazos. Raniero tuvo que realizar grandes esfuerzos para protegerla; pero hallábase en la mejor disposición de ánimo y seguía figurándose que su empresa era puro juego de niños.

Entre tanto, el caballo, cansado de aquel lento caminar, se puso al trote. Inmediatamente la llama empezó a flamear a causa del viento. De nada servía que Raniero intentase protegerla con la mano y con la capa. Llegó a un punto en que notó que se hallaba próxima a extinguirse; pero como no pensaba darse por vencido, detuvo el caballo y meditó durante un buen rato una resolución. Finalmente, se decidió a cabalgar de espaldas, para proteger la llama con su cuerpo contra el viento. Así consiguió mantenerla encendida; pero pronto se convenció de que aquel viaje se hacía más penoso de lo que se había figurado al principio.

Apenas dejó tras de sí las colinas que rodean Jerusalén, la niebla desapareció. No había en aquella desolada soledad gentes ni caseríos, ni árboles ni plantas; solo se veía peladas montañas.

Por el interminable camino Raniero fue asaltado por los bandidos que formaban la chusma indisciplinada que seguía furtivamente al ejército y que vivía del robo y del pillaje. Se habían ocultado detrás de una colina, y Raniero, que cabalgaba de espaldas, solo les descubrió al verse rodeado por los facinerosos que agitaban sus espadas contra el peregrino.

Eran doce hombres de miserable aspecto y cabalgaban en caducas caballerías. Al punto, Raniero se dio cuenta de que no le sería difícil atravesar entre ellos y alejarse al galope de su corcel; pero aquello solo sería posible si arrojaba la vela. Mas, ¿cómo hacerlo así después de haber pronunciado la noche anterior tan orgullosas palabras?

No vio, pues, otra salida que entrar en negociaciones con los bandidos. Les dijo que les sería difícil vencerle si se defendiera, ya que era fuerte, iba bien armado y montaba un buen caballo; pero que, como había hecho un voto, no quería oponerles resistencia, de modo que les entregaría sin lucha lo que desearan tomar y solo pedía que le prometieran no apagarle la vela.

Los bandidos, que habían esperado una ruda resistencia, quedáronse contentísimos ante la proposición de Raniero y empezaron a desvalijarle. Le quitaron la armadura, el corcel, las armas y el dinero. Solo le dejaron la tosca capa y los dos haces de velas. Pero su promesa de no apagar la luz la mantuvieron honrosamente.

Uno de ellos, que cabalgaba ya, montado a la grupa sobre el magnífico caballo de Raniero, se sintió compadecido y le dijo:

-Mira, no queremos ser demasiado crueles con un cristiano. Para que puedas continuar la marcha te daré mi caballo.

Era este un penco lamentable y enfermizo, y a juzgar por sus movimientos, torpes y rígidos, más bien parecía de madera.

Cuando los malvados se alejaron y Raniero se preparaba a montar tan miserable penco, se dijo para sí:

-Esta llama debe haberme embrujado, verdaderamente; solo por ella voy por estos caminos como un loco pordiosero.

Él mismo creyó que lo más prudente sería volverse, ya que su empresa era, realmente, irrealizable. Pero un vehemente deseo de llevarla a cabo se apoderó de él.

Continuó, pues, su camino; en torno suyo veía siempre las mismas peladas colinas amarillentas.

Al cabo de un rato pasó junto a un joven pastor que guardaba cuatro cabras. Cuando Raniero vio triscar a los animales aquellos por el pelado campo, se preguntó si no estarían pastando tierra.

Aquel pastor había poseído un gran rebaño, que los cruzados habíanle robado, por lo que, cuando veía pasar a un cristiano solo, procuraba causarle todo el daño posible. Abalanzose sobre él y dirigió su cayado contra la vela.

Raniero se hallaba tan ocupado con la llama, que no pudo defenderse contra el pastor. Lo que hizo fue acercar la vela más hacia sí para protegerla. El pastor volvió a descargar nuevos golpes; pero de pronto se detuvo altamente asombrado, pues la capa de Raniero se había incendiado sin que este intentara hacer nada para apagar el fuego.

Entonces el pastor pareció avergonzarse de su acción. Durante un rato siguió tras Raniero y por un lugar en que el camino se estrechaba demasiado, entre dos barrancos, tomole el caballo por las riendas.

Raniero pensó sonriendo que el pastor le tomaba, indudablemente, por un santo varón que hacía penitencia. Al anochecer, Raniero encontró en su camino a mucha gente. Por la noche se había extendido a lo largo de la costa el rumor de la caída de Jerusalén y muchas gentes se disponían a dirigirse allí. Eran peregrinos que hacía ya muchos años que venían acechando la oportunidad de entrar en Jerusalén, y gentes recién desembarcadas, y, sobre todo, mercaderes que acudían cargados de provisiones.

Cuando los grupos percibieron a Raniero, que iba montado a caballo, de espaldas, empuñando una vela encendida, empezaron a gritar:

-¡Al loco, al loco!

La mayor parte de los que acudían eran italianos, y Raniero oyó que le gritaban en su propia lengua:

-¡Pazzo, pazzo! (¡Loco, loco!)

Raniero, que durante todo el día había logrado reprimirse, empezó a impacientarse al oír aquellos gritos incesantes. E inclinándose sobre la silla empezó a repartir puñetazos. Cuando las gentes se apercibieron de lo duros que eran los puños de aquel hombre, se pusieron en precipitada huida, de modo que pronto quedose solo en la carretera.

Volvió a reprimirse y se dio cuenta de que aquellas gentes tenían toda la razón al tomarle por loco, y se puso a buscar la vela sin saber qué había sido de ella. Por fin la encontró caída en un hoyo al borde del camino. La llama se había apagado; pero allí cerca vio brillar algo de luz y observó que se trataba de un poco de hierba seca que ardía. Al punto advirtió que la suerte le era propicia, pues la vela antes de apagarse había prendido en aquellos matorrales.

-Esto hubiera tenido un final lastimoso, después de tantas fatigas -pensó encendiendo de nuevo la vela en su propio fuego y volviendo a montar a su caballo. Hallábase muy humillado y ahora estaba convencido de que su peregrinación no tendría feliz éxito.

Al anochecer llegó Raniero a Ramle y buscó allí un albergue en donde solían pasar la noche las caravanas. Era un gran patio cubierto. En torno a él había varios cobertizos que servían de refugio a los caballos de los viajeros. Allí no había habitaciones y las gentes tenían que dormir junto a sus caballerías.

Estaba ya todo lleno; pero el posadero dispuso un sitio para Raniero y su caballo. Trajo también comida para el caballero y pienso para el caballo.

Viéndose Raniero tan bien tratado, se dijo: "Estoy por creer que los bandidos me han hecho un favor con quitarme la armadura y el caballo. Es indudable que voy más seguro si me toman por loco".

Cuando Raniero hubo arreglado su caballo en el establo, sentose sobre un montón de paja con la vela encendida entre las manos. Había resuelto pasar la noche sin dormir.

Pero apenas se hubo sentado, se adormeció. Estaba tan terriblemente cansado que se tendió cuan largo era y durmió hasta el amanecer.

Al despertar, vio que había desaparecido la vela, que no pudo encontrar en parte alguna. Entonces se dijo: “Alguien debe habérmela quitado”.

Y quiso convencerse a sí mismo de que se alegraba de lo sucedido, porque en rigor se había propuesto un imposible. Pero este pensamiento le causó cierto desfallecimiento y una gran angustia. Jamás había tenido tantos deseos de realizar una empresa como en aquella ocasión. Sacó su caballo, lo peinó y le puso la silla. Cuando hubo terminado se le acercó el posadero con una vela encendida, y le dijo en dialecto franco:

-Anoche tuve que quitarte esta luz de la mano, porque te habías dormido profundamente; pero aquí te la devuelvo.

Raniero no le hizo observar lo que sentía, y dijo con sosiego:

-Has hecho bien en apagar la luz.

-No la he apagado -dijo el hombre-. Vi que la habías traído encendida y yo supuse que era de gran interés para ti que siguiera ardiendo. Si te fijas en lo que se ha acortado, reconocerás que la vela ha estado ardiendo toda la noche.

El rostro de Raniero irradió de alegría. Se lo agradeció al posadero de todo corazón y montó a caballo con el mejor humor.


IV

Raniero partió de Jerusalén con la intención de embarcarse en Jaffa para Italia. Pero cambió de propósito cuando los bandidos le hubieron robado todo el dinero, y entonces dispuso su camino por tierra.

Era un largo viaje. Desde Jaffa hacia el norte recorrió todo lo largo de la costa siria. Después continuó el camino hacia el oeste, a lo largo de la península de Asia Menor. Y nuevamente volvió hacia el norte, hacia Constantinopla. Desde allí le quedaba todavía un buen trecho hasta Florencia. Durante todo este tiempo Raniero vivió de limosnas.

Casi siempre eran peregrinos que acudían en legiones hacia Jerusalén, los que repartían con él su escaso pan cotidiano. Aunque Raniero iba solo casi siempre, no se aburría. Bastante tenía con cuidar de su luz. Bastaba un golpe de viento o una gota de lluvia, para que todo terminase.

Mientras Raniero iba por los solitarios caminos procurando mantener la llama de su vela, acordose de que en cierta ocasión había visto a un hombre cuidando de algo tan delicado como una llama. Al principio, el recuerdo aparecía tan borroso que creyó haberlo soñado solamente. Pero a medida que fue avanzando por la vasta llanura, se le incrustó esta idea en la cabeza cada vez más, de modo que quedó completamente convencido de haber visto en su vida algo semejante.

-Tengo la impresión de haber oído hablar de ello -pensó.

Cierta tarde entró Raniero en una ciudad. Terminada la hora del trabajo, las mujeres estaban a las puertas de sus casas esperando la vuelta de sus maridos. Una de ellas era muy esbelta y tenía los ojos severos. Al verla pensó en Francesca degli Uberti.

Y de repente aclarósele lo que no lograba recordar.

Pensó que el amor de Francesca era semejante a una llama que ella hubiera deseado mantener siempre encendida, viviendo en continuo temor, miedosa de que Raniero pudiera apagarla en su corazón. Él mismo se asombró de este pensamiento, pero hubo de convencerse cada vez más de que tal era la verdad. Y comprendió por vez primera por qué le había abandonado Francesca, y que su fama guerrera no bastaría para volver a conquistarla.

El viaje de Raniero avanzaba muy lentamente, debido en gran parte a que tuvo que interrumpirlo varias veces a causa del mal tiempo. Se instalaba entonces en cualquier parador público y vigilaba la llama. Aquellos fueron días muy pesados.

Cabalgando Raniero un día a través del Líbano, se dio cuenta de que se aproximaba una tormenta. Hallábase a gran altura, entre horribles barrancos y abismos, muy alejado de toda morada humana. Por fin llegó a una roca aislada, una tumba sarracena. Era una pequeña edificación cuadrangular de piedra, con un techo abovedado. Raniero creyó que lo mejor era buscar refugio allí.

Acababa de entrar cuando se desencadenó una fuerte ventisca qué duró dos días enteros. Al mismo tiempo, el aire se tornó tan intensamente frío que Raniero estuvo a punto de quedar helado.

No ignoraba que en el monte había ramaje más que suficiente para encender una hoguera y calentarse; pero consideraba la llama de la vela tan sagrada que no quería encender con ella otra cosa que los cirios del altar de la Santísima Virgen.

Y la tempestad adquiría cada vez más violencia, y eran cada vez más espantosos los truenos y relámpagos.

Al caer un rayo en un árbol cerca de la tumba, lo encendió, con lo qué Raniero tuvo fuego para calentarse, sin profanar la sagrada llama.

Cuando Raniero peregrinaba por un paraje desierto de Cilicia, sus velas estuvieron a punto de agotarse. Su provisión de Jerusalén hacía tiempo que se había consumido. Pero no se había apurado por ello, pues de vez en cuando pasaba por colonias cristianas, donde, mendigando, pudo adquirir nuevas velas.

Pero ahora se le habían terminado y temía que su peregrinación tuviera un fin harto prematuro.

Cuando la vela se hubo consumido tanto que la llama casi le quemaba la mano, saltó del caballo, reunió cuanta hierba seca pudo y la encendió con el cabito que le quedaba. Pero en la desierta montaña había poco combustible y el fuego iba a extinguirse.

Mientras Raniero se desesperaba viendo que la llama iba a apagarse forzosamente, oyó por el camino cantos piadosos y vio que una procesión de peregrinos subía por la montaña con velas encendidas. Iban hacia una caverna en la que habitaba un santo, y Raniero se unió a ellos, entre los que se hallaba una anciana que andaba penosamente, y a la que ayudó Raniero a subir la montaña.

La pobre anciana le dio las gracias, y Raniero le pidió por señas su vela; ella se la entregó inmediatamente, y los demás siguieron este ejemplo, regalándole las velas que llevaban.

A todo correr bajó por el sendero, y después de haber apagado todas las luces encendió una vela en el rescoldo del fuego que había encendido con la llama sagrada.

En una ocasión, hacia el mediodía, hacía tanto calor que Raniero se tumbó rendido sobre un espeso matorral. No tardó en dormirse profundamente; la vela se hallaba colocada junto a él, entre unas piedras. A poco de quedarse dormido empezó a llover y la lluvia siguió arreciando hasta que Raniero despertó. El suelo se hallaba mojado en torno suyo, y apenas osó mirar a la vela, temeroso de hallarla apagada.

Pero la llama brillaba silenciosa y tranquila en medio de la lluvia y Raniero se dio cuenta de la causa de aquel fenómeno: dos pajarillos revoloteaban por encima de la llama. Acariciándose mutuamente con los piquitos, protegían la sagrada luz con sus alas extendidas.

Raniero tomó en seguida su sombrero para defender la vela de la lluvia; después tendió la mano a los pajarillos deseoso de acariciarlos. Y los animalitos no volaron, sino que se dejaron coger por él. Raniero quedó asombrado de que aquellas aves no le tuvieran miedo alguno, y se dijo: “Piensan tal vez en que no tengo otro pensamiento que proteger la cosa más delicada, y por eso no me temen”.

Raniero llegó a las cercanías de Niquea. Allí encontró a algunos caballeros llegados de Occidente, que conducían un nuevo ejército de auxilio hacia Tierra Santa. Entre ellos se encontraba Roberto Taillefer, que era un trovador que recorría el mundo como caballero andante.

Cuando Raniero, con su deshilachada capa de peregrino, pasó junto a ellos con la vela encendida, los soldados, lo mismo que cuantos le habían visto a lo largo de los caminos, empezaron a gritar:

-¡Al loco, al loco!

Pero Roberto Taillefer les hizo callar, y preguntó al caballero:

-¿Vienes de muy lejos?

Y Raniero le contestó:

-Vengo de Jerusalén.

-¿Sin que se haya apagado tu vela?

-En mi vela arde todavía la llama que encendí en Jerusalén -contestó Raniero.

Entonces, Roberto Taillefer le dijo:

-También yo llevo una llama, y quisiera conservarla ardiendo eternamente. Tal vez tú, que desde Jerusalén has traído hasta aquí tu vela encendida, puedas indicarme qué debo hacer para que no se extinga.

-Problema harto difícil es, aunque parezca sencillo. No os aconsejaría que emprendiérais empresa semejante, pues esta pequeña llama exigiría que lo abandonarais todo, que pensarais solo en ella.

-Ninguna otra alegría, por noble que sea, debe llenar vuestro corazón -repuso el caballero.

-Si os aconsejo que desistáis de realizar esta peregrinación que yo hago, es, principalmente, por mi deseo de evitaros esta sensación de constante incertidumbre que me acompaña. Sean cuales fueren los peligros que lograreis sortear, no encontraríais jamás un momento de seguridad para vuestra llama; siempre habríais de vivir con la zozobra de que el instante próximo habría de robárosla.

Pero Roberto Taillefer levantó la cabeza y dijo con orgullo:

-Lo que tú has hecho por salvar tu llama, sabré hacerlo yo por la mía.

Raniero había llegado a Italia. Un día cabalgaba por un solitario sendero de la montaña. Una mujer se le acercó presurosa y le pidió fuego.

-Nuestro fuego se ha apagado y mis hijos tienen hambre. Préstame el fuego de tu vela para que yo pueda encender mi hogar y cocer pan para los míos.

Y extendió la mano hacia la vela; pero Raniero se la negó, porque quería que aquella llama no encendiera más que las velas del altar de la Virgen.

Mas la mujer le dijo:

-¡Dame fuego, peregrino, pues la vida de mis hijos es la llama que debo mantener encendida!

Y en virtud de aquellas palabras dejó Raniero que encendiera la torcida de su lámpara en la sagrada llama.

Unas horas más tarde iba Raniero por una aldea. Estaba situada en lo alto de la montaña, y hacía un frío intensísimo. Un joven labrador se le acercó y contempló al pobre caballero cubierto con sus harapos de peregrino. Rápidamente quitose la corta capa y se la arrojó. Pero la capa cayó precisamente sobre la luz y apagó la llama.

Entonces Raniero pensó en aquella mujer que le había pedido fuego. Rápidamente desanduvo un buen trecho, y volvió a encender la vela en el sagrado fuego.

Cuando se disponía a continuar el camino, le dijo:

-Tú decías que la llama que está bajo tu custodia es la vida de tus hijos. ¿Podrías decirme el nombre de la que yo llevaba?

-¿Dónde fue encendida? -preguntó la mujer.

-En la tumba de Cristo -contestó Raniero.

-Entonces su nombre solo puede ser clemencia y amor al prójimo.

Raniero sonrió al oír esta respuesta, porque no comprendía que precisamente él tuviera que representar tales virtudes y ser su peregrino.

Raniero cabalgaba por deliciosas cordilleras azuladas, cuando observó que se encontraba en las cercanías de Florencia. Pronto, pues, terminaría su misión, y ante esta idea recordó su tienda de Jerusalén, rebosante de botín de guerra, y a sus valientes compañeros de cruzada, que tanto se alegrarían al verle de nuevo entre ellos dispuesto a reanudar el oficio de las armas para conducirles a la victoria.

Raniero se dio cuenta de que este pensamiento no le causaba la menor satisfacción. Sus ideas iban tomando un rumbo muy distinto. Y por primera vez reconoció que ya no era el mismo que partió a la conquista de Jerusalén. Aquella peregrinación, con su vela encendida, habíale enseñado a amar todo cuanto era paz, compasión y cordura, y a aborrecer la violencia y el latrocinio.

Ya en su patria causábale gran placer encontrar gentes que trabajaban en la paz de su hogar, lo que le hizo sentir la necesidad de incorporarse a su viejo taller para producir bellas obras de arte.

-No cabe duda; esta llama me ha transformado por completo -se decía-, ha hecho de mí otro hombre.


V

Cabalgando de espaldas, con la capucha echada sobre la cara y sosteniendo la vela encendida en la mano, Raniero entró en Florencia por la Pascua.

Apenas traspuesta la puerta de la ciudad, le recibió un mendigo con la consiguiente exclamación:

-¡Pazzo, pazzo!

A los gritos del mendigo pronto se unieron los de un pillete y un vagabundo que yacían todo el día en el suelo contemplando el desfile de las nubes:

-¡Pazzo, pazzo!

Este alboroto bastó para atraer otras gentes y multitud de chiquillos que salían de todos los rincones y que, al ver a Raniero haraposo y en tal guisa sobre el ruin caballejo, le gritaban también:

-¡Pazzo, pazzo!

Pero Raniero habíase habituado a que le llamaran así, y prosiguió tranquilamente a través de las populosas calles sin prestar oídos a semejantes gritos.

Mas hubo uno que, no contento con gritar, se abalanzó sobre el peregrino dispuesto a arrebatarle la vela, y Raniero limítose a elevar el brazo para que no le apagara la llama y a espolear su jamelgo para huir de aquella multitud, lo que no podía lograr por cuanto todos se lanzaron en su persecución más decididos cada vez a apagarle la candela.

Cuánto más se esforzaba Raniero por salvar la llama, más se enardecía la multitud. Los más atrevidos saltaban sobre las espaldas de los otros, hinchaban cuanto podían los carrillos y soplaban con fuerza. Al fracasar, arrojaban sus gorras; pero, por ser tantos los que pretendían extinguir la llama, tal vez nadie lo conseguía.

En la calle reinaba un alboroto tremendo. En las ventanas desternillábanse de risa muchos espectadores y hasta los fieles que se encaminaban a la iglesia deteníanse gozosos ante aquel espectáculo.

Raniero habíase puesto de pie sobre la silla para mejor defender la llama y como habíasele caído la capucha aparecía al descubierto su faz, pálida y demacrada como la de un mártir.

La diversión pública degeneró en tumulto. Hasta las personas mayores empezaron a tomar parte activa en el suceso, sin exceptuar a las mujeres que agitaban sus mantillas para apagar la vela.

Así llegó Raniero junto al balcón de una casa donde asomábase una mujer. Esta inclinose sobre la baranda y le arrebató la vela al peregrino; penetrando apresuradamente, tras esto, en la habitación.

En la calle resonaron grandes carcajadas de júbilo, y Raniero, por la fuerte impresión recibida, se tambaleó en la silla y se desplomó al suelo.

Al verle tendido, como exánime, la multitud se dispersó como por arte de encantamiento. Nadie socorría al caído; solo el caballo permanecía junto a él.

Cuando la calle quedó desierta salió de su casa Francesca degli Uberti con una vela encendida en la mano.

Seguía tan bella como siempre; sus rasgos tenían una expresión suave y sus ojos eran profundos y severos.

Se acercó a Raniero e inclinose sobre él. Estaba inmóvil; pero tan pronto como el reflejo de la llama hirió su rostro, se movió y levantose. Parecía completamente fascinado por aquella llama. Cuando Francesca vio que recobraba el conocimiento, le dijo:

-Aquí tienes tu vela. Te la he arrebatado porque comprendí que te interesaba mantenerla encendida. No pude ayudarte de otro modo.

Raniero había quedado magullado y molido por la caída; pero ya nada debía detenerle. Levantose lentamente, quiso andar, vaciló y estuvo a punto de volver a desplomarse. Entonces intentó montar a caballo. Francesca le ayudó

-¿Adónde quieres ir? -le preguntó cuando estuvo sentado nuevamente en la silla.

-Quiero ir a la Catedral -respondió.

-Entonces, vamos, porque yo también voy a misa -dijo cogiendo el caballo por las bridas.

Francesca había reconocido a Raniero inmediatamente; pero no él a su esposa, pues no tuvo tiempo ni intención de contemplarla.

Durante todo el camino permanecieron silenciosos. Raniero solo pensaba en su llama y en el modo de mantenerla segura durante estos últimos momentos. Francesca no se atrevía a pronunciar palabra porque en su corazón abrigaba el temor de que Raniero había vuelto loco a su patria. De un momento a otro esperaba ver confirmados sus temores.

Al cabo de un rato oyó Raniero un sollozo y vio a Francesca degli Uberti que caminaba sollozando a su lado. Pero Raniero solo la contempló un momento, sin decirle palabra alguna. Quería pensar en la llama únicamente.

Se hizo conducir a la sacristía. Allí bajó del caballo y dio las gracias a Francesca por su ayuda, sin fijarse en ella por no apartar la vista de la llama. Y penetró completamente solo en la sacristía en busca del sacerdote.

Francesca entró en la iglesia. Era el Viernes Santo que precede a la semana de Pascua y en señal de luto todas las velas se hallaban apagadas en sus altares. Francesca sentía que la llama de la esperanza que había ardido en ella, también hallábase extinguida.

En la Iglesia reinaba animación. Muchos sacerdotes se hallaban ente los altares. En el coro había, sentados, numerosos canónigos presididos por el obispo.

Momentos después observó Francesca cierta excitación entre los sacerdotes. Casi todos los que no tomaban parte en la misa levantáronse y se encaminaron a la sacristía. Por último, les siguió el obispo.

Cuando la misa hubo terminado, acercose al coro uno de los sacerdotes y habló a los fieles. Les informó de que Raniero di Ranieri había traído a Florencia fuego sagrado de Jerusalén. Narró las aventuras y padecimientos que había soportado el caballero por el camino, y le ensalzó con entusiasmo.

Los fieles quedáronse asombrados ante aquellas palabras. Francesca no había vivido jamás una hora más feliz.

-¡Oh, Dios! Esta es una felicidad mayor de la que yo puedo soportar -susurró como un suspiro.

Al escuchar aquella peroración, sus ojos vertían lágrimas.

El sacerdote habló largo tiempo, entusiasmado. Por último, exclamó con voz potente:

-Quizá os parezca cosa insignificante el haber traído una llama hasta Florencia. Mas yo os digo: rogad a Dios para que conceda a Florencia muchos portadores del fuego eterno, porque entonces nuestra ciudad alcanzará más gloria y poderío que todas las ciudades.

Cuando el sacerdote hubo terminado su peroración abriéronse de par en par las grandes puertas de la catedral, y una procesión espléndida e improvisada hizo irrupción en el templo. Canónigos, monjes y sacerdotes atravesaron la nave central hacia el altar mayor. El último era el obispo, y a su lado se hallaba Raniero envuelto en la misma capa que había llevado durante toda su peregrinación.

Cuando este hubo traspuesto el umbral de la iglesia, alzose un anciano y se acercó a él. Era Oddo, el padre de aquel pobre muchacho que por culpa de Raniero se había ahorcado.

Cuando el anciano hallose ante el obispo y Raniero, se inclinó y dijo en voz tan alta que pudieran oírle todos los fieles reunidos en la iglesia:

-Es un acontecimiento para Florencia el que Raniero haya traído fuego sagrado de Jerusalén. Una cosa semejante no ha acontecido nunca, y como tal vez haya alguien que crea que esto no es posible, ruego a todos los reunidos que pidan a Raniero pruebas y testimonios que acrediten la verdad de que este fuego ha sido encendido, efectivamente, en Jerusalén.

Al escuchar estas palabras, Raniero exclamó:

-¡Que Dios me ayude! No tengo testigos. La peregrinación la emprendí solo. Para ello sería preciso que vinieran los desiertos y los yermos a ofreceros su testimonio.

-Raniero es un hombre leal -dijo el obispo- y creemos en su palabra.

-Raniero podía haber supuesto que el hecho daría lugar a dudas; no debía haber cabalgado solo. Sus escuderos podrían, pues, dar testimonio – replicó Oddo.

Entonces, Francesca degli Uberti se destacó de la multitud, y dijo:

-¿Para qué testigos? Todas las mujeres de Florencia se hallan dispuestas a jurar que Raniero dice la verdad.

Raniero sonriose y su cara resplandeció un momento. Pero nuevamente volvió a dirigir sus pensamientos y su mirada a la llama.

Prodújose entonces un gran tumulto en la iglesia. Algunos sostenían que Raniero no debía encender las velas del altar antes de que estuviera comprobada la verdad de sus palabras, y a estos uniéronse muchos de sus antiguos enemigos.

Entonces levantose Jacobo degli Uberti y habló en favor de Raniero.

-Todos saben que no es grande la amistad que le profeso a mi yerno; pero ahora debemos defenderle tanto mis hijos como yo. Creemos que, en efecto, ha realizado esta proeza, y comprendemos que el que ha sido capaz de ello es un hombre sensato, prudente y noble. Por este motivo le recibiremos con alegría entre nosotros.

Pero Oddo y otros muchos no se dejaron convencer.

Raniero comprendió que en caso de pelea, sus enemigos atentarían, ante todo, contra su luz. Y mientras clavaba la mirada en sus adversarios, alzó la vela por encima de su cabeza cuanto le fue posible.

Estaba pálido como la muerte y parecía desesperado. Solo esperaba la derrota final, aunque procuraba prolongar el momento todo lo posible. ¿De qué le serviría poder encender la llama? Las palabras de Oddo habían sido un golpe mortal para él, al sembrar la duda. Era como si Oddo hubiera apagado su llama para siempre.

Un pajarillo entró revoloteando por el gran portal del templo. Voló precisamente en dirección a la vela de Raniero, quien no habiendo podido apartarla a tiempo hubo de ver cómo el avecilla chocaba con ella y la extinguía.

Raniero bajó el brazo, y las lágrimas brotaron de sus ojos. Pero en seguida sintió cierto alivio. Esto era preferible a que las gentes apagaran la llama.

El pajarillo prosiguió su alocado vuelo por el interior de la iglesia, tal como suelen hacerlo los pájaros que penetran en un espacio cerrado.

De pronto una exclamación vibró por toda la iglesia:

-¡El pajarillo, arde! ¡La llama sagrada ha encendido sus alas!

El pajarillo piaba temeroso. Revoloteó unos momentos de acá para allá como una llama errante bajo la alta bóveda del coro y, por último, cayó muerto ante el altar de la Madonna.

En aquel momento se hallaba Raniero junto a él. Se había abierto paso entre la multitud; nada había podido detenerle. Y en las llamas que tostaban las alas del pajarillo encendió las velas del altar de la Madonna.

Entonces el obispo alzó su cetro y exclamó:

-¡Dios lo ha querido! ¡Dios nos ha dado su testimonio!

Y todo el pueblo, reunido en la iglesia, tanto sus amigos como sus adversarios, olvidaron sus dudas y su asombro y estupefactos ante aquel milagro divino, exclamaban:

-¡Dios lo ha querido! ¡Dios nos ha dado su testimonio!

De Raniero queda todavía por relatar que gozó de mucha felicidad y consideración durante toda su vida. Fue prudente, sensato y compasivo. Pero el pueblo de Florencia continuó llamándole Pazzo degli Ranieri en recuerdo de haberle tomado por loco. Y esto fue para él un título de honor. Raniero conviniose en el tronco de una estirpe que tomó el nombre de Pazzi y que todavía existe.

Hay que recordar también que desde entonces en Florencia se inició la costumbre de celebrar una fiesta anual el Viernes Santo en conmemoración de la vuelta de Raniero a Florencia con el fuego sagrado, y en dicha fiesta se hace volar siempre por la Catedral un pájaro artificial encendido. También este año se habrá celebrado la fiesta, de no haberse iniciado alguna variación.

Si es verdad -como muchos suponen- que los portadores de fuego sagrado que ha vivido en Florencia y hecho de esta ciudad una de las más magníficas de la Tierra, han tomado a Raniero por modelo, encontrando en su ejemplo valor para sacrificarse y sufrir abnegadamente, es cosa que queremos pasarla en silencio.

Pero la eficacia de aquella luz emanada de Jerusalén en los tiempos tenebrosos es incalculable.

FIN

miércoles, 10 de diciembre de 2014

UNA VARICE EN MI PIERNA. Relato de Alejandro R. Melo




Cuando yo era chico, de unos ocho o nueve años, me apareció en mi pierna izquierda una várice. La verdad es que no sé de dónde había salido. La realidad es que esa várice era bien visible en mi pantorrilla. Y me dolía bastante. Era muy molesta. No podía jugar en el patio del colegio sin que me doliera.
Mi mamá le comentó a mi tía el asunto, y ésta le contó de una mujer que según ella, “curaba”. Es decir, era lo que en el campo suelen llamar una “curandera”.
La gran mayoría de estos personajes son mistificadores, farsantes que tratan de sacarle el dinero a la gente, y sólo lucran con la necesidad y el dolor ajenos. Este tipo de personajes siempre me pareció despreciable.
Pero en el caso que te cuento había algo que distinguía a esta mujer de esas típicas curanderas. Por empezar no hacía ningún tipo de menjunje, brujería o cosa por el estilo, y fundamentalmente no cobraba un solo centavo por lo que hacía.
La mujer afirmaba que una noche tuvo una visión: se le había aparecido un soldado romano que al parecer era un santo, pues tenía un aura especial sobre su cabeza. La verdad es que en esta primera visión, el soldado no se presentó, sino que simplemente se limitó a mirar a la mujer, y luego desapareció. La mujer impresionada, y deduciendo que se trataba de un santo, envió a su marido a la santería a buscar estampitas de santos que tuvieran el atuendo de soldado romano, pero había varios santos que se vestían con el atuendo del imperio romano. El soldado volvió a presentarse otra noche ante la mujer. Entonces ésta le preguntó: ¿Quién sos? ¿Cómo te llamás?
Soy Sebastián, -le dijo el aparecido.
La mujer mandó nuevamente a la santería a buscar una estampa de San Sebastián, pero a pesar de revolver entre todas las estampas no aparecía la imagen del pretendido santo.
Finalmente, en otra santería, el hombre encontró una estampa de San Sebastián. Efectivamente era la imagen de un soldado romano, tal vez una de las pocas en que se mostraba a San Sebastián vestido con el típico atuendo de soldado romano, ya que en todas las estampas aparecía semidesnudo y presa de las flechas que atravesaban su cuerpo. Se trataba de un mártir, que al convertirse al cristianismo provocó la ira de su emperador, quien le exigió elegir entre Cristo y seguir siendo el Jefe de la Guardia del Emperador. Sebastián amaba a Cristo, y tanto odio desató su elección, que el Emperador lo mandó a soportar las peores torturas, para arrojar luego su cuerpo como desperdicio.
La mujer finalmente reconoció en la estampa la imagen del soldado que se aparecía.
En las siguientes apariciones, el soldado santo le indicó distintas cosas a la mujer. Entre ellas cómo debía rezar a Jesús invocando su intercesión.
Aquel día, la mujer que vivía en una casa prolija de clase media, en un barrio de las afueras de Buenos Aires, nos hizo pasar. Luego nos hizo sentar en círculo en torno a una pequeña mesa que tenía una jarra de agua y un solo vaso.
La mujer se santiguó, cerró los ojos y rezó imponiendo su mano sobre la jarra de agua.
Luego sirvió agua en el vaso y bebió de él. Cuando culminó de beber pasó el vaso y nos hizo beber uno a uno de esa agua.
En ese momento declaró: San Sebastián está entre nosotros y ésta es la manera que tiene de comunicarse con nosotros. Nos tomamos de las manos y rezamos un Padrenuestro y un Ave María.
Finalmente impuso su mano sobre mi cabeza. ¡Cuánta fe tiene este chico! –dijo- y extendió su mano sobre mi pierna, colocándola sobre la zona donde estaba la várice. Rezó durante un rato. Al poco tiempo yo comencé a sentir un intenso calor en la zona. Cuando la mujer retiró la mano, la várice ya no estaba allí. Nunca más me volvió a molestar y nunca más la várice fue visible.
No sé si fue un milagro. Solo sé que ocurrió en mi cuerpo y fueron varios los testigos de mi familia que presenciaron el hecho. Una o dos veces más vi a la mujer, pero luego le perdimos el rastro. Yo era pequeño por entonces, pero este hecho me marcó para toda mi vida y me demostró que, de alguna manera, lo maravilloso existe.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Lo que nos hace sufrir. El pensamiento de Viktor Frankl -tomado de Facebook-



Este es un ensayo de Viktor Frankl,
neurólogo, psiquiatra, sobreviviente del holocausto y el
fundador de la disciplina; que conocemos hoy como Logoterapia.

No eres Tú, soy Yo...
¿Quién te hace sufrir? ¿Quién te rompe el corazón? ¿Quién te lastima? ¿Quién te roba la felicidad o te quita la tranquilidad? ¿Quién controla tu vida?...
¿Tus padres? ¿Tu pareja? ¿Un antiguo amor? ¿Tu suegra? ¿Tu jefe?...

Podrías armar toda una lista de sospechosos o culpables. Probablemente sea lo más fácil. De hecho sólo es cuestión de pensar un poco e ir nombrando a todas aquellas personas que no te han dado lo que te mereces, te han tratado mal o simplemente se han ido de tu vida, dejándote un profundo dolor que hasta el día de hoy no entiendes.

Pero ¿sabes? No necesitas buscar nombres. La respuesta es más sencilla de lo que parece, y es que nadie te hace sufrir, te rompe el corazón, te daña o te quita la paz. Nadie tiene la capacidad al menos que tú le permitas, le abras la puerta y le entregues el control de tu vida.

Llegar a pensar con ese nivel de conciencia puede ser un gran reto, pero no es tan complicado como parece. Se vuelve mucho más sencillo cuando comprendemos que lo que está en juego es nuestra propia felicidad. Y definitivamente el peor lugar para colocarla es en la mente del otro, en sus pensamientos, comentarios o decisiones.

Cada día estoy más convencido de que el hombre sufre no por lo que le pasa, sino por lo que interpreta. Muchas veces sufrimos por tratar de darle respuesta a preguntas que taladran nuestra mente como: ¿Por qué no me llamó? ¿No piensa buscarme? ¿Por qué no me dijo lo que yo quería escuchar? ¿Por qué hizo lo que más me molesta? ¿Por qué se me quedó viendo feo? y muchas otras que por razones de espacio voy a omitir.

No se sufre por la acción de la otra persona, sino por lo que sentimos, pensamos e interpretamos de lo que hizo, por consecuencia directa de haberle dado el control a alguien ajeno a nosotros.

Si lo quisieras ver de forma más gráfica, es como si nos estuviéramos haciendo vudú voluntariamente, clavándonos las agujas cada vez que un tercero hace o deja de hacer algo que nos incomoda. Lo más curioso e injusto del asunto es que la gran mayoría de las personas que nos "lastimaron", siguen sus vidas como si nada hubiera pasado; algunas inclusive ni se llegan a enterar de todo el teatro que estás viviendo en tu mente.

Un claro ejemplo de la enorme dependencia que podemos llegar a tener con otra persona es cuando hace algunos años alguien me dijo:

"Necesito que Enrique me diga que me quiere aunque yo sepa que es mentira. Sólo quiero escucharlo de su boca y que me visite de vez en cuando aunque yo sé que tiene otra familia; te lo prometo que ya con eso puedo ser feliz y me conformo, pero si no lo hace... siento que me muero".

¡Wow! Yo me quedé de a cuatro ¿Realmente ésa será la auténtica felicidad? ¿No será un martirio constante que alguien se la pase decidiendo nuestro estado de ánimo y bienestar? Querer obligar a otra persona a sentir lo que no siente... ¿no será un calvario voluntario para nosotros?

No podemos pasarnos la vida cediendo el poder a alguien más, porque terminamos dependiendo de elecciones de otros, convertidos en marionetas de sus pensamientos y acciones.

Las frases que normalmente se dicen los enamorados como: "Mi amor, me haces tan feliz", "Sin ti me muero", "No puedo pasar la vida sin ti", son completamente irreales y falsas. No porque esté en contra del amor, al contrario, me considero una persona bastante apasionada y romántica, sino porque realmente ninguna otra persona (hasta donde yo tengo entendido) tiene la capacidad de entrar en tu mente, modificar tus procesos bioquímicos y hacerte feliz o hacer que tu corazón deje de latir.

Definitivamente nadie puede decidir por nosotros. Nadie puede obligarnos a sentir o a hacer algo que no queremos, tenemos que vivir en libertad. No podemos estar donde no nos necesiten ni donde no quieran nuestra compañía. No podemos entregar el control de nuestra existencia, para que otros escriban nuestra historia. Tal vez tampoco podamos controlar lo que pasa, pero sí decidir cómo reaccionar e interpretar aquello que nos sucede.

La siguiente vez que pienses que alguien te lastima, te hace sufrir o controla tu vida, recuerda: No es él, no es ella... ERES TÚ quien lo permite y está en tus manos volver a recuperar el control.

"Al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: La última de las libertades humanas-la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino".

martes, 2 de diciembre de 2014

Los ojos y el mar. Relato alegórico por Alejandro R. Melo

Para mi amiga Silvia, a quien el mar misterioso, ha devuelto a la playa de mi vida.


Me quedé como paralizado mirando el cuadro: una playa, un acantilado, las olas rompiendo contra las rocas y el sol escondiéndose entre las nubes. 
Fue como un detonador que me transportó al despertar de mi vida. Fue cuando el bosque nos daba su aroma y su frescura. Fue el tiempo en que las hortensias reventaban de gozo ante la caricia del sol, y nos regalaban sus colores azules, rosas y lilas.
Allí estaba yo, parado entre las piedras y la arena, y el agua del mar acariciándome los pies. La espuma jugueteando con el viento y el agua cristalina, fría, que una y otra vez me traía el mensaje de mis sueños más secretos. 
Fue cuando vi sus ojos azules reflejados en el agua. Levanté la vista y su sonrisa me deleitó el alma. 
Fue un instante fugaz, lo sé, pero su imagen cálida, dulce y amiga, se fue conmigo. 
Desde entonces, no ha dejado de acompañarme. 
Por alguna razón, yo había adquirido el cuadro, pensaba; mientras el burbujear de miles de imágenes me saltaban desordenadas a la mente.
Cansado, me tiré en el sillón y me quedé dormido. Toda la oscuridad se me vino encima. Pasaron...no se cuantas horas, o quizás incluso días, o quizás años, hasta que un murmullo resonó en mis oídos como el incesante y eterno retorno de las olas. Sentí en mi nariz el aroma salobre del mar y abrí los ojos, y por un instante, quizás fugaz, pude mirarme en esos ojos que me acompañaron toda la vida.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Lo importante. Palabras de la Biblia.

“Ya se te ha dicho, oh hombre, lo que es bueno y lo que el Señor te exige: Tan sólo que practiques la justicia, que quieras con ternura y te portes humildemente con tu Dios.” (Miqueas 6, 8).

martes, 25 de noviembre de 2014

La Travesura. Relato por Alejandro R. Melo

Luego de dejar el comedor, salíamos ordenados al recreo largo de la una, donde se desataban todas nuestras energías duramente reprimidas por la rígida disciplina.
Mi timidez y gran miedo al castigo no me impedían seguir a mi diminuto amigo Scala corriendo por los pasillos de los dormitorios de los curas del centenario Colegio San José. Eran oscuros y tenían algo de misteriosos, y además estaba estrictamente prohibido a los alumnos transitar por esas zonas. Nos imaginábamos que se nos podía aparecer el fantasma de algún viejo mazorquero de Rosas. De tanto en tanto, el que si se nos aparecía era el Padre Gabriel con su voz ronca, y nos retaba medio en serio, medio en broma (no podía disimular la risa que le provocaba vernos correr asustados luego de que nos advertía, exagerando su voz de ultratumba: ¿Que están haciendo aquí? ¿No saben que está prohibido andar por los pasillos de las piezas de los curas! ?).
Pero nuestra convocatoria al misterio se volvía a repetir. Teníamos siete años y casi nada sabíamos de la vida, así que varias veces nuestra correría terminaba gritando: Viva Perón! . Era una máxima transgresión, porque alguno nos había contado que estaba prohibido pronunciar ese nombre...

lunes, 24 de noviembre de 2014

El porvenir por Jorge Luis Borges

"El porvenir es tan irrevocable
Como el rígido ayer. No hay una cosa
Que no sea una letra silenciosa
De la eterna escritura indescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hierro,
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha."

Jorge Luis Borges

lunes, 17 de noviembre de 2014

Agonía por Alejandro R. Melo

Hay días que pesan. Cuando el alma lucha en sus contradicciones 
y sus decepciones; cuando el corazón nos hace beber su amargo reproche. Pero también hay que aprender a liberarse de esa pesadez: el sol, el cielo, el universo y más allá Dios. 
Y en un retorno maravilloso, nos cubre la luz, nos rodea la energía positiva y nos embriaga el amor.

viernes, 31 de octubre de 2014

Todo era azul. poema de Miguel Hernández


Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.

Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.

Se los devoran. ¿Sabes? No soy feliz. No hay goce
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.

La claridad brotaba de su directo roce,
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.

La noche boca arriba. Cuento de Julio Cortázar



"Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida"

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.



Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La Maldición. Cuento por Alejandro R. Melo

Su formación científica no le permitía aceptar lo que le había dicho su madre de pequeño, pero con el correr de los años fue teniendo que darle la razón, y ahora que ya estaba muerta, comprobar que por alguna extraña circunstancia todo lo que ella decía tenía cierta dosis de sabiduría.

Se podrá discutir sobre la conveniencia de lo que la mujer le había contado a su hijo, pero la realidad es que quieran o no, todo ello pesó sobre el muchacho durante largos años e incluso lo acompañó durante los años de su edad adulta, generando un clima de pesadez, de satisfacción a medias en todas las cosas que emprendía, de frustración decisiva en otras, como atrapado en una telaraña de la que no podía escapar por más que lo intentara de mil maneras, terminando por conformarse con su destino.

El amor nunca llegaba a culminar en ese desborde de felicidad que embarga a los que están verdaderamente enamorados, a los que viven la ensoñacion y el sueño temporal de la perfección estética y anímica. Es decir, quiero que me entiendan: todas sus relaciones eran porque tenían que ser, porque era imperioso aferrarse a una tabla en medio de una mar embravecida, o porque la costa de la felicidad no alcanzaba a vislumbrarse en el horizonte.

Comenzó a preguntarse si existía eso que llaman "felicidad", para luego adquirir los estereotipos que la sociedad utiliza para justificar la languidez de los que han perdido la pasión.

Poco a poco hasta le fue perdiendo el gusto a su trabajo, al que naturalmente no podía abandonar, porque el tedio y el aburrimiento habían ganado su ánimo. Era como arrastrar las cadenas de una condena urbana sin cielo azul.

Todos los días,  como el paso implacable del segundero del reloj, eran idénticos. Uno tras el otro, hasta que, sabía, ya no quedara cuerda en la máquina.

Una tarde, de aquel domingo lento y vacío, se quedó mirando por la ventana, y allí recordó:

Su madre le había dicho, que al nacer, la familia de su padre, que no estaba nada contenta con la relación de éste con su madre, profirió una maldición.

Mientras recordaba aquellas palabras, su mujer, que para matar el tiempo se había puesto a limpiar las viejas porcelanas que el hombre había traído de su casa natal, sin querer deslizó el viejo jarrón que fue a dar hecho pedazos en el suelo del comedor.

Fue en ese instante que el hombre comprendió. Por la ventana entró un rayo de sol cálido y alegre, y descubrió que había flores en el jardín.





martes, 16 de septiembre de 2014

RECUERDOS DEL PORTEZUELO de Atahualpa Yupanqui



En esas mañanitas de la quebrada
Yo bajaba las cuestas como si nada
Y en un marcha’o parejo de no cansarse
Me iba pidiendo riendas mi mula parda.

Al pasar por el rancho del Portezuelo
Salían a mirarme sus ojos negros.
Nunca le dije nada, pero qué lindo,
Y de feliz le daba mi copla al viento.

Parezco mucho y soy poco,
Esperemos y esperemos
Pa’ cuando salga de pobre,
Viditay, conversaremos.

Los vientos y los años me arriaron lejos,
Lo que ayer fue esperanza hoy es recuerdo.
Me gusta arrinconarme de vez en cuando
A pensar en la moza del Portezuelo.

Qué mirarán sus ojos en estos tiempos
Mi corazón, paisano, quedó con ellos.
Nunca le dije nada, pero qué lindo,
Sólo tengo la copla pa’mi consuelo.

Parezco mucho y soy poco,
Esperemos y esperemos
Pa’ cuando salga de pobre,
Viditay, conversaremos.

Dónde estará la moza del Portezuelo
Están tristes o alegres sus ojos negros
Nunca le dije nada, pero qué lindo,
Siento un dulzor amargo cuando me acuerdo.

jueves, 11 de septiembre de 2014

EL AUXILIAR DE LA PARROQUIA (un cuento de amor verdadero) por Charles Dickens


Había una vez, en una diminuta ciudad de provincias bastante alejada de Londres, un hombrecito llamado Nathaniel Pipkin, que trabajaba en la parroquia de la pequeña población y vivía en una pequeña casa de la Calle High, a escasos diez minutos a pie de la pequeña iglesia; y a quien se podía encontrar todos los días, de nueve a cuatro, impartiendo algunas enseñanzas a los niños del lugar. Nathaniel Pipkin era un ser ingenuo, inofensivo y de carácter bondadoso, de nariz respingona, un poco zambo, bizco y algo cojo; dividía su tiempo entre la iglesia y la escuela, convencido de que, sobre la faz de la tierra, no había ningún hombre tan inteligente como el pastor, ninguna estancia tan grandiosa como la sacristía, ninguna escuela tan organizada como la suya. Una vez, una sola vez en su vida, había visto a un obispo... a un verdadero obispo, con mangas de batista y peluca. Lo había visto pasear y lo había oído hablar en una confirmación, y, en aquella ocasión tan memorable, Nathaniel Pipkin se había sentido tan abrumado por la devoción y por el miedo que, cuando el obispo que acabamos de mencionar puso la mano sobre su cabeza, él cayó desvanecido y fue sacado de la iglesia en brazos del pertiguero.

Aquello había sido un gran acontecimiento, un momento fundamental en la vida de Nathaniel Pipkin, y el único que había alterado el suave discurrir de su tranquila existencia, hasta que una hermosa tarde en que estaba completamente entregado a sus pensamientos, levantó por casualidad los ojos de la pizarra -donde ideaba un espantoso problema lleno de sumas para un pilluelo desobediente- y éstos se posaron, inesperadamente, en el radiante rostro de María Lobbs, la única hija del viejo Lobbs, el poderoso guarnicionero que vivía enfrente. Lo cierto es que los ojos del señor Pipkin se habían posado antes, y con mucha frecuencia, en el bonito semblante de María Lobbs, en la iglesia y en otros lugares; pero los ojos de María Lobbs nunca le habían parecido tan brillantes, ni las mejillas de María Lobbs tan sonrosadas como en aquella ocasión. No es de extrañar, pues, que Nathaniel Pipkin fuera incapaz de apartar su mirada del rostro de la señorita Lobbs; no es de extrañar que la señorita Lobbs, al ver los ojos del joven clavados en ella, retirara su cabeza de la ventana donde estaba asomada, la cerrara y bajase la persiana; no es de extrañar que, inmediatamente después, Nathaniel Pipkin se abalanzara sobre el pequeño granuja que antes le había molestado y le diera algún coscorrón y alguna bofetada para desahogarse. Todo eso fue muy natural, y no hay nada en ello digno de asombro.

De lo que sí hay que asombrarse, sin embargo, es de que alguien tan tímido y nervioso como el señor Nathaniel Pipkin, y con unos ingresos tan insignificantes como él, tuviera la osadía de aspirar, desde ese día, a la mano y al corazón de la única hija del irascible viejo Lobbs... del viejo Lobbs, el poderoso guarnicionero, que podía haber comprado toda la ciudad de un plumazo sin que su fortuna se resintiera... del viejo Lobbs, que tenía muchísimo dinero invertido en el banco de la población con mercado más cercana... que, según decían, poseía incontables e inagotables tesoros escondidos en la pequeña caja fuerte con el ojo de la cerradura enorme, sobre la repisa de la chimenea, en la sala de la parte trasera... y que, como todos sabían, los días de fiesta adornaba su mesa con una auténtica tetera de plata, una jarrita para la crema y un azucarero, que, según alardeaba con el corazón henchido de orgullo, serían propiedad de su hija cuando encontrara a un hombre digno de ella. Y comento todo esto porque es realmente asombroso y extraño que Nathaniel Pipkin hubiera tenido la temeridad de mirar en aquella dirección. Pero el amor es ciego, y Nathaniel era bizco; y es posible que la suma de esas dos circunstancias le impidiese ver las cosas como son.

Ahora bien, si el viejo Lobbs hubiera tenido la más remota o vaga idea del estado emocional de Nathaniel Pipkin, habría arrasado la escuela, o borrado a su maestro de la faz de la tierra, o cometido algún otro desmán o atrocidad de características igualmente feroces y violentas; pues el viejo Lobbs era un tipo terrible cuando herían su orgullo o se enojaba. Y, ¡podría jurarlo!, algunas veces soltaba tantos improperios por la boca, cuando denunciaba la holgazanería del delgado aprendiz de piernas esqueléticas, que Nathaniel Pipkin temblaba de miedo y a sus alumnos se les erizaban los cabellos del susto.

Día tras día, cuando se acababan las clases y los alumnos se habían ido, Nathaniel Pipkin se sentaba en la ventana que daba a la fachada y, mientras fingía leer un libro, miraba de reojo al otro lado de la calle en busca de los brillantes ojos de María Lobbs; y no transcurrieron muchos días antes de que esos brillantes ojos apareciesen en una de las ventanas del piso de arriba, aparentemente enfrascados también en la lectura. Era algo maravilloso que llenaba de alegría el corazón de Nathaniel Pipkin. Era una felicidad estar sentados allí durante horas, los dos juntos, y mirar aquel hermoso rostro cuando bajaba los ojos; pero cuando María Lobbs empezaba a levantar los ojos del libro y a lanzar sus rayos en dirección a Nathaniel Pipkin, su gozo y su admiración no conocían límite. Finalmente, un día en que sabía que el viejo Lobbs se hallaba ausente, Nathaniel Pipkin tuvo el atrevimiento de enviar un beso con la mano a María Lobbs; y María Lobbs, en lugar de cerrar la ventana, ¡se lo devolvió y le sonrió! A raíz de esto, Nathaniel Pipkin decidió que, pasara lo que pasara, comunicaría sin más demora sus sentimientos a la joven.

Jamás un pie más lindo, ni un corazón más feliz, ni unos hoyuelos más encantadores, ni una figura más hermosa, pisó con tanta gracia como María Lobbs, la hija del viejo guarnicionero, la tierra que embellecía con su presencia. Había un centelleo malicioso en sus brillantes ojos que habría conquistado corazones mucho menos enamoradizos que el de Nathaniel Pipkin; y su risa era tan alegre que hasta el peor misántropo habría sonreído al oírla. Ni siquiera el viejo Lobbs, en el paroxismo de su furia, podía resistirse a las carantoñas de su preciosa hija; y cuando ella y su prima Kate -una personita traviesa, descarada y cautivadora- querían conseguir algo del anciano, lo que, para ser sinceros, ocurría a menudo, no había nada que éste fuera capaz de negarles, incluso cuando le pedían una parte de los incontables e inagotables tesoros escondidos en la caja fuerte.

El corazón de Nathaniel Pipkin pareció brincarle dentro del pecho cuando, una tarde de verano, divisó a aquella atractiva pareja unos cientos de yardas por delante de él, en el mismo prado donde tantas veces había paseado hasta el anochecer, recordando la belleza de María Lobbs. Pero, a pesar de que, en esas ocasiones, había pensado frecuentemente con cuánta rapidez se acercaría a María Lobbs para declararle su pasión si la encontraba, ahora que inesperadamente la tenía delante, toda la sangre de su cuerpo afluyó a su rostro, en claro detrimento de sus piernas que, privadas de su dosis habitual, empezaron a temblar bajo su torso. Cuando las jóvenes se paraban a coger una flor del seto, o a escuchar un pájaro, Nathaniel Pipkin hacía también un alto, y fingía estar absorto en sus meditaciones, lo que sin duda era cierto; pues pensaba qué demonios iba a hacer cuando se dieran la vuelta, como ocurriría inevitablemente, y se encontraran frente a frente. Pero, a pesar de que temía acercarse a ellas, no podía soportar perderlas de vista; de modo que, cuando las dos jóvenes andaban más deprisa, él andaba más deprisa y, cuando se detenían, él se detenía; y habrían seguido así hasta que la noche se lo impidiera, si Kate no hubiera mirado maliciosamente hacia atrás y hubiese animado a avanzar a Nathaniel. Había algo irresistible en los modales de Kate, así que Nathaniel Pipkin accedió a su deseo; y después de mucho ruborizarse, mientras la pequeña y traviesa prima se desternillaba de risa, Nathaniel Pipkin se arrodilló en la hierba mojada y declaró su determinación de quedarse allí para siempre, a menos que le permitieran ponerse en pie como novio formal de María Lobbs. Al oír esto, la alegre risa de la señorita Lobbs resonó a través del aire sereno de la noche... aunque no pareció perturbarlo; su sonido era tan encantador... Y la pequeña y traviesa prima se rió más fuerte que antes, y Nathaniel Pipkin enrojeció como nunca lo había hecho. Finalmente, María Lobbs, ante la insistencia de su rendido admirador, volvió la cabeza y susurró a su prima que dijera -o, en cualquier caso, fue ésta quien lo dijo- que se sentía muy honrada con las palabras del señor Pipkin; que su mano y su corazón estaban a disposición de su padre; y que nadie podía ser insensible a los méritos del señor Pipkin. Como Kate declaró todo esto con enorme seriedad, y Nathaniel Pipkin acompañó a casa a María Lobbs, e incluso intentó despedirse de ella con un beso, el joven se fue feliz a la cama, y pasó la noche soñando con ablandar al viejo Lobbs, abrir la caja fuerte y casarse con María.

Al día siguiente, Nathaniel Pipkin vio cómo el viejo Lobbs se alejaba en su viejo pony gris y, después de que la pequeña y traviesa prima le hiciera innumerables señas desde la ventana, cuya finalidad y significado fue incapaz de comprender, el delgado aprendiz de piernas esqueléticas fue a decirle que su amo no regresaría en toda la noche y que las damas lo esperaban para tomar el té exactamente a las seis en punto.

Cómo transcurrieron las clases aquel día es algo de lo que ni Nathaniel Pipkin ni sus alumnos saben más que usted; pero lo cierto es que, de un modo u otro, éstas llegaron a su fin y, cuando los niños se marcharon, Nathaniel Pipkin se tomó hasta las seis en punto para vestirse a su gusto. No es que tardase mucho tiempo en elegir el atuendo que iba a llevar, ya que no había dónde escoger; pero, conseguir que éste luciera al máximo y darle los últimos toques era una tarea no exenta de dificultades ni de importancia.

Lo esperaba un pequeño grupo, formado por María Lobbs, su prima Kate y tres o cuatro muchachas, juguetonas y afables, de mejillas sonrosadas. Nathaniel Pipkin comprobó personalmente que los rumores que corrían sobre los tesoros del viejo Lobbs no eran exagerados. Había sobre la mesa una auténtica tetera de plata, una jarrita para la crema y un azucarero, y auténticas cucharitas de plata para remover el té, y auténticas tazas de porcelana para beberlo, y platos a juego para los pasteles y las tostadas. Lo único que le disgustaba era la presencia de otro primo de María Lobbs, un hermano de Kate, a quien María llamaba Henry, y que parecía acaparar la compañía de María Lobbs en uno de los extremos de la mesa. Resulta encantador que las familias se quieran, siempre que no lleven ese sentimiento demasiado lejos, y Nathaniel Pipkin no pudo sino pensar que María Lobbs debía de estar especialmente encariñada con sus parientes, si prestaba a los demás la misma atención que a aquel primo. Después de tomar el té, cuando la pequeña y traviesa prima propuso jugar a la gallina ciega, por un motivo u otro, Nathaniel Pipkin estuvo casi todo el tiempo con los ojos vendados; y siempre que cogía al primo sabía con seguridad que María Lobbs andaba cerca. Y, a pesar de que la pequeña y traviesa prima y las otras muchachas le pellizcaban, le tiraban del pelo, empujaban las sillas para que tropezara, y toda clase de cosas, María Lobbs jamás se acercó a él; y en una ocasión... en una ocasión... Nathaniel Pipkin habría jurado oír el sonido de un beso, seguido de una débil protesta de María Lobbs, y de unas risitas de sus amigas. Todo esto era extraño... muy extraño... y es difícil saber lo que Nathaniel Pipkin habría hecho si sus pensamientos no hubieran tomado bruscamente otra dirección.

Y las circunstancias que cambiaron el rumbo de sus pensamientos fueron unos fuertes aldabonazos en la puerta de entrada; y quien así llamaba era el viejo Lobbs, que había regresado inesperadamente y golpeaba la puerta con la misma insistencia que un fabricante de ataúdes, pues reclamaba su cena. En cuanto el delgado aprendiz de piernas esqueléticas les comunicó la alarmante noticia, las muchachas subieron corriendo al dormitorio de María Lobbs, y el primo y Nathaniel Pipkin fueron empujados dentro de dos armarios de la sala, a falta de otro escondite mejor; y, cuando María Lobbs y su pequeña y traviesa prima hubieron ocultado a los jóvenes y ordenado la estancia, abrieron al viejo Lobbs, que no había dejado de aporrear la puerta desde su llegada.

Lo que, desgraciadamente, sucedió entonces es que el viejo Lobbs, que estaba muerto de hambre, llegó con un humor espantoso. Nathaniel Pipkin podía oírlo gruñir como un viejo mastín con dolor de garganta; y, siempre que el infortunado aprendiz de piernas esqueléticas entraba en el cuarto, tenía la certeza de que el viejo Lobbs empezaría a maldecirlo del modo más sarracénico y feroz, aunque, al parecer, sin otra finalidad u objetivo que desahogar su furia con aquellos superfluos exabruptos. Finalmente le sirvieron la cena, que hubieron de calentar, y el viejo Lobbs se abalanzó sobre la comida; después de comérselo todo con rapidez, besó a su hija y le pidió su pipa.

La naturaleza había colocado las rodillas de Nathaniel Pipkin en una posición muy cercana, pero, cuando oyó que el viejo Lobbs pedía su pipa, éstas se juntaron con fuerza como si pretendieran reducirse mutuamente a polvo; pues, colgando de un par de ganchos, en el mismo armario donde se escondía, había una enorme pipa, de boquilla marrón y cazoleta de plata, que él mismo había contemplado en la boca del viejo Lobbs con regularidad, todas las tardes y todas las noches, durante los últimos cinco años. Las dos jóvenes buscaron la pipa en el piso de abajo, en el piso de arriba, y en todas partes excepto donde sabían que estaba, y el viejo Lobbs, mientras tanto, despotricaba del modo más increíble. Finalmente, recordó el armario y se dirigió a él. No sirvió de nada que un hombre diminuto como Nathaniel Pipkin tirara de la puerta hacia dentro mientras un tipo grande y fuerte como el viejo Lobbs tiraba hacia fuera. El viejo Lobbs abrió el armario de golpe, poniendo al descubierto a Nathaniel Pipkin que, muy erguido dentro del armario, temblaba atemorizado de la cabeza a los pies. ¡Santo Dios! Qué mirada tan terrible le lanzó el viejo Lobbs, mientras lo sacaba por el cuello y lo sujetaba a cierta distancia.

-Pero ¿qué demonios se le ha perdido aquí? -exclamó el viejo Lobbs, con voz estentórea.

Nathaniel Pipkin fue incapaz de contestar, de modo que el viejo Lobbs lo zarandeó hacia delante y hacia atrás durante dos o tres minutos, a fin de ayudarlo a aclarar sus ideas.

-¿Que qué se le ha perdido aquí? -bramó Lobbs-; supongo que ha venido detrás de mi hija, ¿no es así?

El viejo Lobbs lo dijo únicamente para burlarse de él; pues no creía que el atrevimiento de Nathaniel Pipkin pudiera llegar tan lejos. Cuán grande fue su indignación cuando el pobre hombre respondió:

-Sí, señor Lobbs, he venido detrás de su hija. Estoy enamorado de ella, señor Lobbs.

-¿Usted? ¡Un rufián apocado, enclenque y mal encarado! -dijo con voz entrecortada el viejo Lobbs, paralizado por la terrible confesión-. ¿Qué significan sus palabras? ¡Dígamelo en la cara! ¡Maldita sea, lo estrangularé!

Es muy probable que el viejo Lobbs hubiera ejecutado su amenaza, empujado por la ira, de no haberlo impedido una inesperada aparición: a saber, el primo de María que, abandonando su armario y corriendo hacia el viejo Lobbs, exclamó:

-No puedo permitir que esta persona inofensiva, que ha sido invitada aquí para el regocijo de unas niñas, asuma, de un modo tan generoso, la responsabilidad de una falta (si es que puede llamarse así) de la que soy el único culpable; y estoy dispuesto a reconocerlo. Quiero a su hija, señor; y he venido con el propósito de verla.

El viejo Lobbs abrió mucho los ojos al oír sus palabras, aunque no más que Nathaniel Pipkin.

-¿Ha venido usted? -dijo Lobbs, recuperando finalmente el habla.

-Sí, he venido.

-Hace mucho tiempo que le prohibí entrar en esta casa.

-Es cierto; de otro modo no habría venido a escondidas esta noche.

Lamento contar esto del viejo Lobbs, pero creo que habría pegado al primo si su hermosa hija, con los brillantes ojos anegados en lágrimas, no le hubiera agarrado el brazo.

-No lo detengas, María -exclamó el joven-; si quiere pegarme, déjalo. Yo no tocaría ni uno de sus cabellos grises por todo el oro del mundo.

El anciano bajó la mirada tras ese reproche, y sus ojos se encontraron con los de su hija. He insinuado ya en una o dos ocasiones que los tenía muy brillantes, y, aunque ahora estaban llenos de lágrimas, su influjo no era menor. Cuando el viejo Lobbs volvió la cabeza, para evitar que esos ojos lo convencieran, se topó con el rostro de la pequeña y traviesa prima que, medio asustada por su hermano y medio riéndose de Nathaniel Pipkin, mostraba la expresión más encantadora, y no exenta de malicia, que un hombre viejo o joven puede contemplar. Cogió zalamera el brazo del anciano y le susurró algo al oído; y, a pesar de sus esfuerzos, el viejo Lobbs no pudo evitar sonreír, al tiempo que una lágrima rodaba por sus mejillas. Cinco minutos más tarde, sus amigas bajaban del dormitorio entre remilgos y risitas sofocadas; y, mientras los jóvenes se divertían, el viejo Lobbs descolgó la pipa y se puso a fumar; y se dio la extraordinaria circunstancia de que aquella pipa de tabaco fue la más deliciosa y relajante que había fumado jamás.

Nathaniel Pipkin creyó preferible guardar silencio y, al hacerlo, consiguió ganarse poco a poco la estima del viejo Lobbs, que con el tiempo le enseñó a fumar; y, durante muchos años, los dos se sentaban en el jardín al atardecer, cuando el tiempo era bueno, y fumaban y bebían muy animados. No tardó en recuperarse de su desengaño, pues su nombre figura en el registro de la parroquia como testigo de la boda de María Lobbs y su primo; y, según consta en otros documentos, parece que la noche de la ceremonia la pasó entre rejas, por haber cometido toda clase de excesos en las calles en un estado de absoluta embriaguez, ayudado e instigado por el delgado aprendiz de piernas esqueléticas.