miércoles, 27 de abril de 2016
Los ladrones de nueces. Cuento Anónimo francés.
Dos ladrones de nueces se refugian en un cementerio para distribuirse el botín. Hacen el ruido suficiente como para que el sacristán los oiga desde el presbiterio, y decide ir a ver qué pasa. Es de noche; el sacristán divisa entre las tumbas dos siluetas que le parecen horrorosas. Parecen estar contando y el hombre les oye decir:
-Una para ti, una para mí, una para ti, una para mí...
Aterrorizado, el sacristán echa a correr, va a buscar al párroco y tiembla al contarle la cosa a su manera:
-He visto al buen Dios y al diablo juntos en el cementerio. Se lo aseguro: estaban repartiéndose las almas de los difuntos.
El cura levanta los brazos al cielo, pero el otro insiste tanto que termina por seguirle. Se acercan los dos suavemente al triste lugar en el que se entierra a los humanos, pero no se atreven a entrar y se contentan con prestar atención. En ese momento, los ladrones han terminado de contar las nueces de los dos sacos colocados ante ellos. Y uno de ello le dice a su compañero: «Ve a buscar a los dos otros que están detrás del muro». Creyendo que hablan de ellos, el párroco y el sacristán huyen despavoridos. Aún siguen corriendo.
lunes, 25 de abril de 2016
miércoles, 13 de abril de 2016
lunes, 4 de abril de 2016
Memorare (Oración de San Bernardo a la Santísima Virgen María)
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestro auxilio,
haya sido desamparado.
Animado por esta confianza, a Vos acudo,
oh Madre, Virgen de las vírgenes,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante Vos.
Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
lunes, 21 de marzo de 2016
LA SENSACIÓN. Relato por Alejandro R. Melo
Cada día tomaba aquella calle...los años pasaron y el paisaje apenas si se modificó desde que comencé a trabajar en el aserradero.
Ahora soy viejo y recorro los mismos olores, los mismos caminos somnolientos.
Cada día bajo la calle con el sonido de los pájaros jugueteando entre las ramas del bosque. En primavera sus trinos se transforman en un coro virtuoso que alegra mi vida.
Cada noche, cuesta arriba por mi calle, voy acompañado por el arrullar de los búhos y el fresco estremecimiento de las ramas de los eucaliptos, mientras sus hojas vibran ante la caricia del viento.
Ahora se me hace dificultoso caminar de vuelta la calle que lleva a la casa. De no ser por las fragancias que recogen mis sentidos, hace rato que sólo me hubiera sentado en la puerta, a contemplar el paso de los caminantes.
Pero mi calle tiene ese encanto. El bosque tiene su música. Por más que cada día pase por los mismos recodos, por las mismas piedras. Allí está la piedra grande al borde del camino. Más allá la casa del molino: puedo sentir el aroma del humo que quema su hogar y sale jugando por su chimenea. La casa estaba allí cuando nací. Decía mi padre que la construyó un viejo herrero del pueblo. “Era un hombre muy bondadoso”, -solía comentar mi madre.
El viejo molino de agua sigue moviendo sus aspas. La frescura de sus aguas sigue danzando en mi corazón y me evoca mi niñez, cuando mi padre me llevaba de la mano camino abajo hasta la escuela frente a la plaza.
Esta noche, la luna juega a las escondidas con las nubes que la acarician suavemente mientras forman bandadas que se llevan las penas de los hombres. Ellas nos recuerdan lo estúpido de las preocupaciones de los corazones, mientras el viento arrastra día tras día allá en lo alto, la futilidad de su permanencia.
Podría morir esta noche, mientras mis sentidos retienen los aromas del bosque, el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo y el crujir de la alfombra de hojas en el otoño; las ramas de los eucaliptos balanceándose con el viento y lanzando su antiguo rezongo; el dulce aroma del agua del pozo; el pan haciéndose en el horno. Nada más anhelo, nada más necesito... Mi corazón está completo. Dios no tiene apuro, tan sólo espera paciente el fin de mi anécdota vital.
Ahora soy viejo y recorro los mismos olores, los mismos caminos somnolientos.
Cada día bajo la calle con el sonido de los pájaros jugueteando entre las ramas del bosque. En primavera sus trinos se transforman en un coro virtuoso que alegra mi vida.
Cada noche, cuesta arriba por mi calle, voy acompañado por el arrullar de los búhos y el fresco estremecimiento de las ramas de los eucaliptos, mientras sus hojas vibran ante la caricia del viento.
Ahora se me hace dificultoso caminar de vuelta la calle que lleva a la casa. De no ser por las fragancias que recogen mis sentidos, hace rato que sólo me hubiera sentado en la puerta, a contemplar el paso de los caminantes.
Pero mi calle tiene ese encanto. El bosque tiene su música. Por más que cada día pase por los mismos recodos, por las mismas piedras. Allí está la piedra grande al borde del camino. Más allá la casa del molino: puedo sentir el aroma del humo que quema su hogar y sale jugando por su chimenea. La casa estaba allí cuando nací. Decía mi padre que la construyó un viejo herrero del pueblo. “Era un hombre muy bondadoso”, -solía comentar mi madre.
El viejo molino de agua sigue moviendo sus aspas. La frescura de sus aguas sigue danzando en mi corazón y me evoca mi niñez, cuando mi padre me llevaba de la mano camino abajo hasta la escuela frente a la plaza.
Esta noche, la luna juega a las escondidas con las nubes que la acarician suavemente mientras forman bandadas que se llevan las penas de los hombres. Ellas nos recuerdan lo estúpido de las preocupaciones de los corazones, mientras el viento arrastra día tras día allá en lo alto, la futilidad de su permanencia.
Podría morir esta noche, mientras mis sentidos retienen los aromas del bosque, el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo y el crujir de la alfombra de hojas en el otoño; las ramas de los eucaliptos balanceándose con el viento y lanzando su antiguo rezongo; el dulce aroma del agua del pozo; el pan haciéndose en el horno. Nada más anhelo, nada más necesito... Mi corazón está completo. Dios no tiene apuro, tan sólo espera paciente el fin de mi anécdota vital.
viernes, 5 de febrero de 2016
Penas y alegrías del amor. Poema de Rafael de León
Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
vida, no vuelvas a hacerlo
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
la piel cuando te recuerdo.
Por la garganta me sube
un río de sangre fresco
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo.
Tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos
y en mi sien una corona
hecha de alfileres negros.
Mira cómo se me pone
la piel ca vez que me acuerdo
que soy un hombre casao
y sin embargo, te quiero.
Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de ortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el pueblo
que anda rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
¡Y yo sé bien que me quieres!
¡Y tú sabes que te quiero!
Y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.
¡Ay, pena, penita, pena
de nuestro amor en silencio!
¡Ay, qué alegría, alegría,
quererte como te quiero!
Cuando por la noche a solas
me quedo con tu recuerdo
derribaría la pared
que separa nuestro sueño,
rompería con mis manos
de tu cancela los hierros,
con tal de verme a tu vera,
tormento de mis tormentos,
y te estaría besando
hasta quitarte el aliento.
Y luego, qué se me daba
quedarme en tus brazos muerto.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Nuestro amor es agonía,
luto, angustia, llanto, miedo,
muerte, pena, sangre, vida,
luna, rosa, sol y viento.
Es morirse a cada paso
y seguir viviendo luego
con una espada de punta
siempre pendiente del techo.
Salgo de mi casa al campo
sólo con tu pensamiento,
para acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo.
Y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo,
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.
Ayer, en la Plaza Nueva,
vida, no vuelvas a hacerlo
te vi besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo lo besarías
¡ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me distes un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
y aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa el pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
¡Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!
lunes, 29 de junio de 2015
Un nuevo relato salvaje (me lo mandaron por internet, no sé quien es el autor, pero está muy bueno)
- La gente que aún trabaja me pregunta a menudo que hago todos los días, ahora que estoy jubilado...y me sobra mucho tiempo
Pues bien, los otros días fui al correo a recoger un paquete que me había llegado; No tardé en la gestión ni cinco minutos.
Cuando salí, un Oficial de Tránsito estaba llenando una infracción por estacionamiento prohibido. Rápidamente me acerqué a él y le dije:
"¡Vaya hombre, no tardé ni cinco minutos...! Dios le recompensaría si hiciera un pequeño gesto para con un jubilado"...
Me ignoró olímpicamente y continuó llenando la infracción.
La verdad es que me pasé un poco con la boca y le dije que no tenía vergüenza...
Me miró fríamente y empezó a llenar otra infracción alegando que, además, el vehículo no tenía pegada una calcomanía de no sé qué "inspección técnica"...
Entonces levanté la voz para decirle que me había percatado de que estaba tratando con un boludo, que no sabía cómo carajos lo habían dejado entrar en la Dirección Tránsito.. .
Él acabó con la segunda infracción, la colocó debajo del limpiaparabrisas, y empezó con una tercera.
No me achiqué y estuve así durante unos 20 minutos puteándolo en todos los idiomas, lo menos que le dije fue que era un pelotudo e hijo de puta
Él, a cada insulto, respondía con una nueva infracción.
Con cada infracción que llenaba, se le dibujaba una sonrisa que reflejaba la satisfacción de la venganza...
Después de la enésima infracción... le dije:
"Bueno, lo tengo que dejar; ¡Ahí viene mi colectivo!"
Desde mi jubilación, cada día ensayo cómo divertirme un poco.
Es importante hacer algo a mi edad, para no aburrirme y mantenerme en un muy buen estado físico y mental...
Pues bien, los otros días fui al correo a recoger un paquete que me había llegado; No tardé en la gestión ni cinco minutos.
Cuando salí, un Oficial de Tránsito estaba llenando una infracción por estacionamiento prohibido. Rápidamente me acerqué a él y le dije:
"¡Vaya hombre, no tardé ni cinco minutos...! Dios le recompensaría si hiciera un pequeño gesto para con un jubilado"...
Me ignoró olímpicamente y continuó llenando la infracción.
La verdad es que me pasé un poco con la boca y le dije que no tenía vergüenza...
Me miró fríamente y empezó a llenar otra infracción alegando que, además, el vehículo no tenía pegada una calcomanía de no sé qué "inspección técnica"...
Entonces levanté la voz para decirle que me había percatado de que estaba tratando con un boludo, que no sabía cómo carajos lo habían dejado entrar en la Dirección Tránsito.. .
Él acabó con la segunda infracción, la colocó debajo del limpiaparabrisas, y empezó con una tercera.
No me achiqué y estuve así durante unos 20 minutos puteándolo en todos los idiomas, lo menos que le dije fue que era un pelotudo e hijo de puta
Él, a cada insulto, respondía con una nueva infracción.
Con cada infracción que llenaba, se le dibujaba una sonrisa que reflejaba la satisfacción de la venganza...
Después de la enésima infracción... le dije:
"Bueno, lo tengo que dejar; ¡Ahí viene mi colectivo!"
Desde mi jubilación, cada día ensayo cómo divertirme un poco.
Es importante hacer algo a mi edad, para no aburrirme y mantenerme en un muy buen estado físico y mental...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


