lunes, 5 de noviembre de 2007

A RESTITUTA, LA CURANDERA (epitafio) por Leopoldo Marechal

Curandera por arte, vocación y malicia,
la vieja Restituta
duerme aquí (si es que duerme).

Carpía tierras en el camposanto
y arrancaba cebollas
de maligno semblante.
Con un sapo clavado en una higuera
curó todos los males
asombrosos del sur.

En su olla tiznada
cocinó mil dstinos:
ataba y desataba los caballos del odio;
sabía el arte oscuro de apagar y encender
ese ardor forastero
que decimos Amor.

Jinete de una escoba, galopando en el aire,
fue vista por un niño a medianoche,
detrás de su marido
que, según dicen, era
cierto Mozo de pata irregular.

Murió sin aspavientos
en la Creciente Grande.
Si hoy reposa entre tantos esqueletos benditos
es porque en este pago
no había Cura entonces.

A UN ZAINO MUERTO por Leopoldo Marechal

En la inocencia de tus ojos muertos
recuperó su dignidad el cielo:
la muerte nunca tuvo
dos tréboles más castos
que tus ojos.

La tarde se perfuma con el silencio
que brota de tu piel.
Bajo tus patas rígidas la tierra
llora su música perdida.
Se ha dormido en tus remos la distancia.
Semillas de la noche venidera
son tus ojos abiertos como nunca.

Has arreado tus días como novillos rojos
y tus noches enguampadas de luna.
sobre tu cruz el sol
fue un pájaro boyero que cantó en las mañanas.
Hacías temblar la cuerda
metálica de los ríos.
Cigüeñas asustadas, los paisajes
al son de tu galope levantaron el vuelo.
Corazón batiente de la soledad,
has azotado las ocho lejanías desnudas.

En bajíos de sueño descansarás ahora:
tu paz es un elogio de la muerte
que perfuma los llanos.
La tierra de tus huesos
empolvará mañana los tobillos del viento.

A UNCO, EL IDIOTA (epitafio) por Leopoldo Marechal

Unco, el idiota, cortador de juncos,
yace aquí sin machete ni juncal.
Para el techo del hombre cortó juncos:
Para el amor del hombre
cortaba juntos verdes:
juncos llenos de viento,
para el hombre y su risa
cortó en el aguazal.
Y él nunca usó ni techo
ni amor ni risa ni hombre.

Rojo de mediodías, pero sin luz adentro;
gallardo y fuerte, pero sin canción,
fue una rica vihuela
que no tuvo cordaje
y una lámpara hermosa
que no encendió su dueño.
Su Dios fue un huevo de chajá
mecido a flor del agua negra.

Junco insonoro, yace largo a largo:
el Cortador Celeste lo ha cortado.

DEL ADMIRABLE PESCADOR por Leopoldo Marechal

Perdido manantial, llanto sonoro
Dilapidado ayer en la ribera
De la tribulación, quién me dijera
¡Que pesarías en balanza de oro!

Rumbo de hiel que todavía lloro,
Crucero sin honor y sin bandera,
¡Quién me diría que a la primavera
Del cielo caminaba tu decoro!

Y cuando recelosa y desvelada,
Puesta en su mismo llanto la mirada,
Mi soledad entre dos noches iba,

¡Quién le dijera, para su consuelo,
Que abajo estaba el pez en el anzuelo
Y el admirable Pescador arriba!

AL DOMADOR CELEDONIO BARRAL (epitafio) por Leopoldo Marechal

Domó en la pampa todos los caballos,
menos uno.
Por eso duerme aquí Celedonio Barral,
con sus manos prendidas
a la crin de la tierra.

El doradillo, el moro, el alazán
entre sus piernas fueron
máquinas de furor
y pedazos de viento en su muñeca.

Su pan fue una derrota de caballo por día:
un trueno de caballos fue su música entera.
Para su Dios y para su mujer
tuvo sólo un aroma:
el olor de un caballo.

El potro de la muerte
no se rindió a su espuela
de antiguo domador y jinete final.

Por eso duerme aquí,
silencioso y vencido:
Porque domaba todos los caballos,
menos uno.

sábado, 3 de noviembre de 2007

NOSTALGIA por José Santos Chocano



Hace ya diez años
que recorro el mundo.
¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!

Quien vive de prisa no vive de veras:
quien no hecha raíces no puede dar fruto.

Ser río que corre, ser nube que pasa,
sin dejar recuerdos ni rastro ninguno,
es triste, y más triste para el que se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.

Quisiera ser árbol, mejor que ser ave,
quisiera ser leño, mejor que ser humo,
y al viaje que cansa
prefiero el terruño:
la ciudad nativa con sus campanarios,
arcaicos balcones, portales vetustos
y calles estrechas, como si las casas
tampoco quisieran separarse mucho...
Estoy en la orilla
de un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que en cada montaña da vueltas a un nudo;
y entonces comprendo que el camino es largo,
que el terreno es brusco,
que la cuesta es ardua,
que el paisaje mustio...

¡Señor!, ya me canso de viajar, ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de los míos... Todos rodearán mi asiento
para que diga mis penas y triunfos;
y yo, a la manera del que recorriera
un álbum de cromos, contaré con gusto
las mil y una noches de mis aventuras
y acabaré con esta frase de infortunio:

-¡He vivido poco! ¡Me he cansado mucho!

Yira Yira (Tango) por Enrique Santos Discépolo

Cuando la suerte qu' es grela,
fayando y fayando
te largue parao;
cuando estés bien en la vía,
sin rumbo, desesperao;
cuando no tengas ni fe,
ni yerba de ayer
secándose al sol;
cuando rajés los tamangos
buscando ese mango
que te haga morfar...
la indiferencia del mundo
-que es sordo y es mudo-
recién sentirás.

Verás que todo el mentira,
verás que nada es amor,
que al mundo nada le importa...
¡Yira!... ¡Yira!...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.

Cuando estén secas las pilas
de todos los timbres
que vos apretás,
buscando un pecho fraterno
para morir abrazao...
Cuando te dejen tirao
después de cinchar
lo mismo que a mí.
Cuando manyés que a tu lado
se prueban la ropa
que vas a dejar...
Te acordarás de este otario
que un día, cansado,
¡se puso a ladrar!