domingo, 8 de agosto de 2010

UNA SEÑORA de José Donoso


No recuerdo con certeza cuándo fue la primera vez que me di cuenta de su existencia. Pero si no me equivoco, fue cierta tarde de invierno en un tranvía que atravesaba un barrio popular.

Cuando me aburro de mi pieza y de mis conversaciones habituales, suelo tomar algún tranvía cuyo recorrido desconozca y pasar así por la ciudad. Esa tarde llevaba un libro por si se me antojara leer, pero no lo abrí. Estaba lloviendo esporádicamente y el tranvía avanzaba casi vacío. Me senté junto a una ventana, limpiando un boquete en el vaho del vidrio para mirar las calles.

No recuerdo el momento exacto en que ella se sentó a mi lado. Pero cuando el tranvía hizo alto en una esquina, me invadió aquella sensación tan corriente y, sin embargo, misteriosa, que cuanto veía, el momento justo y sin importancia como era, lo había vivido antes, o tal vez soñado. La escena me pareció la reproducción exacta de otra que me fuese conocida: delante de mí, un cuello rollizo vertía sus pliegues sobre una camisa deshilachada; tres o cuatro personas dispersas ocupaban los asientos del tranvía; en la esquina había una botica de barrio con su letrero luminoso, y un carabinero bostezó junto al buzón rojo, en la oscuridad que cayó en pocos minutos. Además, vi una rodilla cubierta por un impermeable verde junto a mi rodilla.

Conocía la sensación, y más que turbarme me agradaba. Así, no me molesté en indagar dentro de mi mente dónde y cómo sucediera todo esto antes. Despaché la sensación con una irónica sonrisa interior, limitándome a volver la mirada para ver lo que seguía de esa rodilla cubierta con un impermeable verde.

Era una señora. Una señora que llevaba un paraguas mojado en la mano y un sombrero funcional en la cabeza. Una de esas señoras cincuentonas, de las que hay por miles en esta ciudad: ni hermosa ni fea, ni pobre ni rica. Sus facciones regulares mostraban los restos de una belleza banal. Sus cejas se juntaban más de lo corriente sobre el arco de la nariz, lo que era el rasgo más distintivo de su rostro.

Hago esta descripción a la luz de hechos posteriores, porque fue poco lo que de la señora observé entonces. Sonó el timbre, el tranvía partió haciendo desvanecerse la escena conocida, y volví a mirar la calle por el boquete que limpiara en el vidrio. Los faroles se encendieron. Un chiquillo salió de un despacho con dos zanahorias y un pan en la mano. La hilera de casas bajas se prolongaba a lo largo de la acera: ventana, puerta, ventana, puerta, dos ventanas, mientras los zapateros, gasfíteres y verduleros cerraban sus comercios exiguos.

Iba tan distraído que no noté el momento en que mi compañera de asiento se bajó del tranvía. ¿Cómo había de notarlo si después del instante en que la miré ya no volví a pensar en ella?

No volví a pensar en ella hasta la noche siguiente.

Mi casa está situada en un barrio muy distinto a aquel por donde me llevara el tranvía la tarde anterior. Hay árboles en las aceras y las casas se ocultaban a medias detrás de rejas y matorrales. Era bastante tarde, y yo ya estaba cansado, ya que pasara gran parte de la noche charlando con amigos ante cervezas y tazas de café. Caminaba a mi casa con el cuello del abrigo muy subido. Antes de atravesar una calle divisé una figura que se me antojó familiar, alejándose bajo la oscuridad de las ramas. Me detuve observándola un instante. Sí, era la mujer que iba junto a mí en el tranvía de la tarde anterior. Cuando pasó bajo un farol reconocí inmediatamente su impermeable verde. Hay miles de impermeables verdes en esta ciudad, sin embargo no dudé de que se trataba del suyo, recordándola a pesar de haberla visto sólo unos segundos en que nada de ella me impresionó. Crucé a la otra acera. Esa noche me dormí sin pensar en la figura que se alejaba bajo los árboles por la calle solitaria.

Una mañana de sol, dos días después, vi a la señora en una calle céntrica. El movimiento de las doce estaba en su apogeo. Las mujeres se detenían en las vidrieras para discutir la posible adquisición de un vestido o de una tela. Los hombres salían de sus oficinas con documentos bajo el brazo. La reconocí de nuevo al verla pasar mezclada con todo esto, aunque no iba vestida como en las veces anteriores. Me cruzó una ligera extrañeza de por qué su identidad no se había borrado de mi mente, confundiéndola con el resto de los habitantes de la ciudad.

En adelante comencé a ver a la señora bastante seguido. La encontraba en todas partes y a toda hora. Pero a veces pasaba una semana o más sin que la viera. Me asaltó la idea melodramática de que quizás se ocupara en seguirme. Pero la deseché al constatar que ella, al contrario que yo, no me identificaba en medio de la multitud. A mí, en cambio, me gustaba percibir su identidad entre tanto rostro desconocido. Me sentaba en un parque y ella lo cruzaba llevando un bolsón con verduras. Me detenía a comprar cigarrillos, y estaba ella pagando los suyos. Iba al cine, y allí estaba la señora, dos butacas más allá. No me miraba, pero yo me entretenía observándola. Tenía la boca más bien gruesa. Usaba un anillo grande, bastante vulgar.

Poco a poco la comencé a buscar. El día no me parecía completo sin verla. Leyendo un libro, por ejemplo, me sorprendía haciendo conjeturas acerca de la señora en vez de concentrarme en lo escrito. La colocaba en situaciones imaginarias, en medio de objetos que yo desconocía. Principié a reunir datos acerca de su persona, todos carentes de importancia y significación. Le gustaba el color verde. Fumaba sólo cierta clase de cigarrillos. Ella hacía las compras para las comidas de su casa.

A veces sentía tal necesidad de verla, que abandonaba cuanto me tenía atareado para salir en su busca. Y en algunas ocasiones la encontraba. Otras no, y volvía malhumorado a encerrarme en mi cuarto, no pudiendo pensar en otra cosa durante el resto de la noche.

Una tarde salí a caminar. Antes de volver a casa, cuando oscureció, me senté en el banco de una plaza. Sólo en esta ciudad existen plazas así. Pequeña y nueva, parecía un accidente en ese barrio utilitario, ni próspero ni miserable. Los árboles eran raquíticos, como si se hubieran negado a crecer, ofendidos al ser plantados en terreno tan pobre, en un sector tan opaco y anodino. En una esquina, una fuente de soda oscura aclaraba las figuras de tres muchachos que charlaban en medio del charco de luz. Dentro de una pileta seca, que al parecer nunca se terminó de construir, había ladrillos trizados, cáscaras de fruta, papeles. Las parejas apenas conversaban en los bancos, como si la fealdad de la plaza no propiciara mayor intimidad.

Por uno de los senderos vi avanzar a la señora, del brazo de otra mujer. Hablaban con animación, caminando lentamente. Al pasar frente a mí, oí que la señora decía con tono acongojado:

-¡Imposible!

La otra mujer pasó el brazo en torno a los hombros de la señora para consolarla. Circundando la pileta inconclusa se alejaron por otro sendero.

Inquieto, me puse de pie y eché a andar con la esperanza de encontrarlas, para preguntar a la señora qué había sucedido. Pero desaparecieron por las calles en que unas cuantas personas transitaban en pos de los últimos menesteres del día.

No tuve paz la semana que siguió de este encuentro. Paseaba por la ciudad con la esperanza de que la señora se cruzara en mi camino, pero no la vi. Parecía haberse extinguido, y abandoné todos mis quehaceres, porque ya no poseía la menor facultad de concentración. Necesitaba verla pasar, nada más, para saber si el dolor de aquella tarde en la plaza continuaba. Frecuenté los sitios en que soliera divisarla, pensando detener a algunas personas que se me antojaban sus parientes o amigos para preguntarles por la señora. Pero no hubiera sabido por quién preguntar y los dejaba seguir. No la vi en toda esa semana.

Las semanas siguientes fueron peores. Llegué a pretextar una enfermedad para quedarme en cama y así olvidar esa presencia que llenaba mis ideas. Quizás al cabo de varios días sin salir la encontrara de pronto el primer día y cuando menos lo esperara. Pero no logré resistirme, y salí después de dos días en que la señora habitó mi cuarto en todo momento. Al levantarme, me sentí débil, físicamente mal. Aun así tomé tranvías, fui al cine, recorrí el mercado y asistí a una función de un circo de extramuros. La señora no apareció por parte alguna.

Pero después de algún tiempo la volví a ver. Me había inclinado para atar un cordón de mis zapatos y la vi pasar por la soleada acera de enfrente, llevando una gran sonrisa en la boca y un ramo de aromo en la mano, los primeros de la estación que comenzaba. Quise seguirla, pero se perdió en la confusión de las calles.

Su imagen se desvaneció de mi mente después de perderle el rastro en aquella ocasión. Volví a mis amigos, conocí gente y paseé solo o acompañado por las calles. No es que la olvidara. Su presencia, más bien, parecía haberse fundido con el resto de las personas que habitan la ciudad.

Una mañana, tiempo después, desperté con la certeza de que la señora se estaba muriendo. Era domingo, y después del almuerzo salí a caminar bajo los árboles de mi barrio. En un balcón una anciana tomaba el sol con sus rodillas cubiertas por un chal peludo. Una muchacha, en un prado, pintaba de rojo los muebles del jardín, alistándolos para el verano. Había poca gente, y los objetos y los ruidos se dibujaban con precisión en el aire nítido. Pero en alguna parte de la misma ciudad por la que yo caminaba, la señora iba a morir.

Regresé a casa y me instalé en mi cuarto a esperar.

Desde mi ventana vi cimbrarse en la brisa los alambres del alumbrado. La tarde fue madurando lentamente más allá de los techos, y más allá del cerro, la luz fue gastándose más y más. Los alambres seguían vibrando, respirando. En el jardín alguien regaba el pasto con una manguera. Los pájaros se aprontaban para la noche, colmando de ruido y movimiento las copas de todos los árboles que veía desde mi ventana. Rió un niño en el jardín vecino. Un perro ladró.

Instantáneamente después, cesaron todos los ruidos al mismo tiempo y se abrió un pozo de silencio en la tarde apacible. Los alambres no vibraban ya. En un barrio desconocido, la señora había muerto. Cierta casa entornaría su puerta esa noche, y arderían cirios en una habitación llena de voces quedas y de consuelos. La tarde se deslizó hacia un final imperceptible, apagándose todos mis pensamientos acerca de la señora. Después me debo de haber dormido, porque no recuerdo más de esa tarde.

Al día siguiente vi en el diario que los deudos de doña Ester de Arancibia anunciaban su muerte, dando la hora de los funerales. ¿Podría ser?... Sí. Sin duda era ella.

Asistí al cementerio, siguiendo el cortejo lentamente por las avenidas largas, entre personas silenciosas que conocían los rasgos y la voz de la mujer por quien sentían dolor. Después caminé un rato bajo los árboles oscuros, porque esa tarde asoleada me trajo una tranquilidad especial.

Ahora pienso en la señora sólo muy de tarde en tarde.

A veces me asalta la idea, en una esquina por ejemplo, que la escena presente no es más que reproducción de otra, vivida anteriormente. En esas ocasiones se me ocurre que voy a ver pasar a la señora, cejijunta y de impermeable verde. Pero me da un poco de risa, porque yo mismo vi depositar su ataúd en el nicho, en una pared con centenares de nichos todos iguales.

LA MUJER DE OTRO por Abelardo Castillo



Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.
La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.
-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.
Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.
-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.
Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.
Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.
Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.
-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.
Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.
Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.
-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un minuto;
-No, por favor. -Pensé decirle que mejor me iba; pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por qué cambiarse.
Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.
-¿Toma mate? -me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.
-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.
-Usted se preguntará a qué vine.
-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos. -
Sonrió, con los ojos fijos en el mate. -Pero, ya que lo dice: a qué vino.
Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás.
O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.
El acababa de preguntarme a qué había venido.
-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola. -Curiosidad - dije.
-Me doy cuenta -murmuró él.
No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.
Llegué a mi departamento después de la una de mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.
En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.
-Fotos -dije.
No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.
-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.
-Es un poco tarde -dije.
-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-. Hace mucho que no las miro.
Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió. Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.
Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía:
Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.
Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.
-Ésta es linda -dijo.
Carolina, junto a un buzón, se reía.
-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.
-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es distinto.
-Usted no está en ninguna de las que me mostró -le dije.
-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.
Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.
Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.
-Era muy hermosa, ¿no es cierto?
Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda.
-Sí -le dije-. Era muy hermosa.
Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.

viernes, 30 de julio de 2010

Los Sesenta Granaderos (Cueca)



(Letra: Hilario Cuadros - Música: Félix P. Cardozo)


Ante el Cris, ante el Cristo Redentor
se arrodi, se arrodillaba un arriero
y roga, y rogaba por las almas
de los bra, de los bravos granaderos.

Eran se, eran sesenta paisanos,
los sesen, los sesenta granaderos;
eran va, eran valientes cuyanos
de cora, de corazones de acero.

Quiero elevar mi canto
como un lamento de tradición
para los granaderos
que defendieron nuestra nación.
Pido para esas almas
que la bendiga Nuestro Señor.


Nuestra Se, Nuestra Señora de Cuyo
contempló la cruzada de los Andes
y bendijo al General San Martín
el más grande, el más grande entre los grandes.

Cuna de, cuna de eternos laureles
Con que se, con que se adorna mi patria,
es Mendó, es Mendoza la guardiana
por ser la, por ser la tierra más gaucha.

Quiero elevar mi canto
como un lamento de tradición
para los granaderos
que defendieron nuestra nación.
Pido para esas almas
que la bendiga Nuestro Señor.

miércoles, 28 de julio de 2010

El valor de la educación popular, por Mariano Moreno


Si los pueblos no se ilustran, si no se divulgan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que puede, vale, debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y será tal vez nuestra suerte cambiar de tiranos sin destruir la tiranía. MARIANO MORENO, Secretario de la Primera Junta de Gobierno constituida el 25 de Mayo de 1810.

martes, 27 de julio de 2010

EL IDIOMA DE PUERTO RICO por Luis López Nieves

INTRODUCCIÓN
Recientemente estuve en el Primer Congreso de la Lengua Española, celebrado en la hermosa ciudad de Zacatecas, México. Allí descubrí, asombrado, que un alarmante número de hispanohablantes no está muy seguro de cuál es el idioma de Puerto Rico. Esta nota pretende aclarar esta duda.


TRASFONDO HISTÓRICO

En el siglo XIX casi toda Hispanoamérica se liberó de España, excepto Cuba y Puerto Rico. En el 1898, tras la mal llamada guerra Hispano-Americana (Hispano-Estadounidense), los norteamericanos se quedaron con Puerto Rico como botín de guerra. De inmediato impusieron el inglés como único idioma oficial de la nueva colonia. El nombre del país, incluso, cambió a Porto Rico. El gobierno, de generales y civiles norteamericanos, operaba en inglés. El sistema escolar enseñaba en inglés desde el primer grado. Niños de seis años de edad, tanto de la ciudad como del campo, debían recibir instrucción en inglés.

Claro, los puertorriqueños no hicieron caso. Los maestros daban las clases en español y sólo cambiaban al inglés -con la complicidad de los estudiantes- cuando alguno de los supervisores gringos se asomaba al aula o salón de clases.

En el 1948, tras una larga lucha de cincuenta años que no tengo espacio para contar, los gringos se dieron por vencidos. Aceptaron el español como idioma dizque cooficial y permitieron que el sistema educativo regresara al español. Los gringos simplemente oficializaron la realidad, porque el idioma de un país no se cambia por decreto.

(La situación de los puertorriqueños que han emigrado a Estados Unidos es otra. Al igual que los mexicanos, dominicanos, colombianos y demás latinoamericanos emigrantes, la lengua que hablan ha sufrido cambios. Pero el tema que hoy me ocupa es el español hablado en la Isla de Puerto Rico.)


HISTORIA INMEDIATA

A fines de la década del 80, Rafael Hernández Colón, gobernador autonomista de Puerto Rico, decide eliminar al inglés como idioma cooficial y anuncia que la única lengua de Puerto Rico será el español, aunque el inglés seguirá enseñándose como lengua extranjera, al igual que en otros países.

La comunidad hispánica del mundo, con sobrado motivo, celebra la acción de Hernández Colón. España, por ejemplo, nos otorga (al Pueblo de Puerto Rico) el Premio Príncipe de Asturias por nuestra defensa del español. No se olvide que nuestro enemigo es el imperio más poderoso de todos los tiempos y que nosotros, en cambio, somos el país más pequeño de Hispanoamérica, un poco más chicos que El Salvador.

Bueno, unos pocos años después, en el 1992, un anexionista recalcitrante gana la gobernación de Puerto Rico. Absolutamente histérico, lo primero que hace al llegar a La Fortaleza (residencia oficial de nuestros gobernadores) es volver a designar al inglés lengua cooficial de Puerto Rico.

Eso fue todo lo que pasó. Un decreto. Una ley. Cosas que ocurren sobre el papel.


ACTUALIDAD

La noticia de la restitución del inglés como lengua cooficial ha creado gran confusión fuera de Puerto Rico. Al no conocer su mero carácter burocrático, algunas personas han pensado que el español se dejó de hablar o que se impuso al inglés como lengua única obligatoria.

La lengua de Puerto Rico es y será siempre el español. Estamos, eso sí, bajo un fuerte ataque de los gringos que quieren que hablemos inglés. Somos el único país de Hispanoamérica que todavía es colonia. Necesitamos el apoyo de todos los hispanohablantes. Somos el hermano menor que pasa por un momento difícil; sin embargo, como no tenemos representación diplomática propia, a menudo la comunidad hispana del mundo nos excluye de actividades a las que debemos asistir por derecho propio, como es el caso de las cumbres de jefes de estado ibero-americanos. La poca representación que tenemos en el mundo es vicaria, por medio de los hermanos cubanos, que nunca nos han olvidado. Desde la otorgación del Premio Príncipe de Asturias también hemos visto un fuerte apoyo de la prensa española. A ambos les damos las gracias.

El español de Puerto Rico está vivito, coleando y dando candela... como decimos los puertorriqueños. Todos los días luchamos para que siempre sea así. ¿Cómo pueden ayudarnos los demás hispanohablantes?

Háganle saber al mundo que en Puerto Rico el español sigue vivo y en lucha, porque es la verdad.
Incluyan a Puerto Rico en todas la actividades que atañen al mundo hispano, porque somos hispanos.
Conozcan en lo posible nuestra literatura e inclúyanla en sus antologías de literatura hispanoamericana, porque somos hispanoamericanos.
Envíen copia de este artículo a todos sus amigos, para que se enteren.
Muchas gracias.


Luis López Nieves
CiudadSeva.com
San Juan de Puerto Rico
Abril de 1997

Nota: Publicado por la revista mexicana Archipiélago, Núm. 11 Año 2 / Marzo-Abril 1997, p.10, con la siguiente nota: "Los navegantes del ciberespacio se encontraron de pronto con este texto, que empezó a correr viento en popa por los siete mares de la tecnología de la comunicación. Archipiélago lo recibió directamente de la isla del Edén".

Carta del General San Martìn a J.M. de Rosas

"No puedo concebir a aquellos argentinos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a la Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer." Carta de San Martín a Rosas. 10 de Junio de 1839).

LA TELESITA de Agustín Carabajal

Telesita, la manga mota
tus ropitas están rotas
por la costa del Salado
tus pasos van extraviados.

No preguntes por tu amor
por que nunca lo hallarás
un consuelo a tu dolor
en el baile buscarás.

Por esos campos de Dios
te lleva tu corazón
sin saber que tu danzar
es tan solo una ilusión.

Rezabaile del querer
con su música llamó
pies desnudos bajo el sol
la Telesita llegó.

Estribillo

Y así te verán bailando
loca en cada amanecer
como prendida la danza
muy adentro de tu ser.


Ay! Telésfora Castillo
tus ojos no tienen brillo
lo has perdido tras del monte
o buscando el horizonte.

Con un bombo sonador
y un violín sentimental
un cieguito al encordao
el baile va comenzar.

Tu esperanza se perdió
déle baila y bailar
lleva tu pecho un dolor
pero no sabes llorar.

Pobre niña que un fogón
tu cuerpito calcinó
y en la noche de los tiempos
todo el pueblo te lloró.

Estribillo

Y así te verán bailando
loca en cada amanecer
como prendida la danza
muy adentro de tu ser.

- LEYENDA:

Telésfora Santillán o Telésfora Castillo -según las versiones- era una "inocente" que vivió a mediados del siglo XIX en la región del Salado (Departamento Figueroa, Santiago del Estero).

Conocida en toda la provincia como alma milagrosa, se la llama en algunos lugares, Telesita, Tele o Telésfora.

Una versión cuenta que se trataba de una jovencita de poco raciocinio, que mendigaba y murió quemada al tratar de calentarse junto a un fogón.

Otra versión la presenta como a una muchacha que sólo gustaba de bailar y que, atraída por los sones de una caja, se acerco danzando a una fogata, de donde saltó una chispa que prendió en sus vestidos y la carbonizó. En suma, todas las leyendas coinciden en la circunstancia de la muerte trágica.

La Telesita es milagrosa porque, entre otros poderes, tiene el de hacer aparecer lo perdido. Si a alguien se le extravía algo, le ofrece una Telesiada, baile con caña y música que se inicia con un chacarera... No se puede cambiar de pareja y se baila hasta caer al piso (por la cantidad de alcohol ingerido o por el cansancio).