jueves, 29 de enero de 2009

Nuestro Loro por Mamerto Menapace


En casa teníamos un loro.

Pero un loro auténtico. No una cotorra. Ni siquiera se lo hubiera podido confundir con uno de esos loros chicos, que comen girasol y que en norte llaman calancates. El nuestro era un loro grande, nacido en el norte.

Lo habían traído de pichón y se había criado con nosotros, compartiendo nuestra vida de cada día, nuestros entusiasmos y nuestras discusiones. Y fue así como aprendió a gritar muchas cosas.

Se llamaba Pastor. Es cierto que ese nombre se lo habíamos impuesto. Pero él lo había aceptado. Cuando tenía hambre, por ejemplo, y quería suscitar nuestra compasión, repetía en tono triste:

-¡Pobrecito Pastor! ¡La papa para Pastor, pobrecito Pastor! - Y agarraba con una de sus patitas el pedazo de pan familiar.

Aferrándose con la otra de donde estaba apoyado, lo comía con gesto humano. Con gesto de familia.

Cuando sentía torear los perros, gritaba: "¡Fuera, fuera!", y compartía nuestras euforias gritando: "¡Viva Boca!" cuando escuchaba los partidos por radio. Además repetía las órdenes que se daban a los chicos, y así nos mandaba encerrar los terneros, traer agua; o simplemente nos llamaba por nuestro nombre.

En casa lo teníamos por uno más de la familia. Habiendo compartido casi la totalidad de su vida conciente con nosotros, pensábamos que todos sus ideales se identificaban con los nuestros. Lo creíamos un loro domesticado. Le teníamos tanta confianza que le habíamos otorgado plena libertad.

Porque tienen que saber que teníamos otros pájaros: tres cardenales copete rojo y una urraca de monte. Tuvimos tordos y boyeros de esos que hacen su nido como una larga media colgada de las ramas de un algarrobo. En fin, una variedad de otros pájaros salvajes. Pero a todos los teníamos en cerrados en sus jaulas. De ellos nos interesaban sus trinos y sus colores; pero sabíamos que no deseaban compartir nuestra vida. No estaban integrados.

En cambio nuestro loro, no. Se subía a nuestros mismos árboles y gateaba las mismas ramas que nosotros, los chicos. Nuestro parral era también suyo. Y los días de lluvia o frío compartía la tibieza de nuestra cocina.

Para saber dónde estaba, bastaba con gritar fuerte:

-¡Pastor!…- y él, desde su rama o su rincón contestaba:

-¡Eu!

Con pico y patas descendía hasta uno para tomar su pedazo de pan familiar.

Eso sí. Tenía sus agresividades. ¡Cómo no! Y también sus antipatías. Eso era lógico. A todos en casa nos pasaba más o menos lo mismo.

Pero no. Seguramente no fue ése el motivo de su insólita actitud aquella tarde de otoño.

Sí. Era otoño. Lo recuerdo bien. Como una cicatriz de mi infancia. Era otoño porque aquella tarde casi todos los mayores estaban juntando algodón en el campo. Papá estaba en el pueblo. Algunos estábamos en la escuela, y sólo quedaba en casa mamá y uno o dos de los más chicos. Habrán sido las tres o cuatro de la tarde. Cada uno estaba en lo suyo, y todo parecía estar en paz.

Viniendo desde el sur, una bandada de loros salvajes emigraba hacia el norte; hacia las selvas, las Cataratas, el Paraguay. Su vuelo nervioso era apuntado por esos gritos característicos del loro en vuelo:

-¡Creo, creo, creo!…- y la bandada pasó sobre mi casa.

¿Qué le pasó a nuestro loro? ¿Habrá estado triste, disconforme? ¿Se habrá sentido oprimido o alienado? Puedo asegurarles que en casa no le faltaba nada y papá era exigente en que no se maltratara a ningún animal; menos al loro familiar por el cual sentía afecto especial.

No. Estoy seguro de que no. No fue por ninguno de esos motivos. No fue para liberarse de algo. Fue simplemente porque sintió que algo se liberaba en él. Sacudido por ese grito ancestral de su raza en vuelo, también en él surgió la necesidad imperiosa de afirmar su fe en aquellas realidades primordiales que constituyen la esencia de todos los loros. Y agitando sus alas torpes, no adiestradas para el vuelo, lanzó también él ese grito que le dormía dentro:

-¡Creo, creo, creo!… - y se largó a volar.

Fue sólo un gesto. Una manera de concretizar su profunda fe en las selvas, en las cataratas, en yerbales y naranjales que él nunca viera, y que nunca serían plenamente suyos.

La bandada se perdió pronto sobre los chañares, arreando hacia el norte su profesión de fe.

Nuestro loro no pudo seguirla. A las pocas cuadras perdió altura y aterrizó. No estaba adiestrado para el vuelo largo. En nuestra familia nadie tenía esas oportunidades, y a él mismo nunca se había presentado la necesidad de ensayarlas.

Esa noche, al reencontrarnos todos nuevamente reunidos en familia, notamos la ausencia de Pastor. En su media lengua, mi hermanito menor dio a entender que el loro se había volado hacia el norte. Alguien creyó recordar que, efectivamente, a media tarde una bandada de loros había sobrevolado el algodonal.

Todos lamentados sinceramente que nuestro loro se hubiera podido ir con ellos. Y a todos nos sobrecogió el temor por los peligros que acecharían a Pastor, ya que sabíamos que era imposible que hubiera podido seguir el ritmo de la bandada. Caído a mitad de vuelo, quizás no habría un árbol cerca; así estaría en pleno campo bajo el peligro de los zorros o de los gatos. Una de mis hermanas - la más sensible - se largó a llorar.

Con todo, creo que se exageraron un poco los peligros. Probablemente lo que nos preocupaba no era tanto las dificultades que encontraría nuestro loro en su nueva situación, cuando el haberlo perdido. Sobre todo nos mortificaba que ya no fuera nuestro loro.

De hecho, Pastor había caído a unas pocas cuadras entre el algodonal. Dos o tres días después lo encontramos. ¡Pobre!, daba lástima. Estaba muerto de hambre. Y lo descubrimos justamente porque al pasar cerca de él, se puso a gritar esa serie de frases familiares que había aprendido entre nosotros. Sus ¡vivas! y sus ¡fuera! Fue así como descubrimos su paradero.

Todos nos alegramos de haberlo reencontrado. Y todos estuvimos de acuerdo en que había que cortarle las plumas de sus alas para que no volviera a repetir la experiencia. Hasta mi hermana - ¡la más sensible! - estuvo de acuerdo también. Porque Pastor nunca podría seguir a las bandadas. Por tanto había que impedirle nuevas experiencias.

Hoy, al pensar en aquella decisión de mi familia, me pregunto: "¿Fue un auténtico y sincero cariño por Pastor lo que nos llevó a cortarle las alas para evitarle problemas?".

Tal vez hubiera sido mejor darle mayores oportunidades de vuelos controlados, para que realmente estuviera capacitado. No sé. Por ejemplo, se lo podría haber llevado lejos, dejándolo luego un poco solo, para obligarlo a volar por su cuenta hasta nosotros. Así, a la vez que ensayaba el vuelo largo, aprendería a tomar nuestra casa como punto de referencia y lograría realizar el vuelo de retorno.

Pero tengo que reconocer que fuimos egoístas. Preferimos la solución fácil. Pastor fue humillado y perdió las hermosas plumas de colores de la punta de sus alas.

Pienso que también dramatizamos algo que no era para tanto. ¿Qué es lo que en el fondo había hecho Pastor? Seguramente, su gesto no fue un signo de protesta contra nuestro estilo de vida familiar. No fue un querer irse porque estuviera en desacuerdo, o como un decirnos que todos sus gestos anteriores habían sido un simple formulismo hecho sin convicción; como si nunca hubiera compartido auténticamente lo nuestro.

Simplemente había sentido de repente ese grito que despertaba en Pastor una fidelidad que nunca había sentido antes entre nosotros. Era la profesión de fe de su raza en vuelo. Y Pastor, sacudido por ese grito de su raza, había realizado un gesto sin pensar siquiera en las consecuencias, y menos que con ello pudiera ofender nuestra incapacidad de volar.

Se había equivocado. De acuerdo. Pero ¿a quién en casa no le había pasado alguna vez algo parecido, no se había equivocado al escuchar un grito nuevo?

-Habría podido consultar - se me dirá. Pero ¿a quién? Cada uno estaba enteramente ocupado en lo suyo y ni siquiera hubiera podido comprender su intimidad intransferible de loro.

Nosotros sacamos demasiadas conclusiones. La verdad: le tuvimos miedo al futuro. Y olvidamos sus diez mil gestos buenos, profundos, con sentido auténtico, por uno que le fracasó y que había hecho sin consultar.

¡Qué ridículo fuiste, Pastor, durante un tiempo, caminando pasito a paso por los patios, intentando vuelos que irremediablemente terminaban en tumbos, con tus alas amputadas! Para alcanzar las ramas que antes eran las metas de sus volidos, ahora tenías que gatear el tronco con pico y patas como una comadreja. Realmente, Pastor, te hicimos sufrir una gran humillación.

Pero, creémelo: lo pensábamos justificado. Porque con ello asegurábamos tu permanencia definitiva entre nosotros. Nosotros, ¡te hubiéramos extrañado tanto! Con esa decisión de cortarte las plumas y no permitirte el vuelo largo, nosotros nos comprometíamos con vos, con tu futuro, con tu seguridad.

Pero nuestra familia no era dueña del futuro. Ni del tuyo, ni del de ella misma. El futuro es sólo de Dios. ¡Es tan delicado comprender a los demás definitivamente mediante nuestras decisiones arbitrarias y poco generosas!

Unos cuantas años después nuestra familia tuvo que emigrar. Tuvo que dejar ese campo familiar, ese rancho con tantos recuerdos y esos árboles que vos y yo gateábamos rama a rama. Y nos fuimos a vivir al pueblo.

No. No fue fácil acostumbrarse. Tampoco para nosotros. Creémelo. El terreno era pequeño. La casa de material, con pisos de cemento. No había árboles. Al principio ni siquiera teníamos un parral.

Pero si a mi familia se la hacía difícil amoldarse, a vos se te hizo imposible.

No hubo santo. No tenías espacio vital. Comenzaste a ponerte triste. Ya no hablabas. Perdías el color de tus plumas. Andabas todo el día huraño. Y lo que es peor: molestabas en todas partes porque no lograbas ubicarte vos mismo.

Las visitas, que allá en el campo dejabas admiradas, ahora preguntaban para qué te teníamos. Y entre esas visitas, no faltó quien te codiciara. En su casa tenía un lindo bananal.

Y fue así nomás: te vendimos. Siento una profunda vergüenza al tener que confesarlo. Pero… te vendimos. Quinientos pesos viejos. Casi como para decir que carecías de valor. Como quien se saca de encima un estorbo.

La última vez que te vi estabas encaramado entre las hojas del bananal. No diste señales de reconocerme.

Y sin embargo yo quiero creer que no nos guardás rencor.

Necesito creerlo. Para que en mí no muera lo mejor de vos.

Nota: Este cuento no es un cuento. Es un sucedido. Es estrictamente histórico hasta en sus detalles. Por ello puede ser una parábola.
publicado en La sal de la tierra, Editorial Patria Grande

miércoles, 21 de enero de 2009

Yo soy un hombre sincero por José Martí

Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros
Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez, —en la reja,
A la entrada de la viña—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: —cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, —es
Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.

Yo sé que al necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,—
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.

lunes, 15 de diciembre de 2008

EULALIA por Alejandro R. Melo

Estábamos exultantes cuando nos mudamos. Era un sueño largamente esperado. Parecía mágico que pudiéramos acceder a esa nueva casa con todas las comodidades, y sobre todo, que pudiéramos pagarla sin endeudarnos demasiado.

Diana fue la primera que nos vino a visitar -cuando todavía estaban muchos trastes sin desembalar- y faltaba organizarse.
-¿ Y, ya averiguaste quién vivió en esta casa? - fue su primera pregunta, luego de elogiar las amplias comodidades, el hermoso jardín y la pileta de natación.
- En realidad sabemos poco, porque el dueño anterior apareció para la escritura, pero antes siempre tratamos con la inmobiliaria -le respondió Silvia, mi mujer-.
- Es importante saber quién vivió en la casa....-insistió Diana-
- Los papeles estaban perfectos, yo los revisé varias veces y el escribano es de mi confianza -le dije mientras tomábamos el té con las masas que había traído la visita-.
- No me refiero a los temas jurídicos... supongo que esos los manejás bien. Me refiero a qué tipo de personas vivieron aquí y cuál fue su historia -replicó Diana-.
Extrañada, mi mujer le preguntó el porqué de aquella inquietud.
- Es que las casas tienen vida propia, que está condicionada por la vida de quienes las habitan. Si la gente tiene una vida feliz, la casa se carga de energías positivas, pero si la gente se lleva mal o hay muchos sucesos trágicos o cosas por el estilo, la casa se llena de energías negativas que tardan mucho tiempo en irse- respondió Diana muy seriamente.
Al borde de un ataque de risa, la cual contuvimos para no ofender a la visitante, aunque intercambiamos miradas cómplices, Silvia y yo le hicimos saber que no creíamos en esas cosas.
Diana hizo un gesto con su cara que parecía decir "Allá ellos..." y la conversación siguió sobre otros temas más concretos, tales como el color con el cual íbamos a pintar cada cuarto, los arreglos que pensábamos hacerle a la casa en un futuro y la adquisición de algunos muebles para "llenar" un poco los amplios espacios vacíos.
Antes de irse, Diana se volvió un poco insistente. -"Créanme, yo sé por qué se los digo, averiguen quién vivió aquí y cuál fue su historia. Además del chisme, puede ser útil para evitar cosas desagradables".
Despedimos cortesmente a nuestra visitante y no pudimos evitar conversar con mi mujer sobre las historietas de Diana.
Mientras tomábamos un café, Silvia me dijo: "Como dicen...yo no creo en brujas, pero que las hay, las hay". A lo que yo respondí socarronamente: "la única bruja que conozco es mi suegra".
-Ja, ja, hacete el pelotudo-, recibí por única respuesta.
Los días transcurrieron y nos fuimos olvidando de la conversación con Diana. Sin embargo, poco a poco fueron ocurriendo cosas en la casa que nos llevó a pensar que no habíamos hecho tan buena inversión.
La calefacción se rompió y la casa se transformó en una heladera. A cada rato se quemaban las bombitas de luz; se quemó la bomba de agua; hubo un principio de incendio en la cocina. Luego se fisuró un caño de agua que alimenta al lavadero. Un día, la empleada doméstica se quedó encerrada en el cuarto de planchado y tardamos varias horas en rescatarla, ya que no estábamos en la casa y además, nunca nos imaginamos que todavía podía estar a esas horas de la noche. ¡Había que ver la cara de terror que tenía la pobre mujer!
También comenzaron a aparecer manchas de humedad en lugares que habíamos revisado muy bien antes de comprar la vivienda.
Mi mujer, por ejemplo, empezó a quejarse de las corrientes de aire que surcaban la casa y que no podía controlar, a pesar de que cerraba todas las ventanas y puertas de acceso.
Se escuchaban ruidos extraños. Las puertas se cerraban repentina y violéntamente. Los pisos de parquet crujían en la noche.
Para entonces, los chicos llamaban desde sus cuartos porque tenían pesadillas e insistían en pasarse a dormir a nuestra habitación (cosa que resistimos estoicamente).
Por mi parte, tenía problemas con el sueño, porque no lograba estabilizar la temperatura de la habitación: en algunas horas de la noche me sentía sofocado, comenzaba a tener malos sueños hasta que repentinamente me despertaba transpirado y empezaba a patear las cobijas (Silvia se despertaba y se quejaba de mis movimientos nocturnos). En otros momentos, me despertaba tiritando y necesitando taparme... Eso se repetía noche a noche. Como era lógico, a esa alteración del sueño, seguía el mal humor de mi parte, ya que el cansancio se iba acumulando.
Cierta tarde, cuando estaba anocheciendo, compartíamos un café con mi esposa, cuando por el rabillo del ojo vi pasar como una sombra blanquecina. Pensé que alguien se había metido en la cocina, giré violentamente la cabeza hacia donde me pareció ver algo, pero nada, no había nada. Mi mujer se sorprendió de mi movimiento súbito y me preguntó qué me pasaba y si me estaba volviendo loco.
-Nada, simplemente me pareció ver algo, tal vez haya sido mi imaginación o un papel que fue arrastrado por la corriente de aire (no se lo dije, pero pensé que podía ser una rata que se hubiese metido dentro de la casa).
-Te estás poniendo un poco paranoico- me dijo sin dar mayor importancia al incidente.
Pero el episodio no fue aislado y varias veces más me pareció descubrir una silueta que se escabuyía por detrás de mí y escapaba rápidamente. Tal vez tendría que ir a ver al oculista, porque no le encontraba explicación a esas imágenes fugaces que se me aparecían al forzar el ojo hacia un lado.
Una noche, comencé a tener una pesadilla recurrente: una mujer, medio bajita, de rasgos achinados (parecía una india) se me presentaba en sueños. Simplemente se paraba al lado de mi cama y me miraba. Siempre vestía de azul y su mirada parecía perdida. Entonces me despertaba, generalmente con un fuerte dolor de cabeza.
Noche tras noche se fueron sucediendo las apariciones de esa imagen onírica. Comencé a prestarle atención. Sin dudas no era un ángel protector, pero tampoco parecía un demonio. No tenía aspecto de "santa" -observé que no tenía aureola sobre su cabeza-, pero tampoco me pareció que expresara ira o maldad.
Los comentarios que intercambiamos con Silvia, -si bien al principio afirmó: "¡ya te estoy pidiendo hora con el psiquiatra!"-, fueron contagiándola de la intriga que rodeaba todos aquellos acontecimientos. Fuimos relacionando las cosas que habían ocurrido en la casa y verdaderamente parecían extrañas. Casi al unísono nos preguntamos ¿No tendrá razón Diana?. Transmisión de pensamiento- dijimos.
Al día siguiente, mientras me estaba duchando ocurrió algo raro. De repente el agua de la ducha se enfrió en extremo y cuando quise volver a regularla, por poco termino en el hospital con una quemadura importante. Revisé la instalación. No tenía nada, el mezclador estaba bien. Bajé la temperatura del termostato, pero evidentemente estaba roto, porque se volvieron a suceder hechos de esa naturaleza. Como broma, o tal vez ya medio en serio, comencé a hablarle bajo la ducha al "fantasma". "Dejate de joder, ¡te ordeno en nombre de Jesucristo que no me molestes más!".
Por alguna extraña razón, ante esa exhortación el fenómeno desaparecía por un buen rato y el agua tornaba a una temperatura agradable.
Mi mujer comenzó a hablar con los vecinos y a preguntarles si sabían algo de la familia que vivía allí con anterioridad.
Nadie sabía demasiado, pero todos afirmaban que la casa había pasado por varias manos y en todos los casos, se ponía en venta nuevamente al poco tiempo de ser adquirida: generalmente no pasaba más de un año o año y medio.
Una tarde, mientras mi esposa arreglaba el jardín de adelante, pasó por la vereda paseando un perrito una señora mayor. Se detuvo mientras su perro regaba el árbol de mi puerta y pasaba su naríz por el cantero.
-Ah, ¿usted es la nueva dueña? - dijo la mujer.
- Si, hace unos meses que nos mudamos- contestó Silvia.
- Esta casa no tuvo suerte- afirmó lacónicamente la viejita.
Entre extrañada y un poco exasperada, mi cónyuge le preguntó la razón de esa afirmación.
- Bueno, pasan cosas extrañas, por eso al poco tiempo la venden, pero la casa no tiene nada que ver. Seguro que es el alma de la pobre Eulalia que no sabe encontrar el camino para irse al cielo y anda molestando a los patrones.
-¿Eulalia?
- Si, era una doméstica que tenían los dueños que construyeron la casa.
- ¿Y qué pasó con Eulalia?
- Un fin de semana, cuando los patrones se habían ido al campo, quedó Eulalia, como siempre, al cuidado de la casa. Parece que se le ocurrió barrer las hojas que caían de los árboles del jardín y que se metían en la pileta. Para desgracia de la pobre Eulalia, se resbaló en el borde de la pileta y fue a parar al agua. Seguramente la mujer no sabía nadar o simplemente se golpeó la cabeza y no pudo reaccionar. ¿Se imagina la desesperación?. Sóla en esta enorme casa y ¡sin nadie que se diera cuenta o escuchara sus gritos de auxilio!...¡Que muerte horrible! Cuando regresaron los dueños de casa, la encontraron flotando en el agua.

Cuando mi mujer me contó la historia, recordé el asunto de mis sueños y la mujer que se me aparecía en ellos.
Tal vez fuera la pobre Eulalia, y si era así, algo había que hacer para ayudarla a irse o bien, para que parara de torturarnos con sus apariciones.
-Diana ¿qué hacemos?- fue la pregunta inquietante de mi mujer aquella tarde en el teléfono.
Pero Diana, en realidad, no sabía mucho de cómo salir de esta situación. No se trataba de sus teorías sobre Feng Shui.
Ahora ya ni me podía dormir. Estaba aterrado de sólo pensar que mi sueño fuera interrumpido por la aparición del fantasma de Eulalia.
Los días siguientes, fueron torturantes. Los chicos empezaron a preguntar qué ocurría y la falta de sueño me alteró el rendimiento en la oficina.
Busqué afanosamente en las librerías algo que nos pudiera ayudar, pero no encontré nada que me pareciera serio, puras patrañas para vender a los crédulos...
Manteníamos las luces de la casa a pleno. Ni siquiera se apagaban a la hora de ir a la cama.
Para que no nos escuchara Eulalia, acordamos con mi esposa encontrarnos a tomar un café en un bar cercano. Teníamos que elaborar una estrategia, una solución, o en defintiva, terminaríamos vendiendo la casa.
Entre tanto, Eulalia seguìa haciendo de las suyas. En menos de un mes, se rompieron cerraduras, se enfermó el perro, se perdió la tortuga, choqué con el auto, comencé a sentir que en la oficina alguien me estaba moviendo el piso.
Una tarde volví de trabajar y me fui al escritorio para ponerme a terminar un trabajo que tenía pendiente. Allí encontré que la biblioteca había sido alterada, cambiando el orden que rigurosamente llevaba por tema. Eso me ofusca de manera, así que llamé a la empleada y le dije: "Rosa, ¿no le tengo dicho que no limpie los estantes de la biblioteca? ¡Usted me desordena los libros y a mi me lleva horas volver a ponerlos en su lugar!." Pero Rosa sostuvo no muy convincentemente para mí, que ella no tenía nada que ver y que no había tocado un solo libro. Sólo me quedaba disculparme ya que no tenía pruebas contra ella.
Otro día, mi esposa le pegó un repunte a Rosa porque encontró en el "tacho" de la basura una copa de cristal rota. Rosa juró por sus seres más queridos que ella no la había roto, pero era improbable que mis hijos lo hubieran hecho, porque no suelen jugar donde se encuentra el cristalero. Como sea, al conversar sobre el asunto, comenzamos a sospechar que podía ser la presencia de Eulalia la responsable de ambos acontecimientos.
Era el momento de pedir ayuda, pero ¿a quien?
Propuse visitar a una vidente o curandera, pero mi mujer, que es más dura que yó en estas cosas, me miró feo.
-¿Y si consultamos al cura párroco? -sugirió mi esposa.
Muy a regañadientes le pedí una reunión al cura. Estaba convencido que o bien me sacaría a patadas, o bien se reiría de mis planteos: los curas no creen en estas cosas...
Pero no, el cura, que es un hombre ya bastante mayor, me escuchó atentamente mientras me convidaba con un mate.
Para mi sorpresa, coincidió en gran medida con la opinión de la viejita que había hablado con mi mujer: "hay almas perdidas que no encuentran el camino hacia el más allá y quedan estancadas entre este mundo y el otro. A veces -me dijo el cura- se transforman en seres agresivos que no entienden qué les está pasando y sienten que les están robando sus cosas, sus lugares familiares. En definitiva, sienten que no los escuchan y que nadie responde a sus preguntas e incertidumbres". "Pero cabe otra posibilidad, y eso sí sería grave: que se tratara de un demonio. Sin embargo, por tu relato, no me parece que ese sea el caso..."
-¿Y qué se puede hacer? -pregunté.
- Nada, simplemente rezar para que el alma pueda descansar en paz.
- ¿Y si tiramos agua bendita?
- Si fuera un demonio o alguna espiritualidad maligna tendría sentido, y no sólo eso, sino hacer un exorcismo.
- Padre: ¿Puede ser que estos acontecimientos sean sólo efecto de nuestra imaginación o un fenómeno psíquico, como los de doble personalidad, y esas cosas?
- Tal vez.
- Entonces realmente simplemente nos estamos obsesionando con algo que no existe...Sin embargo, ¿qué hay de las demás cosas que pasan?, ¿son simples coincidencias, que yo relaciono a pesar que la ley de las probabilidades indica que es poco factible que todos esos acontecimientos ocurran todos juntos en un lapso tan pequeño?
- Puede ser -me dijo el sacerdote mientras se iba levantando de su escritorio-; tomá esta estampa, aquí hay una novena a la Virgen...Si después de nueve días no lográs que se vaya la presunta muertita, habría que pensar en hacer algo más.
No muy convencido comenté con mi mujer la conversación con el cura.
Como sea, acordamos hacer la novena.
Mientras tanto, seguían ocurriendo cosas extrañas y a mi se me aparecía Eulalia cada noche.
Una de esas noches me propuse hablarle, interrogarla y asì ocurrió en el sueño...pero la aparición no contestaba, simplemente me miraba. Yo me despertaba aterrado y si bien nunca fui muy religioso, repentinamente recordé la forma de rezar el rosario, asì que me las pasaba la noche entera rezando hasta que vencido por el cansancio lograba volver a dormirme.
Parece que la novena del cura dió resultado, porque desde entonces -y a todo esto ya pasaron varios meses-, no se me ha vuelto a aparecer la muerta y las cosas se fueron normalizando en casa. Bueno, no todo, porque la otra tarde sucedió algo extraño: sonó el teléfono...
-Hola, si...
Una voz de mujer respondió: "Hola, señor..."
- Si, ¿quién habla?- atiné a preguntar.
- Llamaba para darle las gracias...
Pero cuando quise seguir la conversación, la llamada simplemente se cortó.

lunes, 6 de octubre de 2008

La inquietud por San Agustín

"...Porque nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí."
Confesiones, Libro I, Capítulo I.

La indigencia según San Agustín

Esto sólo se: que me va mal lejos de Ti. No solamente fuera de mi, sino aun en mí mismo; y que toda abundancia mía que no es mi Dios, es indigencia. Confesiones, LIbro XIII, Cap. VIII.

La visiòn de la verdad por San Agustín

"Para ver la verdad no basta poseer los medios. Si el ojo no está sano no puede ver la luz del sol. La luz inteligible no se descubre sino a las inteligencias puras y a los ojos amantes...No toda alma racional, sino sólo aquella que por su santidad tiene la mirada límpida y serena, es la que se acomoda mejor al objeto de su contemplación..." DE divers. quaest. 83 q. 41

jueves, 18 de septiembre de 2008

SERRANILLA VI - LA VAQUERA DE LA FINOJOSA -por el Marqués de Santillana


Moza tan fermosa
non ví en la frontera,
como una vaquera
de la Finojosa.

Faciendo la vía
del Calatraveño
a Santa María,
vencido del sueño,
por tierra fragosa
perdí la carrera,
do ví la vaquera
de la Finojosa.

En un verde prado
de rosas e flores,
guardando ganado
con otros pastores,
la ví tan graciosa
que apenas creyera
que fuese vaquera
de la Finojosa.

Non creo las rosas
de la primavera
sean tan fermosas
nin de tal manera,
fablando sin glosa,
si antes supiera
de aquella vaquera
de la Finojosa.

Non tanto mirara
su mucha beldad,
porque me dexara
en mi libertad.
Mas dixe:--«Donosa
(por saber quién era),
¿aquella es la vaquera
de la Finojosa?...»

Bien como riendo,
dixo: --«Bien vengades;
que ya bien entiendo
lo que demandades:
non es desseosa
de amar, nin lo espera,
aquessa vaquera
de la Finojosa.»