LAUS DEO (Alabado sea Dios)
lunes, 14 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
Lo posible y lo imposible por San Francisco de Asís
"Empieza por hacer lo necesario, luego haz lo posible y de pronto estaràs logrando lo imposible". San Francisco de Asís
viernes, 25 de febrero de 2011
miércoles, 23 de febrero de 2011
El encanto. Cuento anónimo chino, dinastía Tang -siglos VII - X
Ch´ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y apuesto. Habían crecido juntos y, como el señor Chang Yi quería mucho al muchacho, dijo que lo aceptaría de yerno. Ambos escucharon la promesa, y como estaban siempre juntos, el amor aumentó día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre no lo advirtió. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija y el señor Chang Yi , olvidando su antigua promesa, consintió.
Ch´ienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño. Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó:
-¿Quién anda ahí, a estas horas de la noche?
-Soy yo, soy Ch´ienniang.
Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Ch´ienniang pensaba cada vez más en su padre. Ésta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.
-Eres una buena hija -dijo él- ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo. Volvamos a casa.
Ch´ienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch´ienniang.
-No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.
Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:
-¿De qué hablas? Hace cinco años Ch´ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.
-No comprendo -dijo Wang Chu- ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch´ienniang.
La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta. Maravillada, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.
Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación.
La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch´ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch´ienniang vivieron juntos y fueron felices.
Ch´ienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño. Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó:
-¿Quién anda ahí, a estas horas de la noche?
-Soy yo, soy Ch´ienniang.
Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Ch´ienniang pensaba cada vez más en su padre. Ésta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.
-Eres una buena hija -dijo él- ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo. Volvamos a casa.
Ch´ienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch´ienniang.
-No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.
Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:
-¿De qué hablas? Hace cinco años Ch´ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.
-No comprendo -dijo Wang Chu- ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch´ienniang.
La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta. Maravillada, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.
Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación.
La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch´ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch´ienniang vivieron juntos y fueron felices.
lunes, 21 de febrero de 2011
Alfonsina y el mar. Música : Ariel Ramírez. Letra : Félix Luna

Por la blanda arena que lame el mar
tu pequeña huella no vuelve más,
un sendero sólo de pena y silencio llegó
hasta el agua profunda.
Un sendero sólo de penas mudas llegó
hasta la espu ma.
Sabe Dios qué angustia te acompañó,
qué dolores viejos calló tu voz,
para recostarte arrullada en el canto de las
caracolas marinas.
La canción que canta en el fondo oscuro del mar
las caracolas.
Te vas, Alfonsina, con tu soledad.
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
y una voz antigua de viento y de sal
te requiebra el alma y la está llevan do,
y te vas hacia allá como en sueños,
dormida, Alfonsina, vestida de mar.
Cinco sirenitas te llevarán
por caminos de algas y de coral,
y fosforescentes caballos marinos harán
una ronda a tu lado,
y los habitantes del agua van a jugar
pronto a tu lado.
Bájame la lámpara un poco más,
déjame que duerma, nodriza, en paz,
y si llama él no le digas que estoy, dile que
Alfonsina no vuelve.
Y si llama él no le digas nunca que estoy,
di que me he ido.
Te vas, Alfonsina ...
Chacarera de un Triste de Los Hermanos Simón
Para que quiero vivir
Con el corazón deshecho
Para que quiero la vida
Después de lo que me has hecho.
Yo te di mi corazón
El tuyo vos me entregaste
Con engaños hacia el mío
Prenda lo despedazaste.
¡Ay! por qué fuiste tan cruel
Si tu franqueza esperaba
Por qué jugaste conmigo
Si te idolatraba
Yo del mundo olvidé
Desengaños y amarguras
Pero lo que vos me hiciste
Prenda, en mi alma perdura.
Cantando me pasaré
muy triste esta chacarera
Pueda ser de que me alegre
en el instante en que muera.
Seguí guitarra seguí
Seguí como yo llorando
Compañera hasta la muerte
Seguí mi alma consolando.
No hay remedio ya lo sé
Para que voy a buscarlo
Tan desecho tengo el alma
Que inútil sería lograrlo.
Seguí guitarra seguí
Prenda por lo que me hiciste
Rasgueando toda la noche
La chacarera de un triste.
Con el corazón deshecho
Para que quiero la vida
Después de lo que me has hecho.
Yo te di mi corazón
El tuyo vos me entregaste
Con engaños hacia el mío
Prenda lo despedazaste.
¡Ay! por qué fuiste tan cruel
Si tu franqueza esperaba
Por qué jugaste conmigo
Si te idolatraba
Yo del mundo olvidé
Desengaños y amarguras
Pero lo que vos me hiciste
Prenda, en mi alma perdura.
Cantando me pasaré
muy triste esta chacarera
Pueda ser de que me alegre
en el instante en que muera.
Seguí guitarra seguí
Seguí como yo llorando
Compañera hasta la muerte
Seguí mi alma consolando.
No hay remedio ya lo sé
Para que voy a buscarlo
Tan desecho tengo el alma
Que inútil sería lograrlo.
Seguí guitarra seguí
Prenda por lo que me hiciste
Rasgueando toda la noche
La chacarera de un triste.
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