martes, 17 de septiembre de 2013
El iIustre amor - 1797- (Misteriosa Buenos Aires) por Manuel Mujica Láinez
En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi..."
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.
-¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
Chisporrotean, celosas.
-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.
Las vecinas se codean:
¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra... ¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.
La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?
¿Dónde se encontrarían?
-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.
FIN
jueves, 29 de agosto de 2013
LA ESCLAVITUD EN EL RÍO DE LA PLATA Y LA ASAMBLEA DEL AÑO XIII (homenaje a la Asamblea cuando se conmemora el Día Internacional contra la Discriminación Racial) por Alejandro R. Melo
INTRODUCCIÓN
Una de las reglas de la interpretación histórica consiste en no juzgar los hechos del pasado con criterio actual.
Tal conducta equivale a sacar del contexto socio – cultural los acontecimientos del pasado y someterlos a un análisis “descarnado”, bajo el tamiz de criterios, valores, ideologías, prejuicios y puntos de vistas contemporáneos.
Pero con la esclavitud confieso que cuesta mucho mantener la regla, no sólo porque se ha tratado de una forma de discriminación y genocidio, sino porque autores que convivieron con esa institución tuvieron también una mirada crítica de la misma.
Lo único que no podemos hacer, es modificar el pasado.
La esclavitud, bajo sus distintas modalidades, prácticamente estuvo presente en una multitud de civilizaciones y culturas del pasado, y aún hoy forma parte de la realidad cotidiana de nuestro mundo globalizado, cada vez más pequeño, tal vez ya no en su versión más clásica, sino bajo otras formas de explotación humana, donde la libertad está cercenada.
¿Cómo no recordar los ejemplos actuales de la trata de blancas o los trabajadores esclavos de talleres textiles clandestinos?, por citar algunos ejemplos referidos a nuestro propio país, o los ejemplos del principio de la industrialismo, donde los trabajadores teóricamente libres, eran sometidos a jornadas de trabajo interminables, en condiciones de hacinamiento y por una paga mísera, que a su vez discriminaba más si se trataba de mujeres y niños, considerando sus menores fuerzas en el proceso productivo.
Lo cierto es que la esclavitud fue incluso sostenida teóricamente por autores como Aristóteles, quien la consideró una “institución natural”.
Los pueblos precolombinos conocieron ciertas formas de esclavitud, a la que sometían normalmente a los guerreros vencidos, los que no pocas veces terminaban engrosando la cuota de sangre que se tributaba a los dioses paganos.
La Edad Media, imbuida de los principios cristianos de la igualdad esencial de todos los seres humanos, conoció también otra forma de explotación humana, bajo la institución de la servidumbre. A ella nos referiremos más abajo, ya que gran parte de su legislación y de las soluciones que adoptaba la legislación y la jurisprudencia, fueron aplicadas a la esclavitud en la América española.
Luego de la conquista de América por los europeos, el desarrollo de las actividades económicas implicó que rápidamente se necesitara de mano de obra “barata” para sostener el esfuerzo productivo.
Si bien en un principio, se recurrió a la mano de obra indígena, apoyados en el miedo y en la existencia precolombina de ciertas tradiciones culturales que aceptaban la esclavitud o la servidumbre, tal el caso Yanaconazgo, cuya existencia legal, si bien marginal, se mantuvo en el territorio argentino hasta la abolición del mismo por la Asamblea del Año XIII, pronto se vio la oportunidad de recurrir a la mano de obra de esclavos africanos, más fuertes y menos considerados por la sociedad como verdaderos seres humanos.
Este tipo de esclavitud, se diferenciaba del tipo de esclavitud tradicional, por el cual se sometía en los pueblos de la antigüedad al vencido en la guerra. El único objetivo de esta esclavitud era satisfacer necesidades económicas y sus víctimas no fueron guerreros sino simples habitantes de las sabanas africanas.
El cuestionamiento intelectual y espiritual de pensadores como Fray Bartolomé de las Casas llevó pronto a los reyes de España a resguardar desde el punto de vista legislativo la “humanidad” de los nativos de las Indias y a convencer a los españoles que no podían someterlos a la esclavitud.
Pero cosa distinta ocurrió sin lugar a dudas con los esclavos negros secuestrados en el África. La necesidad de la mano de obra, y cláusulas introducidas en tratados internacionales, pero sobre todo el prejuicio social generalizado que veía en el negro un ser “sub – humano”, dieron sustento a la legalización de la práctica esclavista.
Si bien no hay cifras oficiales, algunas estimaciones hacen llegar al comercio negrero a América a la increíble cifra de 12 millones de personas secuestradas en el África. Por otro lado, todo intento de determinación choca con la circunstancia de que por fuera del comercio legal autorizado por la Corona, la principal fuente de provisión de esclavos negros fue el intenso contrabando que se produjo sobre todo a consecuencia de las restricciones al comercio.
El mecanismo de los esclavistas era cruel y despiadado. La práctica incluía el secuestro y la cacería de hombres y mujeres como si fueran animales, o la compra a jefes de tribu. El traslado a costas americanas, se efectuaba en barcos en donde las víctimas eran traídas en forma brutal, sin higiene, mal alimentados y hacinados. Como se mencionó más arriba, este traslado brutal implicaba la muerte de la mayoría de ellos, llegando solo los más fuertes y resistentes.
Luego, cuando llegaban a su destino eran clasificados según fueran hombres o mujeres y según sus aptitudes físicas y edades, eran marcados y vendidos en subastas públicas en el mismo puerto o asentamiento o trasladados a otras plazas para su comercialización.
No seríamos justos, si no destacamos que durante el siglo XVI, pensadores españoles criticaron duramente el régimen de la esclavitud, por considerar que tanto esta condición como el comercio negrero eran injustos e inicuos. Así, se menciona a Fray Domingo de Soto, Fray Bartolomé de Albornóz y al mismo Fray Bartolomé de las Casas.
En el siglo XVII se pueden mencionar la obra del Padre Alonso de Sandoval, y del Padre Pedro Claver. Pero, al lado de estos luchadores contra la esclavitud, no faltaron juristas y pensadores que la justificaron, aduciendo que el régimen esclavista existente en Indias, devenía de justos títulos, sea por compraventa o por nacimiento, o simplemente por la natural superioridad de la raza blanca.
Siguiendo a un autor que se ha ocupado medulosamente de este tema, Diego Luis Molinari, cabe distinguir tres períodos en el comercio negrero en la América española:
El régimen de licencias, el sistema de asientos y finalmente la libertad de tráfico.
El régimen de Licencias, que se extendió hasta 1595, y que eran permisos concedidos por el rey a particulares, en los que se indicaba el plazo y el número de negros a ingresar.
El sistema de los Asientos, que duró entre 1595 y 1789, mediante el cual un particular o una compañía se comprometía a introducir una cierta cantidad esclavos en los puertos americanos, abonando los correspondientes derechos a la Corona. El plazo de los asientos variaba entre cinco y nueve años. Los principales propietarios de asientos fueron comerciantes y compañías portuguesas, holandesas, francesas e inglesas, y constituyó un importante impulso para la expansión comercial de esas naciones, a la vez que facilitó el contrabando.
Durante el siglo XVIII, se produce una gran explosión del comercio negrero, amparado en distintos tratados que celebró la Corona Española con Portugal, Francia y Gran Bretaña.
Luego de accedido al trono Felipe V, y cuando ya estaba preparándose la llamada Guerra de Sucesión Española (que duró 13 años), el nuevo rey tuvo que intentar negociar con el rey de Portugal, Pedro II, a los efectos de mantener libre la espalda y no tener que confrontar con esa nación. El 7 de mayo de 1701, se firmó el tratado de Alfonsa, el cual establecía el reintegro de la Colonia del Sacramento a Portugal y por un convenio complementario del 14 de setiembre de 1701, Felipe V permite a la Compañía Real de Guinea, establecida en Francia, la introducción en Buenos Aires de quinientos a seiscientos negros africanos por año.
Desatada ya la Guerra de Sucesión entre España y Francia por un lado, y Austria, Inglaterra y Holanda (y más tarde otros países de Europa) por el otro. Al cabo de 13 años penosos de guerra entre las coronas europeas, resultaron vencidos Felipe V y su aliado (y mentor) Luis XIV de Francia. Esta derrota llevó a una serie de tratados conocidos como “La Paz de Utrecht”, celebrados en 1713, de múltiples consecuencias geopolíticas y económicas en Europa y en el Nuevo Mundo.
En uno de ellos, “Su Majestad Católica concede a Su Majestad Británica y a la nación inglesa el pacto del asiento de negros por el término de treinta años consecutivos que empezarán a correr desde el 1° de mayo de 1713.” En ese mismo tratado, se dispone que en Buenos Aires “se señalará una extensión de terreno y se destinará a la compañía del referido asiento…para poder refrescar y guardar en seguridad sus negros hasta que se hayan vendido.”
Este tratado preveía la introducción de 144.000 esclavos en las Indias.
La South Sea Company recibió el privilegio de introducir esclavos negros en las Indias españolas, en los puertos de su elección. Esta compañía se estableció en la Plaza del Retiro, de Buenos Aires, con sus galpones y depósitos. El nombre de dicha plaza recordaba al Palacio del Buen Retiro de Madrid, donde se había firmado el tratado del asiento.
“Entre 1713 y 1730, la South Sea Company introdujo en Buenos Aires un total de 8.600 esclavos de color. Por su parte, la Real Compañía Francesa de Guinea, entró entre 1701 y 1712, más de 3.400 negros. Los ingleses, en histórica avivada, junto con los negros introducían tejidos, destinados a ganar el mercado interior de la Argentina.”
El sistema de los asientos fue reemplazado por la libertad de tráfico, otorgada a españoles y extranjeros a partir de 1789. Este cambio normativo, al parecer se produjo por varios motivos, entre ellos, los incumplimientos reiterados de los grandes asientos en los pagos a la Corona y el contrabando.
Los orígenes de la normativa esclavista, al no existir un ordenamiento legal completo sobre la esclavitud se han buscado en la legislación medieval sobre servidumbre. En realidad, la normativa relativa a la esclavitud se refirió sobre todo la las autorizaciones de introducción de esclavos y a los asentamientos, la percepción de derechos y negocios, pero no en mejorar la suerte de los infelices esclavos. La prohibición de introducir esclavos en Indias sin autorización del monarca, tuvo objetivos fiscales y políticos.
La remisión a la normativa del Fuero Juzgo y a las Leyes de Partida de Alfonso X son inevitables, pero sin embargo, esa falta de normativa específica, llevó a que las situaciones fueran resueltas en forma casuística por los tribunales indianos, adaptando soluciones que estaban previstas para una situación jurídica, si bien similar, no idéntica.
En efecto, las diferencias entre servidumbre medieval y la esclavitud reside fundamentalmente en la potestad de compra – venta de personas que caracterizan a ésta última.
En la servidumbre personal, la relación entre el señor y el siervo, se basa fundamentalmente en una vinculación jurídica a partir de la propiedad de la tierra. Derechos y obligaciones para ambas partes nacen de esa vinculación.
En la esclavitud indiana, si bien el esclavo no estaba desprovisto de todo derecho, la libertad como atributo de la personalidad estaba ausente.
No obstante ello, justo es advertirlo, algunos derechos se les reconocía a los esclavos americanos, basados fundamentalmente en consideraciones de Derecho Natural.
Así, se le reconoce al esclavo la condición de persona humana –al menos teóricamente-, ya que tiene alma. También tiene derecho a tener una familia y al buen trato de su amo, y la posibilidad de llegar a obtener su libertad.
Uno de los rasgos de la normativa de los siglos XVI y XVII respecto a los esclavos, es que indica la necesidad de la instrucción religiosa y el buen trato.
Sin embargo, tal como se advirtió, desde el punto de vista jurídico, el esclavo era considerado una “cosa”, pero sui generis, ya que su propietario no podía matarlo, ni mutilarlo ni herirlo, pero podía venderlo, donarlo, alquilarlo, cederlo, hacerlo objeto de embargo. Estos derechos reconocidos teóricamente, no alcanzaban obviamente para evitar algunos malos tratos que terminaron infligiéndose a estos desgraciados, aunque los señores preferían mantenerlos en buena condición para poder comercializarlos en condiciones ventajosas.
Recién hacia 1789, la Corona, por Real Cédula del 31 de mayo, estableció un estatuto para la condición de los esclavos negros, en el cual se intenta mejorar la condición de los mismos y el trato debido por sus amos. Poco duró esta normativa, ya que ante las protestas hicieron que en el año 1794 se suspendiera la aplicación de la misma.
Una de las características de esta forma de esclavitud era que se trataba de una condición “de por vida”, y que era hereditaria, transmitiéndose por la vía materna, de manera tal que el hijo de la esclava nacía esclavo y pertenecía al dueño de la madre.
Podían adquirir esclavos tanto personas físicas como corporaciones. Entre las personas físicas, como no había limitaciones, tanto los podían adquirir los hombres blancos, como los indios e incluso los propios libertos. Entre las corporaciones, se incluía a las órdenes religiosas, las sociedades comerciales, las cofradías, los cabildos e incluso la Real Hacienda.
LA ESCLAVITUD EN EL RÍO DE LA PLATA
Contra lo que pueda pensarse, existieron esclavos negros en Buenos Aires desde su primera fundación. La capitulación de Don Pedro de Mendoza de 1534, lo obligaba a trasladar 200 esclavos negros hombres y mujeres provenientes de España, Portugal, Guinea y Cabo Verde. La capitulación le prohibía al Adelantado vender esos esclavos en otras regiones no pacificadas, pero Don Pedro, negoció y antes de partir, logró que se lo autorizara a vender esclavos en la región más conveniente.
La primera venta pública de esclavos se realizó en Buenos Aires en 1539, cuando el tesorero Don García Venegas, el contador, Don Felipe de Cáceres y el Capitán Alonso Cabrera hicieron poner en almoneda pública a dos esclavos durante nueve días. Se otorgaba el plazo de pago de un año, aquí o en España.
Pero quien primero hizo introducir esclavos con fines agrícolas, industriales y extractivas en el interior del país fue fray Francisco de Victoria, Obispo del Tucumán. Éste hombre impío, luego de encabezar una expedición comercial al sur del Brasil, además de mercadería y algunos sacerdotes, logró traer al actual territorio argentino unos 60 esclavos negros. Este Obispo se constituyó, por su parte en el principal contrabandista de esclavos del país.
Hacia 1594, cada familia porteña poseía un esclavo negro con la introducción de 64 de ellos.
Hacia 1601 los españoles de Chile solicitaron permiso para introducir esclavos por el puerto de Buenos Aires para trabajar en las minas por cuenta del Rey o para satisfacer necesidades de mano de obra.
Luego de ello, se logró la conexión directa con el África y los mercaderes esclavistas recalaban directamente en el puerto de Buenos Aires. También eran traídos desde Brasil.
La competencia que se hacía desde el Potosí, con la explotación de las minas, puso en alerta a los limeños, que protestaron ante la Corte, y lograron en 1594 se cerrara el puerto de Buenos Aires a la importación de esclavos y otras mercancías provenientes de Brasil, Angola, Guinea, o cualquier otra parte proveniente de Portugal.
Poco duró la prohibición.
En realidad, los portugueses tenían una larga tradición de explotación negrera, aun antes del descubrimiento de América, ya que habían tomado posesión de puntos estratégicos en la costa africana, y desde allí salían los buques cargados de esclavos para Europa.
El comercio de esclavos, denominados “piezas” se pagaba con todo tipo de bienes además del metálico, tales como ganado, caballos, cuero y sebo.
De viaje de vuelta, los buques negreros regresaban con oro y plata.
Se daba la paradoja que los esclavos destinados a las minas del Potosí, fueron trasladados a las minas encadenados con cadenas, collares y candados elaborados por orfebres ingleses con la misma materia prima que se extraía de esas minas.
En 1595 comenzó el sistema de asientos en Buenos Aires. El primero de ellos fue con el portugués Pedro Gomes Reynel, a quien se le autorizó a introducir 600 esclavos en este puerto.
Hacia 1629, Felipe IV autorizó a su hermano, el infante Fernando, cardenal y obispo de Toledo, a introducir por el puerto de Buenos Aires 1.500 esclavos negros. Sin embargo, este permiso se extendió posteriormente hasta 1636, autorizándose a introducir 6.000 “piezas”, aunque se sabe que llegaron vivos alrededor de 4.000 esclavos.
La Corona española celebra un contrato con traficantes de esclavos genoveses en 1662, y donde se habla de la condición que debían tener los esclavos introducidos: “negros de siete cuartas de altura como mínimo, que no fuesen ciegos, tuertos o tuviesen otros defectos. Los bajos y defectuosos eran computados como una parte variable de ella, de acuerdo al defecto” .
La Audiencia de Buenos Aires efectuó varios reclamos para introducir en el Río de la Plata más esclavos, ya que se atribuía a la falta de ellos el abandono que por entonces tenían las estancias bonaerenses.
Un momento significativo se da en 1680 cuanto los portugueses fundan Colonia del Sacramento en la Banda Oriental. Allí organizan el contrabando de esclavos hacia Buenos Aires.
Como España carecía de bases africanas, -dice Titto-, estaba obligada a entregar la trata de esclavos a empresas o intermediarios extranjeros. Francia, Inglaterra, Holanda y otros países europeos utilizan Colonia para introducir negros del África.
Francia no pudo cumplir con la introducción del cupo que pactó con la Corona española, limitándose a introducir sólo un 40% de lo acordado, ello, a pesar de negociar parte de los cargamentos con ingleses y holandeses.
A consecuencia de los tratados de España con Inglaterra como resultado de la Paz de Utrecht, a partir de 1713, comenzó la introducción sistemática de los esclavos por Inglaterra.
Hubo mucho contrabando y corrupción, porque el soborno a las autoridades estaba a la orden del día, así como la falta de controles y las violaciones a las condiciones autorizadas. Pero el problema que preocupaba más a la Corona, no eran éstos, sino la falta de pago de derechos que implicaba la introducción de esclavos por parte de portugueses, franceses y holandeses.
La compañía inglesa dejó de funcionar en 1750, lo que acarreó la necesidad para la Corona de proveer nueva mano de obra negra. Entonces, los Borbones trataron de de liberar paulatinamente el tráfico de esclavos mediante la creación de compañías de comercio, como la de Filipinas (1785), y luego la sanción del Reglamento de Libre Comercio de 1778 y la Real Cédula de 1791, que liberaba el tráfico de esclavos a cambio de la salida de frutos del país.
Los esclavos negros introducidos en el Río de la Plata provenían en su mayoría del África, y sólo a partir de 1750 este tráfico fue reemplazado gradualmente por esclavos de raza negra de segunda o tercera generación, introducidos por los esclavistas portugueses desde el Brasil.
Normalmente tenían sus orígenes en el Congo y en Angola, ya que se consideraba que estos hombres eran más fuertes y dóciles.
En el Río de la Plata, alejado de las grandes explotaciones mineras, la vida del esclavo dedicado a tareas rurales y domésticas, estuvo dotada de ciertas singularidades. No obstante ello, sus funciones cambiaban de acuerdo a la zona o provincia en donde estaban destinados, debido a las singularidades del tipo de explotación.
¿Qué función cumplían los negros en el campo rioplatense?
En realidad, todas las funciones posibles en una economía agraria.
Se los observa participando tanto en tareas temporales como permanentes, especialmente en la siembra y cosecha de trigo, en el manejo de los rodeos, en la doma de potros.
Sin embargo, y curiosamente, la función más típica del negro esclavo en la estancia rioplatense fue la de desempeñarse como capataz, lo que implicaba una situación de autoridad, aun respecto a peones libres.
Incluso la vivienda entregada a los esclavos solía ser más sólida y amplia que las de los peones libres, y estaba rodeada de mayor privacidad.
Algunos señores permitían que los esclavos negros tuvieran su propio ganado y cultivar alguna parcela para su manutención y la de su familia. Incluso podían algunos vender sus excedentes en el mercado y hasta se les permitió tener marca de ganado propia.
Algunos estancieros, corrían con los gastos completos de vestimentas y alimentación.
Se los proveía de raciones de tabaco, yerba, papel e incluso a veces de dinero.
Por supuesto que todo ello variaba de estancia en estancia y caso por caso.
Y no ha de creerse que el uso de esclavos negros era patrimonio exclusivo de los laicos. Por el contrario, se los encuentra trabajando para la Compañía de Jesús en la estancia de San Ignacio de las Temporalidades de Santiago del Estero y también en las estancias de la Compañía en Córdoba, Tucumán y Catamarca, en donde desarrollan todo tipo de funciones, pero se especializan en labores artesanales. En Córdoba, en la Estancia Jesuítica de Santa Catalina, se desempeñaban como obrajeros, capataces, pastores, carpinteros, herreros, albañiles, peones, hortelanos, racioneros, bataneros, zapateros, ladrilleros, canilladores y cocineros.
En general, la alimentación en la estancia colonial bonaerense era mejor que la que se les proporcionaba a los esclavos en las haciendas azucareras del sur de Brasil: contaba con una buena dosis de proteínas, ya que la carne era el alimento natural del hombre de la pampa. En la región de Cuyo, los esclavos comían charqui, pan, maíz, pescado y a los enfermos se les suministraba carne de carnero.
Los esclavos negros rurales tenían una vestimenta indiferenciada respecto de los hombres libres, con la indumentaria propia del hombre de campo de la época, con calzones, ponchos, sombreros, camisas y a veces chaquetas.
Se ha señalado, que incluso la indumentaria fue empleada como una manera de incentivar su lealtad y premiar su productividad.
Como sea, el esclavo negro rural montaba a caballo y le era permitido tener facón para sus tareas habituales y su defensa personal.
Pero todas estas concesiones no pueden hacer imaginar que la vida del esclavo era fácil en el campo pampeano.
Por el contrario, al igual que los peones libres, tenían trabajos muy duros sobre todo en la época de cosecha. En esta época las tareas comenzaban a las cuatro de la mañana. A la media hora debía servirse el primer mate. Luego trabajaban toda la mañana hasta aproximadamente las once, hora en la que podían retirarse a descansar por media hora. Luego del reinicio de las labores, normalmente se servía la comida y después generalmente eran autorizados a dormir una siesta de dos horas.
Según la reglamentación del Virrey Cevallos, los días de trilla no había siesta, para aprovechar al máximo las brisas del estío.
Para la cosecha se utilizaban hoces y horquillas para la trilla.
La tarea finalizaba durante esta época una hora después de la puesta del sol.
Advierte Ciro René Lafón, que sin embargo, en las tareas de estancias de cierta notoriedad, los esclavos negros eran preferidos para los trabajos permanentes, mientras que los contratados para las tareas estacionales, como para el rodeo y para la yerra, eran criollos, mestizos o mulatos, “pobladores” de las estancias conocidos como “agregados”.
En algunas viejas estancias, que habían sido de los jesuitas, -sigue diciendo éste autor-, como el campo de la Hermandad de la Caridad de Buenos Aires, tenían todo su personal de peones, puesteros, y capataces de origen africano, pero en su orfelinato, sólo recibían huérfanos “de sangre pura”.
En el ámbito urbano, el esclavo tenía un trato doméstico, y en general, se reconocía el buen trato que les dispensaban las familias.
Un testigo privilegiado de la sociedad colonial fue un oficial integrante de las invasiones inglesas, el cual dejó su testimonio en una descripción publicada en Londres: “Buenos Aires y el Interior” de Alejandro Gillespie: “ Ese trato social que se nos brindaba, nos daba ocasión de observar las maneras y los usos de diferentes familias, y como la naturaleza humana es intrínsecamente la misma a través de las edades y no participa de las modas pasajeras de cada generación sucesiva, puede presumirse que cualquier delineamiento sobre las primeras puede muy propiamente colocarse en tiempo presente y no en pasado. Entre los más amables rasgos del carácter criollo no hay ninguno más conspicuo y ninguno que más altamente diga de su no fingida benevolencia, que su conducta con los esclavos. Con frecuencia testigo del duro tratamiento de aquellos prójimos en las Indias Occidentales, de la indiferencia total a su instrucción religiosa allí prevalente, me sorprendió instantáneamente el contraste entre nuestros plantadores y los de América del Sur. Estos infelices desterrados de su país, así que son comprados en Buenos Aires, el primer cuidado del amo es instruir a su esclavo en el lenguaje nativo del lugar y lo mismo en los principios generales y el credo de su fe. Este ramo sagrado se recomienda a un sacerdote, que informa cuando su discípulo ha adquirido conocimiento suficiente de catecismo y de los deberes sacramentales para tomar sobre si los votos del bautismo. Aunque este proceso en lo mejor debe ser superficial, sin embargo tiene tendencia a inspirar un sentimiento de dependencia del Ser Supremo, obliga a una conducta seria, tranquiliza el temperamento y reconcilia a los que sufren con su suerte. Hasta que se naturalizan de este modo, los negros africanos y su hermanos nacidos en América son estigmatizados por el vulgo, como infieles y bárbaros. Los amos, en cuanto pude observar, eran igualmente atentos a su moral doméstica. Todas las mañanas antes que el ama fuese a misa, congregaba a las negras en círculo sobre el suelo, jóvenes y viejas, dándoles trabajo de aguja o tejido, de acuerdo con sus capacidades. Todos parecían joviales y no dudo que la reprensión también penetraba en su círculo. Antes y después de la comida, así como en la cena, uno de estos últimos se presentaba para pedir la bendición y dar las gracias, lo que se les cumplían con solemnidad...”
Como detalle curioso, transcribiremos algunos anuncios de “El Telégrafo”, citados por Lafón : Así el día 4 de marzo de 1804 se avisa: “Don Juan José Ballesteros vende un matrimonio con un hijo que tiene 22 días de edad, y sus padres de 18 y 19 años en 850 pesos fuertes, todos tres, y separados, el padre Negro en 400 pesos, y la Negra con el hijo en 450 pesos fuertes; aquel es cocinero y ésta sabe lavar, planchar, coser regularmente, guisar e hilar, son sumamente fieles y no tienen enfermedad alguna. Igualmente vendo un negrito como de 10 años más o menos, en 250 pesos fuertes, que ha tenido ya viruela y sarampión, y no tiene enfermedad alguna”.
El día 14 de marzo de 1802, se publica el siguiente aviso: “Don Alonso de Quesada vende una parda, de estado casada y 25 años de edad, buena para todo servicio, en 350 pesos”.
Don Juan Paz anuncia que ofrece a “Patricio, negro sastre de a caballo, de edad de 34 años y marido de Dolores, negra de 26 años, tejedora de lienzos, ponchos y bayetas, se venden en 625 pesos ambos, previniendo que la criada entiende bastante de cocina…”
En el Río de la Plata, si bien abundó en el siglo XVIII la justificación económica de la esclavitud para mantener las labores en tierras americanas, hacia fines de ese siglo, la situación iba progresivamente cambiando, transformando al esclavo en un trabajador rural, y a un servidor, en muchos casos querido –aunque mirado con menosprecio-, dentro de las familias urbanas.
El “acriollamiento” de los esclavos, mediante el proceso de mestizaje, y el acceso cada vez más amplio a la Justicia, hizo cada vez más claro en las mentes de los pensadores y los juristas, que la esclavitud constituía una injusticia, si bien no desde el punto de vista del derecho positivo, si desde la perspectiva del Derecho Natural.
Como mencionamos más arriba, uno de los pocos derechos que la normativa les reconocía a los esclavos era poder recuperar su libertad.
A estos hombres se los llamaba “libertos”, pero su condición social y jurídica no era la misma que la de los hombres libres.
Estaban obligados a trabajar y vivir con “amos conocidos”, y en el caso de no tener oficio, debían trabajar en las minas si vivían en zonas en donde aquellas se explotaban.
A los libertos no se les permitía usar armas ni formar parte del ejército, salvo en los últimos años de la dominación española, debido a la ausencia de tropas originarias de la península. Se les impedía incluso el acceso a las primeras letras y por supuesto tampoco podían tener grados académicos y universitarios ni acceder al sacerdocio, pero si se los admitía en las órdenes menores. Tampoco se les permitía deambular libremente por las noches, y las mujeres tenían prohibido usar joyas y sedas.
A pesar de su condición, se mantenían sujetos a castigos corporales en caso de faltas y contravenciones, las cuales no fueron extrañas en los años del Buenos Aires colonial.
Esta situación de discriminación y semilibertad, produjo múltiples inconvenientes, entre los cuales corresponde mencionar el auge de la prostitución como un medio para llegar a la cifra estipulada cuando el trabajo no rendía. Hacia 1797 un Alcalde pide al Cabildo de Buenos Aires “que prohíba a negras y a mulatas vender pasteles, empanaditas y otras golosinas en la llamada Plaza Nueva, porque resulta que se quedan hasta muy tarde a la noche haciendo compañía a peones santiagueños y a mal entretenidos”.
La condición de liberto se transmitía, a diferencia de la esclavitud, tanto por vía paterna como materna, y continuaba hasta el desvanecimiento del color de la piel, lo que llevaba a los libertos a procurar el mestizaje con mujeres blancas.
En 1795 la Corona admitió que ciertos esclavos (pardos y quinterones) fueran dispensados de tal condición pagando una determinada suma. Este proceso se llamó “coartación” y permitía al esclavo alcanzar su libertad mediante una suma de dinero, pagada a veces a plazos. Este tipo de contratos contemplaba, en ocasiones a una tercera persona, que era depositaria parcial del esclavo hasta el momento en que se terminaba de pagar el precio.
El esclavo podía alcanzar su libertad de otras diversas formas, entre las que mencionan:
La manumisión, que consistía en la liberación espontánea concedida por el amo, ya sea expresa o tácita, consintiendo, a sabiendas, ciertos actos impropios del esclavo, como contraer matrimonio con una mujer libre, instituirlo heredero o darle el carácter de tutor de sus hijos.
A veces la manumisión se disponía debido a la ancianidad o enfermedad, ya que causaba grandes problemas para el amo.
Para ejercer la manumisión expresa normalmente se requería los servicios de un escribano.
Las llamadas manumisiones graciosas, no fueron extrañas. El testamento fue el medio más usado, normalmente por imperativos religiosos antes de la muerte.
El objetivo de estos actos de última voluntad era premiar la lealtad de un esclavo, o sus buenos servicios, o la liberación de un hijo tenido con una esclava, o simplemente no cargar a la familia con la manutención de un esclavo viejo.
En otras ocasiones se recurría a la manumisión condicionada, estableciendo que el liberto se mantuviera sirviendo una serie de años a favor del manumitente o de su familia, bajo apercibimiento de ejecutar una cláusula resolutoria. Estas cláusulas resolutorias podían provenir también del ejercicio de un mandato, como la obligación de “mandar decir las misas anuales que se disponen”, caso contrario el albaceas o los herederos podrían obligar al liberto a cumplir y de no hacerlo “se repute la cláusula por de ningún valor volviendo a su antigua esclavitud.”
Asimismo, la manumisión podía provenir de un acto que contenía una cláusula suspensiva, condicionando el principio de la libertad del esclavo a que se cumplieran previamente ciertas circunstancias: “hasta mi muerte”, o “hasta la muerte de mía y la de mi esposa”, “hasta la mayoría de edad de mis hijos”, etc.
También podía el esclavo comprar su libertad o rescate, abonando al dueño el mismo importe que había pagado al adquirirlo. Parece ser que desde mediados del s. XVIII se hizo costumbre, el derecho del esclavo a comprar la libertad pagando en cuotas o mediante el ahorro periódico. Asimismo, no era raro que negros libertos compraran la libertad de sus hijos.
Por haber sido objeto la esclava de abuso deshonesto por parte de su amo. Cabe mencionar que una de las preocupaciones, no tanto desde el punto de vista humano, sino comercial, fue que los propietarios de esclavos no procrearan con sus esclavas, constituyendo verdaderas fábricas de esclavos, lo cual arruinaría el negocio del cobro de derechos por parte de la Corona.
El abandono en la infancia, vejez o enfermedad por parte del amo, era otra causal de extinción de la condición de esclavo, ya que la tradición y las normas sobre servidumbre de origen medieval, indicaban que el amo debía proveer lo necesario para auxiliar a su esclavo en situación de desvalido, proveyéndolo de lo necesario mientras durara su incapacidad laboral.
También no fue extraño que se dispusiera la liberación de un esclavo por actos meritorios para el rey o para el reino, siendo declarado así expresamente y reintegrándole el precio al dueño por parte del erario público. Las Invasiones Inglesas fueron un claro ejemplo de ello, por la sobresaliente actuación de los esclavos negros durante esas jornadas, a consecuencia de lo cual se dispuso la liberación de algunos de ellos. Lafón, citando al “Diario de un soldado”, menciona que el 12 de noviembre de 1807, “se formó en la Plaza Mayor un tablado para el sorteo de 13 esclavos libres entre 800 que éstos se singularizaron de la defensa de esta Capital del 2 al 5 de julio según han acreditado por medio de certificados de sus jefes y han abonado 250 pesos por esclavo que les tocó la libertad, para sus amos. Asimismo asistieron al sorteo dos generales y el Pleno Cabildo, con dosel, que debajo estaban colocados los retratos de nuestros monarcas. Asistió a este solemne acto los negros formados y tres cuerpos sobre las armas formando cuadro para solemnizar la función.”
La decisión del Cabildo de Buenos Aires, tuvo en cuenta que la actuación de los soldados negros fue destacada durante las invasiones inglesas: “es notoria la energía y valor con que los esclavos acometían al enemigo”.
Además de recurrir al sorteo al que nos hemos referido más arriba, también dispuso el Cabildo la libertad de “aquellos esclavos que resultaron mutilados e inútiles para el servicio pagando a los amos el precio de su valor”, disponiendo incluso que “…se les contribuya para su subsistencia la pensión mensual de seis pesos…”
Al parecer en el Río de la Plata no fue extraño que se produjeran liberaciones por manumisión o por compra o rescate por parte del esclavo, e incluso, por declaración de libertad de vientres, por la cual el amo disponía que el hijo de la esclava no siguiera la condición de la madre.
También en algunas oportunidades, los esclavos obtuvieron su libertad mediante la institución del derecho de asilo. En el Río de la Plata, en ocasión de la lucha contra los portugueses por la Colonia del Sacramento, en 1762 y 1770, el Virrey Cevallos decretó el derecho de asilo de los esclavos apresados que eran propiedad de portugueses, adquiriendo así el derecho a ser liberados.
Más adelante, y ya instalados los gobiernos patrios, las Provincias Unidas recurrieron al sistema de “guerra del corso”, estableciendo como una de las obligaciones de los capitanes corsarios argentinos, el dar libertad a los esclavos de los buques y lugares que atacaban.
LOS PREJUICIOS Y LAS CASTAS
Cabe preguntarse, ¿cómo pudieron las coronas europeas, que se hacían llamar a sí mismas “cristianas” y “católicas”, llevar a cabo durante algo más de tres siglos, el comercio negrero, sin que la población y las autoridades eclesiásticas reaccionaran? Obviamente, hubo quien, como se mencionara oportunamente, planteó la injusticia y denunció este estado de cosas. Pero la realidad, es que además de las razones económicas que hacían conveniente la explotación de los negros africanos, se había instalado un gran desprecio por la condición humana de estos seres.
España estableció pronto un sistema de “castas”, basado en la supuesta superioridad de la raza blanca. En el siglo XVIII el Licenciado José Lebrón y Cuervo, realiza una detallada descripción de estas castas, pero no ha de creerse que sólo se trató del esfuerzo intelectual: las mismas se vieron reflejadas en las actas del Cabildo de Buenos Aires, y en Pragmáticas y Reales Cédulas.
Sólo así, no sólo por la normativa, sino por el prejuicio que se hizo carne en la población española, fue posible mirar hacia otro lado y justificar este comercio vil.
La justificación de la supremacía española en América, se basó en un sistema de castas sostenido en tres grupos principales: los blancos, los indios y los negros. De esos grupos se derivaban los demás: mulato, mestizo, zambo, tercerón cuatralbo, zambaigo, tresalbo, mulato prieto, zambo prieto, y cuarterón.
Encima estaban, obviamente los españoles peninsulares, considerados de sangre pura. Luego venían los españoles americanos, conocidos como “criollos” que eran descendientes legítimos de padre y madre española, pero a quienes se le concedían menores derechos que a los primeros.
La mezcla de razas era una mácula. Es decir, esos hombres y mujeres eran considerados de sangre impura o “manchados”.
La sangre india manchaba por tres generaciones, pero la sangre negra manchaba “por toda la eternidad”.
La unión de español con india daba lugar al mestizo, de español con mestiza al castizo. La mezcla de español con castiza, nuevamente producía un español (pero su origen siempre era tenido en cuenta). La cruza de español con una negra, daba lugar a un mulato, con una mulata, al morisco. Con morisca al albino, Con albina, negro torna atrás. Indio con mestiza era denominado coyote. Negro con india, lobo. Lobo con india, zambaigo. Indio con zambaiga, albazarrado. Indio con albazarrada, chamizo. Indio con chamiza, cambujo. Indio con cambuja, negro torna atrás con pelo liso.
Otra clasificación más simple distinguía:
Mulato: (proviene de la asimilación con el yeguarizo híbrido mula, cruza de burro y yegua), y que era la cruza entre blanco y negra o negro y blanca.
Tercerón: cruza entre blanco y mulata o blanca y mulato.
Cuarterón: cruza entre blanco y tercerona o blanca y tercerón.
Quinterón: cruza entre blanco y cuarterona o entre blanca y cuarterón.
Zambo: cruza de negro con india o de indio con negra.
Zambo prieto: era aquel que tenía un color negro más intenso dentro de los zambos.
Salto atrás: cuando un hijo era más negro que sus padres.
Sin embargo, las divisiones no eran tan significativas como en las castas indúes, porque en realidad, no había una justificación religiosa, sino sólo un prejuicio social (y la conveniencia de que este sistema se mantuviera de esa forma).
La clase alta, medía su posición por la blancura de su piel y por la antigüedad de su adhesión a la fe Católica. Tan sólo en último término, en la riqueza.
Los negros libertos, en cuanto podían, trataban de salir de esa condición y es seguro que el mestizaje fue uno de los medios de elevación en el medio social.
Tal vez a ese intenso proceso de mestizaje, junto con las guerras por la independencia y civiles, así como a las epidemias, se deba el misterio de la ausencia de raza negra en la Argentina actual.
Contra la creencia generalizada, instalada luego de la gran inmigración europea de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la mayoría de la población argentina de la época colonial tenía un color de tez “café con leche oscuro”, como lo señalan los genealogistas Diego Herrera y Carlos Jáuregui Rueda.
Esta situación de gran discriminación, conspira contra la labor de los historiadores y etnógrafos, ya que se trataba de ocultar ante los censos y labores de relevamiento toda vinculación con un origen o parentesco negro, razón por la cual no se tiene un número exacto de los habitantes negros de la Buenos Aires de principios del siglo XIX.
A ciencia cierta, se sabe que en 1807 había en Buenos Aires unos 6.650 negros y mulatos, 347 indígenas y 15.078 blancos. Esto eleva el porcentaje de afros censados del 26,2% de la población. Sin embargo se debe consignar que el 13% de la población no pudo ser ubicada. En 1810, año del nacimiento de la Patria, en Buenos Aires había unos 9.615 negros y mulatos, pero tan solo 150 indígenas y 22.793 blancos. Ese año entonces el porcentaje de esclavos o descendientes de los mismos ascendía al 29,53% de la población censada. En ciudades del interior, el porcentaje de negros y mulatos llegó a ser muy superior, como por ejemplo en Tucumán, que llegó a ser del 64%, del 54% en Catamarca y el 46% en Salta, lo cual era más o menos el promedio del resto de las provincias.
Explica Schávezon, que por ser un puerto de entrada del comercio negrero, Buenos Aires llegó a tener una cantidad temporal de habitantes negros muy superior a los de la propia raza blanca, equivalente a tres africanos por cada blanco, criollo o indígena juntos.
Estamos hablando de fines del siglo XVI, en donde la ciudad no llegaba a los 500 habitantes, pero se introducían promedio 1.000 esclavos al año, llegando incluso a subir esa cifra en algunos años a los 1.400 esclavos.
Una de las formas de liberarse del estigma de la esclavitud, no tanto de la institución, sino de la discriminación social, fue el ejercicio de la milicia. Como comentamos, no son pocos los esclavos que tuvieron un desempeño distinguido en las armas durante el período colonial, y después de 1810. El uso del uniforme les permitía acceder al “honor”, ser reconocidos, lavar con su sangre la mácula de la esclavitud.
Desde 1590 los esclavos de Buenos Aires formaron parte de las fuerzas coloniales de infantería, pero conformando unidades consideradas “de apoyo”, eran considerados los regimientos de castas..
Hay constancia que en 1664, la Guarnición de Buenos Aires integraba en forma “oficial” a negros y mulatos.
En 1778, el quinto de las fuerzas de defensa de Buenos Aires estaba integrado por los varones de las castas.
Hacia 1807, luego de la primera invasión inglesa, el Cabildo integró un cuerpo integrado exclusivamente por esclavos, para los cuales se dispuso que quienes se distinguieran en acción, el premio sería la libertad, ello, sin perjuicio del derecho a compensación económica de sus amos.
Bajo inspiración de Liniers, en junio de 1807, el cuerpo de Pardos de Infantería estaba integrado por nueve compañías, cinco de pardos, dos de negros, dos de indios. El cuerpo de Pardos de Artillería, se formaba con cuatro compañías de pardos, dos de negros y dos de indios.
Del total de las fuerzas de la defensa de Buenos Aires, se consigna que 876 eran esclavos que formaban parte de los regimientos de castas.
No obstante reconocer el valeroso desempeño de los esclavos y libertos en la defensa de Buenos Aires, secretamente el Cabildo estaba preocupado por desarmar los cuerpos de esclavos, temiendo una sublevación.
Tampoco fue ajena la discriminación de la que hablamos a la hora de repartir las pensiones a los inválidos, viudas y huérfanos de los caídos en combate: mientras a los españoles y criollos blancos se les otorgaba 12 pesos, los negros, pardos y morenos, sólo recibían la mitad.
La política también fue alcanzada por la discriminación del color de la piel. Se comentaba en Buenos Aires que con ocasión de la selección de los candidatos a formar el Primer Triunvirato, Bernardo de Monteagudo, -distinguido periodista, escritor y patriota-, resultó excluido porque se sospechaba sobre la pureza de su raza blanca. Curiosamente, parece que quien insistió en este argumento fue Bernardino Rivadavia, de quien se sabe era descendiente de africanos.
No obstante la deuda de gratitud que debemos a los miles de soldados morenos que participaron de las acciones que le dieron la libertad a nuestra Patria, durante mucho tiempo, los historiadores trataron de minimizar la participación de éstos en los sucesos de la independencia. Tan sólo algunos ejemplos para mostrar la lealtad, tal el caso de la historia de Falucho, el “negro de San Martín”. Incluso se ocultó durante mucho tiempo el color de la piel oscura de Juan Bautista Cabral, soldado cuya muerte evitó la pérdida de la vida de quien llegaría a ser el Libertador de Sud América, hecho que por todos es sabido, ocurrió en ocasión del Combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813. Un día antes, la Asamblea General Constituyente, reunida en Buenos Aires, había legislado la Libertad de Vientres.
Relata Norberto Galasso, que “Juan Bautista Cabral sería hijo natural de don José Jacinto Cabral y Soto y de la morena Carmen Robledo. Ella, luego, casó con el moreno Francisco, que llevaba el el apellido Cabral, por ser servidor de esa antigua familia. Quizás, por esta razón algunas fuentes lo dan como hijo de la esclava Carmen y del esclavo Francisco, esclavo él también, pues su nacimiento es anterior a ley de libertad de vientres, y de raza negra.” La discriminación obviamente no terminó ni con la libertad de vientres, ni con la igualdad teórica o declamada, y ni siquiera después de la sanción de la Constitución de 1853. Las prevenciones continuaron, porque la raza negra y sus descendientes siguieron formando parte de las clases más bajas de la sociedad. Las levas de tropas tuvieron a los negros integrando todos los ejércitos de la Patria en todos los conflictos en los que se vio involucrada.
Cuando cayó Rosas, las tropas que ingresaron en Buenos Aires se ensañaron especialmente con los hombres de raza negra, a los cuales se los identificaba con el Restaurador. La epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires a mediados del siglo XIX los contó entre las principales víctimas. Hacia principios del siglo XX, los últimos representantes de los afroargentinos eran parte de la marginalidad a la que los había sometido la sociedad.
EL ESCENARIO PREVIO A LA ASAMBLEA DEL AÑO XIII
Sin lugar a dudas, una de las medidas más trascendentes de la Asamblea del Año 1813, fue haber decretado la “libertad de vientres”.
Como veremos, no se trataba de un acto aislado, ni siquiera original, sino que estaba impulsado no sólo por los aires de las nuevas ideologías libertarias que impulsaron la Revolución Francesa, sino por las luchas entre monarquistas y liberales de la propia península hispánica. Lo cierto, es que la medida adquirió alcances verdaderamente revolucionarios, pegando en el centro del control económico del poder español en América, y permitiendo desmantelar, aunque sea parcialmente, un sistema injusto, que agraviaba a la propia naturaleza humana.
La misma Asamblea que derogaba la existencia de títulos de nobleza o prerrogativas de sangre o nacimiento, no podía, si era coherente, mantener incólume el sistema de la esclavitud. Sin embargo, la medida tenía que ser progresiva, porque un decreto de libertad inmediata hubiera aparejado el descontento de buena parte de la población, cuyos servidumbre era mayoritariamente esclava, además de afectar en forma directa gran parte del sistema económico, generando revueltas y paralización de actividades, tanto en las industrias incipientes de velas, textiles y cueros y otros productos, como en la actividad del campo, la cual, como vimos, dependía en gran medida de los hombres de color.
Hacia 1802, el Procurador de Pobres de Buenos Aires, sostenía: “el derecho de esclavitud es un derecho sumamente odioso, que los hombres por la servidumbre perdiendo su libertad natural y civil, se hacen unos miembros muertos en la República sujetos enteramente en sus acciones al señor”.
No era fácil sustituir un sistema productivo basado en mano de obra barata, sobre todo si ese sistema se encontraba “legitimado” en la sociedad por el prejuicio generalizado de la inferioridad de la raza negra, y el establecimiento, como vimos, de un sistema de castas fundado en la blancura de la piel y en una pretendida pureza de sangre.
En la España convulsionada por el dominio napoleónico, el establecimiento de juntas fue precedido de revueltas en las que participaron activamente buena parte de los estratos más bajos de la sociedad. Las actas de constitución de las juntas y las proclamas en las que justificaron su nacimiento, aluden en forma reiterada al desorden que se deseaba evitar y que se traducía en una “terrible anarquía”. La ira popular, si bien usaba como excusa la presencia de los franceses, se dirigía en su mayoría contra los propios españoles de clases más acomodadas.
En América, la situación con las clases más bajas había sido similar. En 1809, al conocerse en Cuba la noticia de la capitulación de Madrid ante Napoleón, se produjo un alzamiento popular, sobre todo encabezado por esclavos y siervos que habían escuchado los comentarios de sus amos. El 21 y 22 de marzo de 1809, grupos formados por el pueblo bajo, “plebe compuesta de esclavos y gentes sin hogar”, comenzaron a perseguir a los extranjeros en las calles de La Habana, llamándolos “franceses” y “Napoleón”. Se unieron muchos negros y empleados domésticos y de la Factoría de Tabacos. Comentaba el Administrador de Correos de La Habana, que “no conformes con acosarlos y humillarlos,” “la turba de negrillos” les lanzaban piedras y entraban en casas de los comerciantes franceses y las saqueaban. El griterío se desplazó a los barrios extramuros, atacando la turba los barracones de un francés. “La turba se había incrementado con porciones de negros carretilleros, aguadores y otros esclavos escapados de sus amos, gritando viva Fernando VII y mueran los franceses”. Los ataques siguieron sobre los españoles conocidos como colaboradores de los franceses.
De manera tal, que para 1813, incluso para la Primera Junta en 1810, había suficiente evidencia de que debía regularse el uso de la fuerza, y una acción descomedida que incitara a las clases más bajas de la sociedad, podía convertir a Buenos Aires en una verdadera anarquía. Las medidas a adoptarse debían tener la suficiente prudencia para no generar caos y cambiar el eje del poder: los criollos deseaban estar al mando de la situación, y ese poder no lo querían compartir con los sectores más bajos de la sociedad y mucho menos con grupos de esclavos transformados en grupos de poder, tal como había sucedido en Haití.
Como dijimos más arriba, la libertad de vientres no era una medida desconocida para 1813. Era un recurso habitual para otorgar la libertad, pero en forma individual, generalmente por testamento o por escritura, en donde el amo, decretaba la libertad de los descendientes de un servidor (en muchos casos, porque se trataba de hijos propios nacidos de una esclava). Sin embargo, no se había decretado en el Río de la Plata en forma masiva bajo el impulso de una norma.
El antecedente más cercano, y de carácter revolucionario y normativo, se había producido en Chile, que decretó la libertad de vientres el 15 de octubre de 1811, bajo la inspiración de Manuel de Salas Corbalán, quien era un destacado pensador chileno, hijo de una familia aristocrática, que en su juventud había viajado a Europa. Allí abrazó al calor de las lecturas los idearios de la ideología liberal, sobre todo inspirada en los grandes pensadores de la ilustración española y en especial por el pensamiento de Francisco de Miranda, el sueño de luchar por la educación y la libertad de los hombres. Años después, y también en gran parte por su inspiración, Chile decretó la libertad de los esclavos (1822).
También, y de forma no menor, estaba la necesidad de los patriotas de contar con tropas frescas para enfrentar el poder del ejército español, para lo cual la leva obligatoria de los libertos, fue fundamental para conformar los cuerpos de los ejércitos libertadores.
Pensadores como Mariluz Urquijo, han señalado que “…la emancipación coincidió con un franco retroceso del régimen esclavista[…] el humanitarismo iluminista censuraba la servidumbre del hombre por el hombre”. Destaca este autor, además, que en la sociedad rioplatense, el esclavo no cumplía una función económica especial, la mano de obra esclava podía ser una solución inmediata pero no apta para el futuro. Hasta las mismas instituciones y periódicos reflejaban una conciencia anti esclavista con anterioridad a 1810.
Como medida previa, en 1812 el gobierno revolucionario prohibió el tráfico de buques negreros, disponiendo en el artículo tercero que los barcos negreros que arribaran al puerto de Buenos Aires serían confiscados, los esclavos declarados libres y ocupados en tareas útiles para el gobierno.
LA ASAMBLEA DECLARA LA LIBERTAD DE VIENTRES
El niño nacido de madre esclava era considerado esclavo, ello, en virtud de que conforme a la legislación española, de acuerdo a la Partida IV, “el parto sigue al vientre”.
Señeramente, la libertad de vientres fue la primera medida que adoptó la Asamblea, ni bien se hubo instalado. Como un símbolo, como una indicación de la impronta revolucionaria que iba mucho más allá de la intención de sustituir el poder del monarca por otra elite ilustrada.
En esta medida legislativa, por más que algunos puedan ver en ella algo más simbólico que efectivo, se encuentra la identificación del nuevo espíritu republicano. El romper cadenas, el dar a cada hombre su condición de ciudadano, aunque en la práctica la medida se encontrara con muchos obstáculos y prevenciones, se puede decir, se revela el verdadero espíritu que transformó a Mayo, de un mero golpe de mano, en una verdadera revolución que nos llevaría a la libertad.
La analogía de la condición de la sociedad rioplatense con la esclavitud surge sin ninguna duda en las páginas encendidas de “El Redactor de la Asamblea”. Así, en su primer número puede leerse: “Si hubieramos de calcular los designios de la naturaleza por el resultado práctico de los sucesos humanos, seria preciso suponer que la esclavitud era el dogma mas análogo a nuestro destino, y que él debia ser la única base de la primeras combinaciones de un legislador. Pero aunque el quadro del universo no ofrece por todas partes, sino un grupo de esclavos envilecidos por la servidumbre, ó acostumbrados yá á la tiranía: y aunque los esfuerzos de las almas libres, al fin, al fin, solo han servido de trofeos al despotismo, presentando en la historia de los pueblos una constante alternativa de gloria y degradacion; sin embargo, la libertad existe en los decretos de la naturaleza, y por su origen es independiente de todas las vicisitudes de los siglos.
Ni los peligros que han sufrido hasta hoy la libertad, ni el progresivo envilecimiento de las repúblicas antiguas y modernas, ni la universal conjuracion del mas fuerte contra el mas debil, prueban otra cosa que las leyes á que está sujeto el gran sistéma de la naturaleza. Condenado el hombre á no encontrar la felicidad, si no al traves de los peligros é infortunios, es forzoso que pase por la alternativa del bien y del mal, siendo á las veces víctima de su propia debilidad, ó de las pasiones de sus semejantes. Así es que lejos de mirar con sorpresa el despotismo sentado sobre el sobre el trono de sus crímenes, admire mas la duracion procelosa de la libertad, porque en ella veo la imagen de la virtud triunfante, y en aquel encuentro el quadro natural de la degradacion de los mortales.
Á menos que se olviden estos principios, nadie extrañara que los esfuerzos del nuevo mundo por su independencia hayan sido combatidos, no solo por sus antiguos opresores, sino tambien por gran parte de los mismos oprimidos.
Era necesario que los anales de nuestra revolucion no desmintiesen las verdades que justifica la historia de todos los pueblos; y aun era consiguiente que el fuego de la libertad encendiese primero las pasiones antes de inflamar el espiritu público...”
Estas páginas, son sin duda alguna una fiel demostración del pensamiento de la época, en donde “las luces” intentaban iluminar el retorno a las leyes naturales, a la intrínseca dignidad de la individualidad humana, pero más aun encender con su predica el espíritu de toda la sociedad. Por eso, no muestran ningún pudor al exclamar que la medida es digna de memoria para las generaciones futuras. Al hacer referencia a la sesión del día 2 de febrero de 1813, dice el Redactor: “El día 31 de enero de 1813 durará en la memoria de la posteridad, mientras hayan almas virtuosas que aprecien las emociones de la gratitud, y recuerden los acontecimientos preventivos de su suerte. Ni el peso enorme de los tiempos, ni el trastorno de las revoluciones periodicas del globo borrarán de la historia esta época venturosa; y sea cual fuese el destino de las generaciones venideras, ellas recordarán este digno exemplo, ó para sacudir el yugo que las oprima, ó para cantar himnos á la libertad en el templo de la fama. entonces verán con religiosa admiracion los primeros conatos de un zelo filantrópico, y arrastrados por la autoridad del tiempo admirarán con entusiasmo, antes de aplaudir con reflexion. Apenas recuerden el periodo feliz en que nos hallamos, verán que suspendiendo el curso de la revolucion aparece constituida una autoridad, que consagra sus desvelos al orden, á la justicia, á la igualdad, y al bien comun de sus semejantes. Este es el sello que distingue el exórdio de sus augustas deliberaciones, y para justificar esta verdad, basta entrar en el exámen de aquellas.
Después de instalada la Asamblea, y expedidos los decretos preliminares que reclamaba el decoro público de su solemne apertura, nada pudo disputar la preferencia que daba su zelo á el digno objeto de la sesion del 2, en que acordó la libertad de los que naciesen en el seno de la esclavitud desde el 31 de enero inclusive adelante. Parece que la providencia consultando la inmortalidad de las acciones que honran á la especie humana, inspiró á la Asamblea este filantrópico designio en los primeros instantes de su existencia moral, para que no pudiese transmitirse su memoria, sin ofrecer un exemplo de equidad y justicia. Este barbaro derecho del mas fuerte que há tenido en consternacion á la naturaleza, desde que el hombre declaró la guerra á su misma especie, desaparecerá en lo sucesivo de nuestro hemisferio, y sin ofender el derecho de propiedad, si es que este resulta de una convencion forzada; se extinguirá sucesivamente hasta que regenerada essa miserable raza iguale á todas las clases del estado, haga ver que la naturaleza nunca ha formado esclavos sino hombres, pero que la educacion ha dividido la tierra en opresores y oprimidos. Mas nada hubiese adelantado la Asamblea con expedir este decreto, si desde luego no hubiese meditado las reglas que debían conciliar el interés de la justicia con el de la opinion. Á este efecto ha formado un reglamento que debe publicarse sin demora, para que no queden frustrados los saludables fines que ha tenido la Asamblea es una deliberacion tan digna de los pueblos libres que representa.”
La norma dice textualmente: “Siendo tan desdoroso, como ultrajante á la humanidad, el que en los mismos pueblos, que con tanto teson y esfuerzo caminan hácia su libertad, permanezcan por mas tiempo en la esclavitud los niños que nacen en todo el territorio de las provincias unidas del Rio de la Plata, sean considerados y tenidos por libres, todos los que en dicho territorio hubiesen nacido desde el 31 de enero de 1813 inclusive en adelante, dia consagrado a la libertad por la feliz instalacion de la Asamblea general, baxo las reglas y disposiciones que al efecto decretará la Asamblea general constituyente.
Lo tendrá asi entendido el Supremo Poder Executivo para su debida observancia. Buenos-Ayres febrero 2 de 1813.= Carlos Alvear, Presidente. Hipolito Vieytes, Diputado Secretario.”
La Asamblea se quedó a mitad de camino en la abolición de la esclavitud, no obstante un intento de proclamar la libertad de los esclavos que fueran introducidos, lo cual debía producirse a partir del día 4 de febrero de 1813, ya que esta última resolución fue dejada sin efecto por exigencias de la corte portuguesa, para evitar la fuga masiva de esclavos hacia la frontera de las Provincias Unidas.
La idea de declarar la abolición de la esclavitud fue dejada de lado cuando no se aprobó el proyecto de Constitución Nacional que elaboraron los miembros de la comisión redactora a los que encomendó la tarea la propia Asamblea.
El proyecto de Constitución de la Comisión Oficial de la Asamblea, contemplaba en el Capítulo VI Art. 1 que: “Son ciudadanos los hombres libres que, nacidos y residentes en el territorio de la república, se hallen inscriptos en el rejistro cívico. Ningún hombre nace esclavo en el territorio de la república, desde la aceptación de la constitución. Los esclavos que de nuevo entrasen de otro territorio estranjero adquieren libertad por el solo hecho de pisar las tierras de la república.”
Por su parte, el Proyecto de Constitución de la Sociedad Patriótica de 1813, que competía con el proyecto oficial, tenía sin embargo otros contenidos. Establecía en el Cap. 2° art. 5. :” Los dros. del hombre son la Vida, la honra, la livertad, seguridad, la igualdad, y la propiedad.”
Y el art. 7. del mismo capítulo decía: “La libertad es la facultad de obrar cada uno a su arbitrio sin violar las leyes ni dañar a los dros. de otro.”
Por su parte, el art. 207 del Capítulo 23° (De la Seguridad Individual), establecía: “Todo hombre tiene libertad para permanecer en el territorio del Estado o abandonarlo quando no guste su residencia.”
Pero en el proyecto de la Sociedad Patriótica, la ciudadanía y sus derechos era “calificada”. Así, si bien el art. 17 del Capítulo 4° proclama que todo hombre libre y nacido y residente en el territorio de las Provincias Unidas, es Ciudadano Americano desde que llega a la edad de veinte años, en el art. 22° de este mismo capítulo se excluía de la ciudadanía a los que no saben leer y escribir, y en el Cap. 5°, al referirse a los modos de perder y suspender la ciudadanía, se establece que se pierde ...art. 29 “Por el domestico asalariado”, y art. 30. “Por no tener propiedad u oficio lucrativo.”
Es decir, los libertos y aún los hombres libres que sirvieran en el servicio doméstico estarían excluidos de la ciudadanía, y obviamente las clases más bajas de la sociedad que no tenían acceso a la educación elemental.
EL REGIMEN DEL PATRONATO
La voluntad declamada por reconocer la igualdad de todos los hombres plasmada en el decreto de Libertad de vientres, no fue sin embargo idéntico a reconocer un estátus de hombre libre al “liberto”, sino que la prevención, la cultura de la discriminación, la economía y la presunta prudencia política, llevaron a establecer un régimen denominado “Patronato”.
Luego de sancionada la Libertad de Vientres, se dictó el “Reglamento para la Educación y Ejercicio de los Libertos”, el que normaba la aplicación de este estátus particular, generando un vínculo especial entre el amo y el hijo de la esclava. De ser amo, pasaba a transformarse en “patrono”.
Los patronos debían denunciar los nacimientos de los vientres de sus esclavas a la Policía o al Cabildo.
Las madres esclavas tenían el derecho de conservar consigo a sus hijos durante los dos primeros años de vida, pero los niños libertos debían permanecer bajo la tutela del patrono hasta cumplir los 20 años para los varones y 15 las mujeres.
El sistema no era mucho mejor que el régimen esclavista, ya que el liberto podía ser transferido a un nuevo patrono, podía ser alquilado e incluso el patrono podía hacer uso de castigos físicos.
Sin embargo esta condición cesaba y la libertad plena final llegaba para el liberto, sin otra limitación que el prejuicio que ciertos sectores de la sociedad continuó teniendo hacia los hombres de piel oscura.
LAS LEVAS DE LA PATRIA
Dijimos más arriba que una de las principales razones por las cuales el gobierno patrio buscaba generar libertos, era la integración de los ejércitos republicanos.
El 31 de mayo de 1813, la Asamblea dicta una resolución por medio de la cual se dispone recomponer el Batallón de Infantería Nº 7, el cual había sido diezmado luego del desastre de Huaqui. Así se crea, con la incorporación de esclavos comprados a los vecinos de Buenos Aires, el Batallón de Libertos o Batallón Nº 7, el cual se puso al mando del Teniente Coronel Toribio de Luzuriaga. Este batallón, según se consigna en la página oficial del Ejército Argentino, contaba con una plana mayor, cuatro compañías de infantería o fusileros, una de granaderos y una de cazadores.
Comenta Marta B. Goldberg que “San Martín contó casi desde el principio con la creciente participación de las castas en sus tropas. Cuando a fines de 1813 recibió órdenes de hacerse cargo del Ejército del Norte, sus tropas se componían de 1200 hombres, de los cuales 800 eran negros libertos, que servían en la infantería. Estos batallones acompañaron a San Martín en su campaña libertadora. Cuando condujo su ejército a través de los Andes hacia Chile, en 1816, la mitad de su fuerza de ataque estaba compuesta por libertos reclutados en Buenos Aires y en las provincias de Cuyo, organizados en batallones de infantería y artillería.”
Continúa su magnífico relato la autora que citamos, diciendo que: “Entre 1816 y 1823 libraron y ganaron batallas en Chile, Perú y Ecuador. Son abundantes los testimonios de que los afrosoldados estuvieron presentes en todas las acciones que se libraron en el interior, en Paraguay, la Banda Oriental, el Alto Perú, Chile y muy posteriormente en las de la Triple Alianza contra el Paraguay.”
Es decir, que la Nación Argentina tiene una deuda de gratitud -aun no saldada- con el sacrificio que estos hombres de color, la mayoría de los cuales ha sido olvidado, y que ofrendaron su vida para la libertad y la independencia de la Patria.
CONCLUSIONES
Puede decirse, que sin lugar a dudas, que si bien la Asamblea del Año XIII no declaró la libertad de los esclavos, y sin embargo mantuvo muchas de las instituciones esclavistas, las que sólo fueron definitivamente abolidas con la Constitución Nacional de 1853, asentó con la “libertad de vientres” un durísimo golpe al sistema injusto que privaba a los hombres de su libertad natural, y con ello transformó el sistema productivo en el Río de la Plata, permitió la incorporación de nuevos ciudadanos a la incipiente república y dotó de importantes fuerzas militares a los ejércitos libertadores.
La impronta republicana y democrática de estas reformas, resultaron fundantes de la nueva nacionalidad, la cual, para distinguirse del antiguo régimen realista, no podía sino reconocer la igual esencial de todo hombre nacido de mujer.
martes, 20 de agosto de 2013
El retrato profético por Giovanni Papini (Palabras y sangre, 1912).
Siempre he tenido pasión por los retratos, y, para satisfacerla, he procurado conocer a cuantos pintores he podido. Desde hace casi quince años frecuento los estudios y poso, en pie o sentado, ante mis amigos.
En los primeros tiempos, cuando era todavía más pobre de lo que soy ahora, hacía lo imposible para llegar pronto a tutearme con los pintores jóvenes y pobres e inducirlos a hacerme el retrato, y la mayoría de las veces conseguía que me lo regalaran, una vez estaba terminado.
Cuando tuve algún billete de diez o de ciento a mi disposición, la cosa se hizo más fácil, y creo que me he hecho retratar no menos de tres o cuatro veces al año y siempre por pintores diferentes. Mi casa es una especie de odiosa galería, en la que por lo menos tres cuartos están llenos de caras mías de todas las edades, a partir de los dieciocho años, que me miran desde los fondos claros o negros de las telas, asomadas a los bastidores dorados de los marcos de estuco. Tengo un corredor un poco oscuro que está lleno de ellas a ambos lados. Confieso que por la noche me molesta tener que pasar por él: aquellos rostros, todos desiguales y que, sin embargo, se parecen, me turban, me dan casi miedo. Me parece haber dado un poco de mi alma a cada uno de mis dobles de tela y color y de haberme quedado con un alma empobrecida y estupefacta.
Hay a mi alrededor perfiles a la sanguina apenas esbozados, bajo vidrio; pasteles en anchos marcos blancos; dibujos coloridos y grandes telas pintadas al óleo. Y yo me vuelvo a ver allí, en todas las posturas y en todas las medidas: jovencillo un poco estúpido, de perfil; cara elegiaca de poeta sobre un fondo desvaído de rocas azules; ceño satánico de polemista con la cara ansiosa y los ojos alterados dentro de un cielo todo negro; panzudo, buen hombre, con las mejillas bastante rojas y los bigotes rubios; joven pálido y cansado, con la cabeza apoyada románticamente en una mano; máscara enflaquecida y espectral, sin cuello ni busto, como una aparición a la boca de una caverna. Y soy siempre yo, y siempre distinto, y solamente yo: con bigotes y sin bigotes, con lentes y sin lentes, enfermizo o con buena salud, feroz o abatido. Y por todas partes hay pares de ojos grises, o celestes, o verdosos, que me miran y contemplan fijamente mis ojos y parece que me pidiesen algo, como si yo tuviera la culpa de su inmovilidad. Me acuerdo de algunas noches en las que he creído perder para siempre aquella apariencia de razón que me ha permitido, hasta ahora, salvar mi libertad.
Y, sin embargo, mi pasión duraba, y si por casualidad conocía de cerca a un nuevo pintor, no me daba paz hasta que me había hecho el retrato. No obstante, más de una vez eran los mismos pintores quienes me rogaban que posara para ellos, ya fuera porque tuvieran necesidad de modelo, o conocieran mi debilidad, o los atrajera mi larga cara, blanca y atormentada.
Uno de éstos fue un ruso de nombre alemán que conocí en Florencia hace seis o siete años. Ya la segunda vez que le hablé me rogó que fuera a su estudio. Me dijo que necesitaba mi rostro para pintar un alma: éstas fueron sus palabras exactas.
Fui a su estudio y me quedé incluso a cenar; pero lo que entonces hacía no me dio una gran idea de su talento. Eran paisajes descoloridos e indecisos sobre tablitas de madera: cipreses delgadillos sobre cielos sucios y sin aire; jorobas de montañas sin estilo y sin carácter; crepúsculos color yema de huevo con desgraciadas nubes de chocolate.
-No es esto lo que quiero hacer -me repetía-; éstas son porquerías; lo sé yo sin que me lo digan. Vuelva; haré su retrato; siento muchísimo su alma. Ya verá cómo hago una cosa bonita, una cosa maravillosa.
Prometí volver, pero no volví. Perdí de vista a Hartling durante más de un año. Cuando lo encontré, una mañana de invierno, por casualidad, tuve que volver a hacerle la promesa. No había abandonado la idea y deseaba más que nunca retratar mi rostro.
-Le diré sin ceremonias -me dijo- que muchas cosas han cambiado: tengo absoluta necesidad de trabajar y ganar. Todos mis asuntos de Rusia van muy mal: hace dos meses que no recibo un céntimo. Estoy arruinado. Ni siquiera tengo bastante dinero para ir tirando. Lo he empeñado todo, lo he vendido todo. Me veo obligado a vivir de mi trabajo. Sin embargo, para reponerme, tengo necesidad de hacer una buena pintura, un retrato extraordinario que dé el golpe, del que se hable. Su cabeza me inspira muchísimo y me traerá suerte.
No creía mucho en sus esperanzas; sin embargo, acepté con la intención de mantener mi compromiso. Pocas semanas después fui a verlo y empezamos en seguida el retrato.
Estaba en otra casa y el estudio había cambiado. Ya no estaban las viejas pinturas estúpidas que había visto. Hartling se había transformado. Había encontrado por sí mismo el impresionismo. Hacía ahora paisajes inmensos, solitarios, todos embebidos de luz, con campos y montañas que parecían hechos de sol y de piedras preciosas. Los colores, todos los colores puros, fuertes, descarados, se derramaban de las nuevas telas. Bajo la pérgola de un jardín, bajo las hojas transparentes de un verde casi dorado, dos horribles rostros de hombres afeitados y rubios miraban insistentemente con cuatro ojos de mosaico rodeados de negro. Aquellas dos caras de manchas violetas, amarillas y verdes eran vivísimas e inverosímiles.
Hartling me miraba sonriendo y espiaba en mi cara el efecto de aquella transformación. Le dije que verdaderamente estaba muy sorprendido y que nunca hubiera esperado un cambio tan veloz, o, mejor, superación.
-Verá cosas mejores -me respondió-. Esto de aquí no es nada. No perdamos tiempo; trabajemos.
Una tela en blanco estaba ya tensada en el bastidor y colocada sobre el caballete. Una silla de madera blanca estaba dispuesta para mí sobre una caja de cuadros, a la izquierda del caballete.
Hartling encendió un cigarrillo y empezó a pintar. Me miraba fijamente medio minuto, a veces con desprecio, otras con una sonrisa entre irónica y satánica, y luego trabajaba afanosamente durante un minuto o dos, sin mirarme, sin levantar los ojos del cuadro. Cuando había terminado, retrocedía hasta la pared y contemplaba su trabajo, doblando la cabeza a derecha e izquierda. Luego avanzaba a grandes zancadas hacia mí, y volvía a mirarme, y retrocedía otra vez, y de nuevo avanzaba, y hacía los pasos tan largos que las rodillas casi se doblaban hacia atrás.
Hartling no era un hombre que diera miedo: todo lo contrario. Era alto, delgado, blanco, con una cara absolutamente corriente y una barbita a la francesa, rubia y blanda, que hacía pensar más en un maestro de lenguas que en un pintor; vestía con rebuscamiento, como un jovencito que busca mujer, y no tenía de particular más que las mejillas, siempre un poco húmedas y emblanquecidas de polvos. Y, sin embargo, aquel su ir hacia adelante y hacia atrás, aquellas sonrisas irónicas, aquellos ligeros gruñidos de alegría insatisfecha, me ponían nervioso. Incluso el rumor sordo de sus pantuflas, que golpeaban la estera, tenía un no sé qué de desagradable.
Después de una hora y media de sesión, cubrió el cuadro y no quiso que mirara lo que había hecho. Volví a la mañana siguiente y también a la otra. Con los mismos gestos y el mismo misterio, la obra continuó. La cuarta mañana me tuvo sentado poquísimo tiempo.
-Tengo necesidad de los ojos -me dijo-. Mire como si tuviera delante un enemigo al que está a punto de derrotar a fuerza de sarcasmos.
Procuré obedecerlo, y al cabo de un cuarto de hora me anunció:
-Está hecho. Venga a verlo.
Salté de la silla y corrí ante el retrato.
La tela no estaba toda cubierta de color. En el centro se distinguía, mirando un poco de lejos, una cara que con certeza no era la mía. Sobre una frente casi verde sobresalían dos mechones de cabellos rojizos; una mancha negra, a la izquierda, debía de representar un ojo; el otro ojo estaba hecho con pequeñas manchas verdes y violetas entre una mancha mayor blanca y una sombra negra debajo. La nariz se parecía bastante, pero la boca estaba hecha con dos borrones arqueados de sangre y una hilera de dientes enormes. Debajo del mentón, un cuello blanco sucio y una corbata color granate que yo nunca me había puesto. El vestido se perdía en una confusión de negro de hollín. Alrededor de la cabeza, grandes bandas fantásticas de verde, de rojo vino y de violeta aguado.
-¿Qué tal? -dijo Hartling, sonriendo con placer-. ¿No le parece mi pintura más original? Es que no me he preocupado de pintar su cara, sino de detener un momento de su espíritu para toda la eternidad.
Pedí tiempo para verla mejor. Finalmente, cuando la hube mirado por todas partes y desde todas las distancias, me convencí de que no había visto nunca una traición tan grotesca. Allí dentro no había nada de mí. Y esto no me hubiera importado mucho, pero el conjunto no era, en absoluto, armonioso ni profundo. La extrañeza terminaba en la negación de sí mismo, volvía al grabado imbécil, al arabesco incongruente, a la mancha fortuita, a la nada.
No pude evitar insinuar mis impresiones a Hartling. Él intentó explicarme con cierta indulgencia el significado de los colores, los misterios de las pinceladas, la razón de las disonancias y la necesidad de los borrones manifiestos.
-Es preciso vivir dentro de él, estar cerca, volverlo a ver -me dijo como conclusión-. Esta obra es de tal manera original, que ni yo mismo sé cómo la he podido hacer.
Me fui prometiendo volver, pero firmemente decidido a no comprar el retrato. Estuve más de una semana sin ir a ver a Hartling.
Pero un día un amigo me contó que Hartling, locamente enamorado de su obra, había invitado a todos sus amigos y a algunos críticos a ver el retrato. Como muchos de los que conocían a Hartling me conocían también a mí, esta noticia no me satisfizo nada. Volví a casa del pintor. Encontré en el estudio a dos señoras alemanas y a un judío húngaro que contemplaban con gran atención la llamada cara mía. Tuve que callarme. Hartling estaba explicando su teoría del retrato espiritual. Las señoras alemanas lo admiraban y el hebreo tomaba apuntes en su cuaderno. Hartling me preguntó si ahora me gustaba más. Procuré poner un poco de orden con la mirada en aquella mezclada porquería de colores, pero sólo conseguí encontrar dos o tres frases de admiración convencional, que Hartling comprendió en su verdadero sentido.
-Ya veo que mi retrato no le gusta -me dijo-. Lo siento mucho, porque creo que es mi obra maestra y me temo que nunca haré nada mejor. Pero no quiero obligarlo a tenerlo y le devuelvo la promesa de comprarlo.
Simulé resistirme, pero estaba contentísimo de haberme librado del compromiso. No quería llevarme a casa una basura semejante y, además, pagarla.
A los tres meses supe que Hartiing había expuesto mi retrato en Venecia y, según los periódicos, produjo cierta impresión. Había puesto en el catálogo mi nombre y apellido, y todos los que me conocían o sabían algo de mí comenzaron a hacer los más burlones comentarios del mundo. No podía tolerar una afrenta semejante. Que aquel terrible embrollo de colores apareciese a los ojos de todos con mi nombre; que aquel monstruo no dibujado y mal colorido pretendiese representar mi persona y, de rechazo, mi alma, eran para mí atroces ofensas. Pensé que la única salvación era comprar el retrato. Precisamente en aquel momento tenía muy poco dinero, apenas el suficiente para ir hasta Venecia. Hartiing había pedido por su cuadro un precio muy bajo -quinientas liras-, señal de que tenía absoluta necesidad de vender. Pero yo no tenía quinientas liras. Sin perder tiempo elegí unos cuantos libros viejos y llevé a vender los que ya no me interesaban. Empeñé una gran cadena de oro que no llevaba nunca y pedí prestados cien francos a un tío mío. En cuanto llegué a Venecia corrí a ver al secretario de la Exposición y pagué el retrato. Pero no fue posible tenerlo en seguida. De todas maneras, estaba ya seguro de que después de la clausura no rodaría más por el mundo enseñando mi ridicula efigie.
Cuando el retrato me llegó de Venecia, lo puse, sin sacarlo de la caja, en un desván y no pensé más en él. Supe que Hartiing había vuelto a Rusia y que se encontraba muy mal. Al cabo de unos años -cinco o seis- tuve que cambiar de casa, y apareció la caja, todavía cerrada. Una vez en la casa nueva me entraron ganas de abrirla para ver si merecía la pena conservar el retrato, como una curiosidad, o bien destruirlo.
Durante aquel tiempo muchas apariciones dolorosas habían ocupado mi vida y yo no había pensado más en Hartiing ni en su retrato. Me sentía envejecido y otro hombre, y sonreí al recordar la furia que me hizo correr a Venecia para rescatar aquella deformidad calumniosa.
Abrí la caja y puse el retrato un poco en la sombra, en el suelo, apoyado en la pared, bajo un gran espejo.
¡Cuál no fue mi asombro al darme cuenta de que el retrato, ahora, se me parecía!
En la penumbra de la habitación, mi rostro se destacaba como una aparición imprevista, todo maravillado y pensativo, como si quisiera reconocer el mundo. Las manchas de los ojos, vistas así, de lejos, tenían una expresión singular, aquella misma expresión de maldad y de nostalgia que latía ahora en mis ojos reflejados en el espejo de encima. Y mi boca roja, con los dientes blancos, reía de verdad, es más, sonreía, sonreía como sonreía yo en aquel momento, con la misma y exacta mueca de los labios, mueca un poco de repugnancia y un poco de rabia, que yo veía delante de mí, encima del cuadro. Incluso los mechones de cabello tenían la misma forma y la misma fuerza, y me vi obligado a llevarme las manos a la frente para hacer desaparecer aquellas llamas de diablo refractario. El aire de mi rostro era aquél; el espíritu que manaba de las facciones era el mismo: la semejanza era, dentro de los límites del arte, perfecta. Aquel retrato, que seis años antes era una inmunda caricatura, se había convertido en mi retrato exacto y profundo. Hartiing había visto mi yo futuro de seis años después y lo había pintado. Había adivinado mis sufrimientos, mis enojos, mis melancolías; había anticipado, con el pincel, las arrugas de mi boca y las alteraciones de mis rasgos. No había sido capaz de fijar mi rostro de entonces, pero había presentido mi rostro de ahora.
Apenas repuesto de la sorpresa, me dije que Hartling era un extraño genio y yo un imbécil mezquino. Aquel mismo día colgué el retrato en mi cuarto, delante de la cama, y corrí a ver a un amigo común para pedir noticias de Hartling. Nuestro amigo no sabía nada de él, pero escribió a un hombre que vivía en Alemania y que estaba, sin duda, en relación con el gran pintor. La respuesta llegó pronto, con las noticias y la dirección de Hartling. Estaba en Berlín y prosperaba. Me propuse ir a encontrarlo apenas pudiera.
La ocasión llegó pronto: un premio inesperado me permitió, pocos meses después, trasladarme a Berlín. El día mismo de mi llegada corrí a ver a Hartling. Encontré, con gran maravilla por mi parte, una casa señorial, un estudio de lujo y una gran cantidad de retratos que parecían oleografías refinadas o fotografías coloridas con mucha paciencia. Hartling apareció con su barbita rubia, un poco más gordo y un poco más viejo, pero elegantísimo. Me saludó fríamente y no pareció muy entusiasmado de mi visita. Apenas si tuve el valor de hablarle de mi retrato y del maravilloso descubrimiento que había hecho.
-¿De verdad? -me dijo, mirándome con dos ojos sin alma-. ¿Lo dice de verdad? Yo estoy seguro de que debe de ser una gran porquería. Entonces no sabía pintar y no entendía nada. El arte, mi querido amigo, debe rivalizar con la Naturaleza. Es preciso reproducir escrupulosamente la realidad a fuerza de paciencia y, todo lo más, embellecerla con gusto. Es preciso gusto y elegancia; sobre todo, elegancia. Mire: he sufrido hambre cuando estaba en Italia; mucha hambre. Ahora he aprendido: mis retratos se buscan y se venden. No menos de diez mil marcos cada uno, querido amigo, y mis clientes se cuentan entre las primeras damas de Prusia. Ahora sé dibujar con garbo y colorear con delicadeza, ya no padezco hambre y como muy bien. A propósito: ¿quiere quedarse a comer conmigo?
Me salvé fácilmente de la invitación y, con dos burdos cumplidos, salí. Apenas fuera de la puerta, comencé a correr.
El terror de tal nuevo encuentro solamente era comparable con el del redescubrimiento del retrato profético. Desde aquel día he dicho que no a todo pintor que ha pedido retratarme.
FIN
martes, 17 de julio de 2012
Antigua bendición (anónimo)
Que el camino venga a tu encuentro,
que el viento sople siempre a tu espalda,
que el sol te de siempre en tu cara,
que la lluvia caiga lentamente en tu campo y hasta,
que volvamos a vernos... Que Dios te tenga en la palma de su mano.
miércoles, 18 de abril de 2012
Invocación al Divino Redentor
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.
viernes, 13 de abril de 2012
RINCON DE LOPEZ - Triunfo - de A.Merlo y O.A.Alvarez
Como homenaje a ese grandioso autor, intérprete y guitarrista de nuestra Pampa surera, don Alberto Merlo.
Se lo verá galopando por los caminos del cielo, con su guitarra en la espalda, arriando vientos. Aquí el Triunfo "Rincón de López", que relata la historia de una típica estancia argentina, en tiempos de los malones.
Don Clemente López Osornio, fue abuelo del Restaurador de las Leyes, Don Juan Manuel de Rosas:
/"Donde muere el Salado, Rincón de López,
lo nombre, Rincón de López./
Retumbar de los Pampas, grito y galope,
escuchen, grito y galope./
Allí está don Clemente López Osornio,
lo nombro, López Osornio./
Peleando entre sus gauchos, hombro con hombro,
escuchen, hombro con hombro./
El sable y la tacuara, no están de adorno,
en lo de López Osornio./
El indio es como un viento, cuando enderieza,
la pucha cuando enderieza./
Y el gaucho por coraza usa guapeza,
ahijuna, si usa guapeza./
Ese rincón pa´l indio es una valla,
la pucha si es una valla./
No se le oye un gemido, pelea y calla
ahijuna, pelea y calla./
Acerquensé crinudos, pisen la raya,
ahijuna pisen la raya."/


viernes, 30 de marzo de 2012
LA AUTOPSIA DE CRESO por Leopoldo Marechal
Ante las proximidades de las Pascuas de Resurrección, quiero rendir un sentido homenaje a ese gran maestro, poeta, escritor, ensayista y filósofo que fue Leopoldo Marechal.
Ustedes dirán, ¿qué tiene que ver Marechal con las Pascuas? Mucho, porque si leen la Autopsia de Creso, que aquí reporduzco con mucho respeto y admiración, verán que el texto si bien escrito en el siglo XX, guarda toda su frescura, mordacidad y veneración por Dios, al describir la penosa deformación que la ambición ha hecho de la sociedad humana. Felices Pascuas de Resurrección.
1.- Amigo Velazco: el asunto de Creso, acerca de cuya entronización, y tiranía conversamos tantas veces a favor de mi lámpara, entrará hoy en este Cuaderno según el pie científico de una necropsia. En rigor de verdad, Creso no ha bajado aún a la tumba, sino que agoniza velozmente; por lo cual, y mejor que una necropsia, le convendría una biopsia in extremis. Pero su fin se halla tan próximo que, a mi juicio, no pasará la noche. Dios ejerce una Misericordia tan abismante como su Justicia y su Paciencia. Debo recordarle, ante todo, que la innoble figura de Creso no hace fluir ahora por vez primera la tinta ecuánime de mi estilográfica: ya la describí hace años en mi “Adán Buenosayres” (y en su Infierno de la Violencia), donde Creso aparece junto a los ladrones, como responsable del “robo universal” más tremendo que haya soportado el siglo. En estas páginas estudiaré la magnitud y natura de tan formidable asalto; y sobre todo sus consecuencias desastrosas, ya que nuestro buen hombrecito, detrás de sus fines, utilizó como armas la mistificación y la corrupción, de modo tal que, bajo su férula, no quedó ninguna institución, arte o saber humanos que sea hoy reconocible en su nobleza original.
2.- Necesito aclararle previamente que, bajo el nombre de Creso, me propongo describir al representante del Tercer Estado social, o al homo oeconomicus; al “burgués”, en suma, tal como lo define cualquier diccionario de la lengua. En rigor de justicia, Creso al. igual que los integrantes de las otras castas o estados, responde a una “función social” rigurosamente necesaria: responde a ella y no a otra, porque su naturaleza intrínseca o su “vocación individual” lo incorpora naturalmente a esa clase y lo declara idóneo para tal función. En consecuencia, lo que define a Creso no es una desmedida posesión de la riqueza corpórea, sino una “mentalidad” sui generis que le hace apetecer y buscar dicha riqueza. En tal sentido, hay millonarios que no son Cresos y hay Cresos que no tienen un centavo. Le diré más aún: el mundo presente, obra de la tiranía secular a que lo sometió Creso, está uniformado ahora por esa “mentalidad” que le imprimió el Hombrecito Económico en tren de universalizar su reinado. Y verá usted al fin que la solución integral de los problemas que hoy nos aflijan estaría en que todos y cada uno de nosotros advirtiéramos hasta qué punto esa “mentalidad”, nos ganó el ser y en destruir sus manifestaciones con métodos adecuados.
3.- Pero, ¿cuál es la función de Creso en el organismo social que integra? Es una función doble: a) ”producir” la riqueza material o sustento corpóreo del organismo; b) “distribuir” equitativamente la riqueza en todos los miembros del organismo social. Yo diría que tal es la “virtud” inalienable de Creso; y sobre todo lo es en la segunda parte de su función, la que lo declara específicamente un hombre oeconomicus, ya que la palabra Economía, en sus raíces originales, no tiene otro significado que el de “Justicia en la distribución”. Si Creso ejerce tal “virtud” con honradez, está bien sentado en la balanza; y el organismo social funciona en armonía, vale decir con salud. Desgraciadamente, Creso tiene un “vicio” que se manifiesta en oposición a su “virtud”: la sensualidad de la riqueza. Tal vicio lo inclina (o puede inclinarlo) a cierta “mística de lo material”, a convertir lo corpóreo en un dios y a usufructuar ese dios en su propio y excluyente beneficio. Para evitar ese riesgo, el Hombrecito Económico está controlado “normalmente” (vale decir en subordinación jerárquica) por dos frenos distintos: uno “interior” o espiritual y otro “exterior” o social. El freno interior es el que le opone su conciencia religiosa, le impide consumar el desequilibrio o pecado de una injusticia social en el orden económico. El freno exterior es el que le impone a Creso el “segundo estado” social, el de los Milites, cuya función no es otra que la de asegurar la defensa, el orden y la justicia en la organización humana.
4.- Y ya es tiempo, amigo Velazco, de identificar a los agonistas que obran en esta lamentable y a la vez risible tragicomedia. Son cuatro personajes llamados a cumplir las cuatro funciones necesarias al organismo social: Tiresias, el sacerdote, pontífice del hombre (o el que le “hace puente” hacia su destino sobrenatural); Ayax el soldado, que asegura, como ya dije, la defensa, el orden y la justicia temporales en la organización; Creso, el rico, llamado a producir y distribuir la riqueza material o corpórea que necesita el organismo; y Gutiérrez el siervo, pinche o ayudante de Creso en sus operaciones económicas. Las dos riendas que controlan a Creso en sus posibles desbordes están, pues, una en las manos de Tiresias, el cual, doctor y enseñante de los Principios Eternos, “legisla” su aplicación al orden temporal del organismo todo; la otra rienda está en las manos de Ayax el guerrero, que obra como “brazo secular” a fin de que sea cumplida esa legislación a la cual se halla sujeto él mismo.
5.- Ahora bien, para que llegara Creso a librarse de una y otra riendas y a constituir ese reinado suyo que anochece ahora y que lo puso a la cabeza de la jerarquía social, fue necesario que el Hombrecito Económico se “insubordinase” contra Tiresias el sacerdote y contra el soldado Ayax. Naturalmente, dada su naturaleza pusilánime, Creso no habría intentado ese motín si la jerarquía social no se hubiese resentido antes por una insubordinación de Ayax contra Tiresias, motivada por alguna debilidad culpable del mismo sacerdote. Porque también Ayax y Tiresias en oposición a sus “virtudes” especificas, tienen como posible un “vicio” en sus caracteres. El vicio de Tiresias (cuya función es la de ser el motor “intemporal e inmóvil” del organismo social, en analogía con la Causa Primera) suele inclinarlo al dominio de lo “temporal” y a su esfera de “agitación”, con lo cual invade la órbita del quisquilloso Ayax, que puede resentirse. Y el vicio de Ayax el soldado finca en el “orgullo de la fuerza” y en la “sensualidad del poder”, que suelen llevarlo a las guerras de conquista en su propio beneficio. Y Ayax, lanzado a tales fines, deberá sublevarse contra Tiresias, cuya función es justamente la de controlar y reprender al soldado en sus desbordes. Una vez triunfante, Ayax ha de explotar a Creso, de cuya riqueza material necesita, en apetito creciente, a fin de costear, sus lujosas campañas y sus no menos lujosas pasiones. No es mucho, pues, que el Hombrecito Económico, harto de impuestos y gabelas, comience a soñar en su propia rebelión contra el militarote, alentado por su codicia personal y el mal ejemplo de Ayax frente a Tiresias.
6.- Velazco amigo: esto que parece una fabulita no es tan simple como lo aparenta. Un filósofo de la Historia, provisto de aguda nariz, puede rastrear la cronología de tales insubordinaciones, como lo hizo René Guenon en su Autorité spirituelle et pouvoir temporel (Autoridad espiritual y poder temporal), circunscribiéndose a la primera y segunda casta sociales. Yo he dedicado mis ocios a la tercera; y voy a decir cómo ese hombrecito Creso llegó al poder mundial, qué hizo desde su trono y cuáles fueron y son las consecuencias de su tiranía. Me apresuro a reconocer honradamente que, dada la insignificancia intelectual de Creso, los resortes astutos que obraron en su entronización deben imputarse, más que al Hombrecito Económico, a la “línea de fuerza” negativa o satánica, que parece acelerar el “descenso cíclico” en las ultimas centurias, la cual es hace patente no sólo en su “artería”, sino también en el “sarcasmo” de mala leche que trasuntan las acciones de Creso, aunque no se de cuenta él de su insanable ridículo.
7.- Se ha establecido ya definitivamente a la Revolución Francesa como el trance histórico que determina la exaltación de Creso al poder mundial. Aunque la intervención de Gutiérrez el servil en la revuelta de Creso añadió a los episodios algunas tintas de color “masivo”, y pese a la romántica declaración de los Derechos Humanos y sus consecuentes libertades, la Revolución fue una gesta de la burguesía en sus causas, en su desarrollo y en sus efectos ulteriores. Ya veremos cómo trató Creso al pobre Gutiérrez, no bien consolidó su reinado, ya qué se redujeron las famosas “libertades” tan cacareadas por el Hombrecito Económico. Es evidente que la gloria nada limpia de Creso triunfante es la de haber impreso “su mentalidad” a todo un mundo, en la más triste de las “nivelaciones por abajo” que haya conocido la historia. Y es también evidente que nuestro inefable Hombrecito no habría logrado ese triunfo ecuménico si “su mentalidad” no hubiera sido ya la del común de las gentes, mucho antes de la Revolución Francesa. Porque un líder o una mentalidad no triunfan en la historia si no encarnan o personifican un estado público de conciencia definido a veces con secular antelación. Pero ¿qué ingredientes conforman la “mentalidad” de Creso?
8.- Dije ya que la conforma cierta inclinación irresistible y delectable hacia lo material o corpóreo, inherente a su misma naturaleza y al carácter de su función. Más allá de la frontera que limita su envoltura corpórea con su alma, el excelente Creso manifiesta una “racionalidad” sui generis. No es la noble Razón humana que bien ejercida y en toda su amplitud es capaz de alcanzar las verdades eternas, aunque indirectamente y en su concepto: la Razón del Hombrecito Económico es un arrabal o suburbio de la misma, una facultad “minimizada” que solo actúa en el orden práctico de la materia o en la región subliminar de la mente con lo corpóreo: la “racionalidad” de Creso no puede ir más allá del bon sens que se universalizó después como atributo de la mentalidad burguesa. Por consiguiente, y ante lo divino y sobrenatural, Creso tiene la sola vía de una Fe a oscuras bien que suficiente: si anda en ella, obra según la doctrina que le enseñaron, Creso es un “justo” y Tiresias lo bendice. Pero Tiresias no es un optimista con respecto a ese hombrecito que, por su naturaleza y función, vive in sensibus y se abandona enteramente a la ilusión de lo que se toca, se mide y se pesa; que si medita (y es raro), se pierde o en los zarzales de la “duda” o en las noches del “escepticismo”; que si le dan alas, gritará sus dudas metafísicas o sus escepticismos en insolentes negaciones o en ironías blasfematorias; que si no medita (y por fortuna es lo normal), se hace sólido en una “indiferencia” de leño; y que asiste a los ritos de su iglesia como a una obligación de carácter social, o como a una Junta Directiva en que vagamente se gestiona el para él no menos vago “negocio del alma”.
9.- Tal es la mentalidad que divulgó Creso antes de su reinado y que universalizó después hasta sus últimas consecuencias. Justo es decir que no fue Creso el iniciador o promotor de tan formidable desequilibrio (no es cuestión de cargarle a él todo el muerto que nos ocupa). Fue Ayax el guerrero quien, al levantar su mano parricida contra Tiresias, inauguró el camino de las insubordinaciones, ya que abrió la primera “brecha” (la más honda) en la unidad hasta entonces monolítica de la organización social. Amigo Velazco, la salud del cuerpo social depende, como la del cuerpo humano, de la “armonía solidaria” en que se cumplen sus funciones vitales, de acuerdo con un orden o equilibrio que dicta la propia “necesidad” (y así lo vio Shakespeare en la segunda escena de Coriolano). Toda enfermedad del cuerpo, si bien lo mira, no es más que una ruptura del equilibrio en que se ordenan sus funciones; por eso el arte de la medicina se reduce a combatir el desorden y a restablecer el equilibrio roto. Ahora bien, ¿qué desorden introdujo Ayax al rebelarse contra Tiresias?
10.- Ayax desacató su “autoridad espiritual” de sacerdote, lo cual era ya funesto para la jerarquía equilibrante que dije. Pero lo más “injusto” (y difícilmente remediable) fue que, negando a Tiresias en su autoridad, Ayax abría un rumbo posible al menosprecio, duda o negación de la “ciencia sagrada” que poesía el sacerdote y que, abarcando el destino “sobrenatural” del hombre, ordenaba también una “metodología” tendiente a lograr ese destino a partir de la sociedad terrestre y en su misma organización. ¿Cómo se dio el primer soslayamiento de tan vital doctrina? La lección metafísica de Tiresias es “revelada” y por tal de origen “no humano”: también es “no humana” en su noción del hombre trascendente, cuya realización metafísica le exige la superación de su “individualidad humana” en otro plano de la existencia universal, y en última instancia su reabsorción en el Principio Eterno que ahora se le revela como su Fin. Soslayada o puesta en duda esta doctrina en sus aspectos “no humanos”, es fatal que la noción del hombre se mutile y circunscriba, desde el motín de Ayax a su solo aspecto “humano”, cuya exégesis y exaltación producirá en adelante todas las ilusiones “humanistas” que sabemos. Y añadiré Velazco amigo, que así negada en su Principio y en su Fin sobrenaturales, la existencia del hombre acabó por ser entendida cono un deporte ininteligible y hasta “nauseabundo”, al cual somos lanzados no sabemos por quien ni cómo ni para qué, según lo dicen y lloran los existencialistas de hoy. Claro está que, para ello, era necesario correr otras etapas en esa maratón del hombre descendente, ya que su descenso implica una mutilación gradual operada en el “entero” de su natura ontológica.
11.- Por ejemplo: circunscrito en una conciencia de sí puramente “humana”, el hombre limitará sus posibles de conocimiento al que le proporciona la Razón, facultad de orden estrictamente humano: de tal suerte, soslayará primero y negará después como posible todo “saber por la revelación” y por las facultades trascendentes (en verdad “supraracionales”) que integran el compositum humano y que “se retraen” si no se las ejercita. Es evidente que el Humanismo lanzado por Ayax se dio, en lo intelectual, a las proezas de la Razón ejercida, no ya en las explicaciones de la “verdad revelada” (como lo hicieron los filósofos medievales), sino en el redescubrimiento y exégesis de los filósofos paganos, cuyas especulaciones (admirables, ¿quién lo niega?) son precisamente frutos de la sola Razón humana ejercida con rectitud y en toda su posibilidad. Este “soslayamiento” de la verdad revelada en pro de la facultad razonante se consuma en el Renacimiento y en sus humanistas; y el Renacimiento está signado por el Príncipe, vale decir por Ayax. No es aún el racionalismo, el cual aparecerá más tarde bajo la influencia de Creso y de su “mentalidad”, la cual implica, según dije, un ejercicio “minimizado” de la Razón.
12.- Entregado sin freno al solo ejercicio de su individualidad humana concebida como un “fin” en sí, Ayax la hizo desbordar con imperio en un individualismo egoísta que también se fue generalizando. Porque toda casta social que reina fuera del orden jerárquico tiende a universalizar sus características, y lo consigue sobre todo en lo que tienen de “negativo”. Ahora bien, la furia individualista de Ayax, al obrar sobre Creso por modo tiránico y en las “finanzas” que tanto le duelen, es lo que decidirá la sublevación del Hombrecito Económico y la consiguiente defenestración de Ayax. No bien lo consiga, el Hombrecito Económico reinará por su cuenta y establecerá su propia dictadura.
13.- Veamos ahora cuál es el talante de Creso al asumir el poder. En la era de Ayax, y a favor del clima reinante, nuestro economista se ha librado ya del freno interior o religioso que controlaba sus naturales apetitos: lo religioso, en adelante, será para él una “costumbre social”, si ya no cree; y si cree aún, tendrá la oscura vigencia de una “superstición”, en el sentido etimológico del vocablo. Simultáneamente Creso ha ido adquiriendo la soltura individualista de Ayax; y su individualismo, al desbordar en lo económico naturalmente, aumentará sus apetencias y le hará tirar por la borda el segundo aspecto de su función social, el de la justicia distributiva. Por otra parte, Creso no sólo ha recibido las “taras” ajenas, sino que también ha contagiado las suyas propias al organismo social, en una preparación de larga data que no es difícil de rastrear en la historia y que facilitó su acceso al poder. Es útil recordar, verbigracia, que el Renacimiento inicia ya la era de los banqueros internacionales (¡oh, ese lujoso Giovanni Arnolfini de Lucca!, ¡oh, ese Jacobo Fucar y sus tenedores de libros!).
14.- Pero es en el orden intelectual donde, aunque parezca risible, Creso influya con bastante antelación en lo porvenir histórico, al imponer su racionalidad “inferior” a las especulaciones filosóficas. Y a mi juicio, Renato Descartes es el paradigma de la mentalidad burguesa en tren de filosofar por su cuenta riesgo. Este primer líder del racionalismo burgués, cuyo representante último ha de ser Carlos Marx, parte de la “duda”, que, según dije ya es una inclinación de Creso hija de su natural “desconfianza”. Merced a la duda, que ha de utilizar a guisa de “método”, Descartes arroja por la borda no sólo el ya descuidado lastre de la Revelación, sino todas las filosofías anteriores cristianas o paganas y entonces, náufrago en el piélago de una agnosia integral, da con la tabla salvadora, el ilustre cógito ergo sum. Lo que realmente salva él en su cógito es la certidumbre de su propia naturaleza racional: en lo sucesivo le será dado sostener fuera de toda duda que Descartes “es un hombre”. ¿Cree usted que valía la pena tan ostentoso naufragio?
15.- Amigo, lo que importa es el lugar en que nuestro filósofo recoge la tabla. Y la recoge, según entiendo, en la frontera exacta de su “modalidad anímica” y su “modalidad corpórea”. Desde aquel punto crítico y ya montado en la tabla, Descartes ve la forma “dual” del compositum humano: un cuerpo y un alma. Lo riesgoso era que, para una mente dubitativa y sedienta de corroboraciones experimentales como la suya, el primer término del binomio (el cuerpo) resultaba ser el más evidente y el más fácil de reducir a “experiencias”. Y me digo yo aún si el otro término (el alma) se le impuso a Renato como un sentir muy sincero en él, o como una concesión prudente a lo teológico que aún gravitaba con fuerza, o como un imperativo de la “simetría” (Descartes era geómetra), o como una segregación de la misma corporeidad, según lo entendieron más tarde los psicólogos. ”El cerebro -nos dijo cierta vez un profesor de la Escuela formal- es una glándula que segrega ideas”. Y lo aplaudimos a rabiar: ¡Éramos tan jóvenes!
16.- Lo cierto es que el famoso dualismo cartesiano apareció más cómo una invitación a la Física (cuyo dominio es el mundo corporal) que como una instancia concomitante de la metafísica. Y sus consecuencias en el devenir ulterior del hombre lo confirman demasiado. También resulta indudable que el triunfo y divulgación de tan pobre doctrina no hubiera sido posible si ella no hubiese reflejado un nivel intelectual preexistente y común a la mayoría de los hombres de la época. Vayamos a un “antecedente” más próximo: los llamados “filósofos de la Revolución Francesa” (que dio a Creso una victoria decisiva) son de origen burgués en su mayor parte y de mentalidad burguesa todos. Ellos cavaron y sembraron el terreno recibido, bien que ya con una diferencia de actitud muy visible: si en Descartes el proceso arranca de la “duda” y traduce una simpática dramaticidad, en los filósofos de la Revolución ya no existe la duda, sino la firmeza de una “convicción” a puño cerrado que se manifiesta por una ironía suficiente (como en Voltaire) o por un desnudo cinismo (como en Rousseau). Así triunfa la Revolución de Creso; y erige a la razón como a una diosa laica. No es la Razón que antaño ejercitara el buen Aristóteles en su Metafísica, sino la razón de Creso, minimizada como dije, por su natural estrechez de sesera.
17.- Velazco amigo, Creso ya está en el poder: ya conocemos la mentalidad que el Hombrecito Económico ha de imponer luego a sus vasallos y a las instituciones que recibió en herencia. Y antes de continuar esta desopilante y trágica historia, bueno es decir que nuestro héroe arrojará también a la balanza una envidiosa “imitación” de las clases que le son jerárquicamente superiores, imitación que naturalmente, se traducirá en ridículas “parodias”. De igual modo él añadirá, lo que ya es terrible, la pasión de universalizar su “mística” de lo corpóreo (y deliberadamente uso aquí una versión “profanatoria” del vocablo mística). Ya preparada. la escena, veamos en primer lugar qué hizo el Creso triunfante con la función económica de su especialidad.
18.- Libre de los dos frenos que controlaban su “vicio”, se dio Creso a la tarea de eludir la segunda parte de su función societaria: la de la justicia distributiva. Dije ya que su viciosa pasión lo inclinaba irresistiblemente a ello, vale decir a tomar la riqueza por un dios y a usufructuar ese dios en su propio beneficio. No crea usted que se trata de una simple figura: en las iluminaciones que recibí al frecuentar (¡oh, muy poco!) el Banco de la Nación Argentina, descubrí la no inocente artimaña. Si, el dios de Creso ya estaba encarnado para él en el oro: el oro que ritualmente lucia en los altares de Tiresias, el oro amonedado que Ayax dilapidó con insufrible desdén, el oro macizo que tintineaba en los palacios y en las tabernas. Ya en el poder, se dijo Creso: “Mi dios es el oro y un dios no puede ni debe ser visible”. Ocultó entonces el oro en inviolables cajas fuertes que serian el sanctum sanctorum de la nueva deidad. Ahora bien, un dios necesita su residencia sagrada, vale decir su Templo;.y el Hombrecito Económico erigió esas duras y feas catedrales del oro que se llaman Bancos. Naturalmente, Creso no podía usufructuar a su ídolo si lo aislaba en absoluto de la feligresía. Se dijo entonces: “Haré imágenes de mi dios y las presentaré a los fieles”. Y Creso inventó el papel moneda. Claro está que, dada su inclinación a la parodia, Creso, no podía mover su artefacto sin algún ceremonial: Tiresias practicaba una liturgia religiosa y Ayax tuvo sus ritos caballerescos; era fatal que nuestro burgués introdujera sus “ritos económicos”. Y usted ve ahora, en cualquier institución bancaria, la serie de gestos , via crucis, firmas y sellados que hay que cumplir en los trámites del dinero, liturgia minuciosa obrada por un “cuerpo sacerdotal” cuya jerarquía se manifiesta desde los habanos de los Gerentes hasta las viseras de los fríos y biliosos Cajeros.
19.- Tal analogía o correspondencia de actos rituales no es única, ciertamente. Por ejemplo: el honor de Tiresias radica en su “santidad”; el honor de Ayax en la “justicia” de su espada; el honor de Creso está, como es lógico, en el “respaldo de su firma comercial”. Ahora bien, el Hombrecito Económico, en los primeros románticos días de su gobernación, se levantaba la tapa de los sesos cuando no podía él “hacer honor a su firma”, de igual modo que lo hizo el guerrero ante un deshonor de su espada. Más tarde Creso abandonó esos incómodos resabios de la belle époque; y optó por una quiebra legal, afirmado en una legislación que dictara él mismo a sus vasallos legistas. Hoy, en algunos casos extremos de su avidez, no trepida en organizar él su quiebra fraudulenta.
20.- Usted pensará, Velazco amigo, que mi Autopsia de Creso tiene más vueltas que sebo de tripa, como decimos los paisanos del sur. En realidad el Hombrecito se las traía, y su complejo anatómico es de fatigosa disección. Hasta él último párrafo lo hemos visto en su parodia de lo religioso: es todavía el Creso bien identificado en su persona y bien localizado en su sede, con un semblante y una cadena de oro en el chaleco muy visibles. Por malo que fuese dábamos en él como en una figura “responsable”. Lo más turbio sucedió cuando el Hombrecito Económico desertando la parodia religiosa, comenzó a parodiar lo “iniciático y oculto”. Amigo, si usted buscara hoy a los responsables de la economía mundial, ya no daría con el sólido y visible Creso de ayer, sino con Directores de Empresas (que son técnicos y no capitalistas) o con inocentes “tenedores de acciones” (que ignoran quienes, dónde y cómo trabajan su dinero). Verdad es que aún se conservan los “centros visibles o indirectos” de la Economía; pero ignoramos en qué Himalaya, se han establecido los “centros ocultos” del oro y quienes podrían ser los Grandes Maestres responsables que los manejan. De igual modo, y también en parodia de lo esotérico, se han multiplicado las ininteligibles “doctrinas económicas” o textos iniciáticos del oro al lado de las cuales el Zend Avesta y la Kabbala parecen a traslúcidos cuentos infantiles.
21.- Todo ello, según ve, acaba en una triste alquimia de la moneda o el dinero. ¿He dicho triste? Debí calificar de “satánico” ese juego de los valores económicos. Porque la moneda sólo tiene un valor “cuantitativo”, desnudamente abstracto. y “potencial”: un valor “fiduciario” (de fíducia, confianza, seguridad, fe). ¿Qué fía, o de qué da confianza ese valor de la moneda? Ese valor garantiza “en potencia” otro valor “en acto”: un valor “esencial o cualitativo”. Por ejemplo, cincuenta dólares (escribo en la era del dólar) tienen un valor “potencial” de cincuenta dólares, que traducidos por adquisición, al “acto” se transmutan en el alimento, vestido y la casa del hombre. Reúna usted, en imaginación, todas las monedas y billetes del mundo, y tendrá una cantidad “abstracta” que significa, en potencia, la satisfacción “concreta” de todas las necesidades humanas en el orden corpóreo. Al acaparar la riqueza, el Hombrecito Económico da en una locura criminal: es una “locura” pues, más allá de sus necesidades individuales, amontona él números abstractos y estériles en sí: y es “criminal”, porque la estéril “potencia” que acapara él significa, “en acto”, el pan, el vestido y el techo del pobre que no los tiene. Así miradas las cosas yo no vacilaría en sostener que la “propiedad es un robo”.
22.- Muchas veces he pensado que la insistente condenación del “rico” formulada por el señor Jesús alude, sobre todo, a esa estúpida cargazón numeral de Creso. En las instancias que Jesús le hace para que distribuya su riqueza entre los pobres es fácil advertir que lo invita y urge para que vuelva Creso a la función distributiva que le atañe, de tal modo que su “potencia de riqueza” se traduzca en un “acto de riqueza” por la virtud justificante del amor. Y es que, al despojar al pobre mediante su abuso del poder, el Hombrecito Económico, frente a la Divinidad, incurre en dos injusticias o “desequilibrios”. La primera injusticia de Creso trastorna y desbarata la “providencia” del Padre Celestial, cuya magnitud y justicia nos enseña su Hijo Unigénito en el Sermón del Monte: sí, el Creador provee de todo a sus criaturas; y todo andaría bien si Creso no prevaricara en el reparto y se quedase con el alimento de las avecillas y con la ropa de los lirios. Por otra parte Jesús, que así predicó en la Montaña, es también el “pobre absoluto”, vale decir la Humanidad en la plenitud de su miseria, que asumió Él enteramente con vías a la Redención; luego, el que le robó al pobre la ha robado a Jesucristo.
23.- La segunda injusticia es la que Creso promueve “contra sí mismo”. Dije ya que la división de clases en el organismo social no es arbitraria, sino que agrupa “naturalmente” a los hombres de acuerdo con la naturaleza individual de cada uno. Todas y cada una de las clases tienen, pues, además de un “ministerio” propio, una vía propia de “justificarse” (o hacerse justas) frente al Creador; y es la de practicar fielmente la rama de justicia que le asignó el orden. La única vía justificadora de Creso es la de proceder con equidad en el manejo y distribución de la riqueza: si así lo hace, aparece como justo ante la Divinidad, y “se salva”, teológicamente hablando; si no lo hace, proyecta su injusticia contra sí mismo, y teológicamente “se condena”. Amigo Velazco: alguna vez, ante un hombre de tal clase o tal otra que cumplía “justamente” su función societaria, ¿no le pareció a usted que tal hombre, además de su oficio, estaba practicando un “gesto ritual”? Porque, así vista, cualquier labor humana es un “sacrificio”, en la acepción etimológica de la palabra (factura o hecho sagrado).
24.- Ahora bien, entre las dos funciones de Creso, la productora y la distribuidora, se dio entonces una formidable “asimetría”, cuanto más retaceaba Creso al mundo la “distribución” de la riqueza, tanto más crecía en el Hombrecito Económico el afán de la “producción”, estimulado, no ciertamente por la solicitud amorosa del bien común, sino por la devorante apetencia numeral de nuestro héroe. ”Producir más para vender más”, tal fue su lema. Naturalmente, para ello necesitaba “forzar” el ritmo del trabajo humano cuya potencialidad encarna Gutiérrez el siervo. Amigo Velazco, durante mi niñez y mi adolescencia tuve la ocasión de medir en carne propia esa figura de la iniquidad que se llamó luego “explotación del hombre por el hombre”. Y tempranamente advertí (yo, el poeta) la doble estafa de Creso: estafaba él a los hombres en la distribución de la riqueza; pero también los estafaba en sus “tiempos del Hombre”, al someterlos a brutales jornadas de trabajo. Por aquellos días, y en mi doble oficio de trabajador manual y de poeta naciente, descubrí yo en el hombre dos tiempos necesarios: el “tiempo del buey” que dedicaba el hombre, bíblicamente, a ganar su pan con el sudor establecido, y el “tiempo del ángel”, que debería consagrar el hombre a la “contemplación” (y hablo de todos los hombres, cada uno en los límites de su posibilidad contemplativa). Fue junto a los telares de una fábrica donde pensé al fin que Creso le robaba también al hombre su “tiempo del ángel” y que lo hacia llevado por la demencia numeral que dije y cuya traducción a números realicé más tarde.
25.- Sucedió en el casino de Mar del Plata: el industrial X, sentado en una mesa de bacará, perdía esa noche cuatro mil pesos cada noventa segundos. Los mirones, entre los cuales me contaba, no salían de su asombro ante aquel magnate que con tanto desdén arrojaba los billetes de su cartera. Pero yo hice al punto el cálculo siguiente: los cuatro mil pesos “numerales” que dilapidaba X en sólo noventa segundos constituían por entonces el “salario anual” de un obrero corriente, vale decir trescientos días de su labor a nueve horas por jornada. Ese cálculo me hizo entender más adelante que la demencia de Creso al amontonar valores numerales no tenía otro fin que el de “jugar” con esos números (en la ruleta o en la Bolsa o en cualquier otro género de la especulación), lo cual valía tanto como jugar con el pan y la fatiga del hombre. Luego advertí que detrás de aquel juego culpable se ocultaba celosamente algo menos deportivo: una invasora sensualidad del poder. Si el poder de Ayax había residido en su acero militar, el poder del Hombrecito Económico se originaba en el dinero. Y otra vez lo paródico se me hizo evidente: ¿no lo hemos visto a Creso parodiando la “monarquía” de Ayax, al titularse Rey del Jabón o Rey del Petróleo y al iniciar “dinastías” fabriles con monarcas numerados? ¿Y no lo hemos visto utilizar grotescamente los emblemas de la heráldica señoril como distintivos de sus productos manufacturados?
26.- Aquel robo del “tiempo humano” disminuyó sensiblemente con la invención y el auge de la “maquinaria”. Si Creso no hubiera prevaricado y se mantuviese aún en el orden, entendería que el tiempo ganado por la máquina sólo puede tener: una utilidad inteligible: la de conseguir para el hombre una disminución en su “tiempo del buey” y una ampliación correlativa en su “tiempo del ángel”. Desgraciadamente, Creso vio en el maquinismo sólo una productiva y cómoda manera de “substituir al hombre por la máquina”; y las reacciones de tipo social que provocó el hecho atañen a la Historia y no a esta operación de la Medicina que ahora estoy practicando con bastante soltura. Para concluir este párrafo, y antes de pasar a materias de un orden más sutil, diré que Creso, lanzado a una “hipertrofia” de la producción, necesitaba urgentemente aumentar el volumen de sus ventas. En sus tiempos normales, el Hombrecito Económico producía, verbigracia, las diez mil polainas que le requerían otros tantos “amateurs” de la ciudad. Pero, al fabricar un millón de polainas, Creso debía elevar a ese mismo número la cantidad de los usuarios. ¿Cómo lo hizo él? ¿Impuso tiránicamente una ley de la “polaina obligatoria”? No, amigo: Creso es un hombre de natural cautela, y su dictadura fue siempre disimulada bajo disfraces al parecer inofensivos. Lo que impuso él` a la ciudad fue una doctrina de la “polaina necesaria”, valiéndose de la “publicidad”, que ascendió gradualmente a la categoría de Musa y de Ciencia, y que hoy, merced a los novedosos objetos lanzados por la técnica industrial, “fabrica” la necesidad de los mismos, a posteriori, en una suerte de formidable invasión psicológica.
27.- Velazco amigo, perdóname usted las minucias de tan agradable disección; y sígame ahora en la tarea de averiguar cómo abordó Creso las libertades, o mejor aún, de qué modo y en qué medida se hizo “liberal”. Sabido es que la Revolución Francesa, en su proclamación de los Derechos del Hombre, reclamó las “libertades” necesarias al ejercicio de tales derechos. No hay duda que la tiranía de Ayax en su gravitación secular, exacerbó ese anhelo de las libertades expresado con tanta vehemencia lírica por los tribunos de la Revolución. Ahora bien, el hombre en su justo y eterno reclamo de las libertades, pone toda la fuerza de su compositum dual, vale decir que las reclama como “individuo” y a la vez como “persona”. Sintetizando en modo simplista la noción de semejante dualidad, yo le diría que las referencias del hombre, mirado como “individuo”, lo singularizan en su “corporeidad”, y que mirado como “persona”, lo universalizan en su “espiritualidad” trascendente. Verbigracia: el derecho a la subsistencia corporal es un atributo del “individuo”, y el derecho a las libres operaciones del alma es un reclamo de la “persona”. Bien. Pero: ¡atención! Uno y otro aspecto del hombre son difícilmente separables. Advierta usted, por ejemplo, que la forma corporal es el “soporte” ineludible de todo el compositum humano: alegue usted y disminuya el derecho a la subsistencia corpórea del hombre, y todo el compósitum se hará trizas; niéguele usted al hombre los derechos de su “persona” y su natura corporal se ha de reducir a un mero “soporte de la nada”. Y permítame que otra vez recuerde a mis amigos los existencialistas.
28.- Enfrentado con esas invocaciones a la libertad (formulado por la misma Revolución que lo exaltó al poder), Creso adoptó una estrategia bastante política: se hizo liberal. Como el Hombrecito Económico, dada su naturaleza, nunca digirió muy bien aquello de la “persona trascendente”, resolvió conceder a sus vasallos todos los derechos de la “persona” (que al fin y al cabo no le costaban ni un céntimo) y reservar para sí mismo el derecho a la corporeidad, vale decir al acceso y posesión incontrolados de la riqueza material y de sus símbolos. Así lanzó él sus tristemente famosas doctrinas del “liberalismo económico”, la “libre empresa” y otras libertades útiles para enriquecerse a sí mismo “contra natura”, es decir contra la salud del organismo social a que pertenece; y en este último tenor de las cosas, la demencia de Creso aparece como “suicida”.
29.- Naturalmente, limitado el común de los hombres a defender su existencia corporal ante un Creso endemoniado, y en una lucha que devora lo mejor de su voluntad y de su tiempo, las cacareadas libertades de la “persona” se reducen a un simple ramillete lírico, y en alguna (entra las que hacen ruido exterior) a una mera “libertad de pataleo”. Lo malo de la cuestión es que, tras de meternos a todos en esa triste Olimpíada de los Garbanzos, el excelente Creso, a base de sugestiones e incentivaciones, intentó hacernos creer que el de la vida era un “derecho” a conquistar o ganar en su sistema económico, teoría en sí perversa y maliciosa en nuestro burgués, ya que, lanzado el hombre a la existencia por una Voluntad superior que lo trasciende, claro está que el de vivir es un “deber” y no un derecho. Y es un deber literalmente “metafísico”, puesto que la razón de su existencia es la de realizar en este mundo una serie de posibilidades físicas y metafísicas, en su doble carácter de “individuo” y de “persona” justamente. Amigo Velazco, el día en que los hombres vuelvan a entender sus vidas, no como un derecho a conquistar sino como un deber a cumplir, todas las revoluciones inspiradas en esa noción han de ser absolutamente legitimas y el orden que construyan o reconstruyan será “ortodoxo”.
30.- Insistiendo en nuestro apetitoso cadáver, le diré que, socialmente ubicado entre Tiresias y Ayax, arriba y el pobre Gutiérrez abajo, Creso ejerció su tiranía según dos estilos diferentes, pero que se complementaban en sus diferencias: tiranizó a Gutiérrez por la vía “directa” y los medios coercitivos del hambre; pero Tiresias el sacerdote y Ayax el soldado, huesos muy duros de roer, obligaban al Hombrecito Económico a utilizar vías “indirectas” de sujeción. En realidad, y por grande que fuese su locura, Creso no intentó “dominar” al sacerdote y al guerrero, sino “inclinarlos” a su favor, soslayadamente, y en pro de su reinado económico. Si lo consiguió fue merced a dos circunstancias favorables: a) el estado evidente de postración o decadencia en que habían caído el sacerdote y el guerrero, si se los miraba con relación a las funciones específicas de cada uno, a las que debieron cumplir sin distracciones, a las que “justifican”, precisamente; su razón de ser Tiresias el sacerdote y Ayax el soldado; b) el hecho de que uno y otro, por contagio, hubieran adquirido a su vez la inclinación a lo corpóreo, tendencia, que según dije, Creso divulgó en todo el organismo social antes de su reinado. Consideremos brevemente las dos “atonías”; la de Tiresias y la de Ayax.
31.- Es indudable que la ortodoxa posición y conducta de Tiresias frente al Hombrecito Económico se deducen casi “estruendosamente” del Evangelio que lo llamó al sacerdocio (ya me referí a la abominación “crística” del hombre rico y a las verdades que la fundamentan).Se me ocurre pensar ahora que, integrando Creso (y muy devotamente al principio) una comunidad cristiana, le abría sido fácil a Tiresias, cuando aún estaba en hora, frenar metódicamente la pasión acumulativa de Creso, reducirlo al orden social, y en última instancia, “excomulgarlo”, vale decir excluirlo simple y llanamente de la comunidad, con toda la eficacia que la excomunión tuvo en otros días y que Tiresias aplicó algunas veces al soldado Ayax en rebelión, pero jamás a Creso en acto de pillaje. Amigo Velazco, resulta melancólico, además de sorprendente, advertir cómo la doctrina Evangélica se va “minimizando” y diluyendo, en su contenido terrible, casi desde la finalización de los años “apostólicos”. Tengo a veces la sensación de que Tiresias el sacerdote, lanzado a la obra de construir una Iglesia de Jesucristo, se “distrajo” en las exterioridades del Templo, en su también necesaria “secularidad” o en los menesteres políticos de la Institución, todo ello con menoscabo de la doctrina, vale decir del “alma” que debió y debe informar el cuerpo de una iglesia. Tal vez -me digo a veces- la “distracción” de Tiresias debióse a la parte activa que Ayax (Emperador o Rey o Príncipe) tuvo en la expansión de la Iglesia cristiana; porque Ayax actuando según su ministerio en lo “secular”, tiene la fácil inclinación de verlo todo en secularidad militante.
32.- Ahora bien, la “buena nueva” de nuestro admirable Redentor, su novedad absoluta, está en el anuncio del Reino de los Cielos, que ha de darse al final del ciclo, y en una “metodología” del amor, cuya práctica es la llave de acceso al Reinado Celeste, basado en el amor de Dios al hombre, del hombre a Dios y del hombre al hombre, dicho método tiende, por la virtud unitiva del amor, a conseguir en la tierra una imagen de la “unidad” que ha de reconstruirse en el Reino, sobre cuya “inminencia” insiste el Cristo yo diría que dramáticamente. Atentar contra esa legislación amorosa es atentar contra el Verbo Encarnado y poner “en demora” su plan redentor. Porque, amigo Velazco, no es difícil advertir que la tiranía de Creso está llevando a los hombres, no a la “unidad por el amor”, sino a una suerte de “atomización por el odio”. La falta de Tiresias o su distracción terrible, consistió en absolver a Creso las “setenta veces siete” del perdón crístico, en lugar de reintegrarlo a la justicia de su función social de modo que también Creso pasara por “el ojo de la aguja”. Y a veces me pregunto si no fue una de las “tibiezas” que Jesucristo amenazó con vomitar de su boca.
33.- Y Creso, naturalmente, medró al amparo de tan cómoda benevolencia. Llegó incluso a distinguir y separar en sí mismo dos individualidades independientes: la del “hombre de negocios” y la del “ciudadano pío”, de modo tal que ni el “ciudadano pío” molestase al “hombre de negocios” ni el “hombre de negocios” molestase al “ciudadano pío”. Yo padecí en mi barrio a un Creso de tan flexible conciencia: un industrial que sistemáticamente negó a sus obreros el pan y el sol de cada día. Sin embargo, ese hombre se confesó todos los sábados, comulgó todos los domingos, volvió todos los lunes a su iniquidad, fue tenido por columna de su iglesia y murió, naturalmente, como un cerdo.
34.- El estilo que usó Creso para ganarse al soldado, Ayax no fue menos tangencial ni menos conducente. Si es verdad que Ayax, en su devenir histórico había descendido también a la postración o decadencia que dije, no es menos verdadero que aún guardaba las tres virtudes operativas de su naturaleza; el culto del “honor”, la práctica del “valor” y el ejercicio de la “austeridad”, sin las cuales no hay soldado posible y que se refieren a las cuatro virtudes cardinales, Justitia, Prudentia, Fortitudo y Templantia, tradicionalmente reconocidas indispensables al “orden activo” del quehacer humano. Como era de suponer, Creso aduló esas virtudes heroicas, una de las cuales, la Fortaleza, él había experimentado muchas veces en sus propias costillas: el Hombrecito Económico, ya en el poder, siguió admirando y “temiendo” las virtudes operativas de Ayax el soldado. Hasta que logró neutralizar sus temores. ¿Cómo? Poniendo esas virtudes al servicio de sus intereses económicos. La operación de Creso, en tal sentido, fue una obra maestra de su proverbial astucia.
35.- Y le daré un ejemplo muy ilustrativo. La dedicación de sus virtudes a la Patria fue siempre la tarea de Ayax el soldado. Tradicionalmente su noción de Patria tenía un sentido bien real y muy “concreto”: Patria era sinónimo de Nación o Pueblo, con toda la suma de valores espirituales y materiales, esencialmente “humanos”, que comporta un ente nacional. Quiere decir que nuestro soldado entendía la Patria en la “primera acepción” lingüística de su nombre (y vea usted el diccionario, es muy aleccionador). Ahora bien, la primera acepción de un vocablo por ser la “original”, es la que nombra o define “la cosa” en su real esencia: las “segundas acepciones” de las palabras nacen, justamente, no bien “la cosa” es tergiversada en la noción de su verdadera entidad. Y tergiversar la noción de Patria es lo que hizo Creso para ganarse al soldado: hizo de una Patria “concreta y humana” un ente “abstracto y sin humanidad”, con el objeto de conseguir que se desvaneciera en la noción de Ajax el factor humano sobre el cual ejerce Creso su dictadura (recuerde usted que el Hombrecito Económico es un especialista en abstracciones escamoteadoras). Y el primer paso de su escamoteo consistió en sustituir la primera acepción de Patria (nación o conjunto de habitantes) por la segunda (lugar en que se ha nacido). Pronto a la cual el soldado Ayax debió aparecer como defensor de una mera “geografía” o escenario, con abstracción de los “actores” (el pueblo) y del “drama” (el devenir nacional) que se representa en él.
36.- Más astuto fue luego el segundo paso de la tramoya, que dio Creso al advertir las primeras reacciones internas que provocaba su régimen. Consistió en identificar la noción de Patria con las instituciones políticas, económicas y sociales que había creado él mismo y pro domo sua con la colaboración de sus vasallos legistas. El obnubilado Ajax, en este punto, entendió que su objetivo era también la defensa de tales instituciones, a cumplirse en un campo de batalla “interno” que hasta entonces no había conocido el soldado; lo cual implicaba la existencia de un “enemigo interior”, igualmente novedoso, que tenia que ser fatalmente un “hermano” suyo en la nacionalidad. De tal suerte, vimos como el guerrero Ayax, bajo la tiranía del Hombrecito Económico, desprestigiaba su acero y ofendía sus laureles en tristes funciones de “policía” interna que a menudo lo llevaron al fratricidio. Sin embargo, era fatal que también Creso lanzara guerras exteriores. Y lo hizo a su modo: si bajo el signo del sacerdote la guerra fue “religiosa” (piense usted en las Cruzadas) y bajo el signo del soldado la guerra fue “política”, bajo el signo de Creso la guerra fue “económica”. Y en su día vimos como el soldado Ayax, metido en una Guerra de Cresos, derramaba su sangre por defender los mercados exteriores del Hombrecito Económico.
37.- Amigo Velazco, si entiende usted que mi Autopsia de Creso llegó a su fin le rogaré que se desengañe. Porque la tela de nuestro héroe es muy rica, y no muy zurdo este sastre que la va cortando. Antes de continuar mi operación anatómica, volveré a decirle que lo que estoy disecando no es un cuerpo sino una “mentalidad”, la de Creso, universalizada por el Hombrecito en el transcurso de su reinado que agoniza. Estudiaremos ahora, si le place, la influencia que dicha mentalidad ejerció, hasta nuestros días en el campo del intelecto, vale decir en la ciencia, en la filosofía y en el arte.
38.- Le anticipé a su hora que el dualismo cartesiano, en razón de su origen “mentalmente" burgués, descuidaría el segundo término del binomio (el alma) en favor del primero (la corporeidad del hombre). Justo es decir que las “curiosas ciencias”, anunciadas por Descartes como de navidad inminente, habían tenido en el Renacimiento el origen de su “posibilidad”. Se trataba de buscar a Dios, no ya en las Escrituras reveladas (de origen “sobrehumano”), sino en la Naturaleza entendida como un “libro” escrito por el Hacedor según medida, peso y número. La lectura del “libro” exigiría, pues, una investigación minuciosa de tales números, pesos y medidas; y las “curiosas ciencias” que anunciaba Descartes presentían esas investigaciones y experimentos. En mi “poema de la Física”, terminado recién , digo las consecuencias de semejante método: a) Dividida, subdividida y “atomizada” por fin en los laboratorios del sabio, la naturaleza dejó de ser un “libro inteligente”, y por tanto, de manifestar a su Autor; b) interrogar a la Natura creada sin atender a la esencia y los fines de su Creador es condenarse a no recibir ninguna respuesta con respecto al “qué”, al “cómo”, al “por qué” y al “para qué” del universo que integramos; y c) la ciencia moderna, resultado final del método, carece de todo “valor explicativo” en relación con los interrogantes que siempre, y con dramática insistencia, se ha formulado el hombre acerca de sí mismo, de su devenir y de su mundo.
39.- Claro está que la ciencia moderna, si desertó la lectura de los “números inteligibles” que explican el Universo, trabajó muy a fondo con sus “números sensibles” y con la materia sólida que los encarna. Luego, una excluyente obsesión de la “materia”, obrando en un hombre que se había reducido gradualmente a su sola “modalidad corporal”, daría como fruto el materialismo y sus dogmas. Y aquí, amigo Velazco, debo hacerle una importante aclaración: las “privaciones” metafísicas de la ciencia moderna no anulan ni menoscaban sus afirmaciones descubiertas en el mundo físico. Lo que sostengo es que no hay ciencia integral sin una relación del “efecto” a su “causa”; y cómo la Creación entera es un “efecto”, no llega en sí su “causa” o razón suficiente, que hay que buscar fuera de la Natura y no en su interior. Sin embargo, todo lo que la ciencia moderna encontró y encontrará de verdadero en el “orden físico” es rigurosamente referible al “orden metafísico”, si el que realiza la transposición está dotado para ello. Yo lo intenté no hace mucho en mi Poema de la Física, y su resultado me satisface.
40.- Pero volvamos a la ciencia moderna: sí no explicó nada trascendente, su manipulación de fuerzas y elementos corporales la llevó a descubrir, en cambio, ciertas leyes que los inventores aplicaron a “lo útil”, y que la técnica industrial convirtió en “objetos” destinados a la comercialización del Hombrecito Económico. Y mire usted cómo el circulo se cierra cuando es “vicioso” en sí.
41.- Le diré ahora cómo la filosofía (etimológicamente basada en el “amor de la verdad”) entró en un tirabuzón parecido al de la ciencia. Sólo hay dos caminos a la verdad: el de la revelación (de origen sobrenatural o “no humano”), y el de la Razón, que bien ejercida por el hombre (vale decir con rectitud y amplitud) lo lleva “naturalmente” a la verdad o a sus gustosas aproximaciones. ¿Qué destino le aguardaba, pues, a la Filosofía en la era de Creso, en que la Revelación fue soslayada o negada y en que la Razón vivía el grado último de su atrofia? En realidad, a Creso no le interesaba la Filosofía, como no le interesó jamás el arte (dos ejercicios que, a su entender, “consumen” sin “producir”): he ahí por qué razón el Arte y la Filosofía, en la era de Creso, dejaron de tener el “estado público” de que gozaban en épocas anteriores (recuerde usted a los filósofos de Grecia y a los artistas del medioevo). En consecuencia, el artista y el filósofo. bajo la dictadura de Creso, perdieron el “sentido social” que nunca se les negó en una comunidad bien organizada: se convirtieron entonces en individuos oficialmente ”inútiles”, y se aislaron con feroz dignidad en sus torres de marfil. Consideremos el devenir de cada uno.
42.- Cerrados para el filósofo los dos caminos de la verdad (es decir, las dos vías del “descubrimiento”), no le quedaba otro recurso que el de la “invención”. Y el filósofo se dedicó a “inventar la verdad” sobre una base muy endeble de tanteos oscuros que respondían a ciertas problemáticas individuales, cuando no a simples y a veces angustiosos “estados anímicos” del ser que filosofaba. De tal suerte, la Filosofía dejó de ser una ciencia basada en la “especulación”, y se hizo un acto de “creación” muy parecido al del Arte. Proliferaron así las tesis y sistemas individuales (o individualistas) en que cada filósofo construyó “su verdad” y que no tienen, en conjunto, mas valor explicativo que las ciencias experimentales desarrolladas en la misma era de Crepo. De tal modo, la Filosofía, que siempre fue una ciencia de la “verdad” única y unificante, pasó a ser una ciencia de la “opinión” numerosa y disgregante.
43.- Velazco amigo, entremos por fin en el Arte y en los artistas: es un tema que nos duele, ¿verdad? ¡En cuántas oportunidades, asomados a la ventana única de nuestra torre (marfileña o no), hemos escupido amargamente sobre la humanidad exterior que nos desconocía! ¡Y en cuántas otras hemos maldecido al propio Creso, ignorando hasta qué punto la “mentalidad” venenosa del Hombrecito Económico se había entronizado en nosotros mismos, como en el filósofo y el hombre de ciencia, como en el resto de aquella humanidad que insultábamos desde nuestra ventana! ¿Qué le había sucedido al Arte bajo Creso el burgués? En rigor de verdad, según dije, y antes de Creso, el Artista nunca fue un ente aislado que practicaba solitariamente un “arte por el arte” mismo. Tradicionalmente (quiero decir en toda sociedad completa y jerarquizada) el artífice practicó el “arte sacerdotal” de Tiresias o el “arte real” de Ayax, o los dos a la vez. ¡En un apunte anterior de mi “Cuaderno de Bitácora” ya dije cómo, al servicio de ambas artes, el artífice no menoscaba su libertad específica de “crear bellas formas”, aunque bajo la inspiración de Tiresias o de Ayax esas formas bellas en si, fuesen a la vez el “soporte” de verdades metafísicas o heroicas. Por lo contrario, el artífice tradicional, sin dejar de cumplir la razón específica de su arte (la de crear bellas formas), lograba también enriquecerlas con un añadido que las redimía de su evidente aunque hermosa “literalidad”.
44.- Pero, ¿qué haría el artífice bajo la férula del Hombrecito Económico, es decir bajo las condiciones asfixiantes que la mentalidad de Creso había universalizado? Ya dije que a Creso nunca le interesó el Arte. Si, en analogía con Tiresias y Ayax, el dictador Creso hubiera tenido su arte “particular”, habría sido un “arte económico” tendiente a glorificar la excelencia de sus artículos manufacturados, o en el terreno lírico a traducir las emociones que la posesión o usufructo de tales artículos provocan en un alma sensible. Amigo Velazco, ¿se ríe usted? No lo haga: últimamente, los jinglers de la radio y la televisión están poniendo la música, la poesía y el dibujo al servicio de tan conmovedores fines; y no se lanza hoy al mercado un laxante o una batidora eléctrica sin su dibujo, su letrilla y su música.
45.- Naturalmente, llamado a crear bellas formas el artífice no pudo entrar en tan bajo ministerio. Y, sin una “función social” determinada, se atrincheró en su torre famosa y se dedicó al “arte por el arte”, inventado por él en la tentativa heroica de salvar, frente al orbe de Creso, su insobornable vocación de la hermosura. Claro está que, falto de estímulos exteriores, el artífice lo hizo con su propia sustancia y merced a una suerte de “respiración artificial”, creador solitario en su torre sola, que sólo ejercitaba el arte para sí mismo y para una élite de “torreros” en minoría y tan asfixiados como él. Así el Arte, bajo Creso, fue reduciéndose a una secta “iniciática” y a una operación de catacumba. Me atreveré a decir que todo ello habría sido “normal”, si el artífice, bien que metido en su caverna, hubiese conservado la inspiración metafísica de Tiresias y la inspiración heroica de Ayax. Y dije que habría sido “normal”, porque, aún históricamente, las cosas del espíritu se recatan y entierran cuando el clima exterior no les es favorable, para volver a germinar luego cuando ese clima vuelve a su equilibrio y les da otra primavera.
46.- Por desgracia, absorbido también por la mentalidad de Creso, el artífice olvidó sus mejores posibilidades con las fuentes antiguas de su inspiración. Y a semejanza del filósofo, se dio a construir estéticas individualistas (recuerde usted la nómina inacabable de los ismos), cuya evolución trataré de sintetizar ahora. 1°) Sin la inspiración de Tiresias ni la de Ayax, el arte perdió su esencia metafísica y heroica, para circunscribirse a cierta “subjetividad” que excluyó los valores “universales” en favor de los tonos “individuales”, fue una etapa de líricos todavía “humanizados”. 2°) El arte, desechando la pasión y la sentimentalidad humanas, se deshumaniza, y se da entonces a un simple juego de formas y técnicas aun con posibilidad de hermosura, ya que la belleza está en el esplendor de la forma: es un proceso del arte en “deshumanización”. 3º) Dado a ese juego, acaba el arte por descuidar las formas, para concentrar su atención en las “materias” y sus tratamientos, que siempre habían sido “medios” y no “fines” del arte, y que lo lanzan a un proceso de “materialización”. 4º) El tratamiento de sus materias conduce al arte a una renuncia total de las formas ”concretas” y sus valores inteligibles: es una etapa de “abstracción” que reduce las obras del arte al “invento” simple y llano de nuevas combinaciones masivas, ya se trate de volúmenes o de colores o de sonidos. 5º) Lógicamente, habiendo eliminado todo lo anterior, el arte concluiría por intentar la eliminación del propio artífice; y es lo que ahora busca, en un afán de sustituir la actividad inteligente del artista por el trabajo de la casualidad o el de una máquina (recuerde usted la música electrónica, los cuadros que se pintan al azar de un movimiento y los poemas que ya se han logrado con maquinarias ad hoc). Y ahora, Velazco amigo, recapitule usted los términos que acabo de utilizar: individualismo, deshumanización, materialización,abstracción y mecanización. ¿No corresponden exactamente a la mentalidad de Creso? ¿Y el círculo vicioso no vuelve a cerrarse?
47.- Y usted entenderá que mi Autopsia de Creso, basada en los aspectos generales del mundo, a él sometido, excluye las excepciones que se han dado y se dan yo diría que naturalmente, o como “supervivencias” del orden perdido o como “reacciones” frente a la “acción” del Hombrecito Económico. Y es en el campo social donde comenzó a darse la batalla contra nuestro héroe simbólicamente panzón. Las “reivindicaciones” de que se habló en aquellos días y aún se habla interesan en particular a Gutiérrez el siervo, es decir a la ultima clase social que, naturalmente fue la más castigada por la tiranía del “homo oeconomicus”. Una ley de la historia en relación con el “descenso cíclico” nos permitiría calcular que, habiéndose trasladado el “poder” de Tiresias el sacerdote al guerrero Ayax, y de Ayax a Creso el rico, sólo Gutiérrez podía suceder al Hombrecito Económico en el gobierno del mundo, y ese gobierno sólo era dable por una “dictadura del proletariado”.
48.- Ahora bien, Gutiérrez, por esencia, sólo tiene una “virtud” operativa, la del trabajo manual, es una virtud “coadyuvante”, una “potencia” no creadora en si, ya que necesita un motor ajeno a ella para entrar en “acto” laborante. A Gutiérrez le falta, pues, toda riqueza material e intelectual: carece hasta de un “vicio” posible que lo haga incurrir en “pecado social” contra los otros. Es el “pobre absoluto” y el “inocente absoluto”, vale decir una imagen de la “privación” y una figura de Jesucristo, la que más reclama, en razón de su miseria, el acto providente de Dios y la justicia distributiva de los hombres. Claro está que, dada su naturaleza, Gutiérrez no podía inventar, como lo hizo Creso, una “mística social” que lo representara en su teórica dictadura. Y Carlos Marx lo hizo por él. Sabemos que Marx no era un proletario, sino un intelectual de la burguesía, no tanto por su origen cuanto por su “mentalidad”. Lejos de abrir un “amanecer”, como aún lo creen muchos, la doctrina de Marx perfeccionó y cerró la “noche de Creso”, y fue una victoria final del Hombrecito Económico, Velazco amigo, “distingamos” para entender.
49.- El marxismo es a la vez, a) una “filosofía general”; b) una “filosofía del hombre”; y c) un “método económico”. Dije ya que la viciosa tendencia de Creso lo llevó a poner el acento de la vida en lo corporal y “material”. Su enemigo aparente, Carlos Marx, no sólo aceptó ese “vicio” de Creso: lo convirtió, además, en una “filosofía”. Por un rasgo de humor (que parece diabólico) la tendencia “negativa” de Creso fue trasmutada por Marx en una desconcertante “afirmación” ideológica: si para Creso la materia fue un demonio tentador, para el marxismo y sus fieles es algo así como una divinidad simplista que ordena el mundo y explica sus contradicciones. ¡Gran Dios, que victoria obtiene Creso, en sus últimos estertores, al imponer al vencedor su propia y falsa mística! ¿No estará en ello la razón de que algunas revoluciones marxistas hayan triunfado según trascendió en su hora, con el apoyo del capitalismo “esotérico” a que ya me referí?
50.- Pero vayamos a la segunda tesis: el marxismo es también una “filosofía del hombre”, coherente, según veremos, con su filosofía general”. Porque un materialismo filosófico no puede admitir en el hombre sino su aspecto de “individuo”, relacionado, como ya dije con su “corporeidad”: su carácter de “persona” trascendente no entra, como es natural, en el credo materialista; por lo cual toda manifestación o reclamo de la “persona” seria un mero “prejuicio burgués”. Y aquí se da otro rasgo irónico del marxismo, al estimar como una herencia de Creso las manifestaciones de la “persona” humana que tanto burló y estafó el Hombrecito Económico durante su tiranía. En realidad, los dos rivales coinciden en el menoscabo de la “persona”, con la diferencia de que el marxismo lo hace por “ignorancia” y Creso por malignidad.
51.- Tal concepto del hombre reducido a su mera individualidad le resulta cómodo al marxismo, en su empeño de construir un Estado que sea el “múltiplo” funcional de los individuos “numerales” que integran una masa. Y en ese aspecto de la cuestión el marxismo no va descaminado; pues el hombre, en razón de su “politicidad”, debe integrarse y realizarse, como “individuo”, en una sociedad física y a las órdenes de un Estado que le haga cumplir los fines de bien común a que se debe. Lo que ignora el marxismo es que tal acatamiento se le puede exigir al hombre sólo “en tanto que individuo”, ya que, “como persona”, el hombre se debe a otra sociedad no física, ya se trate de una Iglesia o de una organización filosófica o de cualquier otro sistema de asociación humana por el espíritu; en vías de lo cual se le deben al hombre las necesarias “libertades” de conocimiento, elección y expresión. De tal modo el marxismo, al eludir o negar la “persona” en el hombre, construye una sociedad integrada por “medios hombres” y con la mitad inferior de cada uno.
52.- Pero el marxismo trae a la vez un “sistema económico” de justicia en la distribución. Y es lo único de la doctrina que le duele a Creso, aunque para combatir a Marx, el Hombrecito Económico suele decir hipócritamente qué lo hace en defensa de la civilización occidental y “cristiana”, de la misma que traicionó él en sus esencias, vale decir en los principios del Evangelio. Ahora bien, la doctrina marxista, desde su aparición, se ha concretado en realizaciones “mínimas” y en realizaciones “máximas”: las primeras merced a una legislación socialista o socializante, pretenden “frenar” a Creso en sus desbordes, bien que sin eliminarlo de la función económica; las realizaciones “máximas”, aplicando el dogma en todo su rigor, “suprimen” totalmente a Creso del organismo social. Unas y otras producen un “avance del Estado” sobre la organización humana o un estatismo económico al que la prensa de Creso y sus redactores anatematizan como “dictatorial”. Velazco amigo, yo, que nunca me asusté de las palabras, no veo mal ninguno en que un Estado, celoso de la justicia distributiva, ejerza, por necesidad, funciones “supletorias” de las que se negó a cumplir el Hombrecito Económico en su apostasía social.
53.- Según lo he demostrado, el marxismo, que se anunció como un “amanecer”, perfecciona y cierra la noche de Creso, aunque proponga un sistema distributivo de la riqueza que tampoco es original, ya que las primeras organizaciones cristianas “poseían en común todas las cosas” (Hechos de los Apóstoles, II, 44). Nos faltaría, pues , amigo Velazco, pronosticar la evolución futura de los problemas que suscitó y agudizó Creso durante su tiranía. Para lo cual nos basaremos en los tres datos que siguen: 1º) se da en las masas (y en el orden mundial) una “conciencia” de sus derechos a la vida, cada vez más clara y más perentoria. 2º) se une a esa conciencia una identificación muy precisa de los “factores responsables” que actúan con signo negativo en la organización social; y 3º) las estadísticas aseguran que a fin de siglo la población mundial se habrá duplicado vale decir que 3.000 millones más de hombres reclamarán su derecho a la existencia (o su “deber”, que será más drástico).
54.- Claro está que la magnitud de los problemas exigirá entonces la organización de Estados realistas cuya naturaleza implique: a) o la participación de un Creso “regenerado”, vale decir concientemente restituido a su virtud original, pero con riendas estatales que lo controlen; porque, librado a sí mismo, Creso puede volver a sus antiguas iniquidades, b) o la constitución mundial de Estados marxistas parecidos a los que ya tenemos, lo que significaría el triunfo universal del dogma, hipótesis nada segura, dado el carácter endeble y “mutilante del hombre” que presenta la doctrina c) o la adopción de la doctrina en su mero sistema productivo y distributivo de la riqueza, el cual, sobre la base de cualquier tradición religiosa o metafísica, bien puede florecer en comunismo cristianos, musulmanes, hindúes y chinos. Abona esta última posibilidad el hecho de que las cuatro clases sociales, al responder a cuatro funciones necesarias y a cuatro naturalezas de individuos, no dejan de manifestarse ni aun en los Estados comunistas de hoy. Sabemos que Tiresias, el hombre sacerdotal, existe y obra en ellos, aunque, merced al ateismo de la doctrina, lo haga en el “subsuelo” donde lo espiritual se refugia (ya lo dije) cuando el clima exterior se le hace adverso. Ayax al soldado integra los ejércitos rojos, en defensa y `expansión de la doctrina. También Creso aparece, muy bien disfrazado, en los directores oficiales de empresas comunistas y en sus Jefes de producción. En cuanto a Gutiérrez, está, como de costumbre, al servicio de todos, y como ayer, sin comerla ni beberla: su “dictadura” (la del proletariado) no salió de una mera enunciación “abstracta”, ya que, según era previsible, otras clases ejercen su “tutoría” y gobiernan por él.
55.- Para reconstruir el orden bastaría con que las tres clases primeras, corrigiendo sus “vicios” y recobrando sus “virtudes” actuaran otra vez en armonía y jerarquía. Parece fácil ¿no es verdad?, sobre todo cuando nos decimos que para ello bastaría con eliminar del orbe y en cada uno de nosotros la “mentalidad de Creso”, esa triste ponzoña degradante o ese pequeño demonio sin gracia que se deslizó en el mundo y que lo estrangula. ¿No es verdad que parece fácil? Un movimiento de reacción a “retropropulsión” (están de actualidad) a operarse no en el espacio físico, sino en el tiempo histórico, nos llevaría de nuevo al equilibrio, y por consiguiente al orden. Amigo Velazco, usted es un “vate”, como yo: ¿Nos atreveríamos a “vaticinar”? No lo hagamos. Porque las reacciones y “enderezamientos” de la historia vienen ordenados, más que por el hombre, por el adorable y a veces incomprensible Autor de la historia. Colaboremos, a tientas con el Autor. Y digamos en las buenas y en las malas: “Ut in omnibus glorificetur Deus”. Así concluye mi Autopsia de Creso: perdóneme usted el abuso de comillas y bastardillas que habrá notado y que responden a mi jamás tranquilo celo didáctico.”
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
