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lunes, 7 de noviembre de 2016

Jesús en el supermercado. Relato por Alejandro R. Melo

Mañana de sábado en el supermercado. Mi mujer y yo empujando sendos carritos de mercadería. En el sector frutas llenamos algunas bolsas con naranjas, unos damascos y yo quería comprar un poco de uva, pero ella se opuso diciendo que estaba muy cara. Unos minutos después, llegamos a una góndola donde había ananás. Mi mujer los toca y me dice: -tu hija me pidió uno, pero están muy caros.
-llevalo- le digo.
Entonces me mira sonriente y me dice: -no se si se lo merece. Se lo merece no?
Yo le respondo, no haciéndome cargo de la broma: -No lo compro porque se lo merezca sino porque es mi hija.
Fue en ese momento que me vino a la cabeza unas palabras de Jesús en el Evangelio: “Si ustedes que son malos, dan cosas buenas a sus hijos, cuánto más vuestro Padre, que está en el cielo, dará cosas buenas a los que se lo piden”.
Entonces comienzo a reflexionar: ¿qué significa esta Palabra de Cristo?
Lo primero que me viene a la mente es esa comparación entre padres: No le damos cosas buenas a nuestros hijos porque hagan méritos para obtenerlas, sino porque los amamos, porque queremos que reciban los mejor. Y Dios hace eso con los hombres, porque es Padre. Enseguida me doy cuenta de que todo el mensaje de Jesús revela a un Dios Misericordioso, no a un dios vengador, que recurre al estilo de los ídolos y los dioses mitológicos al ojo por ojo, diente por diente. Dios no necesita pagarnos con la misma moneda nuestras faltas, nuestras ingratitudes. Es demasiado grande, lo ve todo, lo sabe todo, pero por sobre todo es Padre, y siempre está dispuesto a abrazarnos tiernamente.
Ahora, decir que es Padre es mucho más que decir que es Creador: pudo ser un Dios Creador ajeno a los sucesos que son consecuencias del origen: la razón seminal de la que hablaba San Agustín no se quedó en el origen. Cada tanto, y cuando Él lo decide, interviene en la vida de los hombres. Esto lo diferencia de la visión de un Dios ajeno, de un Dios extraño a la vida de los hombres. Tampoco es el dios panteísta de los orientales que confunde al Creador con la Creación.
Entonces caigo en cuenta que el mensaje de Jesús es revolucionario: ya nadie puede apropiarse de Dios, porque Dios es Padre de todos, no solo de los judíos, no solo de los que creen, no solo de los buenos, no solo de los “elegidos”. Dios es Padre de todos, pero no es dueño de todos: respeta la libertad de las criaturas. El cristianismo es la verdadera religión del Amor. Revela el rostro de Dios verdadero, ese que los hombres no podían ver porque es tan brillante que enceguece. Con Jesús, Dios se hace hombre, camina entre los hombres, trabaja con los hombres, asume la pobreza, las miserias y carga con el pecado, la enfermedad y la muerte.
En este punto de la reflexión de supermercado, yo sentía que mi alma estaba llena de alegría, de gozo, de contemplación. Me imaginé lo que serían las meditaciones de los monjes!
Luego pagué y volvimos para casa, y por supuesto llevando el famoso ananá con nosotros, y pensando en escribir este relato, para perpetuar el momento gozoso de la iluminación.
Hacia la noche, y pensando en darme a escribir, me dije: -tengo que buscar el pasaje del Evangelio que motivó mis pensamientos.
Busco en internet, para luego encontrar al día siguiente, hoy domingo, en el Evangelio.
Ahí me doy cuenta que existen dos relatos distintos en los evangelios de Mateo y de Lucas sobre el mismo hecho (Mateo 7:11 y Lucas 11:13). Pero con una leve diferencia: en el de Mateo, Jesús habla de “dar cosas buenas” a los hombres que se lo pidan, y en el de Lucas, “de enviar el Espíritu Santo” a los hombres que se lo pidan.
¿Cuál de los dos es el correcto? ¿Cuáles fueron las verdaderas palabras de Jesús en dicha ocasión?
Allí comprendí que los dos relatos son verdaderos y dicen lo mismo: uno habla de “cosas buenas” que es lo mismo a decir: dones espirituales. Y quien trae los dones espirituales a los hombres es el Espíritu Santo.
Jesús nos enseña, también en el supermercado.








lunes, 21 de marzo de 2016

LA SENSACIÓN. Relato por Alejandro R. Melo

Cada día tomaba aquella calle...los años pasaron y el paisaje apenas si se modificó desde que comencé a trabajar en el aserradero.
Ahora soy viejo y recorro los mismos olores, los mismos caminos somnolientos.
Cada día bajo la calle con el sonido de los pájaros jugueteando entre las ramas del bosque. En primavera sus trinos se transforman en un coro virtuoso que alegra mi vida.
Cada noche, cuesta arriba por mi calle, voy acompañado por el arrullar de los búhos y el fresco estremecimiento de las ramas de los eucaliptos, mientras sus hojas vibran ante la caricia del viento.
Ahora se me hace dificultoso caminar de vuelta la calle que lleva a la casa. De no ser por las fragancias que recogen mis sentidos, hace rato que sólo me hubiera sentado en la puerta, a contemplar el paso de los caminantes.
Pero mi calle tiene ese encanto. El bosque tiene su música. Por más que cada día pase por los mismos recodos, por las mismas piedras. Allí está la piedra grande al borde del camino. Más allá la casa del molino: puedo sentir el aroma del humo que quema su hogar y sale jugando por su chimenea. La casa estaba allí cuando nací. Decía mi padre que la construyó un viejo herrero del pueblo. “Era un hombre muy bondadoso”, -solía comentar mi madre.
El viejo molino de agua sigue moviendo sus aspas. La frescura de sus aguas sigue danzando en mi corazón y me evoca mi niñez, cuando mi padre me llevaba de la mano camino abajo hasta la escuela frente a la plaza.
Esta noche, la luna juega a las escondidas con las nubes que la acarician suavemente mientras forman bandadas que se llevan las penas de los hombres. Ellas nos recuerdan lo estúpido de las preocupaciones de los corazones, mientras el viento arrastra día tras día allá en lo alto, la futilidad de su permanencia.
Podría morir esta noche, mientras mis sentidos retienen los aromas del bosque, el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo y el crujir de la alfombra de hojas en el otoño; las ramas de los eucaliptos balanceándose con el viento y lanzando su antiguo rezongo; el dulce aroma del agua del pozo; el pan haciéndose en el horno. Nada más anhelo, nada más necesito... Mi corazón está completo. Dios no tiene apuro, tan sólo espera paciente el fin de mi anécdota vital.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

UNA VARICE EN MI PIERNA. Relato de Alejandro R. Melo




Cuando yo era chico, de unos ocho o nueve años, me apareció en mi pierna izquierda una várice. La verdad es que no sé de dónde había salido. La realidad es que esa várice era bien visible en mi pantorrilla. Y me dolía bastante. Era muy molesta. No podía jugar en el patio del colegio sin que me doliera.
Mi mamá le comentó a mi tía el asunto, y ésta le contó de una mujer que según ella, “curaba”. Es decir, era lo que en el campo suelen llamar una “curandera”.
La gran mayoría de estos personajes son mistificadores, farsantes que tratan de sacarle el dinero a la gente, y sólo lucran con la necesidad y el dolor ajenos. Este tipo de personajes siempre me pareció despreciable.
Pero en el caso que te cuento había algo que distinguía a esta mujer de esas típicas curanderas. Por empezar no hacía ningún tipo de menjunje, brujería o cosa por el estilo, y fundamentalmente no cobraba un solo centavo por lo que hacía.
La mujer afirmaba que una noche tuvo una visión: se le había aparecido un soldado romano que al parecer era un santo, pues tenía un aura especial sobre su cabeza. La verdad es que en esta primera visión, el soldado no se presentó, sino que simplemente se limitó a mirar a la mujer, y luego desapareció. La mujer impresionada, y deduciendo que se trataba de un santo, envió a su marido a la santería a buscar estampitas de santos que tuvieran el atuendo de soldado romano, pero había varios santos que se vestían con el atuendo del imperio romano. El soldado volvió a presentarse otra noche ante la mujer. Entonces ésta le preguntó: ¿Quién sos? ¿Cómo te llamás?
Soy Sebastián, -le dijo el aparecido.
La mujer mandó nuevamente a la santería a buscar una estampa de San Sebastián, pero a pesar de revolver entre todas las estampas no aparecía la imagen del pretendido santo.
Finalmente, en otra santería, el hombre encontró una estampa de San Sebastián. Efectivamente era la imagen de un soldado romano, tal vez una de las pocas en que se mostraba a San Sebastián vestido con el típico atuendo de soldado romano, ya que en todas las estampas aparecía semidesnudo y presa de las flechas que atravesaban su cuerpo. Se trataba de un mártir, que al convertirse al cristianismo provocó la ira de su emperador, quien le exigió elegir entre Cristo y seguir siendo el Jefe de la Guardia del Emperador. Sebastián amaba a Cristo, y tanto odio desató su elección, que el Emperador lo mandó a soportar las peores torturas, para arrojar luego su cuerpo como desperdicio.
La mujer finalmente reconoció en la estampa la imagen del soldado que se aparecía.
En las siguientes apariciones, el soldado santo le indicó distintas cosas a la mujer. Entre ellas cómo debía rezar a Jesús invocando su intercesión.
Aquel día, la mujer que vivía en una casa prolija de clase media, en un barrio de las afueras de Buenos Aires, nos hizo pasar. Luego nos hizo sentar en círculo en torno a una pequeña mesa que tenía una jarra de agua y un solo vaso.
La mujer se santiguó, cerró los ojos y rezó imponiendo su mano sobre la jarra de agua.
Luego sirvió agua en el vaso y bebió de él. Cuando culminó de beber pasó el vaso y nos hizo beber uno a uno de esa agua.
En ese momento declaró: San Sebastián está entre nosotros y ésta es la manera que tiene de comunicarse con nosotros. Nos tomamos de las manos y rezamos un Padrenuestro y un Ave María.
Finalmente impuso su mano sobre mi cabeza. ¡Cuánta fe tiene este chico! –dijo- y extendió su mano sobre mi pierna, colocándola sobre la zona donde estaba la várice. Rezó durante un rato. Al poco tiempo yo comencé a sentir un intenso calor en la zona. Cuando la mujer retiró la mano, la várice ya no estaba allí. Nunca más me volvió a molestar y nunca más la várice fue visible.
No sé si fue un milagro. Solo sé que ocurrió en mi cuerpo y fueron varios los testigos de mi familia que presenciaron el hecho. Una o dos veces más vi a la mujer, pero luego le perdimos el rastro. Yo era pequeño por entonces, pero este hecho me marcó para toda mi vida y me demostró que, de alguna manera, lo maravilloso existe.


martes, 2 de diciembre de 2014

Los ojos y el mar. Relato alegórico por Alejandro R. Melo

Para mi amiga Silvia, a quien el mar misterioso, ha devuelto a la playa de mi vida.


Me quedé como paralizado mirando el cuadro: una playa, un acantilado, las olas rompiendo contra las rocas y el sol escondiéndose entre las nubes. 
Fue como un detonador que me transportó al despertar de mi vida. Fue cuando el bosque nos daba su aroma y su frescura. Fue el tiempo en que las hortensias reventaban de gozo ante la caricia del sol, y nos regalaban sus colores azules, rosas y lilas.
Allí estaba yo, parado entre las piedras y la arena, y el agua del mar acariciándome los pies. La espuma jugueteando con el viento y el agua cristalina, fría, que una y otra vez me traía el mensaje de mis sueños más secretos. 
Fue cuando vi sus ojos azules reflejados en el agua. Levanté la vista y su sonrisa me deleitó el alma. 
Fue un instante fugaz, lo sé, pero su imagen cálida, dulce y amiga, se fue conmigo. 
Desde entonces, no ha dejado de acompañarme. 
Por alguna razón, yo había adquirido el cuadro, pensaba; mientras el burbujear de miles de imágenes me saltaban desordenadas a la mente.
Cansado, me tiré en el sillón y me quedé dormido. Toda la oscuridad se me vino encima. Pasaron...no se cuantas horas, o quizás incluso días, o quizás años, hasta que un murmullo resonó en mis oídos como el incesante y eterno retorno de las olas. Sentí en mi nariz el aroma salobre del mar y abrí los ojos, y por un instante, quizás fugaz, pude mirarme en esos ojos que me acompañaron toda la vida.

martes, 25 de noviembre de 2014

La Travesura. Relato por Alejandro R. Melo

Luego de dejar el comedor, salíamos ordenados al recreo largo de la una, donde se desataban todas nuestras energías duramente reprimidas por la rígida disciplina.
Mi timidez y gran miedo al castigo no me impedían seguir a mi diminuto amigo Scala corriendo por los pasillos de los dormitorios de los curas del centenario Colegio San José. Eran oscuros y tenían algo de misteriosos, y además estaba estrictamente prohibido a los alumnos transitar por esas zonas. Nos imaginábamos que se nos podía aparecer el fantasma de algún viejo mazorquero de Rosas. De tanto en tanto, el que si se nos aparecía era el Padre Gabriel con su voz ronca, y nos retaba medio en serio, medio en broma (no podía disimular la risa que le provocaba vernos correr asustados luego de que nos advertía, exagerando su voz de ultratumba: ¿Que están haciendo aquí? ¿No saben que está prohibido andar por los pasillos de las piezas de los curas! ?).
Pero nuestra convocatoria al misterio se volvía a repetir. Teníamos siete años y casi nada sabíamos de la vida, así que varias veces nuestra correría terminaba gritando: Viva Perón! . Era una máxima transgresión, porque alguno nos había contado que estaba prohibido pronunciar ese nombre...