Margarita no es el tipo de mujer que le coge pena a los hombres. Durante nuestros quince meses de noviazgo había comenzado a sospecharlo. Pero la certeza –la terrible, insoportable evidencia– la tuve la noche en que fulminó nuestra relación en la misma puerta de su casa. No fue sutil, no paseó por las ramas. Me dijo:
–Gustavo, lo nuestro se acabó. No quiero verte más la cara.
Así dijo. ¿Sintió compasión por mí? Ninguna. Su rostro seguía duro, impenetrable, a pesar de nuestros quince meses de cines, restaurantes, paseos, librerías y amor. A pesar de las muchas noches en que me había prometido: “Gustavo, seré tuya para siempre”. Pero de pronto era como si no me conociera, como si nunca jamás hubiera estado en mis brazos. Con sus bruscas palabras me dejó el corazón hecho pedazos. Y a pesar de mi evidente desesperación, no hizo gesto alguno por ayudarme a recoger los blandos trozos de corazón dispersos por el suelo.
Yo había dado un rápido salto hacia atrás, como la gente que pierde un lente de contacto. Me puse de rodillas y le dije:
–Margarita, mi corazón, ayúdame a recoger los pedazos.
¿Qué hizo la hermosa Margarita? ¿Qué exactamente hizo esta mujer que semanas antes, mientras me abrazaba, me había susurrado al oído: “Sin tu amor soy un pájaro sin alas”?
Me cerró la puerta en la cara. Eso hizo.
Y ahí quedé de rodillas, en el suelo, frente a los pedazos dispersos de mi corazón destrozado. El espectáculo me impresionó de tal manera que aún lo llevo grabado en la memoria: sobre los escalones de mármol blanquísimo yacían los pedazos tintos y aún palpitantes de un corazón que, a pesar del maltrato recibido, todavía no se resignaba a perder el amor de Margarita.
Saqué mi pañuelo almidonado y lo abrí con cuidado sobre el mármol. Recogí cada trozo tibio con esmero, uno por uno. Lo pillaba entre el pulgar y el índice de mi mano derecha, la más diestra; lo llevaba hasta el montículo que empezaba a crecer en el centro del blanco pañuelo y lo soltaba. Así recogí todos los fragmentos, y al concluir mi labor la miré con orgullo y me dije: “He aquí los pedazos de mi corazón”. Envolví mi obra con el pañuelo, hice un pequeño nudo y me lo eché en el bolsillo del gabán.
No me atrevía a montarme en el carro. Estaba un poco mareado, me faltaba el aire, la cabeza la sentía muy liviana. De ocurrirme, en esas condiciones, un accidente, ¿cómo explicarles a los policías que no estaba borracho ni drogado sino que tenía el corazón hecho pedazos?
Toqué varias veces en la puerta de Margarita, quien había sido la mujer de mi vida hasta unos minutos antes, pero esa bestia –me cuesta usar la palabra, pero no hay otra– esa pájara ya estaba bajo la ducha o encerrada en su cuarto con la música a todo volumen. Ya se había olvidado de mí.
Comprendí lo serio de mi caso: era una verdadera emergencia. Por ello decidí buscar ayuda oficial. Saqué el celular del bolsillo de mi pantalón y marqué el 911.
–Emergencias médicas, diga.
–Necesito ayuda, por favor.
–¿Cuál es la emergencia?
–Tengo el corazón hecho pedazos –dije.
Nada, la imbécil me colgó el teléfono. Volví a marcar.
–Emergencias médicas, diga.
–Mire, es en serio. Necesito ayuda. Tengo el corazón hecho pedazos.
–Pues llame a Notiuno. Si vuelve a llamar, lo arrestamos.
Colgó de nuevo.
¿Qué hacer? Me senté en los fríos escalones de mármol blanco –tan gélidos como su dueña–, reflexioné unos minutos y volví a llamar al 911.
–Emergencias médicas, diga.
–Soy yo de nuevo, el del corazón hecho pedazos. Estoy en la avenida Ponce de León número 900. Manda a la policía porque te seguiré llamando toda la noche, puta.
A los diez minutos llegaron dos patrullas. De la segunda descendió un sargento delgado, de bigote fino, a quien se le notaba de lejos que era un hombre sensible. Quizás, en su tiempo libre, era poeta o compositor de baladas. Les pidió a los demás policías, de aspecto bastante violento, que aguardaran, y caminó sin prisa hasta el mármol en que yo esperaba sentado.
–Buenas noches –dijo. Su semblante era el de un hombre en paz consigo mismo.
–Sargento, gracias por venir.
–¿Cuál es el problema?
–Es que tengo el corazón hecho pedazos y no me atrevo a manejar el carro. Me falta el aire y estoy mareado.
–Señor, ¿no cree que estos asuntos se ventilan mejor con un amigo o sacerdote? El 911 es para emergencias médicas reales.
–Pero es que tengo el corazón hecho pedazos.
–Amigo –dijo el sargento, en tono paciente y comprensivo–, usted no es el primero que sufre una tragedia amorosa. Yo le juré a mi novia que si me abandonaba mi vida sería un continuo ir y venir, un perpetuo vagar sin sentido por el mundo, un purgatorio.
–¿Por eso es policía?
–Por eso. Y vago todo el día por la ciudad, aunque siempre tratando de ayudar a los que, como usted, sufren tragedias amorosas.
–Pero lo mío es más concreto, ¿no cree? Mire.
Saqué del bolsillo el pañuelo, lo abrí con cuidado y le mostré los pedazos de mi corazón. Al sargento se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Perdón, amigo, estuve ciego –dijo con un sollozo–. Es cierto: usted tiene el corazón hecho pedazos. Llamaremos una ambulancia de inmediato.
En menos de treinta minutos la ambulancia me dejó en la sala de emergencias del hospital. Los paramédicos habían colocado los pedazos de mi corazón en una neverita con hielo. El paramédico jefe, muy competente, quería llevarla en la falda, pero yo insistí en transportar mi propio corazón. Por pena, o tal vez porque en realidad no les importaba, me permitieron cargar la neverita.
En la sala de espera me sentaron al lado de una rubia treintona. El pelo lacio, partido a la mitad, le caía sobre los hombros. Llevaba una blusa rosada ceñida al cuerpo y sonreía con dulzura mientras leía una revista. Se notaba que era una mujer comprensiva.
Estuvimos unos minutos sin hablar. Yo no tenía ganas de hacerlo porque no es fácil terminar con un amor de quince meses. Todavía quería a Margarita, a pesar de que me había destrozado el corazón; cuando se sufre de amor no quedan muchas energías para hablar.
Pero la mujer soltó la revista de pronto, cruzó las piernas y se inclinó hacia mí:
–¿Cuál es tu signo? –preguntó.
–Qué importa –exclamé sorprendido.
–Importa mucho –aclaró–. ¿Qué tienes en esa neverita?
–El corazón, lo tengo hecho pedazos –dije–. ¿Y tú?
–Estoy a punto de volverme loca.
–¿Por qué?
–El bandido de mi novio me dejó. Yo se lo había dicho muchas veces: “Si algún día me dejas, el dolor me volverá loca”. Pero no me hizo caso, no le importó un ajo mi salud mental. Eso fue ayer. Hoy amanecí con mucho dolor. Pronto, en horas o tal vez minutos, es obvio que me volveré loca. Quizá tengan que atarme.
–¿Qué te recomiendan?
–Electrochoque. Terapia cognitiva-conductista. Pastillas. Meditación. Dieta macrobiótica vegetariana. Depende del psiquiatra. ¿Y a ti?
–Todavía no me ha visto el médico.
–Bueno, pero lo tuyo es sencillo. A mí me han roto el corazón muchas veces.
–¿Y cómo te curaste?
–El tiempo lo cura todo. Paciencia.
Cuatro meses después había empezado a acostumbrarme a la idea de vivir sin Margarita. Todavía la quería, pero me quedaba muy poquito amor. En escasas horas, tal vez en minutos, emitiría un último suspiro y la olvidaría para siempre. Pero debo admitir que, en cierto modo, soy rencoroso. Margarita ya me importaba poco, cierto, pero sentía ganas de vengarme, de hacerla sufrir como yo había sufrido. ¿Acaso es fácil vivir con el corazón hecho pedazos? ¿Es poca cosa?
Esa noche, pues, fui a la casa de Margarita. Aún tenía las llaves, las cuales esa engreída ni siquiera se había molestado en pedirme de vuelta. Probablemente había cambiado las cerraduras.
Pero no, era la misma. Pude abrir la puerta de la sala. Nadie. En la esquina de la derecha, como siempre, el cono de luz formado por la lámpara que acostumbra dejar prendida cuando está en el cuarto. Entré a la habitación. Nadie. Pero alguien se duchaba en el baño. Me acosté sobre la cama a esperar, con los brazos bajo la cabeza. Me sentía algo arrogante y supongo que mi semblante era el de un envanecido desdeñoso, carcomido por un terrible deseo de venganza. Ya me sentía casi libre de Margarita. Sólo me quedaban pocos minutos de amor y los dediqué a contemplar la decoración del cuarto. No quedaba nada mío: ni una foto, ni uno solo de mis regalos, como si yo no hubiera existido nunca.
Tras una larga espera, salió al fin del baño. Estaba desnuda y tan perfecta como siempre, pero no me afectó su presencia. Era claro que el amor se me escapaba de prisa. Me miró con gesto lacónico, sin expresión ni sorpresa.
–Olvidé pedirte la llave –dijo–. ¿Viniste a traerla?
–A eso –dije–. Y a otra cosa mucho más importante.
–¿A qué? –dijo sin miedo. No estaba preocupada por mi presencia en la habitación. No se molestó en cubrir su relumbrante cuerpo desnudo. Así de poco me respetaba.
–Vine a decirte que me quedan poquitos segundos de amor por ti.
–¡Todavía te quedan! –soltó una carcajada–. Qué lento eres. De todos modos, ¿a mí qué me importa? Deja la llave y vete.
–Sé que no recuerdas lo que me prometiste. Yo mismo he olvidado mucho en estos meses. Pero hay una promesa tuya que no puedo olvidar. Me pareció linda en aquel entonces.
–¿Cuál?
–Me dijiste: “Sin tu amor soy un pájaro sin alas”.
–Pendejadas –dijo ella–. Ahora vete. Pronto vienen a buscarme.
–Antes escucha.
–¿Qué cosa? Hazme el favor y sal de mi casa.
–Espera... escucha... escucha bien...
–¿Qué dices?
–Silencio, ahora... ahora... oye.
–Tonto, qué...
–¡Calla, carajo! Escucha...
De golpe sentí como si una larga aguja me atravesara el pecho desde adentro, una afilada aguja que quería abrirse paso entre mi carne y salir a la libertad. Entonces lo vi. Primero se escuchó un tenue arpegio como de telenovelas: un “tlin tlin” agudo y sostenido. Luego un hilo rojo muy fino, casi invisible, comenzó a salir de mi pecho. Al contacto con el aire, se disolvía.
–¿Lo ves, Margarita? –dije calmado–. ¿Lo oyes...? Los últimos segundos de amor por ti. Salen lentos. Los siento salir. Salen. Ah..., se fueron. Míralos disolverse. Ya no te amo, Margarita. Ya-no-te-amo.
Esa noche envolví a Margarita con mi pañuelo y la coloqué en el bolsillo del gabán, donde había guardado los pedazos de mi corazón destrozado. En mi casa la metí en una caja de zapatos, a la que le hice agujeros pequeños para que respirara. Al día siguiente compré una jaula dorada para pájaros raros, con columpios, campanas y una bañerita. Por tratarse de Margarita, también compré muchos espejos. En el colmado adquirí alpiste, semillas de anís y galletitas. Coloqué la jaula en la pared de la izquierda de mi sala, al lado de la ventana.
Ahora, cuando recibo visitas, la espantosa pájara sin alas es siempre el centro de atención. La gente es cruel. Algunos han dicho que la criatura es un monstruo, un simulacro de pájaro, y que debería morir porque no tiene alas. Lo han dicho al frente mismo de Margarita, en su cara.
Otros visitantes –los amantes de los animales, los ecologistas, los vegetarianos– han llegado al indelicado descaro de preguntarme si fui yo quien le cortó las alas. Pero no me ofendo jamás. Comprendo que estas personas –dichosas, en verdad– nunca han sufrido: nunca han conocido, como yo, la perfecta congoja de aquel que está de rodillas, solo, desconsolado, en medio de blanquísimos escalones de mármol frío... recogiendo uno por uno los tibios pedazos de un corazón destrozado.
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jueves, 17 de noviembre de 2011
martes, 27 de julio de 2010
EL IDIOMA DE PUERTO RICO por Luis López Nieves
INTRODUCCIÓN
Recientemente estuve en el Primer Congreso de la Lengua Española, celebrado en la hermosa ciudad de Zacatecas, México. Allí descubrí, asombrado, que un alarmante número de hispanohablantes no está muy seguro de cuál es el idioma de Puerto Rico. Esta nota pretende aclarar esta duda.
TRASFONDO HISTÓRICO
En el siglo XIX casi toda Hispanoamérica se liberó de España, excepto Cuba y Puerto Rico. En el 1898, tras la mal llamada guerra Hispano-Americana (Hispano-Estadounidense), los norteamericanos se quedaron con Puerto Rico como botín de guerra. De inmediato impusieron el inglés como único idioma oficial de la nueva colonia. El nombre del país, incluso, cambió a Porto Rico. El gobierno, de generales y civiles norteamericanos, operaba en inglés. El sistema escolar enseñaba en inglés desde el primer grado. Niños de seis años de edad, tanto de la ciudad como del campo, debían recibir instrucción en inglés.
Claro, los puertorriqueños no hicieron caso. Los maestros daban las clases en español y sólo cambiaban al inglés -con la complicidad de los estudiantes- cuando alguno de los supervisores gringos se asomaba al aula o salón de clases.
En el 1948, tras una larga lucha de cincuenta años que no tengo espacio para contar, los gringos se dieron por vencidos. Aceptaron el español como idioma dizque cooficial y permitieron que el sistema educativo regresara al español. Los gringos simplemente oficializaron la realidad, porque el idioma de un país no se cambia por decreto.
(La situación de los puertorriqueños que han emigrado a Estados Unidos es otra. Al igual que los mexicanos, dominicanos, colombianos y demás latinoamericanos emigrantes, la lengua que hablan ha sufrido cambios. Pero el tema que hoy me ocupa es el español hablado en la Isla de Puerto Rico.)
HISTORIA INMEDIATA
A fines de la década del 80, Rafael Hernández Colón, gobernador autonomista de Puerto Rico, decide eliminar al inglés como idioma cooficial y anuncia que la única lengua de Puerto Rico será el español, aunque el inglés seguirá enseñándose como lengua extranjera, al igual que en otros países.
La comunidad hispánica del mundo, con sobrado motivo, celebra la acción de Hernández Colón. España, por ejemplo, nos otorga (al Pueblo de Puerto Rico) el Premio Príncipe de Asturias por nuestra defensa del español. No se olvide que nuestro enemigo es el imperio más poderoso de todos los tiempos y que nosotros, en cambio, somos el país más pequeño de Hispanoamérica, un poco más chicos que El Salvador.
Bueno, unos pocos años después, en el 1992, un anexionista recalcitrante gana la gobernación de Puerto Rico. Absolutamente histérico, lo primero que hace al llegar a La Fortaleza (residencia oficial de nuestros gobernadores) es volver a designar al inglés lengua cooficial de Puerto Rico.
Eso fue todo lo que pasó. Un decreto. Una ley. Cosas que ocurren sobre el papel.
ACTUALIDAD
La noticia de la restitución del inglés como lengua cooficial ha creado gran confusión fuera de Puerto Rico. Al no conocer su mero carácter burocrático, algunas personas han pensado que el español se dejó de hablar o que se impuso al inglés como lengua única obligatoria.
La lengua de Puerto Rico es y será siempre el español. Estamos, eso sí, bajo un fuerte ataque de los gringos que quieren que hablemos inglés. Somos el único país de Hispanoamérica que todavía es colonia. Necesitamos el apoyo de todos los hispanohablantes. Somos el hermano menor que pasa por un momento difícil; sin embargo, como no tenemos representación diplomática propia, a menudo la comunidad hispana del mundo nos excluye de actividades a las que debemos asistir por derecho propio, como es el caso de las cumbres de jefes de estado ibero-americanos. La poca representación que tenemos en el mundo es vicaria, por medio de los hermanos cubanos, que nunca nos han olvidado. Desde la otorgación del Premio Príncipe de Asturias también hemos visto un fuerte apoyo de la prensa española. A ambos les damos las gracias.
El español de Puerto Rico está vivito, coleando y dando candela... como decimos los puertorriqueños. Todos los días luchamos para que siempre sea así. ¿Cómo pueden ayudarnos los demás hispanohablantes?
Háganle saber al mundo que en Puerto Rico el español sigue vivo y en lucha, porque es la verdad.
Incluyan a Puerto Rico en todas la actividades que atañen al mundo hispano, porque somos hispanos.
Conozcan en lo posible nuestra literatura e inclúyanla en sus antologías de literatura hispanoamericana, porque somos hispanoamericanos.
Envíen copia de este artículo a todos sus amigos, para que se enteren.
Muchas gracias.
Luis López Nieves
CiudadSeva.com
San Juan de Puerto Rico
Abril de 1997
Nota: Publicado por la revista mexicana Archipiélago, Núm. 11 Año 2 / Marzo-Abril 1997, p.10, con la siguiente nota: "Los navegantes del ciberespacio se encontraron de pronto con este texto, que empezó a correr viento en popa por los siete mares de la tecnología de la comunicación. Archipiélago lo recibió directamente de la isla del Edén".
Recientemente estuve en el Primer Congreso de la Lengua Española, celebrado en la hermosa ciudad de Zacatecas, México. Allí descubrí, asombrado, que un alarmante número de hispanohablantes no está muy seguro de cuál es el idioma de Puerto Rico. Esta nota pretende aclarar esta duda.
TRASFONDO HISTÓRICO
En el siglo XIX casi toda Hispanoamérica se liberó de España, excepto Cuba y Puerto Rico. En el 1898, tras la mal llamada guerra Hispano-Americana (Hispano-Estadounidense), los norteamericanos se quedaron con Puerto Rico como botín de guerra. De inmediato impusieron el inglés como único idioma oficial de la nueva colonia. El nombre del país, incluso, cambió a Porto Rico. El gobierno, de generales y civiles norteamericanos, operaba en inglés. El sistema escolar enseñaba en inglés desde el primer grado. Niños de seis años de edad, tanto de la ciudad como del campo, debían recibir instrucción en inglés.
Claro, los puertorriqueños no hicieron caso. Los maestros daban las clases en español y sólo cambiaban al inglés -con la complicidad de los estudiantes- cuando alguno de los supervisores gringos se asomaba al aula o salón de clases.
En el 1948, tras una larga lucha de cincuenta años que no tengo espacio para contar, los gringos se dieron por vencidos. Aceptaron el español como idioma dizque cooficial y permitieron que el sistema educativo regresara al español. Los gringos simplemente oficializaron la realidad, porque el idioma de un país no se cambia por decreto.
(La situación de los puertorriqueños que han emigrado a Estados Unidos es otra. Al igual que los mexicanos, dominicanos, colombianos y demás latinoamericanos emigrantes, la lengua que hablan ha sufrido cambios. Pero el tema que hoy me ocupa es el español hablado en la Isla de Puerto Rico.)
HISTORIA INMEDIATA
A fines de la década del 80, Rafael Hernández Colón, gobernador autonomista de Puerto Rico, decide eliminar al inglés como idioma cooficial y anuncia que la única lengua de Puerto Rico será el español, aunque el inglés seguirá enseñándose como lengua extranjera, al igual que en otros países.
La comunidad hispánica del mundo, con sobrado motivo, celebra la acción de Hernández Colón. España, por ejemplo, nos otorga (al Pueblo de Puerto Rico) el Premio Príncipe de Asturias por nuestra defensa del español. No se olvide que nuestro enemigo es el imperio más poderoso de todos los tiempos y que nosotros, en cambio, somos el país más pequeño de Hispanoamérica, un poco más chicos que El Salvador.
Bueno, unos pocos años después, en el 1992, un anexionista recalcitrante gana la gobernación de Puerto Rico. Absolutamente histérico, lo primero que hace al llegar a La Fortaleza (residencia oficial de nuestros gobernadores) es volver a designar al inglés lengua cooficial de Puerto Rico.
Eso fue todo lo que pasó. Un decreto. Una ley. Cosas que ocurren sobre el papel.
ACTUALIDAD
La noticia de la restitución del inglés como lengua cooficial ha creado gran confusión fuera de Puerto Rico. Al no conocer su mero carácter burocrático, algunas personas han pensado que el español se dejó de hablar o que se impuso al inglés como lengua única obligatoria.
La lengua de Puerto Rico es y será siempre el español. Estamos, eso sí, bajo un fuerte ataque de los gringos que quieren que hablemos inglés. Somos el único país de Hispanoamérica que todavía es colonia. Necesitamos el apoyo de todos los hispanohablantes. Somos el hermano menor que pasa por un momento difícil; sin embargo, como no tenemos representación diplomática propia, a menudo la comunidad hispana del mundo nos excluye de actividades a las que debemos asistir por derecho propio, como es el caso de las cumbres de jefes de estado ibero-americanos. La poca representación que tenemos en el mundo es vicaria, por medio de los hermanos cubanos, que nunca nos han olvidado. Desde la otorgación del Premio Príncipe de Asturias también hemos visto un fuerte apoyo de la prensa española. A ambos les damos las gracias.
El español de Puerto Rico está vivito, coleando y dando candela... como decimos los puertorriqueños. Todos los días luchamos para que siempre sea así. ¿Cómo pueden ayudarnos los demás hispanohablantes?
Háganle saber al mundo que en Puerto Rico el español sigue vivo y en lucha, porque es la verdad.
Incluyan a Puerto Rico en todas la actividades que atañen al mundo hispano, porque somos hispanos.
Conozcan en lo posible nuestra literatura e inclúyanla en sus antologías de literatura hispanoamericana, porque somos hispanoamericanos.
Envíen copia de este artículo a todos sus amigos, para que se enteren.
Muchas gracias.
Luis López Nieves
CiudadSeva.com
San Juan de Puerto Rico
Abril de 1997
Nota: Publicado por la revista mexicana Archipiélago, Núm. 11 Año 2 / Marzo-Abril 1997, p.10, con la siguiente nota: "Los navegantes del ciberespacio se encontraron de pronto con este texto, que empezó a correr viento en popa por los siete mares de la tecnología de la comunicación. Archipiélago lo recibió directamente de la isla del Edén".
lunes, 15 de enero de 2007
En el año 1627 un barco zarpa de la bahía de San Juan por Luis López Nieves
"...vestida con su traje blanco, de pronto se sienta en el suelo, y con los codos sobre las rodillas empieza a llorar de golpe... Me mira a través de las lágrimas y repite que es el fin del mundo, que los holandeses nos han robado la ciudad".
El Nuevo Día
a Adeline Kuang
DICE QUE la ciudad comienza a cansarla. Le aburre contar las ventanas entre las calles del Cristo y de la Cruz. Ese juego ya no la entretiene. Le sugiero que salgamos a la campiña pero ella dice que no, que le aterra salir de las murallas, que afuera todo es insectos, malezas, bestias, indios salvajes. Dice que esta isla se ha convertido en un castigo, en el antiparaíso, y que ya no sabe qué hacer. Afuera de las murallas es un infierno, dentro de las murallas es otro infierno, y ya le cansa contar ventanas.
Desde la última invasión de los holandeses, hace dos años, no se encuentra un libro para leer. La ciudad quemada, casi en ruinas; la catedral silenciosa. Ya no se oye el repicar de las campanas que se robaron los holandeses sacrílegos, ni la música del órgano que destrozaron con sus hachas. Las paredes de las casas están cubiertas de cenizas. Y ese persistente olor a quemado, a hecatombe, ha cambiado el aire que se respira en la ciudad. El cielo es un domo de nostalgia, el cabalgar de los caballos es diferente; nada, nada es igual en San Juan Bautista.
"Es el fin del mundo" dice ella de pie, en el medio de la sala, mirando las vigas del techo y soltándose el largo cabello negro que yo tanto amo; y así, vestida con su traje blanco, de pronto se sienta en el suelo, en el mismo centro de la sala, y con los codos sobre las rodillas empieza a llorar de golpe. Las esclavas corren a socorrerla pero ella ordena que la dejen quieta, que no le pasa nada; me mira a través de las lágrimas y repite que es el fin del mundo, que los holandeses nos han robado la ciudad. Devastado, impotente, la miro en silencio porque no sé qué decir.
La dejé en el muelle de la Puerta de San Juan y luego subí a mi balcón. Desde entonces me he negado a bajar. Vi su barco partir de la bahía: me dijo adiós con su mano enguantada mientras nos mirábamos en silencio. Ella con sonrisa inevitable, dolorosa; yo con lágrimas que ella no podía ver porque estaba lejos. El barco zarpó. María Cristina en su ancho traje de algodón rosado, al lado del mástil principal, me saludaba despacio. Yo veía el agua tan azul de la bahía, el traje volátil de mi mujer azotado por la brisa, las velas del galeón que ondulaban como alas gigantescas; blancas y leves flotaban en el viento. Y esa brisa se llevó la nave. Tras llegar a la boca de la bahía desapareció rumbo a Sevilla. Y yo sigo aquí en el balcón, sentado, escrutando día tras día el vil horizonte.
Esa procesión que pasa frente a mi casa, afligida y nocturna, no me emociona. Apenas escucho el rosario que las mujeres repiten en voz baja. Sigo sentado en mi balcón, velando el horizonte debajo de la luna. Esas antorchas y farolas que con su luz abren la noche, ya no me importan nada. La Semana Santa no significa nada. Este próximo domingo, Día de la Resurrección, no tendré nada que celebrar. La Catedral no podrá doblar las campanas, el coro cantará sin órgano y yo dormiré sin el aroma suave del cabello de María Cristina. Es el fin del mundo.
Anoche pasó otra procesión frente a mi casa. Aún quedan cabos de vela en la calle. Las señoras y las niñas vestían de negro, cubrían sus cabezas con mantillas negras, y la luz amarillenta de las teas y farolas iluminaba las ventanas que mi mujer ya no quiso contar. Yo escuchaba la letanía de las caminantes y la recordaba a ella en esa misma calle, su traje blanco en el sol, pero me bastaba cerrar los ojos un instante para recordar el galeón que abandonó la bahía lentamente, el traje rosado enardecido por el viento, el guante blanco diciéndome adiós.
Me acusan de misantropía. Quieren que renuncie a mi balcón. Mis amigos me invitan a la plaza o quieren llevarme a cabalgar. Me sugieren que tome el sol. Los veo a todos muy preocupados y los comprendo, creo que yo haría lo mismo por un amigo, pero es que a mí ya no me importa. Ayer estuve a punto de insultar al Obispo, quien permaneció casi toda la tarde conmigo en el balcón e insistió en escuchar mi confesión, pero me negué a contarle nada. Me dice que estoy enfermo, que padezco melancolía, y me pide que lo acompañe a la Catedral, a ese mismo edificio de paredes chamuscadas que tanta tristeza causó a mi mujer desde que se quedó sin música ni campanas. Pero no me importa lo que piense él ni nadie. Así se lo dije esta mañana al mismo Gobernador, quien también vino a pedirme que abandonara el balcón. Me habló sobre mis deberes ante los súbditos de la corona, ante el Rey, ante Dios. Luego, en tono severo, me recordó que soy biznieto de conquistador y médico de la ciudad. Dijo que los enfermos me necesitan. Mientras me hablaba bostecé muchas veces y me dediqué, como siempre, a examinar el horizonte en espera del traje ancho de María Cristina.
Mis esclavas, las pobres, no dicen una palabra. Cuando traen las bandejas de comida creo ver algo de tristeza en sus ojos, aunque no puedo estar seguro porque sé que nunca me han querido. No importa. Seguirán llevándose las bandejas como las trajeron, sin tocar, con la comida intacta, y yo me quedaré en el balcón esperando el galeón que deberá volver. Lo que me han dicho mis amigos con voz temblorosa, y luego repetido el Obispo y el Gobernador en tono misericordioso, no es cierto. Es una mentira abominable. Sé que no hubo ninguna tormenta en alta mar. Es sólo un rumor. Tiene que serlo. Yo esperaré en este balcón hasta que vuelva el galeón, sus velas tremolando como alas gigantescas. El traje rosa estará junto al mástil. Volveré a sentir el aroma suave del cabello de mi mujer, la caricia lenta de su mano en mi rostro.
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